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EL HOMBRE QUE VIVIA EN LOS SERVICIOS
La primera noche que lo vi, sin duda fue la que más me impactó. Acababa de terminar la tercera copa, y el cuerpo, como buena máquina que se precie, avisó urgentemente de la necesidad de aligerarme de combustible ya que el plan de vuelo concertado, rubia de la barra-casa, necesitaba de las condiciones más óptimas. Sin perder tiempo, orienté mis pasos hacia los servicios, con la idea de realizar una operación rápida.
El servicio tenía forma de ele. Según se entraba, te encontrabas con los urinarios de pared. Después había que torcer hacia la derecha y ya aparecían una serie de puertas tras las cuales se encontraban los wáteres. Entré en estos últimos. Mientras realizaba mis necesidades fisiológicas, me distraje observando las leyendas que poblaban tan íntimo recinto. Las había de todas clases; políticas, como ¡Viva Franco!, Fascistas cabrones fuera de Torrelodones, La pasionaria vive; futboleras, como Ultrasur siempre fieles, Gil y Gil presidente en el dos mil, Corre Cardeñosa que la gente es rencorosa; románticas, Chari puta te fuiste con el de la fruta, La camarera me ha dado un pico y en este baño se la dedico; o inclasificables, como Peña Amigos del tío de la tónica, Espinete va en pelotas, Mi panadero pasa costo y esta semana ha hecho el agosto...
Cuando me disponía a salir y cerrar la puerta, apareció él. Tendría unos veintiocho años. Era un tipo de estatura media y con algunos kilos de más. Tenía el pelo teñido de rubio platino, rapado por los lados y peinado hacia arriba el resto. Sus ojos negros se encontraban humedecidos, lo que al principio me dio por pensar que se debía al humo y las copas. Llevaba una camiseta negra, toda llena de manchas, con el clásico esqueleto de los Iron Maiden. Con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, se dirigió hacia mi y me dijo:
-Oye tío, tienes un cigarro.
-No, lo siento, es el único vicio que no tengo-respondí amablemente.
-Ja, eso está cachondo, colega. Yo en cambio los tengo todos, carajo.
Y así, como el que no quiere la cosa, comenzó a contarme su vida entre trago y trago que se metía al coleto, repitiendo casi en todas sus frases en forma de latiguillo, la palabra carajo.
Se llamaba Rodolfo. LLevaba fumando desde los doce años. Al principio le robaba los celtas a su abuelo, pero con el tiempo se empezó a comprar los paquetes con el dinero que le sisaba a su madre del monedero. Ya por aquella época le pegaba a los porros. Cuando había días en los que no tenía costo, mezclaba con el tabaco la plastilina con la que su hermana pequeña jugaba en el colegio. Seguramente, por ahí empezó su atontamiento.
Según iba creciendo, aumentaban sus experiencias con todo tipo de drogas. A los quince pilló su primera borrachera fuerte, a base de inflarse primero a litros de cerveza, con aspirina diluída en ellos, y después atiborrarse de Mirinda con Licor Cuarenta y Dos, una especie de falsificación que hacían en la bodega de su tío Enrique. El padre, en lugar de una sonora bronca al ver el estado en que se encontraba, le dio una palmada en la espalda y se alegró porque su hijo ya era un hombre.
A los dieciocho, como regalo por cumplir la mayoría de edad, su hermano mayor le regaló uno de sus objetos más valiosos. Con la ayuda de éste había experimentado sensaciones únicas. Desde observar círculos y triángulos de todos los colores brillando en el cielo, hasta ver a Elvis bailando los pajaritos en el parque del Retiro. Tal objeto mítico se trataba ni más ni menos que de un cromo de Vicente del Bosque de la temporada 81-82. Según su hermano, la cocaína esnifada por éste cartoncito era la que mejor gusto dejaba. Además, tenía la virtud de producir los mismos efectos que la heroína. La había estado utilizando durante más de ocho años. Sin embargo ya lo estaba dejando pues la nariz le dolía de vez en cuando y además respiraba mal. Y eso que había tomado medias serias, como tapizarse el tabique nasal con papel albal, ya que su presupuesto no le daba para sustituirlo por material argéntico. El regalo le hizo mucha ilusión, me contaba sonriendo. Acto seguido sacó el cromo de la cartera, donde lo guardaba como oro en paño. Cuando me lo enseñó, casi no lo reconocí, pues más que Vicente del Bosque parecía el abuelo de Heidi, ya que tantos años dándole a la nariz habían conseguido que los restos de cocaína le dejasen el bigote y el pelo tan blancos como el pantalón y la camiseta que llevaba. En fin, una vez puesto el cromo a buen recaudo, continuó contándome su prometedora carrera.
Ya estábamos en los veintitrés, que fue cuando empezó con la pastillas. La cocaína salía demasiado cara y su trabajo de mecánico en el taller de un amigo del padre, no daba para muchos lujos. Quizás había empezado muy viejo en esto de las drogas de diseño, me decía casi excusándose, pero más valía tarde que nunca. Eso de tomar pastillas de colores, con dibujitos, lo traía loco. Incluso a veces se tomaba dos de golpe, que así el efecto era más fuerte. Me contó partido de la risa, la vez que le pusieron una multa por destrozar bienes públicos. La policía lo detuvo a las seis de la mañana cuando pateaba e insultaba simultáneamente a una señal de stop. Rodolfo les explicó que la señal le había provocado y que tras un rato de insultos mutuos, se liaron a hostias sin contemplaciones. Si no llega a intervenir la policía, hubiera ganado él seguramente. Minutos después fue llevado al hospital donde, tras varios reconocimientos, confesó haberse tomado cinco pastillas en esa noche.
Ya iba a empezar con los veintiocho, que debía ser la edad que tenía en ese momento, cuando de pronto, por suerte para mi, uno tipo de los entraban en el servicio dejó el vaso que traía apoyado en el borde del lavabo, pero tan cerca del mismo que terminó cayéndose. Rodolfo se dio la vuelta sorprendido por ruido, ocasión que yo aproveché para escapar de aquel pesado y así poder saldar la cuenta pendiente que tenía con la rubia de la barra.
Sin embargo, nuestros encontronazos no acabaron ahí. Durante todo el verano fui cliente asiduo del pub donde conocí a Rodolfo. Y tantas veces nos vimos en los servicios durante las vacaciones que al final acabé cogiéndole cariño. Unas veces me reconocía, otras no. Había noches que llevaba un mini de calimocho en la mano y se lo bebía casi de dos tragos. Otras veces lo encontraba bebiendo como un descosido el agua de los lavabos, seguramente después de haberse metido entre pecho y espalda medio kilo de pastillas que seguramente no serían las del doctor Andreu. Tenía los ojos inyectados en sangre y la mano le temblaba de una manera alarmante, como si tuviera parkinson. Vamos que ni pagando hubiera dejado que me afeitase a mi este tío.
Lo más curioso es que nunca lo vi en la barra, ni en la pista de baile, ni siquiera en la puerta del pub vomitando. Siempre estaba ahí, en los servicios. Una noche, uno de los camareros me explicó que Rodolfo siempre estaba en los servicios. Era su hábitat natural. Prácticamente vivía allí. Las copas y demás porquerías que se tomase, eran llevadas por los camareros a su guarida. Ese era el sitio donde conocía a la gente y le contaba su vida. Con el tiempo se había convertido en un tipo muy popular al que todos los tíos saludaban. Las mujeres lógicamente no sabían quien era. Nunca lo habían visto. Para ellas se trataba de un ser mítico, de alguien que todos los chicos habían visto pero que no podían demostrarlo, como el también mítico vídeo de la niña, la mermelada y el perro. Incluso se organizaron en pequeños comandos, siempre desarticulados por los camareros, para intentar ver de una vez por todas al hombre que vivía en los servicios...
Y así, entre pitos y flautas, se fue pasando el verano. Reconozco que lo eché de menos cuando llegué a Madrid. Eso de no poder tener una charla sobre todo tipo de estupefacientes con un cuasicatedrático en la materia, me tenía bastante preocupado. Añoraba nuestras conversaciones a altas horas de la madrugada, cuando yo estaba también bastante cocido, hablando esa curiosa mezcla de tártaro y portugués antiguo, dialecto muy extendido según los lingüistas, a partir de las seis de la mañana.
Sin apenas darme cuenta, el año se esfumó a una velocidad vertiginosa. Nada más empezar el verano, me dirigí sin perder tiempo al pub donde habitaba Rodolfo. Conmigo venían varios amigos de Madrid a los que yo había invitado expresamente para conocer a tan singular personaje.
Entré en el servicio muy ilusionado, alegre por ver a alguien que no veía desde hace mucho tiempo. Pero cual sería mi sorpresa cuando descubrí que allí no estaba. Asombrado observé una gran placa bajo la cual había una mesa con una urna de cerámica en de mini. Junto a la urna había una palmatoria con una vela encendida. En la placa decía:
Aquí reposa Rodolfo, un buen hombre que bebió, fumó, esnifó y se colocó hasta que reventó.
En la urna había una pegatina que invitaba a los visitantes:
Aspira sus esencias, Él lo haría en tu caso.
Estaba anonadado. ¿Qué demonios era aquello? Fui entonces corriendo a preguntarle a los camareros. Tras saludarme con un gesto bastante triste, comenzaron a narrarme lo acaecido a nuestro amigo.
Sucedió un domingo a las ocho de la mañana. El pub acababa de ser cerrado. Rodolfo se encontraba como siempre, sentado sobre el wáter durmiendo la borrachera. Los camareros habían dejado los productos de limpieza junto al lavabo para limpiarlos por la tarde. Junto a la fregona y las balletas dejaron un bote de pastillas Mr Jake, desisfectante de inodoros. Según parece, Rodolfo debió despertarse y al ver el bote, la querencia pudo más que la razón. Se zampó todo un bote que contenía seis pastillas de cincuenta gramos cada una. Cuando los camareros fueron a limpiar los servicios se encontraron al pobre Rodolfo con la cara verde, dando botes y pegándose cabezazos contra las paredes. Estuvieron a punto de llamar a la guardia civil para que le pegara dos tiros. Al final, después de dos horas de gritos y convulsiones, dio un último suspiro y se quedó más tieso que una mojama. La conmoción entre los que le conocían fue tremenda. Se organizó una colecta para hacerle una placa conmemorativa. Respetando el deseo de Rodolfo, el cual manifestó en muchas ocasiones, su cuerpo fue incinerado y metido en una urna, réplica de los minis donde degustaba los calimochos. Se colocó en los servicios en los cuales había disfrutado de los mejores momentos. Además, también por deseo del mismo, cualquiera que entrase podría liarse un porro utilizando como picadura las cenizas suyas, para que su esencia continuase en aquel recinto mientras durasen dichas cenizas.
La verdad es que me quedé bastante afectado. Todo aquello sobrepasaba con creces cualquier película surrealista. Pero bueno, si esa era la última voluntad de aquel buen hombre, no sería yo quien le llevase la contraria. Así que llamé a mis amigos, tan sorprendidos como yo, y ni cortos ni perezosos nos liamos unos cuantos petas a la salud de Rodolfo. Y nunca podré olvidar, por muchos años que pasen, que cuando echaba el humo por la boca, como por arte de magia, se formó en el aire la palabra carajo.
Rodrigo
del Lago rdlago@hotmail.com
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