"EL TESTAMENTO DE MIGUEL GREBALDA"


Carmen tomó otra cerveza con ellos y luego se fue. El trío salió con las consumiciones a la terraza del garito, a fumar un peta de la marihuana de Miguel. Grebalda sacó un cogollo y lo desmenuzó parsimoniosamente en la palma de la mano, añadió a la hierba una punta de tabaco y otra puntita se la colocó en la oreja para usar como filtro. Erik le pasó un papel de fumar y Grebalda lió la mezcla en un santiamén. Al poco rato, la camarera del bar salió a la terraza con la bandeja pegada al pecho, rastreando nuevos clientes, y se topó de lleno con una ráfaga de marihuana que le deleitó el hocico. El agradable olor le hizo desviar la mirada hacia Vicente y cía, que ocupaban una de las mesas de la terraza. Vicente, ya que la tenía a la vista, le pidió tres jarras de cerveza.
- Esa marihuana huele que alimenta – se pronunció Arsenia, la camarera.
- ¿Quieres unas caladas? – le ofreció Miguel.
- Dame un par de ellas – aceptó la mujer.
La vida pasaba desde la terraza del bar y los tres colegas se sentían súper a gusto disfrutándola. Eran las ocho y media de la tarde y una brisa providencial que llegaba del norte les ayudaba a despejar un poco el ciego de maría y birras.
- ¡Qué airecito más way! – dijo Erik agradeciéndolo.
Pues esto es todo, amigo. Si necesitas algo más, me dices.

 


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