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No vuelvo a ir a Benidorm
Qué lejos quedan ya aquellos tiempos en los que, con el renault doce cargado hasta los topes, partíamos un primero de agosto de madrugada, arropados por la cómplice e inestimable protección de las sombras, hacia algún punto determinado de la costa-normalmente Benidorm-, siempre con la peregrina idea de nuestros mayores de que así no nos toparíamos con la sempiterna caravana. Una vez metidos todos en el coche, incluso el inquieto Tiko-hasta pocas horas antes llamado también bonito, cachorrín, bolita..., y que de repente toda la familia se refería a él como puto chucho de los cojones-, nuestro padre arrancaba la burra entre gritos, ladridos, rezos a San Cristóbal y los repugnantes estornudos del abuelo que obligaban a todos a bajar las ventanillas para no apestarnos. Y lo más curioso es que, mientras hoy en día en nuestros modernos automóviles nos cuesta Dios y ayuda meter a más de dos personas en el asiento trasero, antaño y de manera aún inexplicable para la ciencia, cabían en la retaguardia de un ciento veinticuatro: tres niños, dos adolescentes, la vecinita que se colgaba, un perro, la tita Remedios, e incluso a veces hasta la abuela, a la cual se recordaba de vez en cuando tras escuchar sus esporádicos zapatazos contra la chapa soltados desde el interior del maletero. Qué tiempos. Tras ocho horas de odioso trayecto-chupando caravana, por supuesto- y de innumerables papá cuanto queda, quiero hacer pis, grrrrrr, guau, Pepe no corras, o el clásico fíjate como van los moros de cargados, soltado normalmente sin caer en la cuenta de que en nuestro coche no quedaba ni un centímetro libre y que Manolito hacía dos horas que había perdido la sensibilidad en la pierna sobre la que viajaban sus dos hermanos pequeños, pues eso, llegábamos al apartamento. Una vez que descargábamos los bártulos, entrábamos en nuestro tan deseado hogar de los próximos treinta días. Porque esa es otra,
antes, un gran número de españoles veraneábamos durante todo el mes de agosto. Qué tiempos. Pero a lo que vamos, tras adecentar nuestras madres un poco el minúsculo apartamento que nos habían encasquetado-con preciosas vistas al edificio colmena gemelo al nuestro, plagado de hooligans ingleses y alemanes adornados con tatuajes y enfundados en tangas con la bandera de la Union Jack o del Bayer de Munich-, nos preparábamos para la peligrosa Operación Playa. Consistía ésta en tomar la playa prácticamente como lo haría un comando de las fuerzas especiales. Primero se divisaba el objetivo, y luego se mandaba la avanzadilla, normalmente el pater familias armado con la sombrilla de Mahou. Una vez tomada la plaza se marcaba el territorio y se establecían las defensas-un gran cuadrado en torno a una sombrilla formado por toallas, sillas, mesas, colchonetas-, dirigiéndose acto seguido toda la peña hacia el mar mientras dejábamos al abuelo haciendo imaginarias en la garita de vigilancia para evitar robos o posibles invasiones, observándolo nuestras madres de reojo, eso sí, por si el pobre hombre caía peloto de una insolación. Después nos dábamos una pantagruélica comida a base de bocatas de chorizo, tortilla de patatas, filetes empanados, cocacola y fanta para los niños y tintorro para los mayores, aunque a eso de las seis de la tarde nuestro padre se solía apretar un par de dyc-colas dedicados bajo cuerda a la sueca de las tetas gordas que siempre se ponía en la trinchera de al lado. Y así todos los días del mes, desde el primero hasta el último. Y por supuesto, los niños sin derecho a opinar ni quejarse. Menos mal que todo aquello tan solo permanece impreso en nuestras fotos de la época y en algún que otro recoveco de nuestra memoria que de vez en cuando suele jugarnos malas pasadas. Y una máxima impepinable, No vuelvo a ir a Benidorm, como muy bien sentenciaron Los Nikis.
Rodrigo
del Lago rdlago@hotmail.com
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