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UNA SUCESIÓN SUCESIVA DE SUCESOS
En el despacho de Andrés suena el teléfono:
-Sí, dígame-.
-Andrés, soy Ricardo, ¿puedes venir un momento a mi despacho?-.
Ricardo era su jefe, un tipo alto y delgado que siempre llevaba elegantes trajes de Emilio Tucci, eterno pelo engominado y unas gafas con las que siempre te parece mirar por encima del hombro.
Andrés ya llevaba un año trabajando en aquella empresa. El haber encontrado aquel trabajo le había salvado a última hora de verse en la calle. Su situación económica era ya realmente desesperada cuando apareció aquella oportunidad. Había realizado la carrera de derecho no sin muchos problemas debido a que su familia no le enviaba dinero suficiente para subsistir y tenía que compatibilizar deplorables trabajos basura con los estudios.
Su situación familiar se rompió del todo en cuanto no necesitó el dinero del mezquino de su padre, que jamás le perdonó las palabras que durante tantos años Andrés se había reprimido y un día le soltó sintiéndose libre de su yugo. Hacia ya más de un año que tampoco sabía nada de su madre, estaba demasiado sometida por su padre como para reconocer que su hijo tenía demasiada razón en muchas cosas.
En aquella ciudad a la que Andrés se tuvo que trasladar por el trabajo tampoco conocía a nadie y las relaciones con sus compañeros de empresa eran bastantes tensas, porque eso era lo que se fomentaba en su trabajo, alta competitividad para conseguir una alta rentabilidad. Lo único que se conseguía con eso era que a la menor oportunidad te pisotearan de mala manera. La única persona que le hacía poner los pies en la tierra de alguna manera era Sandra, su compañera. Ella tampoco vivía en la ciudad, y sólo se podían ver de vez en cuando, si las circunstancias económicas de ambos se lo permitían. Pero él la quería y esperaba que algún día pudiesen cambiar sus vidas para que todo fuese diferente.
Andrés salió de su despacho con unos papeles, aprovecharía la oportunidad para comentarle a Ricardo ciertos temas sobre unos clientes. Se imaginaba que el tema por el que había sido llamado sería la deseada renovación de su contrato que ya a principio de mes se le había acabado. Cuando fue a saludar a la secretaria antes de entrar ésta le rehuyó la mirada. Se sintió extrañado, era una de las pocas personas con las que mantenía cierto trato agradable. Llamó a la puerta.
-¿Se puede Ricardo?-. Estaba hablando por teléfono y con un gesto le indicó que pasara y que tomase asiento. Cuando acabó se quitó las gafas y lo miró fijamente.
-Verás Andrés, es que tenía que hablar contigo de un tema muy importante-.
-Dime, ¿ocurre algo?-.
-Tú ya sabes que esta es una pequeña empresa, ¿no?.
-Bueno..., seguro que por poco tiempo ya verás-.
-Últimamente no nos va muy bien las cosas con la recesión económica en el sector. El mercado se ha hecho muy competitivo y los beneficios no están siendo los esperados. Nuestros clientes nos exigen mayor rentabilidad en sus inversiones...-.
-Mira precisamente te iba a comentar...-.
-Andrés..., es que lo que te quiero decir..., ¡te lo voy a decir sin más preámbulos!. Tenemos que reestructurar la plantilla...-.
La cara de Ricardo lo estaba diciendo ya todo.
-Llevo un año trabajando para esta empresa...-.
-Lo sé Andrés, y estamos satisfechos de tu trabajo..., pero...-.
-Llevo un año trabajando para esta empresa, contrato de prácticas de media jornada pero echando más de diez horas al día y los fines de semana si ha hecho falta-.
-Nadie niega tu dedicación a la empresa...-.
-Llevo un año ganando seiscientos euros al mes porque había que hacer ciertos sacrificios al comienzo, pero eso sí, con la promesa de que eso sólo serían los primeros meses, que luego podría llegar a ganar más de dos mil euros, que en poco tiempo ascendería en la empresa. ¡Eso hace ya un año!-.
-¡Andrés...!-.
-¡Llevo un año sin poder llegar a fin de mes porque se me va el sueldo entre el alquiler del cuchitril donde vivo y la comida!. ¡Llevo un año sin un solo céntimo en el banco!, ¡viviendo día a día!, ¡DIA A DIA...!
-Yo...-.
-¡Hace un mes que se me acabó el puto contrato y a nadie se le ha ocurrido decirme nada para que todo esto no me pille con el culo al aire!-.
-Han sido las circunstancias...-.
-¡O sea!, ¡me quieres decir con todo esto que mañana coja mis cosas y me vaya a la puta calle!. ¿No?-.
-Tampoco hay que decir la cosas de esa manera-.
-Por supuesto que no tengo derecho ni a finiquito, ni indemnización, ni nada de nada, ¿no?-.
-Tu contrato se ha acabado Andrés y no te lo vamos a renovar, ¿qué más quieres que te diga?-.
-Es decir, ¿qué me vais a mandar a la puta calle sabiendo que no tengo un jodido euro y que me vais a dejar en la puta calle?-.
-¡Mira..., no me pongas las cosas más difíciles...!-.
-¿Sabes que no tengo ni derecho a cobrar el puto paro porque no he cotizado lo suficiente para ello, porque os habéis ahorrado la puta pasta a la Seguridad Social a costa de explotarme como un gilipollas?-.
-¡Será mejor que te vayas Andrés, no tengo porque aguantar tus impertinencias!-.
-¡Serás hijo de puta...!-.
Tenía la sangre hirviendo de rabia, frustración, se sentía engañado, decepcionado timado, abandonado. Al levantarse de la silla la cogió fuertemente con sus manos y la arrojó contra Ricardo, que sólo tuvo tiempo de protegerse con las manos. Salió del despacho escuchando como llamaba a su secretaria a gritos al mismo tiempo que no dejaba de insultar a Andrés y decirle que lo iba a denunciar a la policía. Andando de forma pausada entró en su despacho y cogió lentamente sus cosas sin preocuparle lo más mínimo lo que había hecho, muy al contrario, haberle lanzado la silla a su jefe le había relajado bastante, dentro de lo que cabría. Todos estaban por la pasillos preguntándose que había pasado, a que se debía ese alboroto en el despacho del jefe. Andrés salió con sus cosas y nadie le preguntó ni donde iba, ni que había pasado, ni él tuvo ganas de decirles nada a aquella gente que consideraba basura rastrera.
Andaba por la calle con sus cosas en la mano, echándose la culpa de lo sucedido. No tenía que haberse fiado de falsas promesas que le habían llenado la cabeza de pájaros. Se sentía culpable por haber tragado toda aquella mierda, por haberse dejado explotar por cuatro perras, por no haber exigido lo que era suyo, lo que se merecía. Pensó por un momento en denunciarles a la inspección de trabajo pero tras el incidente de la silla igual era él el que se comía un marrón y no quiso provocar ni tensar más aun la situación. No entendía lo de la falta de rentabilidad en la empresa, todos los trabajadores trabajaban casi en las mismas condiciones que él, pensaba que sólo con lo que se defraudaba a la Seguridad Social y lo que restaban a lo que debía ser el sueldo normal por cualificación profesional les tenía que ir la cosa de miedo. Todos tragaban, todos aguantaban, pero a él le habían pillado en bragas. Se sentía un imbécil, se había tirado toda su vida universitaria de un trabajo basura a otro, sin contratos, a comisión, sin prestaciones, sin sanidad, sin nada, viviendo en la inseguridad de que en cualquier momento le hiciesen lo que le acababan de hacer. No había sido capaz de preverlo, pensaba que su trabajo era correcto y bien valorado, se había sacrificado por aquella empresa más de lo que se merecía, les había hecho ganar mucho dinero. Y ahora todo eso no les importaba, le daban una patada sin preocuparse de nada más, habría mil gilipollas como él dispuestos a dejarse hacer lo mismo o más. Que más les daba a ellos, no era ni una persona, era una asquerosa pieza prescindible de aquel engranaje de mierda que lo había tratado como si fuese un perro.
Entró en un bar a pedirse algo que le tranquilizase. Se pidió una tila y cuando el camarero le dijo el importe de la consumición retomó una realidad que se le avecinaba ante sus narices. Era fin de mes y como siempre ya estaba su economía en números rojos. Vivía al límite, lo justo para pagar el alquiler, comprar la comida y con lo poco que le quedase ir a visitar a Sandra cuando podía o costearse sus pequeños vicios, tabaco, café y alguna salida fugaz a echarse una copichuela después de alguna jornada de trabajo duro. Este mes la cosa andaba mal, doscientos euros que le quedaba del sueldo y doscientos que había conseguido guardar para algún imprevisto, pero no de este calado. Siempre guardaba los doscientos euros a final de mes, era el precio del alquiler y su casero era inflexible a la hora de cobrar, si se retrasaba más del día cinco lo tenía dándole la braza y amenazándolo con echarle, cosa que podía hacer perfectamente ya que nunca le habían hecho un contrato de alquiler. Y como nunca podía contar con que en su empresa le pagase a principios de cada mes guardaba siempre el dinero del alquiler.
Saliendo del bar se dirigió a su casa, la sensación después de tanto tiempo de estar andando por la calle a esas horas de la mañana le resultaba extraña. Siempre entraba a la ocho de la mañana y ya no salía de la oficina hasta que se iba el sol. La única parada era la hora del almuerzo y siempre lo hacía comiendo un bocadillo en un bar del mismo edificio que le resultaba bastante asequible a su economía. Ir a su casa al mediodía era incompatible con el tiempo disponible. Por eso el sol brillaba de forma extraña para él. No le gustó aquella sensación.
Al llegar a casa se serenó y empezó a hacer planes. Esperaba que con su experiencia no llegaría a tardar mucho en encontrar trabajo. El problema era que no tenía demasiado dinero. Decidió ir a ver a Sandra a la ciudad donde vivía, le vendría bien estar un par de días con su amor, con ella siempre tenía la sensación de que nada malo iba a pasar nunca. Aprovecharía y le pediría un préstamo para poder ir tirando, a Sandra no le sobraba precisamente el dinero pero ella siempre podría contar con la ayuda de su familia y para él ella era la única persona a la que podía recurrir. Echó en ese momento de menos haber dejado que el tiempo, la distancia y la dejadez hubiesen convertido a sus amigos en meros conocidos de hola y adiós a los que había perdido la pista hacía demasiado tiempo, desperdigados todos por la geografía peninsular.
Hizo una pequeña maleta y se fue a la estación de autobuses. El billete de ida y vuelta le costó cincuenta euros. Podría haberse ido de aquella ciudad para siempre, pero Sandra vivía en una ciudad provinciana sin oportunidades para él, ni para casi nadie, otra ciudad más de la periferia destinada a envejecer a ella y a sus habitantes.
Tardó cinco horas en llegar y tuvo demasiado tiempo para calentarse la cabeza e inquietarse. Deseaba ver a Sandra, verla, abrazarla, besarla. No la había avisado, bastante cabreado estaba él como para dejar que la pobre se preocupase por su falta de previsión, por su estupidez, tampoco iba a poder hacer nada y deseaba ser consolado en sus brazos, no a través de una fría llamada telefónica. Sandra no vivía muy lejos de la estación de autobuses y Andrés se dirigió hacia su casa andando, a aquellas horas estaría a punto de llegar de su trabajo y la quería sorprender, mirarla fijamente a esos hermosos ojos castaños que tanto adoraba. Al llegar al portal llamó por el portero automático pero aun no había llegado. Decidió esperarla en el bar de la esquina desde donde se veía su portal. Se pidió un café y se sentó a disfrutarlo sintiéndose un poco mejor porque sabía que con Sandra a su lado nada había realmente malo en la vida que los dos no pudiesen superar.
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando lo que vio por la cristalera del bar hizo que el café se le cayese estampándose por el suelo. Sandra no venía sola, la acompañaba un tal Adrián, un compañero de trabajo que ya a Andrés le había presentado en otra ocasión. Delgado, muy delgado, con unas gafas sobresalientes, con su característico andar patizambo que tanta gracia le hizo al conocerle. Ojos perdidos, rostro descolocado, como si tomase medicamentos fuertes por algún trastorno psicológico, un hombre bastante feo y vulgar. Era un tipo con cierta gracia y se llevaba muy bien con Sandra. Trabajaba en el servicio de lavandería del hotel donde estaba empleada ella y de ahí jamás saldría, porque esa parecía ser la mayor aspiración de su vida, a lo máximo que él podía llegar, su sueño. No tenía ni los estudios primarios, y excepto leer y escribir parecía que sus conocimientos no llegaban mucho más lejos, un auténtico analfabeto del siglo veintiuno. Era un hombre sin inquietudes personales, carente de carácter y personalidad cuya única manera de hacerse notar ante los demás era haciendo monerías más dignas de un zoo que de una persona, siempre descolocado ante conversaciones que fueran mínimamente inteligentes. Estaban cogidos de las manos haciéndose mutuamente carantoñas. Al llegar al portal se pararon y se besaron. A Andrés se le calló el mundo encima. Ver a Sandra besar a aquel tipo fue un palo muy duro, pero ver a Sandra besar a aquel tipo con cara de lerdo baboso le hirió en lo más hondo de su orgullo. ¡Lo estaba engañando con un miserable al que Andrés consideraba que no le llegaba ni a la altura de los zapatos!. Salió del bar y se dirigió hacia ellos. Se paró justo al lado de ellos, ni siquiera lo vieron porque no dejaban de besarse. Sandra abrió un momento los ojos.
-¡Andrés, que haces aquí!-.
Se soltaron al verse sorprendidos y Adrián se alejó como si todo hubiese sido un mal entendido y nada hubiese pasado. Andrés se abalanzó sobre él y empezó a golpearle hasta tirarlo en el suelo, le había dejado la cara como un Cristo en un segundo y una vez caído en el suelo ya con el pobre hombre encogido siguió golpeándole pegándole patadas a doquier. Sandra gritaba que lo dejase en paz. Andrés paró. En ningún momento la miró a los ojos, y como si se hubiese soltado un peso de encima se alejó de allí mientras Sandra se agachaba para ver como estaba Adrián.
De vuelta en la estación de autobuses Andrés cogió el primer autobús de vuelta a su casa. El viaje le resultó un infierno, su corazón, su cabeza, todo su ser estaban llenos de malas sensaciones que no podía racionalizar, ni deshacerse de ellas. Por primera vez en su vida se sintió fuera de lugar, sin perspectiva, sin futuro, perdido. Nadie jamás le había hecho tanto daño. Y se sintió solo, muy solo. Entre dientes sólo pudo decir una frase:
-¡Maldita zorra!, ¡que se joda!-.
De vuelta a casa se acostó, quería dormir, necesitaba dormir y pensar que todo lo que le había pasado era una pesadilla. Que aquel infernal día sólo había sido un mal sueño. Tenía tanta ansia de quedarse dormido que no podía hacerlo, estaba cansado y agotado, pero no podía. Tras muchas horas de dar vueltas en la cama consiguió dormirse.
Al día siguiente no se levantó de la cama, se pasó todo el día mirando al techo con la mirada perdida, sin fuerzas para hacer nada ni pensar nada.
Al segundo día así la cruda realidad le volvió a la tierra, no podía permitirse hundirse en aquellos momentos, tenía que espabilarse porque sino la situación en su vida no iba a ser triste sino dramática. Se duchó y salió de su casa pensando que ese tenía que ser el primer día del inicio de su nueva vida.
Primera parada, el SAE (Servicio Andaluz de Empleo). Se dio de alta como demandante de empleo y pidió cita con la encargada de promoción laboral que lo atendió enseguida. Después de revisar su currículum le dijo que de lo suyo no había nada ahora mismo y que para otras tareas le faltaba experiencia. Andrés agradeció la atención prestada y salió de allí.
Se dirigió a una fotocopiadora e hizo decenas de copias a su currículum vitae. Primeramente se dirigió a todas las empresas de trabajo temporal que conocía. El problema era que estas están más bien especializadas en trabajos no cualificados y aun así Andrés dejó los currículum, no estaba en posición de elegir.
Al día siguiente prosiguió su búsqueda, se dirigió a la primera biblioteca pública que encontró y buscó todas las ofertas de empleo que encontró en los periódicos. Se hizo una lista con las direcciones y se dirigió a las empresas. Se pasó todo el santo día de un sitio a otro en el autobús. En todos los lugares siempre le decían o que no encajaba en el perfil, o que ya habían encontrado a alguien. Tras un día agotador todo había resultado nuevamente infructuoso.
Al tercer día no se quería desanimar, pensaba que aun era pronto y se fue a un Ciber. Allí buscó todas las páginas de empleo que fue hallando y fue dejando nuevamente sus curriculum. Otro día agotador.
Andrés llegó a su casa y se quedó dormido enseguida. Llegó el nuevo día. Sonó el timbre insistentemente. Medio desorientado por el ensordecedor ruido se levantó como pudo intentando adecentarse un poco y abrió la puerta. Era el casero.
-¡Es día seis y aun no me pagado el alquiler!-.
-Hola, buenos días, yo también estoy bien gracias-.
El casero había venido a cobrar y en esto nunca se andaba con preámbulos. Era un hombre de unos cincuenta años, grandullón, calvo, y con una cara de bruto que daba miedo. Andrés ya estaba acostumbrado a que le tratara así y sin invitarle a pasar lo dejó esperando en la puerta mientras entró por el dinero.
-¡Tome, aquí tiene sus doscientos euros!-.
Cuando le entregó el dinero adelanto una pierna, como para evitar que cerrase la puerta y se puso a contarlo.
-¡No te lo voy a decir más veces, si no pagas al día te vas a la puta calle!-.
Siempre decía lo mismo cada mes, él nunca se había tenido que ver en el dilema de no poder pagar y nunca había hecho mucho caso a esas amenazas. Pero esta vez si se lo tomó muy en serio. Tras pagar el alquiler, el billete de autobús, gastos extras para buscar trabajo y comida, le quedaban menos de cien euros para lo que quedaba de mes.
Volvió a entrar a casa. Se duchó, se afeitó, se puso su traje más elegante. Delante del espejo se daba ánimos así mismo, se repetía que él valía mucho, que era cuestión de días, que nada en esta puta vida lo podía hundir, que sólo los cobardes se rendían.
Por la noche llegó a casa. Llevaba la corbata desatada, el pelo enmarañado, la camisa sacada por fuera y una bolsa en la mano. Se sentó en el sofá y puso la televisión. Ni se fijó en lo que ponían, estaba inclinado hacia sus rodillas con las manos en el rostro; estaba llorando. Como si sólo hubiese sido un momento de debilidad de la bolsa sacó una botella de whisky que empezó a beber a morro. A la hora estaba dormido y su mano caía hacia el suelo donde había depositada una botella vacía.
Un nuevo día le despertó con un deslumbrante sol que entraba por la ventana. Se levantó pegando tumbos por el salón y cerró la persiana. Volvió directamente al sofá y prosiguió durmiendo. Poco después su móvil empezó a sonar. Se incorporó desesperadamente buscándolo, hasta que lo encontró en el bolsillo de su pantalón. El sonido sólo era un aviso de que la batería se estaba acabando. Se dirigió rápidamente en busca de la batería, no podía dejar que su móvil se apagase, lo podrían llamar en cualquier momento y no quería que nadie pensase que había apagado su móvil. Lo puso a cargar y se pegó una ducha, eso sí, con el móvil en el cuarto de baño por si sonaba. Le dolía la cabeza y se sentía mal, no precisamente por el alcohol, algo dentro de él algo le estaba carcomiendo las entrañas, una desagradable sensación de angustia y vacío.
Un día y otro día y nadie lo llamaba. Sólo salía de su casa para bajar al kiosco que había al lado. Allí compraba toda la prensa local y nacional esperando encontrar alguna oferta. Si veía algo interesante llamaba. Cuando la oferta no exigía cualificación profesional mentía quitándose mérito. Al contrario también hacía igual, se daba experiencia que no tenía y más cosas. Estaba desesperado y sólo pretendía encajar en el perfil de aquellos trabajos. A su móvil apenas le quedaba saldo, el gasto en prensa había mermado más aun su economía.
Hizo nuevamente la maleta y con el poco dinero que le quedaba ya fue a comprar un billete de autobús para ir a casa de sus padres. Se sintió como arrastrado en el barro.
Pasó todo el viaje practicando lo que iba a decir, como se iba a defender ante las acusaciones que dictase su padre. Estaba desesperado, ya no sabía que hacer, iba a ser sumiso, dócil, a comerse toda la mierda que le echasen encima sin pestañear, a tragarse su dignidad. ¿Qué podía hacer si no?.
Al llegar tuvo que andar mucho con la maleta encima, cogerse un bus urbano lo consideraba un lujo que no se podía permitir. Sus padres tenían una casa adosada en un barrio residencial del extrarradio. Andrés era hijo único y su única familia eran sus padres y unos primos con los que no trataban hacía años por una discusión de su padre con ellos. Al llegar a la puerta se quedó parado tragándose el poco orgullo que aun le quedase por hacer lo que iba a hacer. Llamó a la puerta.
-¡Andrés!-.
-Hola mamá-.
Los dos se quedaron mirándose sin saber que hacer y decirse. Su madre entonces se abalanzó hacia él y lo besó.
-¿Como estás hijo?, ¡mi niño, ay mi niño!-.
Y aquel primer frío beso dio lugar a abrazos y muestras de cariño y efusividad coartadas hacía demasiado tiempo. Andrés la abrazó buscando aquel refugio que tanto necesitaba en aquellos momentos y lloró.
-¡Que te pasa mi vida!-.
-Ya nada...-.
Y sacando un pañuelo se limpió el rostro restableciendo su persona para lo que le esperaba.
-¡Quién es María!-.
La voz de su padre retumbó en la calle. La madre de Andrés no dijo nada y con gesto silencioso invitó a su hijo a que entrase. Andrés se dirigió hacia el comedor. Allí sentado en un sillón estaba su padre bebiendo una cerveza.
-¡Que coño haces tu aquí!-.
-Hola papá-.
El padre se levantó mirando con enfado a Andrés. No se acercaron, no se saludaron. La madre entró en la habitación y se puso en medio de ambos intentando desdramatizar aquel momento.
-¿Te vas a quedar unos días hijo?-.
-Aun no lo sé mamá-.
Andrés respondió mirando al padre como si de él tuviese que salir aquella respuesta. Él se dio la vuelta y volvió a sentarse en el sillón con su cerveza en la mano y mirando la tele.
-Bueno... voy a preparar la comida-.
-Espera mamá que te ayudo-.
Los dos entraron en la cocina y empezaron a hablar de cosas triviales mientras se ponían a preparar la comida, como si hablar de otras cosas pudiese estropearlo aquel momento. Cuando todo estuvo preparado se sentaron todos a la mesa. Parecía que la tensión se pudiese cortar con un cuchillo, sólo se escuchaba el sonido de los cubiertos y la televisión de fondo con las noticias del mediodía. Entonces habló el padre.
-¡A que has venido!-.
-Bueno, yo...-.
-Acaso te crees que puedes venir así a mi casa como si nada hubiese pasado-.
-¡Cariño...!-.
-¡Tú te callas, esto no va contigo!-.
Y arrojando la servilleta en la mesa miró con ofuscación a la madre
-¡Deja en paz a mamá que esto no va con ella!-.
-¡Te estás atreviendo a gritarme!-.
Andrés no quería empezar otra vez con aquello que quiso dejar atrás hacía tiempo, se estaba alterando y el propósito de su visita no era por aquello. Se levantó de la mesa disculpándose porque tenía que ir al cuarto de baño.
-¡De mi mesa no se levanta ni Dios hasta que yo lo diga!. ¡Entiendes!-.
-Por Dios deja al niño en paz, sólo quiere ir al cuarto de baño-.
-¡Que te calles te he dicho coño!-.
Y levantándose de la mesa le pegó en la cara arrojándola hacia el suelo-
-¡Y tú que coño miras maricón de mierda!-.
Andrés veía a su madre en el suelo, tirada sumisamente y muerta de miedo, sin atreverse a mirar a los ojos ni a su hijo, ni a su marido.
-¡HIJO DE PUTA...!-.
Y cogiendo un cuchillo de la mesa se abalanzó sobre su padre.
-¡En tu puta vida!, ¿me entiendes?. ¡En tu puta vida vas a volver a ponernos una mano encima!. ¡Te voy a matar cabrón desgraciado!. ¡Tenía que haberte matado hace años!. ¡Sólo eres un mierda, un cobarde!. ¡Bastardo mal nacido!-.
Estaba encima de él con el cuchillo apretando el cuello, Andrés estaba ciego de rabia, pero en un momento de lucidez se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Se vio a sí mismo y vio a su padre en cientos de ocasiones, con la misma ira, se estaba poniendo a su altura. Incorporándose arrojó el cuchillo al suelo. Su madre se acercó gateando y abrazó al padre que lloraba atemorizado como si él fuese la víctima de todo aquello.
-Mamá ven vámonos!-.
-¡Andrés hijo....!-.
-Mamá...-.
Salió de la habitación y cogió su maleta. Nada había cambiado y nada iba a cambiar. Se dirigió hacia la estación de autobuses. Ya no tenía a nadie, ni podía contar con nadie. No sabía que iba a ser de él.
Se encerró en su casa y no salió de allí. Se pasaba el día tumbado en el sofá viendo la televisión. El móvil no sonaba, nadie lo llamaba y a él ya le daba igual. Se había hundido ya en el oscuro pozo de la tristeza y ya nada le importaba. Pasaron los días y una tarde el timbre sonó. Andrés no se levantó, parecía no escuchar nada. Una llave se introdujo en la cerradura y la puerta se abrió. Unos pasos se iban aproximando hacia el salón.
-¡Aquí estás!. ¡Porque no abres la puerta!-.
Andrés lo miró y como saliendo de un trance se incorporó.
-Verá...-.
-¡Donde cojones tienes el dinero del alquiler!-.
-Verá..., he pasado una mala racha y no le puedo pagar ahora...-.
-¡Tienes hasta mañana por la mañana y sino a la puta calle!. ¿Me has entendido?-.
Sin esperar respuesta ni explicación de Andrés salió por la casa cerrando la puerta de golpe. Andrés se volvió a tumbar en el sofá, parecía como si lo dicho por el casero no hubiese ido con él, estaba como desorientado. A los pocos minutos se fue la electricidad, el brasero y el televisor se habían apagado. Se levantó a la cocina a beber un vaso de agua, abrió el grifo y no salió ni una gota. La puerta fue aporreada.
-¡Cuando pagues tendrás luz y agua y sino a la puta calle mañana!-.
Estaba cayendo el sol y cada vez se veía menos, no tenía ni velas, ni linternas. Se fue a su cuarto y de encima del armario bajó su maleta. Lentamente la fue haciendo metiendo en ella todos sus cosas hasta que la última luz del día lo dejó a oscuras. Tanteando cogió una manta de la cama y se la echó encima. Cogió la maleta y la dejó en la puerta. A ciegas se fue vistiendo con la ropa que estaba encima de una silla, ni siquiera veía lo que se estaba poniendo. Al acabar volvió a ponerse la manta encima y cogiendo la maleta salió de casa, dejando la puerta abierta, sin echar una sola mirada atrás.
La noche era fría, muy fría, las temperaturas rondaban en la ciudad varios grados bajo cero en aquellos días. Una ola de frío inundaba toda la península. Las calles estaban silenciosas, abandonadas, sólo interrumpidas por el fugaz paso de algún vehículo. Andrés andaba solo, con paso lento, arrastrando la maleta pesadamente. Sólo andaba, con la única compañía de la manta que llevaba encima. No pensaba, tenía la mirada ida, perdida. Tras varias horas andando sin ir a ningún lugar vio a lo lejos una vieja casa en ruinas. Se metió en ella. Estaba muerto de frío y se dirigió a una esquina donde se acurrucó como pudo tapándose entre aquella manta que apenas le proporcionaba calor. Allí oculto no parecía más que un bulto tirado al lado de una vieja maleta.
Aquella noche hizo mucho frío, demasiado frío. No tuvo ni fuerzas para buscarse un refugio donde estar caliente y pasar la noche. Quizás tampoco le importó, porque ya a nadie le importaba.
Que más daba todo.... Al final la vida le había vencido y ya no tenía nada por lo que seguir luchando....
FIN
Fdo:
Luis G.Antúnez
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