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YA
NO ERES NADA
Estaba sentado al fondo de la barra de un bar, en una esquina perdida del local, allí donde la ajetreada multitud de aquella noche parecía no existir, ausente, con la mirada perdida. Bebía una copa de whisky a la que no paraba de dar vueltas lentamente, removiendo el hielo sin dejar de mirarlo, como si de aquel momento pareciese esperar algo. La música era ensordecedora, y los primeros efectos del alcohol empezaban a hacer efecto a muchos de los que allí habían. Pero en aquella esquina parecía todo estar alejado. Se hurgó en el bolsillo sacando un paquete de tabaco que arrojó desganadamente encima de la barra, cogiendo lentamente un cigarro que se encendió, dejando una aureola de humo tras de sí. Enseguida se llevó una mano al rostro, secándose una lágrima que había parecido ser producida por el humo, pero que no dejaba de manar parsimoniosamente.
Una mujer en la distancia no había dejado de mirarlo. Al rato se aproximó apoyándose junto a él en la barra. Llevaba un vestido de noche negro, que acababa por encima de sus rodillas, con unos tirantes entrecruzados por la espalda que le hacía remarcar su estilizada figura. Cuando él la miró se fijó en su hermoso cabello cobrizo que dejaba agitar sus rizos al moverse. Sus ojos eran azules como el cielo al alba, remarcando su color por una tenue sombra de ojos que hacían fijar el interés en su mirada. Sin dejar ambos de mirarse ella sacó una barra de cacao que deslizó lentamente por sus labios. Llamó al camarero y le pidió una copa de ron con cola. Cuando fue servida cogió pausadamente su consumición y como sin haber conseguido lo que esperaba se dispuso a marcharse vislumbrándose en rostro cierto aire de triste conformismo. Cuando ya le había dado la espalda una mano la agarró por el hombro suavemente, y al darse la vuelta él la invitaba a sentarse ofreciéndole un cigarro. Sentados los dos se acercó a ella ofreciéndole fuego y tras dejar el mechero en la barra le cogió una mano y seguidamente la otra. Sus dedos jugaban entrelazándose, acercando cada vez más sus miradas. Le soltó las manos y empezó a acariciarle el cabello y el rostro, deleitándose con suave ritmo ante sus labios. Sentía como el corazón de ella palpitaba cada vez más acelerado, sintiendo el cálido suspiro de su ser incrementado. Sus labios se aproximaban cada vez más y la besó.
Un lento juego de labios que se acercaban y alejaban fue dejando paso a un continuo juego de seducción y pasión, que no dejaban descanso..... De repente él se separó de ella y dio un paso hacia atrás. No dejaba de mirarla fríamente, con decepción. Entonces le gritó:
-¡Tus besos están muertos,...!, ¡no son nada...!, ¡no saben a nada...!, ¡no tienen nada!.
Se sentó nuevamente donde estaba, cogiendo su copa y pegándole un enorme trago que la dejo vacía. Ella le gritaba, le insultaba mientras se iba de su lado, pero él ya no escuchó nada, estaba como ausente secándose una lágrima que le caía del rostro. Se había convertido en el centro de todas las miradas, porque todos querían saber quien era la persona insultada y porque le estaban diciendo todo aquello. Al salir ella del local la gente pareció reincorporar su ruidosa actividad como si nada hubiese ocurrido. Él llamó al camarero y le pidió que le llenase la copa sintiéndose ajeno y perdido a lo que había pasado. En aquella esquina se sentía olvido en la multitud.
Tras un rato sacó repentinamente una foto del bolsillo de su camisa y la arrojo a la barra con furia. No dejaba de mirarla, sus ojos se humedecían y bebía con ansia de su copa. Con la manga intentaba secarse frenéticamente sus lágrimas como si pudiese sentirse avergonzado de que alguien lo viese. Cogió la foto con la mano y la depositó dentro de un cenicero. Empezó a hablarle como si de una persona se tratase .
-¡Tus besos están muertos,...!, ¡no son nada...!, ¡no saben a nada...!, ¡no tienen nada!, ¡YA NO ERES NADA!-.
Encendió el mechero y la quemó. Mirando aquella tenue luz sentía que algo se le estaba yendo. Sintió un gris dolor en el pecho, y observando como se iba consumiendo lo que quedaba de foto, arrastró su mano hacía su corazón. Supo que algo ahí dentro se le había roto para siempre y al consumirse la última llama ninguna lágrima volvió a brotar más.
Cogió su abrigo, pagó lo que allí debía y salió de aquel lugar para siempre. Iba por la calle andando cuando una moto empezó a tocarle el claxon.
-¡¡Tío donde coño te metías!!-. Alejo paró la moto y se bajó.
- Acabo de venir de tu casa. ¿Cómo te encuentras?. Ya me han contado lo que te ha pasado -. Su mirada ya lo decía todo y no tuvo que contestarle.
-¡Joder!, ¡si es que son todas unas putas...! -.
- Anda sube a la moto que hay fiesta en casa del cateto y me tienes que acompañar a la chica a pillar un pollo -.
A la hora ya estaban bien asentados. Él estaba colocado, borracho y se sentía más feliz que nunca. Aquello no era una fiesta, era Sodoma y Gomorra. Al salir del cuarto se encontró con una atractiva rubia que esperaba para entrar. Con la puerta entreabierta, él quería salir y ella entrar, pero los dos no pudieron dejar de mirarse. Alargó la mano y la invitó a entrar junto a él. Ella dudó unos segundos pero aceptó su invitación. En la intimidad de aquel lugar se acariciaron sus manos, sus miradas se deseaban cada vez más, sus labios se aproximaban. Él la cogió suavemente del cuello y el rostro. Cuando pareció que iban a besarse hizo fuerza con los brazos para que se agachase y dejarla en cuclillas. Ella estaba sorprendida, inquieta. El sonido de una cremallera bajarse la alertó y se levantó violentamente soltándole dos ostias que le dejaron medio aturdido. Salió enfadada y gritándole mil obscenidades del cuarto de baño. Alejo pasaba casualmente por ahí.
- ¿Qué te ha pasado tío? -. La mirada pícara de él hizo que la respuesta fuese obvia.
- ¡Que hijo puta eres...., jejejeje! -.
La atractiva rubia apareció al momento con unos amigos que buscaban de forma activa y violenta al irreverente protagonista del ultraje a su amiga. Alejo no pudo evitar que se lo llevaran a volandas a la calle.
Cuando la policía llegó media hora más tarde un cuerpo inerte rodeado de sangre y con un puñal clavado en el corazón yacía en el suelo...
Los periódicos se hicieron eco durante días de la muerte de un hombre en una pelea callejera. La noticia no fue el motivo de la discusión ni lo que en aquella fiesta ocurrió. Al realizarle la autopsia los forenses no consiguieron encontrar el corazón, había desaparecido o no estaba allí. Un hombre sin corazón había muerto y nadie supo jamás que pasó
Fdo:
Luis G.Antúnez
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