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A Bill no le gustan las negras
Tampoco las de los ojos rasgados ni las de ojeras marcadas, mucho menos las morenas redondas. Le atraen las flacas de cabello rubio aunque por su edad conoce muy pocas chicas con estos atributos. Bill Hernández tiene 12 años y habla muy poco español. No come tortillas, "eso es de mexicano", se defiende. En la escuela finge un acento puertorriqueño, argumenta que a "ellos sí los quieren"; de cualquier manera lo apodan The Beanboy.
Bill tiene muchos problemas: su mamá limpia casas de otros mexicanos y latinos de primera clase; su papá es cocinero. Viven con "dignidad", como dice la political correct people. Es un buen estudiante, no está entre los mejores, pero califica para esas becas con las que el gobierno norteamericano premia la tolerancia y el antirracismo; los especialistas le llaman racismo de izquierda. Sin embargo, ni siquiera esa "inclusión" lo consuela, su conflicto mayor es su origen, aunado ?claro? a su estatura baja, la nariz ancha y su tez. Odia a sus padres porque son inmigrantes y porque aún después de 12 años no entienden completamente el inglés. "Y por qué habrían de hacerlo", le pregunta Sara, su vecina, compañera de la escuela y casi única amiga. "¿Cómo que por qué? Por mí. Tú no puedes entender. Tu familia es diferente", reniega. "Mi familia es negra". "Son bien vistos". Sara sonríe "a mí me gustan mis padres". "Pues a mí los míos no", se queja.
Bill y Sara crecieron juntos en el barrio. Sus padres son amigos, y esta relación resulta sospechosa a ambas comunidades ("los tigritos con los tigritos y..." reza el dicho), por eso viven en Harlem en un barrio de "morenos", como cariñosamente los llaman los hispanos a los oficialmente nombrados "afroamericanos": "No", asegura Bill, "vivimos rodeados de pinches negros". "No seas grosero", le ruega su mamá mientras se persigna, "Diosito, porque mi hijo dice estas pendejadas".
A Sara le preocupa Bill. Él la ignora. Ya no le habla en la escuela, y se burla de sus peinados "africanos". "Si no fueras negra, te pediría que fueras mi novia. Pero eso nunca sucederá. A mí no me gustan las negras, oíste". Sarita lo disculpa, "no se preocupen por mí, no me importa y no lo dice en serio, está enojado conmigo", miente, las palabras de Bill la laceran. Han dejado de acompañarse. Ya casi no se hablan.
"Quiero ser gringo", exige. "Vete por las tortillas y cállate", su madre le ordena, mientras Billy boy rechina los dientes. "No te tardes, y reviéntate ese barro asqueroso que ha invadido la mitad de tu cachete".
Una vez más, sale a la calle. En el radio afirman que es el día más caluroso del año ("100 grados Fahrenheit a la sombra, más el factor humedad..."). La cara le brilla tanto como el odio. Camina y como todos los días siente el corazón oprimido. Se mira en el aparador de la bizcochería de la esquina ("Deberían prohibir estas 'latinadas', clama), y como siempre enfurece al ver su cara ancha y sus ojos jalados. "¡Soy horrible!". Aprieta el paso, dobla en 130, hacia el East... quiere hacer algo diferente. "A dónde vas, mexicano". Continúa caminando, "¿estás sordo, mexicano? Contéstame. ¿A dónde vas, nene? El mexicanito tiene miedo. El mexicanito está temblando". Bill acelera el paso y alza la cara. "¿Dónde está tu mamita para defenderte?". Esa voz se difumina en el aire caliente. "Odio este barrio", se repite, "y a mamá".
No es sencillo vivir en una ciudad marginal que se yergue fuera de la vista del American White Way of Life, allá en esa urbe construida abrazar a esas mujeres con las que Bill sueña, de muslos largos, brazos fuertes, caderas estrechas y pechos puntiagudos, pero esas mujeres son las dueñas de la isla desde la calle 96 para abajo. Las otras mujeres no tienen cabida más que en la periferia, aunque con una golosa cuenta bancaria son aceptadas en cualquier parte, menos en las fantasías de Bill. Prefiere a las blancas.
Esta ciudad cuadriculada no contempla las emociones de Bill, el Downtown queda demasiado lejos, tan lejos como las cinturas breves de las chicas que supone deambulan en el Village. Nunca ha ido tan lejos. Conoce esa metrópoli ("Manhattan, la nombran la Big Apple, aunque ignoro por qué", afirma) sólo a través de la tele y de la imaginación. A pesar de su desconocimiento, ubica perfectamente el trazo, se ha aprendido los mapas de memoria. Jamás ha bajado más allá de la 96, pero desde ahí, el Central Park anuncia una urbe muy estiradita y sofisticada. Es verano y las nubes vuelan rápido. Le gustaría ver la punta de la isla, contemplar desde una banca del Battery Park los ferries y el mar. Desea experimentar las sensaciones de quienes llegaban, como en las películas, en busca de la tierra prometida. Quiere contemplar la Estatua de la Libertad y una mujer que se le parezca ("pero sin corona")... Ah, también ansía escuchar el agua.
En las noches, sueña con los rascacielos, con la Quinta Avenida, con las luces del Times Square y la monumentalidad del Lincoln Center... Imagina que maneja un auto grande y lujoso, "no una limusina, esas las conduce cualquier latino y hasta los negros, yo prefiero un carro elegante, de verdad espectacular", y que lo acompaña una mujer rubia de piernas tan largas como Broadway Avenue.
Desde muy pequeño, colecciona mapas; conserva debajo de su colchón una extensa serie de The Map que regalan en las taquillas del Subway y en los autobuses, y que ha recopilado a lo largo de sus escasos años de limitada independencia. Mes a mes, ha estudiado los trazos, ha aprendido los cambios, las nuevas rutas, los arreglos, las permanencias. Cada uno de esos enormes planos evoca de relatos distintos ?ahora eróticos?.
Diariamente, antes de dormir saca el mapa del mes, lo estira e inventa historias. El color azul lo tranquiliza, le anima que las líneas A y D no estén iluminadas de verde ("odio ese color"), le agrada que cerca de su casa aparezca una raya delgada de ese azul intenso. Cada noche escoge una coordenada al azar. Así se arrulla. Ayer, el cuento comenzó en la 130, esquina con la Quinta Avenida, por primera vez alejado de una estación del Subway. Se escondió bajo las sábanas a pesar del calor, prefiere esconder entre las piernas, los deseos. Cerró los ojos y escuchó un grito: "¿A dónde vas, mexicano?". Camina hasta Lexington sin responder. "Contéstame, a dónde vas Beanboy? No me hagas enojar. Te estoy hablando. Sígueme", insiste esa voz. "No hablo con extraños", respira. "No seas estúpido". No se detiene. "Mexicano, sé bien a dónde te diriges". Bill se tapa los oídos. El encargo de mamá ya no importa. Esa voz lo hostiga: "Odias el Harlem, no. Hay demasiados morenos y negros. Son como tú", Bill aprieta los puños. "¿Tienes miedo? ¡Qué va! Eres un temerario... No te enojes, estoy bromeando. ¿No tienes sentido del humo? ¡Bah! Oye, camina más despacio. No hay prisa. Así. Bien. ¿Qué haces tan lejos de casa? ¿Sabe tu mamita que andas cerca de Madison Avenue? ¿Te gusta la zona? ¿O está más fea que la tuya?" Bill se detiene. "¿Qué pasa? ¿Ya te cansaste? ¡Camina, Beanboy, no te detengas. Toma el metro en la 125, ¿entendiste? Y reviéntate ese barro, por favor, me da asco".
Bill finge tranquilidad y obedece. No conoce bien el East Harlem. Observa la entrada al metro, compra un boleto con el dinero que le dio su madre.
"Aborda el local, comprendes, la línea 6. Por cierto, lamento que no te guste el color verde".
Bajo la tierra, el temor se escapa. Ahí se siente seguro. Gira la vista hacia el túnel y recuerda que tomará el último vagón y que ahí encontrará a Sara.
?Hola, Billy, ¿qué haces aquí?
?¿Qué diablos haces tú aquí? (Éste es mi sueño).
?¿A dónde vas?
A Bill le gustaría decir la verdad.
?Me mandó mi madre a comprar tortillas.
?¿Y qué, ya las venden en el Downtown?
?¡Qué te importa! ¡Déjame en paz!
?No. Iré contigo a la punta de la isla. Allá donde están los rascacielos, donde el agua rodea a la estatua. ¿Quieres ver el mar? ?Lo abraza?. Iremos a la playa, ¿te parece? -Bill quisiera zafarse y se sorprende rodeando de la cintura a Sara-. Vamos a Coney Island, quiero ver si existe ese hermoso parque de diversiones del que tanto habla la gente. ¿Sabías que allá viven los rusos?
?¡Cállate!
Y como en el sueño, Sara se pega a su cuerpo y le acaricia las piernas. A Bill no le gustan las negras, pero no puede negar el calor que sube mientras lo toca.
?Me bajaré en la siguiente estación.
?No puedes ?vaticina Sara.
?¿Por qué?
?Lo sabes bien.
Los ojos de Sara brillan como nunca. Son fuego.
?¿Estás muy enojada conmigo? ¿Es eso?
?No.
Sintió temor. Nunca la había visto así. No podía ser la misma niñita negra, Esa tímida y boba.
?¿Por qué no me miras?
?Perdóname, te juro que ellos me prohibieron hablarte. Ya sé que eres buena conmigo, pero yo únicamente quiero ser como ellos, ¿me entiendes?
?Olvídalo. Te pregunto: ¿por qué nunca me has visto?
?Deja ya de jugar. Estás muy pesada. Ven, tenemos que regresar y no andamos muy lejos, a penas es la 77.
?Tú quieres ver el mar, y yo te acompañaré.
Sabe, porque ya lo ha vivido, que en Bleecker cambiarán de línea y tomados de la mano abordarán la línea F naranja en Broadway-Lafayatte, dirección Downtown. Sabe que su mamá mira el reloj y sirve la sopa. Sabe que en Delancey subirá mucha gente, empujando el cuerpo de Sara sobre el suyo; también sabe que abordará él. Cerrará otra vez los ojos.
***
Sientes que el sonido de tren te eriza los nervios. Los miras besarse, son dos adolescentes, la imagen podría ser tierna, pero son morenos y tú te preguntas por qué diablos están ahí. Si algo te desquicia de esta ciudad, es su turístico "cosmopolitismo". Esta llamada capital del mundo es un producto abaratado por tanto inmigrante. No te consideras racista, en la Universidad saludas a los extranjeros, pero no soportas que los hindúes sean mejores en matemáticas, tampoco que las matrículas de orientales y latinos aumenten anualmente. La comunidad negra es casi tan grande como la blanca, pero thanks God no te relacionas con ellos. Tú eres un digno chico blanco y no practicas sus deportes ni escuchas su horrible música. Eres de los buenos.
No eres racista, pero ¡cómo apestan! Deberías bajar en la 15 y Prospect Park, pero continúas observándolos, asediándolos. El niño te mira con temor, "vámonos", escuchas que le dice a esa negra con culo rico.
Al igual que en el sueño, Bill tiene miedo. Intuye que el joven rubio los observa. Le incomoda esa lascivia. No le agradan los negros, pero tampoco le gusta como "ese güero" observa las piernas de Sara. Faltan pocas estaciones para llegar al final de la ruta.
El vagón está casi vacío, sólo ellos tres y una pareja más que bajará en Neptune Avenue. No entiende por qué está ahí, pero no puede remediarlo. Su mamá en casa ya guardó la sopa en el refrigerador y se arregla para ir a trabajar. Sara le besa el cuello, le agrada el escalofrío, que se confunde con las ganas. Hasta ahora se percata de los pechos abundantes de Sarita y de sus hombros firmes; no la ha mirado porque ha estado muy ocupado pensando en niñas blancas. Ha desperdiciado mucho tiempo en masturbarse pensando en rubias. Sara le gusta a varios compañeros en la escuela, pero insiste: "no me gustan las mujeres negras". Cierra los ojos otra vez. Nunca ha tenido sexo, tampoco ha estado en Coney Island.
?Ya verás cómo nos divertiremos.
?Sara, ese tipo nos está mirando.
?Me observa a mí. Todos me ven, menos tú. Jamás me has visto.
-¡Óyeme bien! Ese tipo nos está mirando -enojado, la suelta y se pregunta con quién ha hecho el amor Sara.
-¿Y? Debe ser un pervertido.
Bill se toca la cara: "Y para colmo, este pinche barro". Sara lo mira y goza lo que asume como "sus celos"; también disfruta la mirada mórbida del chico rubio. "Está excitado", presume. Lo que ignora es que sus nalgas tan paradas no le son atractivas a ese joven blanco, que su busto tan pequeño en comparación con las caderas es una caricatura para él, que su cabello luce áspero y seco, y que la blancura de sus ojos lo espanta. No lo sabe porque para ella es natural tener esa curva tan pronunciada que corre de la nuca hasta el inicio de las nalgas. Nunca ha pensado que sus piernas musculosas no sean atractivas. En la escuela, varios chicos la espían mientras orina. La pobre confunde la necesidad con el cariño. Sin embargo, sus compañeros tienen muy clara la diferencia.
Sara respira agitada. Bill le gusta. Le encanta su color de piel. Sus ojos almendrados, sus pelos lacios y gruesos. A ella no le atraen los rubios, eso le enseñó su madre. Aprendió su lugar desde muy niña, aunque en la escuela su maestra blanca dice que en América "todos somos iguales". Por eso ya no le gritan negra, sino afroamericana, "pero yo soy dominicana", se define. Por eso ya no atiende a los despectivos she, sólo responde a los dignos She. Eso marca las leyes. En su barrio no sirven de mucho estas lecciones de civismo. Sara desea a Bill. A sus trece años qué más pueden hacer sus hormonas. No entiende el enfado de su amado, "a lo mejor le pega su mama. ¡Qué más da!" El letrero de Ditmas Avenue se aleja y el olor a sal cubre su rostro.
Bill adivina los pensamientos de Sara, más bien: los recuerda. Se avergüenza de su maltrato. No le gustan las negras, pero ella no es una mala persona. No quiere hacerle daño. Por primera vez en su vida, siente ternura. No lo sabe, pero esa sensación blanda, esa fragilidad repentina, ese impulso por cobijar al otro, se llama ternura. Se arrepiente del menosprecio. Tiene miedo. Las ruedas del tren crispan las vías. Imagina las chispas. Está oscuro. No, esa oscuridad cruza su cabeza; afuera hay luz, la observa en el rostro de esa pobre niña negra y en la nariz charoleada del estúpido rubio que los persigue; sabe que se llama Robert, que creció en Brooklyn, que ansía -al igual que él, al igual que muchos ("si no es que todos")- apropiarse de Manhattan. Robert también es un outsider. Sabe que sus abuelos son irlandeses y si no fuera por los prejuicios, hasta podrían ser amigos: ambos son católicos y no les gustan las negras.
Ha sido un día duro. Estás enojado, bajo tierra el calor aumenta. La camisa se te pega a la espalda y esa estúpida parejita de latinos ("o de donde sean") no deja de tocarse. ¡Qué cuadro tan desagradable! Haces un esfuerzo e imaginas su barrio, "tienen lo que se merecen", afirmas. Has crecido en Brooklyn y vivido la transformación del suburbio, has visto cómo se ha extendido y cómo ha sido tomado por ellos. Lo miras limpiarse la cara. ¡Uy, ese barro debe doler mucho! Estás sentado en un vagón de la línea F. Los tres se bajarán en la última parada, allá donde viven los rusos, "al menos son rubios". Tampoco te simpatizan. En realidad no te simpatiza nadie. El tren se detiene en Bay Parkway. Él la empuja. Ella trata de abrazarlo (tiene los pezones erizos). Él se cambia de lugar, ella lo sigue, le muerde la oreja. Te ignoran. Se te antoja una cerveza.
Bill sabe que el resto de los vagones está vacío. Nunca ha ido a Coney Island, dicen que la playa es linda. También quiere una cerveza. Sara no entiende nada. Por más que ha querido protegerla, ella se ha negado.
"Cada quien", asumes. Nadie te culpará.
Será sencillo, repasas el plan: Bill se levantará, ella lo seguirá, se pasarán al vagón siguiente. Esperarás unos cuantos minutos. "Se vendrá rápido. Así es la primera vez". Luego será tu turno. Anoche, todo salió bien, hoy por qué no. La parte que más te agrada de la historia es que Sara ni las siguientes sentirán vergüenza ni agresión, al contrario, lo gozarán. Para ti no será tan placentero, aunque "coger es coger". Ignoras a quién se le ocurrió.
Pensaste que no se reconocerían en el vagón. Tu temor principal ya se ha disipado. El "morenito" simula tener agallas. Eso esperas, si no lo arruinará todo. Anoche estaba menos nervioso. Claro, ayer, parecía una fantasía. Tendrá que adquirir templanza o de menos fingirla. "Es la edad", lo disculpas. También para ti ha sido difícil, mira que tratar con latinos o mexicanos o dominicanos o indios o lo que sea. Te humilla. Te mereces tratar con gente mejor que ellos. Bill tiene razón, hasta podrían ser amigos. "No somos iguales", aclaras, "aunque aparenta ser un buen muchacho". Miras el reloj, tal como lo hiciste anoche, "¡qué puntualidad!" Están cumpliendo con lo previsto. El tren marcha nuevamente. Bill se baja el cierre del pantalón mientras se alejan de Kings Highway, te toca. Restan cinco estaciones.
El miedo se ha disipado. Bill disfruta su primera vez. Le hubiera gustado que sucediera en otras condiciones y, por supuesto, con otra mujer. "No estuvo mal". Le preocupa un poco qué le dirá a su madre. Ahora deberá tener más cuidado, estudiar más para ganarse esa beca políticamente correcta, para ser ese digno mexicano born in the USA. No extrañará a Sara, quizá sus compañeros añoren por unos días sus calzones, pero pronto encontrarán otra diversión. Quizá Melanie. No le preocupa. Le excita su agresividad. Bob, desde hoy lo llamará así, la penetra por atrás. "Así, así, muévete, negra, muévete más". Cada uno es responsable de su parte. Él cumplió su deber: conducir a Sara. Entre los dos la acomodan en uno de los asientos.
?Parece que está dormida.
?¡Qué fea!
Bill concuerda con Robert. Introduce las manos en los bolsillos. Le intriga el futuro, aunque sabe que cada noche se encontrarán en algún punto marcado en The Map, para definir la ruta siguiente. No hay prisa, hoy quiere disfrutar de la playa (también es su primera que vez) y de los colores de la puesta de sol. La idea de contemplar un atardecer frente al mar, lo excita más, mucho más que la imagen de la mujer rubia con las piernas largas como Broadway Avenue. El mexicanito está muy contento, ya no será el Beanboy, Robert lo respeta. El mexicanito ya tiene un amigo. "Seré un gringo, lo sé". Billy boy sonríe y orgulloso piensa "qué suerte que tampoco le gustan las negras".
En el altavoz anuncian Coney Island. Tienes mucha sed. Sólo piensas en una cerveza. Se abren las puertas. Salen. No hay nadie en la estación, apenas los sonidos de sus pisadas y del metro en movimiento.
"A unas cuantas calles encontrarás la playa", Bill escucha esa voz nuevamente.
?¿Oíste, sordo?
?Sí. Estoy contento.
Te sorprende su estatura, es más chaparrito de lo que suponías y habla un inglés desinfectado, sin acentos latinos. Hace mucho calor. Ambos saben que tardarán en reconocer el cuerpo de Sara, ¡pobre! Cada quien tiene lo que se merece, aseguras.
-Por favor, ya exprímete ese barro, quieres.
Miriam
Mabel Martínez mirmabel@yahoo.com
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