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BETHANIA
Sobre la aldea comenzó a llover de forma desmesurada durante algunos días. Los campos se convirtieron en lodazales que arruinaron los cultivos que anegaron las cosechas.
Andreu Vilarnau, propietario de algunos bancales de tierra, vivía en aquel lugar algo apartado con acceso por caminos de carro. Cada mañana miraba con desespero aquella lluvia constante e inesperada. Trabajaba de sol a sol pero nadie se explicaba cómo se las arreglaba para el juego y para frecuentar el prostíbulo. Una desgracia así producía unos efectos fulminantes sobre su escasa economía. Si no había recolección se acababa el dinero con rapidez.
Una tarde mientras estaba con Carmen, la dueña del local de alterne instalado cerca de la carretera principal, quien le daba cobijo entre sus mantas y entre sus pechos, como si fuera una madre. Andreu era un cliente de muchos años, el primero podría afirmarse desde que abrieron el bar.
-Andreu, no te apures esto va a ser cuestión de días. Si no tienes dinero acude al procurador, él te dejará lo que pidas, pero ten cuidado, mucho cuidado, ese hombre es puntual muy puntual para el cobro de los plazos. Te obligará a hipotecarlo todo, si no pagas no tendrá ningún escrúpulo en quedarse tu casa y tus tierras, todo lo que le ofrezcas en garantía.
Estaba preocupado. El tiempo no tenía intención de cambiar. Tuvo que abandonar la partida de los sábados por la noche, apenas les quedaba para comer.
Se vio obligado a buscar a Climent Serra, el procurador que vivía en una ciudad cercana. Sus negocios eran más usura que de los escasos pleitos que llegaban a sus manos, para pedirle que le hiciera un préstamo. Éste accedió, pero le pidió que hiciera una hipoteca sobre la casa y las tierras ante el notario. Si no devolvía el dinero dentro del plazo acordado Climent se quedaría con las propiedades.
El tiempo pasaba, el plazo para la devolución del dinero se iba acercando y Arnau no podía pagar la deuda. Sólo era capaz de ver a todos los Vilarnau que le habían precedido que pudieron mantener, generación tras generación, esfuerzo tras esfuerzo, los bienes de la familia. Pero sus antepasados no tenían sus necesidades de mujeres ni el hábito del juego. Estaban mejor preparados para aguantar los malos tiempos que continuaban.
Los cultivos se perdieron anegados en el pequeño huerto situado al final del pueblo, junto a la carretera que llevaba a un santuario. Los almendros negaron su flor, yermos en la tierra inundada, en aquel mes de enero maldito, cuando los árboles aparecían siempre florecidos con la nieve de los almendros.
Ocurrió por la tarde, la familia en silencio todavía se hallaba en la mesa terminando de comer.
Llamaron a la puerta. Elvira, la madre, se levanto encontrándose con una comitiva formada por el procurador que llevaba las escrituras, el juez, el secretario, una pareja de la Guardia Civil y detrás el cura del pueblo.
-Dile a tu marido que salga-. Climent desde su voz inflexible reclamaba al esposo.
Cuando el padre salió sabía a que venían.
-Andreu Vilarnau, ¿has podido conseguir el dinero que adeudas a Climent Serra?-, preguntó de oficio el juez. Toda la familia había acudido a la entrada, Marcel·lí y Bernat, eran sólo unos niños. Andreu hizo un gesto de negación, cabizbajo, algo sorprendido por la rapidez con que se había sucedido los acontecimientos.
-Debéis abandonar la casa enseguida, en cuanto tengáis recogidas vuestras cosas. El plazo de pago terminó ayer-. Dijo una voz judicial.
-Señor Climent, señor juez, ¿No nos puede dar unos días más? No tenemos a dónde ir-, dijo Elvira la mujer.
-Yo nunca demoro los plazos. Sacad lo vuestro, quiero las llaves esta tarde. Cuanto antes acabemos mejor.
Climent no vacilaba jamás en la ejecución de sus derechos. Era un hombre de sentimientos oscuros e implacables. Su aspecto el de una persona huraña y desagradable, cómo una hiena. Desconocía la palabra cordialidad o simpatía. Siempre iba vestido con un traje usado por el tiempo, con las solapas llenas de caspa. La cabeza de cuello largo, inclinada, le asomaba al final del cuerpo. Caminaba oblicuo, su mirada era hueca.
-Recoged vuestras cosas, dentro de un rato vendré a por las llaves. Acabemos esto cuanto antes-, era Climent.
Un vecino, junto con otros que habían salido a la calle, observaba la escena y le ofreció alojamiento:
-Andreu, mientras no tengáis donde ir podéis permanecer en mi casa, ya nos arreglaremos.
-Te lo dije, cuando presto dinero es para que se devuelva, nunca he perdonado a nadie-. Dijo Climent amenazante.
Marcel·lí y Bernat no entendían más que la tristeza de los padres y de los abuelos.
Comenzó a escucharse el llanto de la abuela.
Una nueva tormenta se preparaba y la lluvia no tardó en aparecer de nuevo.
-¿Qué haremos ahora? ¿Dónde vamos a ir?.-preguntó la anciana desesperada.
El cura contestó:
-Sacad la vuestro, lo podéis dejar en la parroquia. Luego dadle las llaves al procurador. Una familia de la ciudad os acogerá de momento.
Fueron alojados en casa de María, una señora de la ciudad cercana, de familia acomodada, con muchas misas y rosarios. Allí estuvieron hasta que Andreu pudo alquilar otra vivienda. Jaume, el dueño de una masía enome, le ofreció trabajo. Se encontraba al final de una loma, le llamaban "Ca l'Oliveres".
Los años fueron pasando.
En el bosque cercano al pueblo, tres personas estaban citadas. Bernat fue el primero en llegar. Era una noche helada de viento escaso como contenido, el cielo poco estrellado, la luna envuelta de nubarrones oscuros. El bosque rodeaba a una laguna negra, arboledas centenarias, encinares, robledos y pinos, todo bordeado por la nocturnidad. Olía la hierba de las campas cercanas, todavía las voces apagadas de los arrendajos y las torcaces. Una fina lluvia se deslizaba en silencio.
Marcel·lí llegó al fin.
-¿Vendrá aquella mujer?-, le preguntó a su hermano.
-No faltará,- dijo Marcel·í.
-¿Estás seguro que no fallará?
-Me han dicho que es la mejor de todas; hemos de confiar en ella-.
Bethania no tardó en aparecer por el camino. Iba vestida con un largo vestido negro, protegida con una capa, parecía la muerte. Se alumbraba con una tea que chispeaba un espacio de penumbras y luces ondulantes.
Cuando vio a los dos hombres preguntó como la noche:
-¿Por quién lo sabéis?,- Marcel·lí se avanzó y le susurró un nombre.
-¿Habéis traído el dinero?-
El hombre sacó del bolsillo un sobre que le entregó. El dinero fue contado por la mujer que dejó unos instantes la luz entre el soporte de unas rocas.
Hace años, cuando Bethania se estableció en el pueblo, las murmuraciones no tardaron en escucharse, había llegado sóla y negra en un carro, escueta y sin palabras para nadie.
La guardia civil entró una tarde sin previo aviso en su casa, no pudieron encontrar nada, la mujer se dedicaba solo a recoger y a vender hierbas del bosque, tenía una vivienda alquilada al corriente de pago. Las habladurías duraron algún tiempo más. Luego cesaron. Más tarde la gente del pueblo frecuentó las hierbas de Bethania, incluso le llegaban personas de la ciudad cercana. El procurador, Climent Serra, durante algún tiempo también comenzó a frecuentar la herboristería. Los que le vieron entrar se sorprendían. Entraba cuando la noche era cerrada.
Ella había heredado de su madre unos poderes ancestrales y debía transmitirlos para que no se perdieran en el tiempo.
Nunca sintió atracción ante varón alguno, más bien al contrario le producían aversión.
Los años fueron pasando. Día tras día, noche tras noche.
-Venid conmigo-. Les ordenó Bethania. Era alta, delgada, no tenía edad y carecía de mirada. Caminaron un rato hasta que encontraron un calvero en el bosque.
-Este es el mejor lugar-, dijo.
Su voz era rugosa, envejecida, sus órdenes marciales.
-¿Sabéis lo que ocurrirá, verdad?. ¿Estáis seguros.?
-Estamos seguros. Contestó sin vacilar Bernat.
-Está bien. Voy a empezar. Nos uniremos de las manos. Ahora decidme su nombre:
-Queremos que muera el procurador- dijo Marcel.lí con decisión.
Se unieron, Bethania cuando comenzó a sentir calor se apartó de ellos. Avanzó con los brazos abiertos hacia la tupida vegetación, hacía unas invocaciones de alminar que estremecían el alma y resonaron en la noche.
Luego volvió a ellos:
-Ya está hecho-. Habéis de marcharos ahora, inmediatamente.
Los hombres tomaron el camino de vuelta sin mediar palabra.
Por la mañana los hermanos Vilarnau abrieron la barbería que regentaban en la ciudad a la que se habían trasladado, hacía años. Un cliente, entró en el establecimiento. Era Jaume Oliveres el propietario de la masía que dio trabajo al padre cuando todo lo había perdido.
Bernat lo hizo sentar y le colocó una sabanilla con esmero, como hacía siempre.
-¿No os habéis enterado?-. Climent Serra, el procurador, murió anoche, de un ataque al corazón, dicen-.
-Era un hombre mayor,-dijo Bernat.
-¿Sabéis que os digo? Que bien muerto está. No creo que lo llore mucha gente. ¿Qué os puedo a decir yo a vosotros?. Su hijo continuará con el negocio del padre, me lo ha dicho el cabo.
-No sabía que tuviera un hijo- comentó Bernat.
-El cabo me ha comentado que el padre le pagó los estudios, y que trabajaba ya con él.
Los hombres se miraron y no dijeron palabra alguna.
-¿Cómo lo quiere hoy?,- le preguntó Bernat solícito.
Jaume olía a campo y a ganado, había envejecido en poco tiempo, su vientre aparecía también más redondo.
-Igual que siempre. ¿Cómo lo voy a querer?- Le contestó.- Bernat empezó a cortarle el pelo.
-¿Quiere que le afeite también?-.
-Aféitame ya que estoy aquí. Y me pones bastante masaje, mi mujer está cansada de que huela a cerdos y a vacas.
-¿Todavía no se ha acostumbrado?- Le preguntó sonriendo.
-Ni se acostumbrará ya a estas alturas.
Mientras Bernat seguía con su tarea dijo:
Ese hombre, el procurador era una mala persona un auténtico usurero. Compadezco a los que han tratado con él. Su hijo será como el padre cuando herede el negocio.- Cuando Jaume estuvo arreglado, pagó y salió a la calle.
Los hermanos se quedaron solos, Marcel·lí le dijo casi en susurros a Bernat:
-Quiero que muera el hijo también. Así no se podrá hacer daño a nadie más ¿No estás de acuerdo?,- preguntó Marcel·lí.
-Y a nosotros que más nos da. Ya hemos cumplido. ¿No te parece? Ahora podemos pensar en casarnos sin el peso que nos ahogaba. Renunciamos a todo, ahorramos hasta que reunimos el dinero. Aprendimos el oficio, apenas hemos salido, apenas sabemos nada de la vida a parte de trabajar como esclavos. -le contestó Bernat con un profundo resentimiento.
-Bernat, todavía queda dinero, no quiero que sufra más gente como nosotros.
-¿Y cómo sabemos que será igual que el padre? Ahora ya hemos cumplido, debemos pensar en nosotros.
-Estoy de acuerdo. Vamos a dejarlo. Tal vez no sea tan mezquino como el padre. Pero recuerda si comete las mismas atrocidades debemos avisar de nuevo a Bethania.
Al poco tiempo se enteraron que Albert, el hijo del procurador continuaba con las mismas prácticas de usura. Los hermanos volvieron a hablar del mismo tema.
-Bernat, me he enterado por los civiles que se dedica también a prestar dinero. Y no pueden hacer nada porque nadie le denuncia. Tal vez deberíamos hacerlo nosotros.
-¿Has perdido la razón? La justicia es un traje a medida para los ricos. No quiero ni pensar en abogados ni jueces otra vez, mi opinión es que llamemos de nuevo a Bethania. Así se hará justicia- afirmó con rotundidad Marcel·lí.
Bernat, a regañadientes, consideró la opinión de su hermano y suspiró.
-Está bien como tu digas. Llamaré de nuevo a Bethania si eso es lo que deseas.
No habían olvidado nunca el llanto de la madre, y el gesto de rabia derrotada del padre, ni el abrazo de los abuelos que murieron hundidos en la tristeza al cabo de poco tiempo.
Cuando todavía eran unos chavales, alguien les habló de Bethania, era alguien que sabía. Los dos hermanos acordaron permanecer solteros, dejaron el campo y se establecieron en la ciudad, aprendieron el oficio y decidieron ahorrar para ethania cuando reunieran la cantidad que cobraba que no era escasa.
A la noche siguiente, a las doce, el bosque con un silencio de maldades parecía esperarlos a los tres. Los conjuros se hacían a esa hora, había dicho la mujer que se reunió con los hermanos. De nuevo, volvió a pedir el dinero que contó y guardó en el vestido. Las sombras alargadas en la noche, parecían mecerse con las tinieblas.
-Debemos hacer lo mismo que la otra vez, decidme quien es.
-Queremos que muera el hijo del usurero.- dijo con la misma contundencia Marcel.lí
El rostro de la mujer no expresó emoción alguna. Otra vez en el calvero se unieron de las manos, Bethania las apretó con más fuerza que la noche anterior hasta que llegaron a abrasarla. Súbitamente se deshizo de ellas, y los observó con su mirada hueca. Se adentró hacia el bosque en busca nuevamente de la conjura. Salió enseguida con los ojos encendidos, los hermanos retrocedieron.
El primero en caer fue Marcel·lí que se llevó las manos al cuello hasta que murió ahogado.
Bernat comenzó a sentir unas corrientes extrañas por su cuerpo hasta que en medio de convulsiones cayó al suelo. Antes de morir pudo preguntar con palabras de muerte mientras le faltaba la respiración:
-¿Porqué, Bethania?, porqué.-
-Ese hombre no podía morir. ¡Era mi hijo!-.
Miró a los dos cadáveres con desprecio y asco. Abandonó el bosque con alguna precipitación. Llegó al pueblo, en las calles sólo se movía un viento helado. Se metió enseguida en su casa que cerró sin apenas hacer ruido.
El viento lamía la broza seca, sólo se escuchaban los ladridos de algún perro, el maullido de los gatos, la voz distante de los pájaros nocturnos.
Cuando entró en su casa, oyó una voz, era una mujer vestida con una túnica parda, la aguardaba en el rellano de la escalera, alumbrada con la luz de un candelabro, los cabellos negros ensortijados, los labios rojos, delgada y alta, pero de sinuosidades lúbricas y abundantes, su voz era seca, distante:
-¿Ya has vuelto, madre?
En la calle comenzó a descargar una tormenta estridente, la noche se volvió de truenos, relámpagos y lluvia.
-Vuelve a la cama hija, esta noche las cosas no han ido como esperaba.
La mujer le dijo a Bethania:
-Te acompañaré a la cama, pareces cansada y hace mucho frío. Ven. Y le dio la mano. Sus ojos refulgían fosforescentes. Bethania subió con pesadez las escaleras, cogió la mano de su hija que la acompañaba a la habitación. Cada vez la sentía más caliente, hervía. No tuvo tiempo ni de sentir miedo, ni la pudo apartar. Cayó muerta cuando llegó a la habitación, su cadáver sobre el suelo mientras las terribles risotadas de la hija, acompañaban a los truenos en la noche espeluznante.
-Madre....
escribe
a CESC ARNAU glofran1@telefonica.net
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