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BINGO O CASINO
Ana Vila y Carlos Nadal, después de aparcar el coche, subieron al apartamento que habían comprado en un pueblo turístico de la costa, dispuestos a pasar el fin de semana. A los dos les encantaba el verano. La Costa Brava les parecía un lugar excelente. No les molestaban las avalanchas de turistas, más bien les agradaba aquel ambiente festivo de extranjeros que invadían en verano el pueblo. Estaban acostumbrados a vivir con el hacinamiento de la gran ciudad y no prescindían de él porque formaba parte de su vida.
Llevaban varios años casados, Ana tenía su consulta de psiquiatra y Carlos era propietario de una empresa dedicada al género textil.
Dejaron las maletas en la habitación, la mujer se dirigió al cuarto de aseo para revisar su aspecto y Carlos le dijo:
-No deberíamos retrasarnos mucho, cariño, tenemos reservada mesa en el Cala d'Or, y ya sabes que allí no es conveniente acudir tarde. Y por la carretera ya llevamos algún retraso.
-Acabo enseguida, no te preocupes. Pero debemos cambiarnos de ropa. No vamos a presentarnos en los sitios con la misma que llevamos encima. Creo que deberías ponerte el traje gris con la corbata a cuadros y la camisa a rayas. Yo, creo que me pondré el vestido rojo escotado que me cae tan bien ¿no te parece?-.
-Ya sabes que no me gusta mucho ese vestido-dijo Carlos contemplando a su mujer desde la entrada del cuarto de baño.
-¿Porqué no, cariño?. ¿No te parece que me sienta de maravilla?-. Ella terminó de acicalarse y se dirigió a la habitación. Carlos la siguió algo molesto.
-No me gusta porque te va muy ajustado y el escote es demasiado provocativo-. Dijo con su cara habitual de cenizo.
Ana era una mujer madura de cuerpo abundante, con los labios y los ojos demasiado pintados. Sonrió ante las observaciones de su marido.
Comenzó a desnudarse después de sacar del armario el vestido rojo sin hacerle ningún caso.
-A tu edad, deberías ponerte algo más recatado ¿no crees?-.
-Ni que fuera una vieja. -Contestó Ana, que se ponía la prenda.- Además a mí me gusta y me queda bien. El vestido cubría ya todo su cuerpo.
-Venga, cámbiate o llegaremos tarde-.
Carlos observó desde los ojos de sus conocidos el efecto que causaría aquel atuendo provocativo con su abrigo de piel, la mujer quería encender los deseos disimulados o no, de sus amigos del club de tenis. El hombre con desagrado comenzó también a cambiarse el chándal que había llevado durante el viaje. Se pondría el traje gris con la corbata a cuadros.
Sus cabellos se habían tornado algo canosos con el paso del tiempo, aunque Ana iba siempre detrás de él para quitarle la caspa que a veces, le quedaba en las solapas.
Cuando estuvieron arreglados salieron a la calle en busca del restaurante que daba a la calle principal de la ciudad, antes pueblo de pescadores, ahora paraíso de turistas y gente que acudía de la gran urbe.
Entraron en el "Cala d'Or", y allí solícito les atendió como de costumbre el maître que les acompañó hasta la mesa.
Era un restaurante distinguido, bien decorado, que acogía a las personas que podían atender sus precios exagerados.
Leyeron la carta que les habían ofrecido y el Suquet como primer plato lo complementaron con pescado de segundo, regado por vino blanco seco.
Las mesas con manteles blancos y servilletas rojas. El servicio era rápido y los comensales hablaban todos con discreción, en voz baja.
Ana observó molesta que ningún matrimonio conocido cenada aquella noche en el "Cala d'Or".
Al cabo de un momento se presentó un camarero uniformado y solícito que les sirvió el Suquet y les deseó buen provecho. Antes hizo probar el vino a Carlos que fue aprobado y lo sirvió.
Mientras cenaban la mujer le preguntó:
-¿Dónde vamos esta noche, a la discoteca o al casino?-.
-Yo prefiero ir a la discoteca-contestó Carlos, mirándola algo apático.-
-Ni hablar, esta noche, iremos al casino-. Le contestó de manera contundente.
Cenaban en silencio, y después de tomar los postres entablaron una larga discusión sobre la conveniencia de entrar en uno o en el otro local. El casino siempre atractivo con aquel exceso de luces en la entrada que se encendían apagaban intermitentemente. Y la discoteca, situada un poco más abajo en la misma acera, pensada para la asistencia de público maduro, y con la entrada menos llamativa.
Cenaron y Carlos pagó. Cuando estaban en la puerta Ana le dijo decidida:
-Tú haz lo que quieras pero yo me voy al Casino. Y comenzó a atravesar la Avenida sin esperar a que su marido la acompañara.
-Ana, esta noche no pienso seguirte, tendrás que utilizar tu tarjeta-. Le dijo casi gritando su marido-. No tengo ganas de perder tanto dinero como en la última ocasión.
Su mujer le dijo:
-No necesito que vengas conmigo. Nos encontraremos en el hotel.
Con paso rápido se dirigió hacia el local de juegos y entró. Dejó el abrigo en el guardarropa. El vestido dibujaba con fidelidad las sinuosidades del cuerpo de aquella mujer madura y atractiva. Estaba segura de que Carlos no la acompañaría esta vez al casino, no le gustaba el riesgo y sobre todo, odiaba perder dinero.
Se bajó aún más el escote para que sus pechos se exhibieran sin lugar a dudas.
A Carlos no le gustó nada aquella reacción, ella siempre conseguía que su marido la siguiera, fuera donde fuera, en todas sus salidas, pero aquella noche no lo hizo.
No le apetecía nada ir al casino ni a la discoteca. Siempre acudía a esos lugares porque su mujer lo había decidido y casi nunca tenía ganas de replicarle nada. Cuando vio que lo había dejado sólo penetró en un bar cercano al Casino, y se acomodó en un taburete cercano a la barra.
-Póngame un gintonic, por favor. Le pidió al camarero que vestía americana blanca y pajarita negra. Allí se sintió mejor, pero no podía ocultar el malhumor que oscurecía su rostro. Al poco rato entraron un matrimonio conocido.
Se le acercaron, y les respondió sin ninguna atención cuando le preguntaron por su mujer.
-No lo sé. Por ahí andará.-dijo dándoles la espalda.
El matrimonio que vestía con elegancia frecuentaba el club de tenis lo dejaron solo enseguida un tanto desairados.
Los pensamientos de Carlos decían: "Siempre tengo que hacer lo que a ella le de la gana. Si se queda sin dinero me da igual, tendrá que utilizar su tarjeta de crédito".
No obstante, después de beberse dos combinados más se dirigió al Casino en busca de su mujer. No se sentía tranquilo. Cuando entró no la pudo encontrar. No estaba. Se dirigió a la salida y preguntó al portero por si la había visto.
-Sí, señor pero se marchó enseguida. Iba muy apresurada-.
Carlos comenzó a preocuparse cuando no la encontró en el apartamento. Cogió el coche con la intención de buscarla en otra discoteca, enclavada en la carretera, donde a veces acudían. La habían inaugurado hacía cuatro años y el disk jockey, ponía siempre música de los años sesenta. A veces, incluso había actuaciones de veteranos de aquella época. Tampoco la encontró allí.
Cuando volvía a su apartamento observó sorprendido las luces de una ambulancia y un coche de la policía municipal.
Se dirigió hacia el lugar donde se encontraban, y le preguntó algo alarmado a un policía:
-¿Qué ha pasado agente?-
-Un vecino nos avisó que habían descubierto el cuerpo de una mujer caído en el portal.
Vio cómo trasladaban el cuerpo de Ana hacia la ambulancia. Le informaron que había muerto estrangulada, aunque pudo observar que ya no llevaba su vestido rojo, tan sólo una blusa azul y unos pantalones oscuros.
Enseguida, a pesar de su aturdimiento y sorpresa, comenzó a llenarse de dudas: "Era ella sin duda ¿Adónde se dirigía ¿porqué se había cambiado de ropa."
Se identificó como su marido y se vio obligado a acompañar a la policía.
Después del interrogatorio al que fue sometido, entró en el pequeño despacho donde le habían hecho pasar otro policía:
-Sr. Nadal, deberá reconocer el cuerpo de su mujer. El forense afirma que ha sido violada, luego que la estrangularon y que el asesino dejó su cuerpo donde lo encontramos-. Continuaron interrogándolo durante algún tiempo y luego se vio obligado a reconocer a su esposa. Era ella sin lugar a dudas.
Mientras se dirigía a su domicilio aturdido aún, no cesaba de pensar en el asunto. "¿Porqué no llevaba su vestido rojo?".
El matrimonio había caído en la monotonía de la rutina pero una mezcla de sentimientos de pena, y vacío se pusieron en circulación en su interior. Recordó el pasado, la memoria le mostraba a su mujer en algunos momentos felices de su relación. Alguna lágrima se dejó caer desde su abatimiento.
Al día siguiente abandonó el apartamento, había acordado con la funeraria su traslado a la ciudad y se dirigió a Barcelona, al piso donde vivían desde que se habían casado hacía más de veinte años.
Pasaron unos días y en un periódico comarcal se leían unos titulares "La policía local ha detenido a A.C., como presunto autor del crimen de una mujer en Lloret".
En el interior del periódico aparecía la noticia ampliada:
"En la madrugada del viernes fue encontrado el cadáver de una mujer violada y asesinada en un portal de la calle Oulipus de Lloret. La policía local había sido alertada por un vecino que encontró el cuerpo en el portal y comenzó a investigar sobre el crimen. El presunto homicida, fue detenido, se trata de un delincuente habitual, algo mermado en sus facultades mentales que había salido de permiso de fin de semana. No obstante, la policía continúa investigando sobre este asesinato."
Carlos se sentía, en parte, aliviado por la pena de la pérdida de su mujer, ahora podría ver a Isa Corim, una brasileña ostentosa, sin tener que fingir ni de inventarse excusas. Mantenían unas relaciones desde hacía algunos años. La conoció en una fiesta de carnaval.
Lo que era desconocido para muchos es que Ana Vila, que había abandonado el casino al poco tiempo de entrar en él y viendo que su marido no la seguía, volvió al apartamento, se cambió de ropa, guardó en el armario su llamativo vestido rojo, tal vez para no llamar demasiado la atención e hizo una llamada por teléfono. Se citó con Robert Serra, director del Banco de la ciudad donde acostumbraba a ir, y que frecuentaba desde hacía tiempo, como ellos, el club de tenis. Robert intentaba cada vez con menos éxito disimular el atractivo que sentía hacía la exuberante mujer ahora asesinada. El banquero se había divorciado recientemente y por razón de su cargo evitaba los prostíbulos cercanos a su domicilio. Era un hombre fogoso que necesitaba satisfacer sus necesidades con cierta frecuencia.
Ana Vila sabía de sobras, por los muchos comentarios que hizo su marido que nunca más volvería al casino donde perdieron bastante dinero la última vez que entraron en él y planificó el encuentro con su amante.
Cuando se dirigía a la cita que habían planeado y concertado recientemente, Ana, tuvo la desgracia de topar en el camino hacia el piso de Robert con un delincuente que la seguía, la obligó a entrar en el portal de su edificio, mientras la amenazaba con un largo cuchillo, luego la violó, todavía jadeante y lleno de morbosidad después de haber alcanzado el máximo placer, la estranguló cuando perdió el control de sus actos, Ana le insultaba, en medio de su llanto. Los insultos de la mujer le quemaban, y el llanto era como agujas que se le clavaban, una tras otra. Con el cinturón de sus pantalones caídos al suelo estranguló a la mujer que apareció con su ropa desgarrada.
Después del crimen, a la mañana siguiente, Carlos se presentó por la noche, en una mansión situada a las afueras de la ciudad. Se trataba de un edificio apartado. Preguntó por Isa Corim desde el interfono. La puerta se abrió. Un camarero de aspecto siniestro le acompañó hacía una habitación.
-Isa vendrá ahora. Pero antes deberá dejar sus ropas aquí, señor, como siempre.
Carlos sin demostrar sorpresa hizo lo que le pedía, mientras acababa de desnudarse, se presentó Isa Corim, le abrazó y le besó.
-Pasa, cariño, al interior.
Mientras entraba pudo ver cómo en todas las habitaciones que tenían las puertas abiertas, las parejas gozaban sin pudor alguno.
Cuando alcanzó el salón Isa, desnuda también comenzó a besarlo con fruición.
-¿Sabes? Ana, mi mujer ha fallecido, la han asesinado.-dijo con voz neutra.
-Que pena. Sonaba la música de Carnaval en Río y Carlos se bebió de un trago la caipiriña que le ofreció Isa Narim.
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