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| Prólogo |
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Estamos inmersos, todos,
en una sociedad en constante cambio. Estos cambios
nos deparan necesidades ingentes de comunicación
que han provocado la proliferación de medios, los
clásicos, y los nuevos, para atender esas
necesidades de estar en contacto con la realidad.
A los medios de toda la vida, el periódico, la
radio y la televisión, se ha unido la Red. Foros,
redes de contactos, páginas para "ligar",
comunidades virtuales, mensajes cortos a los
móviles, etc, han revolucionado los parámetros
clásicos de la comunicación entre personas.
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Pero estos nuevos
medios, ¿han sido creados por necesidades
fabricadas o porque verdaderamente la sociedad, el
individuo, lo demandaba?. Creo que nos encontramos
ante una realidad: cubrir muchos horas de soledad.
Pese a estar rodeados siempre por "iguales" como
nosotros, hemos perdido esa facilidad de palabra,
los gestos, el roce de manos, un guiño. Ahora
acudimos a pantallas de plasma para esconder
nuestras limitaciones a través de contactos
inducidos por un ser humando cada vez más solo. En
"Diez soledades de un ejecutivo" nos adentramos en
diez trozos de realidad que nos embarga a diario
en nuestra acelerada vida en una ciudad imponente,
como es Madrid. Fruto de la reflexión, se presenta
el dibujo de una sociedad moderna que cabalga
entre la soledad y la necesidad constante de
comunicación.
Adentrémonos en los
pensamientos que florecen en campos yermos como un
vagón de metro o la oficina y veamos qué sucede
tras una gafas de
sol. | |
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Fragmento |
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"Miles de almas anónimas son
engullidas a diario por el vientre agujereado de la gran
señora y como ejércitos de hormigas obreras caminamos,
sin mirar atrás, introduciéndonos en esas cajas de
cartón oxidadas que son los vagones de metro.
Oíd
el silencio de un vagón de metro a las 8.30 h. de la
mañana. Doscientas soledades presentes y tan cercanas
unas de otras, ignorándose; no nos oímos ni el corazón,
pese a estar unos tan cerca de otros.
¿Podemos
sentirnos solos en un vagón acompañados por más de dos
centenares de viajeros más?
La soledad en medio
de esa multitud es tan aplastante que se convierte en el
momento más solitario por el que a diario hemos de
pasar. Rostros sin cara; personas sin nombre; viajeros
con miles de historias desconocidas para el resto de
usuarios del vagón.
En otras multitudinarias
concentraciones como un concierto memorable de Bruce
"the Boss" o en la playa de San José en agosto, te
sientes -me he sentido- acompañado; las emociones a flor
de piel por una canción; el sonido embriagador de las
olas.
El vagón de metro, ese que "¡vuela!", es un
pasaje hacia lo desconocido. Viaje nocturno a plena luz
de día. Nos instalan monitores de televisión a modo de
acompañantes de plasma y así comprar nuestros minutos de
soledad colectiva, con proyecciones disuasorias que nos
alejan de nuestro consciente, porque él sabe que en la
gran urbe, en sus entrañas, la soledad se
mueve.
Millones de ánimas que dejan tras de sí
pasos olvidados; pasos que jamás se recuperarán, jirones
de vida tirados en pasillos laberínticos, señalados con
flechas de colores y que la salida, pese a estar pintada
de verde, es sólo la puerta de escape a esa soledad
globalizada." |
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