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La vida es la ironía más grande del mundo. Te pasas
toda la vida viviendo, y al final te mueres. ¿Para
qué? Se preguntarán muchos. Estos son los que
comprenden la naturaleza irónica de la vida. Son gente
que entiende el sentimiento tan sarcástico de una
madre que defiende a su hijo del cargo de genocidio
alegando ante el juez que perdone a su hijo, pero que
el niño ha cogido la fea costumbre de organizar
asesinatos en masa. Son gente a las que si les
preguntas qué ocurriría si te tiras desde un décimo
piso, probablemente te diría “prueba, y así me lo
cuentas”. Gente, como diría yo, triste y siniestra
narradora de esta historia, gente que viven la vida
sin darle a las cosas toda la importancia que se
debiera. Gente como Manolo, protagonista y galán de
esta historia llena de amor, toros, aceitunas y
viajes.
Pues bien, estaba nuestro tradicional protagonista
empapándose de esa fiesta de sentimiento tan arraigado
en las entrañas de la sociedad española, como es la
fiesta de los Toros, cuando de repente una muchacha le
pide un pañuelo. Nuestro Manolo, maravillado ante la
belleza gitana de la singular muchacha, le dio lo
primero que pilló: un clínex. La muchacha cogió el
clínex con una cara digna de fotografiar y lo agitó
pidiendo la oreja para el torero, mientras Manolo,
sentado, la observaba maravillado. Tras el triunfo del
torero, nuestro osado protagonista se disponía a
decirle algo a la joven que le había robado el
corazón, pero en ese momento, lógico además, toda la
gente se levantó y lo separó de su amada.
Frustrado, herida su sensibilidad por el terrible
espectáculo de los Toros, Manolo iba reflexionando de
camino a su casa:
- ¡Vaya día! Voy a los Toros para participar por un
día en mi fiesta nacional y lo que veo es cómo
torturan a un pobre e indefenso animal de poco más de
500 kilos de peso y con una cornamenta capaz de partir
a un hombre en dos. Para colmo de males sufro un
flechazo por la que chica que tengo sentada a mi lado
y la sociedad me separa de ella.
En estas reflexiones iba Manolo cuando una parte de su
cerebro que hasta ahora había estado dormida,
despertó. Ésta tiene la facultad de hacer ver las
cosas de forma diferente a aquellos que se les
despierta. Digamos que se toman la vida un poquito más
a risa.
- No sé de qué me quejo.- se dijo para sí nuestro
Manolo.- Conozco a una chica en los Toros y la
sociedad me separa de ella. En realidad, perder su
pista es lo mejor que me podría haber pasado. Porque
si la conocí en una corrida de Toros, eso quiere decir
que tarde o temprano me pondría los cuernos, entonces
yo, furioso contra el cabrón que me los puso, lo
mataría. Entonces la sociedad no comprendería las
ansias de venganza de un carnudo y me meterían en la
cárcel, separándome de esta forma de ella. No, no
merece la pena.-
En estas reflexiones andaba nuestro filosófico Manolo
cuando entró en casa. La estampa que encontró cuando
llegó era la de una típica y honrada familia del campo
andaluz. En la mesa, a punto de cenar, estaban
sentados sus hermanos Paco y Pepe. Paco y Pepe eran
menores que Manolo; Manolo tenía 20, Paco 18 y Pepe
16. También estaban allí Papá y Mamá. Los nombres de
Papá y Mamá los desconocemos, ya que como Manolo los
llama Papá y Mamá piensa que se llaman así e ignora
que puedan tener nombres propios.
Se sentó a la mesa, triste y dolido, y les contó a los
suyos lo ocurrido en los toros esperando algún
consuelo:
- Los toros cumplen una función social muy importante:
recordar al hombre que la vida es un torero que
intenta matarte y nosotros somos toros, que al
intentar defenderse, parecen que hacen algo malo. Al
final el torero siempre te mata.- le dijo su padre.
Tras decir esto se fue a la cama, orgulloso y feliz de
haber cumplido su función de padre. Ni que decir tiene
que era un gran aficionado a los toros.
- El amor es como el contrato social de Rousseau, que
dice que la parte contratante de la primera parte será
la parte de la primera parte.- le dijo su hermano
Paco. Estudiante de Filosofía, cinéfilo y con
tendencia a enredar las cosas.
- Las tías no son de fiar, ¿cómo puede uno fiarse de
un bicho que sangra durante cuatro días y no se
muere?- este era Pepe. Adolescente demasiado hormonado,
fantasma y universalmente rechazado por el sexo
femenino.
Ante la avalancha de buenos consejos que estaba
escuchando, no sabía qué hacer. Así que nuestro
entusiasta Manolo esperaba con ansias el consejo de
Mamá, seguro de que ella le diría lo apropiado:
- Cuando te encuentres ante varios caminos, y no sepas
cuál elegir, siéntate y aguarda. Respira hondo,
tranquilo y confiado como lo hiciste la primera vez
que llegaste a este mundo. Aguarda y aguarda aún más,
entonces oirás el latido de tu corazón. Escúchalo, y
cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.-
Una lágrima asomó en los ojos marrones de nuestro
Manolo ante las hermosas palabras de Mamá. Ya la tenía
por la heredera de Emily Dickinson cuando descubrió
que lo que le había dicho era el final del último
libro que se había leído, “Donde el Corazón te lleve”,
de Susana Tamaro.
Optó por hacerle caso a Mamá.
Se sentó, respiró hondo, tranquilo y confiado,
esperando oír a su corazón.
- Síguela.- oyó decir al compás de una rumba.
Se quedó parado, asustado, pensando que aquel corazón
no era el suyo ya que a él no le gustaba el flamenco.
Volvió a poner la oreja, y oyó lo mismo, sólo que esta
vez distinguió un fondo de palmas y cajas.
- ¡De acuerdo! La seguiré.- se dijo para sus adentros
nuestro decidido Manolo.
Lo primero que hizo fue pensar dónde la podría
encontrar. Pensó que como a la muchacha le gustaban
los toros quizá, tarde o temprano, iría a dar una
vuelta por la plaza de abastos, lugar que se
caracteriza por su marcado ambiente taurino. Se fue
allí y pidió trabajo en una de las numerosas
carnicerías que allí había. Tras mucho pedir y rogar
lo consiguió. Un amigo de su padre lo contrató de
ayudante. Su trabajo consistía en desmenuzar al mínimo
las piezas de los toros que traían del matadero. Para
colmo de males, esta carnicería estaba justo al lado
de un puesto de aceitunas.
Nuestro enigmático protagonista tenía un secreto que
tan solo él, y nada más que él conocía: le tenía
fobia, pánico a las aceitunas. Un sudor frío le
recorría el cuerpo cada vez que pensaba en esas
inertes, frías, escurridizas y diabólicas criaturas.
En la más tierna infancia de nuestro aventurero
Manolo, éste tenía un gato llamado Enrique Luis. Pues
bien, un día estaba Manolo con Enrique Luis en su casa
cuando de repente el gato salió corriendo y se metió
en los olivares del tío Juanillo. El motivo por el que
el gato huía tan desesperadamente es un dato que
desconocemos, ya que Manolo siempre lo omite en el
relato interno de la historia. Manolo salió corriendo
detrás del gato que se había metido en un cesto de
aceitunas. Se asomó y se agachó para intentar cazar al
huidizo animal cuando de forma inesperada éste pegó un
salto apoyándose en la espalda de Manolo, saliendo, y
empujando así a Manolo al interior del enorme cesto,
cerrándose la tapa y, por ley de inercia, echando a
rodar campo a través. Demasiado pequeño para poder
salir de aquel enorme cesto lleno de aceitunas, allí
estuvo atrapado dos días. Cuando al fin lo
encontraron, Manolo hablaba de una sociedad secreta
formadas por aceitunas que conspiraban para controlar
el mundo a través de las tapas de los bares. Sólo
tenía 8 años.
Manolo, a pesar de estar todo el día descuartizando
toros, no perdía ni la sensibilidad ni la esperanza,
eso sí, siempre con un ojo puesto en el puesto de al
lado, según él, sede de una banda terrorista formada
por aceitunas.
Pero el Destino es generoso, y siempre termina por
recompensar a los que sufren y se sacrifican. Como un
espejismo, la misteriosa muchacha pasó por delante del
puesto de Manolo. Éste, como si hubiera sido
hipnotizado fulminantemente, salió del puesto dejando
a la clientela con dos palmos de narices. Atravesó
todo el bullicio de la plaza, cruzó calles llenas de
obras, se enfrentó a yonkis, turistas despistados y de
propina se llevó la maldición alguna gitana. Todo eso
hizo Manolo sin darse cuenta del tiempo y la distancia
transcurridos. Él tan sólo quería saber hacia dónde se
dirigía su amada.
- ¡Mierda!- pensó.- La estación de tren.-
No desesperó. Esperó a saber en qué tren se montaba.
AVE con destino Madrid.
Se fue de allí, dudando de todo. En ese momento el
consejo de Mamá volvió a su cabeza. Escuchó a su
corazón:
- Síguela.- escuchó al compás de una bulería.
Volvió a quedarse dudando ante el insistente espíritu
flamenco de su corazón. Pero optó otra vez por hacerle
caso, la siguió.
Volvió a la carnicería dispuesto a decirle al dueño
que gracias por el trabajo, pero que lo dejaba. No
hizo falta que dijera nada, nada más llegar supo por
las caras de los clientes abandonados que estaba
despedido.
Sin trabajo, sin ilusiones, sin sueños, con varias
maldiciones encima recogidas por el camino detrás de
su amada, decidió irse.
Madrid puede parecer una ciudad monstruosa para
cualquier persona de un pueblo de no más de 5.000
habitantes y cuya visión de gran ciudad es Sevilla.
Pero Manolo no era cualquier persona. Decidió irse
detrás de su amada a Madrid, así que sin dudarlo se
montó en un tren rumbo a aquella desconocida ciudad.
Nuestro Manolo iba feliz, ilusionado, desprendía una
alegría por su cara que no dejaba indiferente a nadie.
Iba maravillado contemplando el paisaje y pensando lo
bonito que sería tener una vespa y estar en Roma. Iba
sonriendo a todo el mundo. Le daba igual la cara de
pocos amigos que tenía el joven pijo que tenía sentado
a su lado, pero aún así no pudo más y dijo:
- Estoy enamorado.-
- Me alegro.- repuso el otro burlón.
- Voy a Madrid a buscarla.-
- ¿Vacaciones? – preguntó el otro sin mayor interés.
- No. Bueno, en realidad no sé si trabaja.-
- ¿Que no sabes si trabaja? – comentó mostrando ya
mayor interés.
- No. Tampoco sé si estudia.-
- Sabrás dónde vive, ¿no?, para visitarla.-
- No. No sé dónde vive. Y ahora que lo pienso, no
tengo sitio donde quedarme cuando llegue.-
El chico ya no podía abrir más lo ojos de lo
sorprendido que estaba, pero aún así se arriesgó y
continuó indagando:
- ¿Cómo la conociste? – cada vez más intrigado.
- En los toros. –
- En los toros. Supongo que comentando la faena.- picó
amistoso.
- No. Ni siquiera cruzamos una palabra.-
- ¡A ver! ¿Sabes algo de ella? – el chico ya no cabía
en sí de la sorpresa.
- No. Bueno sí, que le gustan los toros… creo. Porque
ahora que lo pienso pudo ir obligada o acompañando a
alguien o la amenazaron o…
- Pero vamos a ver… me estás diciendo que te vas a
Madrid a buscar a una chica que no conoces, que no
sabes donde trabaja o estudia, ni dónde vive y ni
siquiera sabes si tiene novio. ¿Tú tienes idea de lo
enorme que es Madrid? –
- Cuando miras a alguien a los ojos y no te importa
que esa persona te mire y vea todos tus… ¡no!, ¡nooooo!
–
El joven ya estaba preparando su corazón para oír las
palabras de un tonto y loco enamorado cuando de
repente Manolo salió corriendo del tren como alma que
lleva el diablo y perdiéndose por la llanura manchega.
Lo que había ocurrido es que un camión cargado de
aceitunas había volcado en mitad de la vía, y claro,
Manolo al ver tanta aceituna junta pensó que aquello
era el pistoletazo de salida para el ataque. Lo que
todavía sigue siendo un misterio para la policía es
cómo un camión procedente de Jaén había volcado en la
vía del AVE Sevilla-Madrid, a cientos de kilómetros de
su ruta. Pero eso no es menester de este relato, sino
de los interesantísimos y distraídos informes
policiales.
Manolo corría y corría como un poseído, hasta que se
dio cuenta de que estaba perdido en mitad de la
llanura manchega. Dándose cuenta de que ya no podía
volver al tren, decidió encaminarse al pueblo más
cercano antes de que cayera la noche. Iba por una
carretera secundaria, desoladora, solitaria y
amarilla, cuando de repente ve un gigantesco cartel en
el que pone: “Colina de Cotillas, 5 km”. Por un
momento Manolo pensó que ese era el pueblo de donde
salían todos los periodistas del corazón, pero después
pensó que eso era demasiado surrealista hasta para él.
Si el pueblo se llamaba “Colina de Cotillas”, es que
seguramente habría sido fundado por cotillas.
Al cabo de tres horas llegó al pueblo. Eran las 7 de
la tarde y aquello parecía un pueblo fantasma. No
había ni un alma.
De puro milagro, se encontró con un hombre.
- Disculpe caballero, ¿dónde está la gente?- preguntó
nuestro Manolo muy educado y cortés.
- No lo sé. Vete tú a saber.- repuso el señor muy
escéptico.
- ¿Está usted solo en este pueblo?-
- Eso parece.
- ¡No me lo puedo creer, alguien habrá! Aparte de
usted, digo.-
- No se apure, joven. Sé que es frustrante llegar a un
pueblo y encontrarse sólo un hombre mayor. ¿Qué
vienes? ¿De turismo?- dijo feliz el misterioso hombre.
Manolo no sabía si aquello era real o estaba bajo los
efectos de alguna bebida psicotrópica. Pero la verdad
es que en el pueblo no había señales de vida. Ni
coches, ni basura, ni tiendas abiertas, ni bares
abiertos… nada. Tan sólo aquel individuo paseando solo
por las calles.
- Oiga. ¿Usted sabe cómo puedo llegar hasta Madrid?-
preguntó Manolo
- Sí. Coja un coche y es esa carretera todo recto.
Entras por la M-30. No te aconsejo que llegues a horas
puntas: las 8, las 9, las 10, las 2 de la tarde, las 3
de la tarde, las 8 de la tarde y las 9 de la noche.
Entre medias no tendrás demasiados problemas con las
retenciones.-
- Gracias por la indicación. Pero es que no tengo
coche y no sé conducir.- dijo nuestro héroe un poco
abatido.
- No te preocupes. Yo te llevo. Me has caído
simpático.-
- ¡Gracias!
Manolo se fió de aquel hombre con rostro bondadoso y
no dudó de sus intenciones ni por un momento. En el
mágico mundo de nuestro Manolo, todo el mundo era
bueno y altruista.
El coche del señor era un Mercedes Benz en color gris
metalizado. Manolo, que no entendía de coches, no le
hizo ninguna fiesta al modelito. Esto agradó aún más
al hombre, que ya sentía una gran ternura por Manolo.
- Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?- dijo el
misterioso hombre.
- Por supuesto, pregunte.-
- ¿Cómo llegaste al pueblo? Yo he intentado buscarlo
en los mapas y en la mayoría no viene localizado.-
- Verás, en realidad iba para Madrid.-
- ¿Andando?- repuso el hombre extrañado.
- No. Iba en tren.-
- ¿y…?- el hombre no entendía nada, y esperaba una
explicación de Manolo.
- Es una larga historia. Demasiado larga para
contársela a un desconocido. No se moleste, por
favor.-
- ¡Por supuesto, faltaría más! Tú decides qué hacer
con tu vida, y yo no soy nadie para pedirte
explicaciones.- pausa- ¿Para qué vas a Madrid?-
Manolo ya empezaba a sospechar porqué el pueblo se
llamaba “Colina de Cotillas”.
- Verás, me he enamorado.- dijo feliz.
- ¡Ah! Comprendo.- dijo casi riendo.
…
Anochecía cuando llegaron a Madrid. Manolo se apeó del
coche. La verdad es que a él la ciudad no le
impresionaba. Los rascacielos (al menos para él lo
eran), las enormes obras por donde irían las nuevas
vías del metro, los restos quemados del edificio
Windsor, las espectaculares avenidas llenas de coches,
los escaparates de las más lujosas firmas de ropa…
Nada de todo aquello impresionó a Manolo. Eso gustó
aún más al caballero que lo había traído.
- Bueno. Ya estamos en Madrid. Y ahora… ¿adónde vas?-
volvió a preguntar el hombre.
- Pues no lo sé. No tengo ni idea.-
- Bueno chico. Yo me voy, que si no me saquean el
pueblo.
- Gracias señor. Ha sido usted muy amable. Por cierto,
¿cómo se llama?
- Eso no tiene importancia Manolo. Mucha suerte.
El hombre se fue riendo dejando a Manolo sólo en plena
Castellana. Se quedó mirando cómo se alejaba y calló
en una cosa:
- Si yo no le he dicho mi nombre… ¿cómo sabe que me
llamo Manolo?- se
preguntó nuestro avispado protagonista.
Se fue con esa duda corroyéndole las entrañas en busca
de algún lugar donde dormir.
El destino es de naturaleza caprichosa. Otra vez, como
en un espejismo, volvió a ver a la hermosa muchacha
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