“LOS ESPARRAGUEROS CAUSAN COLAS DE 30 KILÓMETROS EN LA A-92”

por Caridad Ibañez


Medio centenar de cooperativistas, operadores y trabajadores del sector del espárrago verde cortaron ayer, durante 45 minutos, la autovía 92 a su paso por Huétor Tájar, lo que generó retenciones que superaron los 30 kilómetros. Los agricultores también repartieron manojos de espárragos a los conductores que transitaron por la zona. Los manifestantes exigieron a la Administración ayudas económicas para hacer frene a la falta de mano de obra cualificada para la manipulación y transformación de este cultivo. El sector genera más de 600.000 jornales por campaña, en su mayoría mujeres.”

Una hora. Sólo queda una hora. Después de cinco largas, lentas y desesperantes horas de viaje, una se hace interminable. Miro el reloj constantemente. ¿Para qué? El tiempo va a pasar igual, ni rápido ni lento, a su tiempo. Una vez leí que no es el tiempo el que pasa, que por desgracia somos nosotros lo que pasamos, el tiempo se queda. Si yo no hubiera existido, estas cinco horas de este día habrían pasado igual. Yo soy una más en el mundo condenada a pasar por el tiempo.
Faltan cuarenta y cinco minutos. Lo sé. Cuando pasamos frente al área de descanso y hotel “Los Abades”, sé que queda menos de una hora para llegar. Cuatro años de idas y venidas por esta misma carretera, con diferentes chóferes y distintos compañeros de viaje, pero siempre la misma carretera, las mismas áreas de descanso y los mismos paisajes. ¿Y yo? ¿Soy la misma?
Esta vez he tenido suerte. Somos pocos en el autobús y sobran asientos. Estoy junto a la ventanilla. Mi equipaje de mano no me molesta, va en el sillón de al lado, que está vacío. Voy medio tirada, con las piernas cruzadas. Llevo mi cazadora vaquera echada encima, hace frío. El día está gris, pero no llueve.
De repente el autobús se para. Hay retenciones. Una larga fila de coches se proyecta frente a nosotros. Todos nos levantamos de nuestros asientos. Miro, veo y me siento. ¿Para qué mirar más? Ya lo he visto, un montón de coches en fila. La mayoría de los pasajeros están de pie, incluso algunos se han ido a la parte delantera, junto al coger, para ver mejor. ¿Qué quieren ver? ¿Están buscando a alguien y tienen la esperanza de encontrarlo por la matrícula del coche? A veces no entiendo la actitud de la gente.
El autobús no se mueve. Han pasado diez minutos. Esto no avanza. Curiosamente no se oyen bocinas de conductores impacientes. ¿Serán obras? ¿La policía busca a alguien? ¿Un accidente?
Recuerdo la primera vez que ví estos paisajes a través de la ventana de un autobús. Era julio. Hacía calor. Por aquel entonces, iba cargada de proyectos e ilusiones, pensando en devorar cada minuto de la nueva etapa que se abría en mi vida. Iba dispuesta a eliminar el gran obstáculo de mi vida. Quería conocer gente, vivir aventuras, estar todos los días en la calle hasta altas horas de la madrugada, viajar… quería ser artista.
Cuatro años después, me veo en la misma carretera con los mismos sueños, pero con el doble de desengaños.
Un hombre mayor ha empezado a hablar en voz alta. Se impacienta. Quiere saber qué es lo que pasa. Está enfadado. A mí me entran ganas de decirle que se calle, que el coger no tiene culpa y que no puede hacer nada. Que ser viejo no le da derecho a exigirlo todo, y que lo que realmente le cabrea es no saber qué pasa, porque seguro que prisa no tiene. A esa edad ya no se tienen prisas.
Pero es más cómodo el silencio. Sonreír y callar. Así es como se tienen que comportar las chicas educadas. A un mayor no se le contesta.
Yo no paro de mirar por la ventana. No me importa el resto de la gente. En otros momentos quizá me habría puesto a observar a los demás, de forma discreta claro. Pero hoy en concreto no me interesa. Paso de todos. ¿Qué me han dado ellos? No les debo nada. No tengo porqué ser ni amable ni simpática. Ni tengo porqué hablar con ellos. Nadie me obliga.
En los asientos de al lado hay un chico. Es joven, más o menos de mi edad. Está en el asiento del pasillo. La verdad es que resulta raro. Yo hubiera preferido la ventanilla. Oye música, y con sus manos marca el ritmo de lo que escucha. ¿Hip –hop? ¿R&B? ¿Reggeatton? ¿Rock? Por las pintas que lleva creo que escucha rock. Unos vaqueros rotos y caídos, unas zapatillas, camiseta azul con un mensaje en inglés, pelo desaliñado y barba de tres días.
La verdad es que el chico no está mal. El pelo, y sobre la barba, le quedan genial. Me recuerda un poco a Mario en los primeros meses de nuestra relación. Después se cortó el pelo y se afeitó. Ya no era el mismo. No por el cambio de look, sino por su actitud. Dejó de ser el chico tímido, alegre y dulce al que le entregué mi virginidad.
Creo que he sido un poco descarada en mi observación. El chico y yo nos hemos cruzado la mirada. Me mira sorprendido. Le sonrío. Me sonríe. Vuelvo a mirar por mi ventana.
Un policía se ha acercado al autobús a informar. Al parecer, unos cincuenta trabajadores del espárrago verde han cortado la carretera a la altura de Huétor-Tájar.
El hombre ya estará contento. Ya sabe lo que ocurre.
Qué ilusa. Ahora es peor. Se le ve en actitud de soltar un miting político acerca de los trabajadores agrarios. Se ha puesto de pie. Está cuatro o cinco asientos más adelante. Le habla a cualquier incauto que lo mire sobre sus vivencias como trabajador de la oliva. Dice que el nunca se quejó, que ya les hubiera gustado en sus tiempos cobrar siete euros por jornal, que antes había que ser sumiso con el señorito, que vivían en chozas, que la vida del campo era muy dura…
Disfruta. Cómo disfruta. El resto de los pasajeros, apenas veinte, somos jóvenes y casi seguro que la mayoría estudiantes. No le hacen caso.
El chico de antes se ha quitado los cascos y escucha al Evo Morales español. También tiene cara de estar pensando: “otro viejo con la misma música”. La mayoría no lo escucha, llevan sus MP3, ese invento del siglo XXI encargado de fomentar la incomunicación entre los ciudadanos que habitan esas enormes jaulas llamadas ciudades.
Ni el coger le hace caso. Se limita a asentir, por cortesía y educación.
Por mi parte yo me muerdo la lengua para no contestarle. ¡Este hombre me saca de mis casillas! Se piensa que él es el único con derecho a opinar sobre la huelga de unos agricultores, porque claro, según los mayores, los jóvenes no sabemos nada de la vida. Yo soy joven, pero ya he visto la injusticia de frente, como todos. Yo también soy del campo, mis padres son agricultores y he crecido en una zona rural. Sé lo que es trabajar duro y que una semana de lluvias lo encharque todo, que una ola de calor lo queme. También sé lo que es trabajar como burros para vender un kilo de pimientos a seis céntimos, y lo indignante que es ir al supermercado y ver que esos pimientos se venden a un euro el kilo. Y después no pidas explicaciones, no las hay. ¿Quién se queda el dinero? El agricultor seguro que no.
Pero soy joven y él es un hombre mayor, por lo que debo callarme y sonreír. Ante todo educación.
Vuelvo a mirar por mi ventana. Y digo mía porque nadie más que yo mira en este momento por esta ventana. Y nadie más que yo ve el mundo a través de esta ventana tal y como yo lo miro.
Un punto insignificante dentro de otro punto soy yo en estos momentos. “Una mierdecilla más en el mundo” como dijo una amiga una noche de depresión y copas. Atrapada por obra y gracia de unos esparragueros protestones, entre lo que ha sido mi vida y lo que será. Entre lo que ha ocurrido y lo que quiero que ocurra. En la A-92, arteria principal de Andalucía, a medio camino entre mis sueños y la realidad.
 

Caridad Ibañez

mail de contacto:  laemperatrizysuslocuras@hotmail.com:

 

distribución en españa por medio de "theborderlinemusic.com"