La institución de Down Hill
Ingrid Ayala

Las voces me han abandonado. ¿Dónde están?¿ Y Richard y James? Se han ido. No lo sé, no lo entiendo. ¿Será verdad lo que dicen? Por qué los objetos no me hablan, ni las paredes, ni mi reflejo en el espejo. Desde que estoy en este lugar se ha desvanecido todo. ¿Se habrán marchado al lado olvidado, a la eterna noche? Traidores. Todo este tiempo junto a mí, incluso persiguiéndome cuando yo no quería saber nada de ellos, y mira ahora. Maldita sea. Se empeñaron, se empeñaron los otros en que los dejase. Me obligaron y yo no quería. Ellos, celosos, ansiaban que abandonara lo prohibido para acorralarme en su territorio, ávido de vulgaridad. Bien es cierto que ya había estado en ese lado antes, cuando era ciega y me movía cual vil marioneta de un mundo supuestamente civilizado. Recuerdo que entonces sentía que las cosas palpitaban plenas de concordancia. El nexo de unión entre mi yo interior y el plano externo se llenaba de equilibrio y yo estaba integrada y era aceptada por el conjunto. Fue luego, cuando cumplí los diecisiete años, cuando la varita divina me rozó y me llenó de su gracia. Me hizo poder ver lo que otros no pueden, hablar con los que tiempo atrás se marcharon, entender el lenguaje secreto de la materia viva e inerte. Pura magia. Sin embargo, he de reconocer que poseer el don llegó a asfixiarme. Nadie me creía. Nadie. Sería que pecaban de vanidad y por eso andaban por las calles con una cinta atada en los ojos. Pensaban que sabían dónde iban, pero, ¿cómo podían y pueden estar tan seguros? Están sucios, y así nadie puede ver con claridad. La monotonía, el estrés, el trabajo esclavizante, el humo, las preocupaciones estúpidas para mantener la cabeza ocupada... quién puede ser feliz en esa guerra. Sólo aquellos que amen ser subyugados. Y al denunciarles las sombras e intentar que las aceptasen y amasen como yo lo hago, respetando sus amenazas rectificadoras por supuesto, me hundí en el foso del rechazo. Y eso fue lo que me llevó hasta aquí.

Podría hablar de tantas cosas durante tanto tiempo que hasta las losas que hay bajo mis pies se quedarían atrofiadas con la forma de mis zapatos. Pero nadie de los aquí presentes está preparado para recibir el gran secreto. De todas formas, voy a ignorar esto último y procuraré tratarlos como iguales. Aunque eso es difícil. Míralos. Están vacíos, ¡les han robado las fuerzas! Y eso es lo que quieren hacerme a mí también. Y lo están consiguiendo poco a poco, día tras día, que aunque no lleve mucho tiempo aquí, este infierno me parece eterno. Me siento cansada, me pesa hasta el aire, y es por la droga que corre ahora por mi cuerpo y que hace que me desvanezca progresivamente, hasta que un día se extinga definitivamente la llama que me da inquietud. No os vayáis sombras, no me dejéis aquí, con ellos. No permitáis que mis ojos claven su mirada en el horizonte sin saber apreciar el azul de las líneas del mar y que mi boca se abra sin mi orden y que mis brazos caigan sin fuerza y que mis piernas no coordinen su ritmo. No les dejéis, por favor, o ¡es que acaso no veis cómo se acercan esos insensatos!¡No, otra vez no!¡La medicación otra vez no!¡ Mediocres, queréis que sea como vosotros!.

- Camelia, que bien que te veo hoy, que guapa estás con esa flor que te has puesto en el pelo. Pero estás muy callada, ¿te pasa algo? Mira, sé que llevas poco tiempo aquí, pero no te preocupes. Estamos aquí para ayudarte. Pero para que todo salga bien tú tienes que poner de tu parte, ¿de acuerdo? Ahora te vas a tomar esto que ya sabes que te hace bien. Anda, toma. ¿qué pasa, no quieres la pastilla? Camelia, tienes que ser consciente de tu problema cariño, aceptarlo y dejarte ayudar. Y poner mucho de tu parte para poder superar tu enfermedad, ¿entiendes? Porque lo que tienes es una enfermedad y te vamos a que la dejes atrás. Además mañana por la mañana vienen las visitas, ya sabes, es como una fiesta, y querrás estar bien para recibir a tu familia, ¿verdad? Piensa que ellos se quedarán muy desilusionados si te ven alterada, irritada o... en fin, ya sabes lo que quiero decir.

Lo que la enfermera Russo no sabe, y eso es porque llevo poco tiempo aquí, es que nadie va a venir a verme. Lo dije antes, me hundí en el foso. Me tomaré la pastilla para que me deje en paz. Ya está, ya me la he tragado. Un poquito de agua. Más agua, a ver si me ahogo y me dejan así tranquila. Y poco a poco los contornos se van, las imágenes se desfiguran, los sonidos se hacen lentos, muy lentos, como mis pensamientos. Y la luz quema, ¡que apaguen esa luz que me hiere los ojos! Se me ha olvidado algo, pero no recuerdo el qué. ¿Qué me ha dado la bruja esa vestida de blanco? Desorden, caos, cansancio, sueño, mucho sueño. Mi cuerpo se va a dormir. Mañana será otro día.

Estoy cansada de esta especie de reunión social. La llamaré la fiesta de la pseudolibertad y por desgracia me temo que este evento se convertirá en uno de los pocos momentos en los que mi vida pública podrá aspirar a ampliar horizontes. Se realiza el primer domingo de cada mes y se supone que vienen a vernos nuestras familias. La mía creo que no ha podido venir, no sé por qué. Bueno, estoy harta de estar aquí sin hablar con nadie, así que me voy a acercar al lago, a ver si veo a alguien conocido. Espero que la enfermera Russo no se de cuenta de que voy sola. Pero no me voy a preocupar, me alejaré con naturalidad para pasar desapercibida. Y además hoy está saliendo todo bien, he tirado la pastilla al suelo y no se han dado ni cuenta. Que ineptos. En fin, la enfermera Russo no, que me cae bien.

En la celebración se visten (bueno, a partir de ahora diré nos vestimos) cada vez de un color diferente. Es una tradición estúpida del centro. Hoy, por ser la primera a la que asisto, el director, el señor Paul, al que yo llamo cariñosamente presidente de la comunidad, me ha preguntado que de qué color quería que fuéramos, y yo le he dicho que de blanco, que además de ser lo fácil , es que es mi preferido. Simboliza pureza. Y el mundo está muy falto de eso.

Han colocado en el jardín unas cuantas mesas con manteles y están repletas de pasteles, dulces, bocadillos, limonada... Y hay unos cuantos globos y cintas para alegrar el decorado. De fondo se escucha un suave hilo musical, un tanto relajante. Desde aquí me parece que ahora están poniendo la canción de Elisabeth Hunt, Falling from heaven, si no me equivoco. Es muy bonita, y la voz de la chica se te va colando por los oídos casi sin que te des cuenta, despertándote una especie de nostalgia inconsciente que hace que revivas los años cincuenta. Pocas cosas valen tanto la pena como la música, ¿verdad Richard?

Aún no conozco prácticamente a nadie y me siento un poco sola. Sí que hay gente muy amable aquí, como la señora Russo, que siempre está pendiente de que esté bien. Me recuerda un poco a mi madre, incluso en el físico, cuando era más joven. Ella es morena con el pelo corto y en forma de ligeros tirabuzones que caen independientes unos de otros, y su cuerpo dibuja unas curvas generosas que advierten que a esta mujer nunca le falta el apetito. Los surcos que se dibujan en las esquinas de sus ojos son consecuencia de un buen humor constante, que hace que esa mujer desprenda vitalidad. No obstante, hay otros pocos que son muy retraídos y es difícil comunicarse con ellos. Pero eso resulta evidente en un lugar como este, en donde los inquilinos estamos siempre drogados. Por ejemplo, Laura Hess, a la que veo todos los días sentada en el césped y con la mirada perdida. No dice ni una palabra a nadie, ni siquiera saluda, y creo que incluso a veces se le cae un hilito de baba transparente. En contraposición está el señor Fox, al que le inyectan cada dos por tres sedantes porque ese hombre se irrita con bastante frecuencia y se pone muy nervioso. En mi primer día aquí golpeó a la señora Russo cuando esta intentaba sujetarlo con otros tres enfermeros más. Pobrecitos los que trabajen aquí. Menudo lugar en el que te relacionas con gente como yo, excluida, incomprendida, a la que, inexorablemente, por una cuestión de enmascarada humanidad, hay que reinsertar en el mundo de los cuerdos, aunque este concepto último es muy difícil definirlo.

Estoy en este lugar por voluntad propia. Esto lo tengo que tener presente, porque de vez en cuando se me olvida y me invade una rabia tremenda. Entonces me odio a mí misma porque pienso que a lo mejor me he traicionado. Si son ellos los que no comprenden, no yo. Yo si puedo ver, ver en la noche intrépida las voluntades de lo oculto. Aunque me tuerzo en la línea recta de mis creencias y dudo sobre la verosimilitud de mis conceptos. Por eso vine aquí, porque acepté a mis fantasmas, a esos espectros que verdaderamente nunca los consigues olvidar, y me resigné, no obstante a ratos, a creer que son producto de mi imaginación. No siempre estos estuvieron ahí. Aparecieron cuando yo tenía dieciséis años. Estaba en el instituto y era una chica verdaderamente brillante. Una promesa, que se quedó desterrada. Al principio me creí una privilegiada, tocada por la mano de Dios, podía ver cosas que otros no podían. Era mágico. Más que mágico. Era un don. Ahora puedo verlo todo, lo sigo viendo cuando puedo mantener los ojos abiertos, pero ya no es tan milagroso. Es una especie de castigo que me mantiene en el límite de lo real o lo irreal. Aunque quién sabe la verdad. Quizás yo lleve razón y sean ellos los que no tienen el don. Pero no puedo ser una más en esta sociedad si intento ser yo misma. Me tengo que adaptar, ignorar lo que siento, lo que me lleva. Mira, ahí está Richard. Ha vuelto.

-Sabes lo que de verdad me duele. Me duele por dentro, es el pecho que se me llena de un sabor amargo. A veces siento como si tuviera vértigo cuando ando o estoy sentada, y se me quitan las ganas de sonreír.

-Camelia, no tiene sentido. ¿Por qué pierdes el tiempo? No te das cuenta de lo que vales y te ahogas en un vaso de agua. Pero, ¿es que no lo ves? Está ahí, quieto, mudo, prácticamente sin hablar con nadie. Mira, el mar está lleno de peces y tú te has encaprichado de uno de ellos. Porque tú eres así, caprichosa. Estoy seguro de que si los atrapases con las dos manos a los cinco minutos te aburrirías de él y lo lanzarías otra vez al mar. Olvídalo, hazme caso, y deja que corra el tiempo. Además, ¿tú no estabas saliendo con...? Si, la nena esa, cómo se llamaba... Ah, Orlando. Bueno, de todas formas da igual eso, que ya sé que estás pensando que se marchó cuando se enteró de que existíamos y que tú ahora deberías rehacer tu vida. Es verdad. Te mereces algo mucho mejor. A mí nunca me gustó, ¿sabes? Pero lo dicho, ya se te pasará la tontería que te ha entrado ahora. Es un capricho, hazme caso.

El cielo está lleno de nubes grises que corren rápidamente al compás del viento. De pronto se deja entrever un cachito de inmensidad, y ambos nos quedamos mirando en silencio el cielo que se expande de una manera generosa. Ningún sonido, ningún movimiento. Sólo se escucha a la naturaleza siempre viva. Las hojas que bailan, el agua que se retuerce. El día que habla por sí mismo.

-Nada está bien, nada está mal. Me muevo entre lo absurdo, y lo absurdo me dirige al equilibrio- esta vez torcí la cabeza para desviar mis ojos directamente a los suyos-. Entiendo que a veces soy víctima y otras verdugo. Lo entiendo y lo respeto. Lo asumo en una gran apuesta en favor de la resignación, que me anima a comprender que la vida es dura, y que esto es una gota insignificante que va llenando el vaso. Me parecería tan horrible retorcerme ininterrumpidamente en este charco, cuando sé que de esto no moriré ahogada. Sería tan egoísta que incluso ahora me arrepiento de habértelo dicho, de haberlo sentido. ¿Comprendes Richard? Por eso quiero que esto quede entre nosotros. Me sentiría ridícula.

Richard sostiene la mirada. Sus ojos me atraviesan indulgentemente. Puede ver el color de mi alma. Sonríe. Separa los brazos entrelazados por encima de las rodillas y coloca las palmas de las manos sobre la tierra para sujetarse y echarse un poco hacia atrás. Estira un poco más las piernas, pero las rodillas siguen aún dobladas. Se queda pensativo, contemplando el lago. Al otro lado está James, mi hombre silencioso, el pez escurridizo. Caprichos de una misma que se enamora de sus ensoñaciones. Quizás me esté escuchando, quizás no. Nunca lo he sabido. Desde que lo conozco siempre ha sido igual, aunque también es verdad que hemos tenido nuestros momentos de acercamiento. La primera vez que lo vi fue en el instituto. Por aquella época también conocí a Richard, mi mejor amigo. Él siempre ha estado en todos mis grandes momentos, los buenos y los malos. Y ahora que los veo aquí, tan reales, tan certeros, ahora que puedo sentir su tacto y su olor, quién me dice que no son reales. Ser diferente te da la vida a la vez que te la quita, regalándote la consecuente frustración que se siente al ser una pieza incompatible en el puzzle de la sociedad. Hasta mi propia familia ha sentido miedo, desesperanza, y por ellos he intentado cambiar. Pero ahora que estoy aquí procurando alcanzar la línea recta de la cordura, he de reconocer que mis fantasmas siguen conmigo porque he decidido llevar a cabo una mentira piadosa. Podría llegar a ser paradójico el hecho de venir para buscar una solución al problema, eliminar las visiones de mi vida, cuando cada vez que me dan la medicación intento por todos los medios escupirla. Me dan un vasito pequeño de agua y dos pastillas, una blanca y otra azul, que me tengo que tomar dos veces al día. Pero yo no quiero ser como Laura Hess y otros más, que se pasan el día ensimismados, sumidos en un sueño cotidiano, faltos de carisma. Prefiero ahogarme en el infierno de mis alucinaciones antes que eso, antes que perder mi esencia. Por eso no renunciaré ni a Richard, ni a James ni al silencia que me habla a gritos y camuflaré la realidad para que sea al gusto de los otros al mismo tiempo. Intentaré engañar a la vida misma, como lo hacen aquellos que son considerados mentalmente sanos. Adiós locura, escóndete y que tu excentricidad pase desapercibida. A ver si así nos quieren en el mundo civilizado.

Ingrid Ayala

mail de contacto: ingridaya@hotmail.com 

 

distribución en españa por medio de "theborderlinemusic.com"