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Las dos ventanas del reducido salón dejaban entrar los
potentes rayos de sol del medio día, y el haz de luz
que le caía directamente sobre la cara sería el
responsable de devolverle de nuevo al mundo real. Esa
noche había dormido en el sofá, ya que cuando llegó a
las seis y media de la mañana no tenía la suficiente
coordinación como para arrastrar sus pies hasta el
cuarto. En su estado, este quedaba demasiado lejos,
por lo que Paul optó por realizar una esporádica
visita al cuarto de baño y saludar al váter para
renunciar al coma etílico. Acto seguido, decidió
derrumbarse en lo primero que pillase, y esta vez le
tocó al sofá, que desde luego nunca lo hubiese elegido
como lugar de descanso preferido, teniendo en cuenta
que la distancia entre el cojín y la madera que lo
sostiene es de apenas cinco centímetros. No obstante,
hasta llegar a su preciado objetivo, tuvo que sortear
dispares obstáculos que el mismo se había interpuesto
en el camino unas horas antes, como el jersey de rayas
verde y negro, la chaqueta de cuero, la bufanda blanca
que le regaló Marta por San Valentín y que no se puso
nunca porque realmente era de chica, tres botellas de
cerveza vacías, un de cenicero lleno de colillas ...
Eso sí, todo aquello estaba bien distribuido a lo
largo del suelo en la más absoluta anarquía
democrática, mermando así la compleja decoración que
Paul se había esmerado en obtener meses atrás junto a
Marta para que su hogar fuese acogedor.
Paul, tumbado en el sofá boca abajo, se quitó una
camiseta negra de los Mainless de encima de la cabeza
y la tiró al suelo. Se dio la vuelta y se acomodó. Se
frotó los ojos con las dos manos y emitió un bostezo
interminable. Se quedó pensativo encima del sofá,
haciendo un pausado reconocimiento de la habitación
con los ojos bien abiertos. Se puso en pié lentamente
y después recolocó la tela de lunares de colores
cálidos del sofá. Rescató los cojines del suelo y los
puso en su sitio. Se tocó las mejillas con las dos
manos y se miró así mismo de arriba a abajo. Estaba
vestido. Y además era tarde, ya no llegaría a tiempo
al trabajo, y esta vez ya no tenía más excusas que
inventarse. Se dirigió a la pequeña cocina estilo
americano que comunicaba con el salón y preparó la
cafetera. Realmente no tenía hambre, así que cuando
abrió el frigorífico metalizado y se apoyó sobre la
puerta con el brazo para mirar las maravillas
culinarias que allí le esperaban, no se desilusionó
tanto cuando vio que lo único que había era un
botellín de cerveza y una lechuga podrida. Se resignó
simplemente al calor de una taza de café solo, que sí
tenía, el cual se mezclaría al revoltijo de
hamburguesa, alcohol y otras sustancias químicas que
bullían en su estómago desde la noche anterior y que
le recordaban que le esperaba un día duro por delante
en todos los sentidos. Mientras, en la casa, reinaba
el más absoluto silencio, que quedó roto por el aleteo
de una mosca suspendida en el aire. Ya no estaba ella,
se había ido hace ya dos meses y diecisiete días. Paul
preparó la cafetera y encendió la hornilla. Esperó de
pié. Luego la retiró del fuego y vertió un poco de
líquido en un vaso de cristal pequeño. No le echó
azúcar. Se sentó en una silla alta junto a la encimera
de madera. Joder, Dios, por qué me robaste a Marta,
por qué te la llevaste. Tan joven, tan llena de vida.
No se lo merecía. No nos lo merecíamos. Con tantos
planes que teníamos por delante. Pero ella seguirá
viva. Yo haré que siga viva, aunque sea en mi cabeza,
a costa de mi propio equilibrio mental. Porque a mí me
gusta recordarte Marta, me gusta verte sonriendo,
alegre, así, como el día en el que tú y yo nos
conocimos.
A Marta la vio por primera vez en el colegio Santa Fe.
Paul iba a recoger a su sobrina de nueve años. Había
llegado antes de tiempo, y se quedó esperando. Se
apoyó contra el muro gris y se encendió un cigarrillo.
La espalda de su chaqueta marrón de pana y la planta
de su zapato negro del pié derecho tocaban la pared y
se mantenía en equilibrio sosteniéndose con el pié
izquierdo. Tenía una mano metida en el bolsillo del
pantalón vaquero y miraba de vez en cuando a la gran
puerta de rejas rojas que le quedaba a la derecha,
para ver si veía a la niña de los rizos de oro salir.
Aún quedaba un rato. Echó la cabeza hacia atrás y su
melena castaña tocó la pared fría. Miró al cielo.
Estaba nublado. Exhaló el humo. Había tenido un buen
día. Al fin y al cabo le habían hecho fijo en el
programa de radio. Qué más da que se emita a las siete
de la mañana. Vale la pena madrugar. Paul reaccionó
ante los gritos de los niños que salían de clase y
tiró el cigarro al suelo. No le gustaba que Laura lo
viera fumar, para que no siguiera el ejemplo. Con eso
de que la niña lo adoraba se sentía un poco
responsable. Laura se acercó dando saltitos.
-¡Tito Paul! ¡Has venido! ¡Qué bien! ¡Ya estás aquí!
¡Qué bien! ¡Mira, mira lo que nos ha dado la profe por
su cumple! - Laura extendió su bracito derecho al
cielo y sobre la palma sujetaba los restos aplastados
de lo que antes había sido un apetitoso pastel de
chocolate-.
-Laurita... ¿Qué es esto? Muhh, ya veo que aquí te dan
de comer... Menudos churretes que te has puesto
niña... Anda, déjame que te limpie un poco- Paul metió
las manos en los bolsillos, primero del pantalón y
luego en los de la chaqueta-. Mierda, no tengo ningún
pañuelo -esto lo dijo en voz baja-.
Paul giró la cabeza para escudriñar el entorno y
determinar a quién se lo pediría. Le pareció que la
chica con el pelo rizado negro y la tez blanca que se
acercaba de frente era una candidata perfecta. Además
de guapa, seguro lleva un pañuelo en el enorme bolso
verde que lleva.
-Perdone señorita, ¿tiene un kleenex?
La mujer asintió con la cabeza y miró a la niña.
Sonrió de manera cómplice.
-Así que este es tu papá, ¿no, Laura? - mientras abrió
la cremallera del bolso con una mano y sacó
rápidamente el objeto demandado. Se agachó para
ponerse a la altura de la criatura y limpió sus
churretes-
-No señorita Claus. Es mi tío Paul- la niña casi no
podía hablar porque la profesora le estaba estrujando
los mofletes mientras le quitaba los restos del
dulce-.
Joder, joder. Hoy es mi día de suerte. Me sale curro y
la profesora de mi sobrina está buenísima. Como a mí
me gustan. Ojos negros, pelo del mismo color, rizado,
piel blanquita pero no lechosa. Y con curvas. Chiquita
pero con curvas. Se nota que tiene un buen cuerpo,
aunque la camiseta y los pantalones vaqueros que lleva
le queden enormes. Que yo de esto se un rato. Hoy en
día sí que hay calidad de enseñanza.
-Sí, sí. Yo soy el tío de Laura- sonrió tímidamente a
la profesora y se rascó con la mano izquierda la
nuca-. Que vengo a recogerla todos los días. Ya sabe.
Salgo del trabajo, de la radio, y vengo a por la niña.
-¿Si? ¿Vas a venir todos los días a recogerme tito?
-Ah, ¿es la primera vez que viene?- la chica miró a
Paul con los ojos abiertos y risueños-.
Paul giró la cara hacia la pequeña y esbozó media
sonrisa. Se metió las manos en los bolsillos. Volvió
su atención a la maestra.
-Si, bueno, es que llevo poco tiempo aquí (por favor,
que la niña se calle y que no diga que vivo con ellos
desde hace un año). Y estoy trabajando de periodista
en la radio, en un programa que emitimos por la
mañana. A las siete de la mañana. No sé si lo conoce.
Se llama la noticia al día. Es de la cadena Flair. Un
programa de entrevistas a políticos, de sucesos... Muy
variado. Aunque quizás demasiado aburrido para
levantarse con eso, ¿no?-Paul encogió los hombros.
Quería resultar interesante, pero sintió inseguridad
frente a la posibilidad de parecer pedante-.
-¿Aburrido?, no, para nada. A mí me encantan ese tipo
de programas. Como vivo sola cuando me despierto me
pongo siempre la radio. Ya sabe, por lo menos para
escuchar a alguien hablar, claro. ¡Ay! ¿Y Laura? Ah,
mira, está ahí detrás, que se ha ido a jugar con
Alejandra. Bueno, que mañana le escucharé cuando me
levante. Y supongo que ya nos veremos por aquí. En
fin, yo me llamo Marta. Encantada.
Así fue como Marta se coló en mi vida, por casualidad,
o quizás por causalidad. La recuerdo todos los días,
la recordaré siempre. Como el día en que la conocí. El
colegio, mi sobrina. La sonrisa de Marta. Nunca podré
olvidarla. Quizás fue una amarga broma del destino. Me
lo dio todo, para robármelo después. De golpe. En un
accidente de coche. Quizás hubiera sido mejor no haber
ido ese día a recoger a la pequeña a la escuela y así
no haberla conocido nunca.
Paul se levantó de la silla y se dirigió a la ventana
que estaba junto a la cocina. Abrió los cristales y
miró a la calle llena de vida cotidiana. Piensa
mientras sostiene el vaso casi vacío en la mano
derecha. Ya no queda nada. Pero tendré que salir de
esto. Otros lo hacen. Yo también tendré que ser capaz.
Tengo que dejar de evadirme cada noche, cada día,
hora, minuto, cada segundo... Segundos que crujen al
compás del reloj de la realidad que marcha inexorable
en su ritmo. Siempre acompañado de una botella que
dejaré seca, de una mujer distinta que nunca llegará a
ser tan perfecta como lo era ella, con su carácter
sereno, con su piel suave como la superficie lisa del
agua de un lago en calma. Ya no volveré a escuchar su
risa escandalosa. No volveré a ver sus ojos negros
como la noche en la que me he sumido. Ahora pocas
cosas me importan. Y mucho menos yo. Tan vulnerable.
¿Por qué no me habré ido yo? Pero no. Ella no
soportaría verme así. Tengo que empezar de nuevo,
cueste lo que cueste. Tengo que volver a empezar. |