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Ámsterdam y la
tendencia al círculo
"David
Avila Sanz" |
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Ámsterdam se
presenta como la madame de ese lupanar llamado Europa.
Aparentemente el rojo de sus labios, su legalizada
marihuana, los canales y los millones de bicicletas,
enmascaran la verdadera personalidad de esta ciudad
condenada al círculo.
Las elipses, las circunferencias, así como todas las
formas geométricas con tendencia circular, parecen tener
aquí su principio, su fin y su continuidad.
En el plano, su sensual disposición en media naranja, deja
sugerente su otra mitad para que tú termines de abrazarla.
Sus casas inclinadas dejan colgar los garfios que las
rematan, sintiéndote atraído hacia dentro. Despiertan la
necesidad de conocer, andar, sentarte, mirar y acariciar
la placidez de las curvas-calles-canales en una
exploración plácida, turgente, que te hace caminar por
ella con los ojos entornados.
La obsesión de esta ciudad por las formas circulares no es
mero hecho urbanístico, sino que induce a sus habitantes a
moverse sobre redondeles. Ejércitos de bicicletas
deambulan anárquicamente por las calles y puentes, que
como mínimo despiertan la sonrisa en los labios, dibujada
por el agradable contoneo y el suave ritmo de la ciudad.
Ámsterdam se hace vivir desde sus propias entrañas. Desde
sus innumerables puentes puedes ver a sus gentes
navegándola, como una prueba más de la atracción hacia su
centro. Sentirte, sentarte y hablar de ella supone un
masaje nostálgico, melancólico para el alma y la pena de
no tener a alguien al lado para podérsela mostrar.
Sus canales realizan la función de espejo. Se proyecta la
visión invertida de la ciudad, donde los árboles dejan
reposar sus ramas mientras su tronco permanece en tierra,
inclinándose a modo de Narciso enamorado de todo lo que le
rodea.
Los enramados árboles, fundidos por el sol estival, hacen
de sus puentes postales dignas de los propios
“venecianos”. En el atardecer estival, allá, a las 21:30
h., aparece el deseo de sentarse en una terraza, mirar y
disfrutar.
Después de disfrutar y en tan sólo un parpadeo aparecen
millones de ojos iluminados. Esta alineación de elípticas
luminosas, dispuestas de tres en tres, te hacen mantener
la respiración a la espera de que lo inevitable suceda, a
que las ondas de alguna barcaza difuminen el reflejo
inferior del espejo para volver a dibujarlo minutos
después.
Ámsterdam te arropa y te abraza como la esperanza. El
sentimiento que me abraza es el de la piedra lanzada a un
gran estanque, donde tus ondas nacen a tu alrededor para
morir en sus orillas.
El insulto a Ámsterdam viene de su vecino Inglés, de su
arrogancia lingüística, que sólo el gran “Curro Romero”
podría torear como lo torea Ámsterdam; de su peregrinación
sexual, alcohólica y porrera, que arrastran las libras de
carne andrajosa de tatuados Hooligangs, que para hacer
algo distinto cambian de escenario haciendo lo mismo. A su
vez miran, para variar, por encima del hombro a lo que
ellos intentan llamar su segundo Londres.
El cosmopolitanismo de Ámsterdam lo da su gente, de razas
indeterminadas, como resultado de su libertad
socio-cultural que hace de Londres el sepelio de la
libertad.
Una ciudad honesta, pragmática, inteligente y con una
personalidad superlativa, que, como La Tarara, bailotea
sola a su compás, fusión y crisol de culturas, sin perder
su identidad, donde se habla su idioma y que cambia de
registro para hablar perfectamente otro. (Curioso caso el
español y sus disputas lingüísticas).
Si reducimos la visión de Ámsterdam tan sólo a “putas que
tienen seguridad social” (como tendría que ser en todos
los lados) o a “porros legales” (ídem de ídem). Estamos
haciendo un ejercicio de gilipollez supino. Es como decir
que el poso socio-etnológico-cultural español se limita a
la vergüenza ajena y el sarpullido que llena mis brazos de
granos a ver el toro y la flamenca sobre el mantelito de
ganchillo encima de la tele, así como los comentarios de:
“Yo estuve en Florencia… para ver al Al-leti”.
Afortunadamente Ámsterdam está por encima de esto.
Hablamos de una arcadia bohemia en su apariencia más
táctil, pero con un alma pop sólo comparable con Berlín.
Ámsterdam se sacude sus estereotipos como un perro que se
coloca el pelo. Sigue su ritmo, su propio guión.
Sus cafés empapelados por carteles de incontables
exposiciones, conciertos, fotos, cuadros, postales,
colores ocres, mesas de madera, perros que descansan a los
pies de sus amos, gatos en las ventanas, piernas de
maniquís… prueba viviente de una ciudad omnívora
culturalmente, que succiona música, teatro, literatura,
pintura, cine.
El cine consiste en una peregrinación a sus salas
setenteras, que conservan la esencia real del cine, y nos
hace despertar de las pesadillas de los multicines de la
Warner, recuperando el respeto, la bohemia, a la apertura
de digerir todo tipo de cine y a la fortuna de poder
tomarte un cafecito mientras ves la película.
Al igual que sus casas, Ámsterdam te inclina a conocer
cada esquina, cada representación cultural, a dejarte
crecer el pelo y la barba, a conocer cómo montar en bici
con paraguas, móvil y minifalda sin que se vea nada.
Ámsterdam tan lejos y tan cerca del cielo, que posee unos
actores muy en desacuerdo con el escenario que les rodea,
y que son conocidos como amsterdamers.
Mientras que la ciudad se intenta espulgar de los cánones
británicos y americanos de la MTV, sus habitantes mueren
por ser protagonistas de lo opuesto, llegando con éxito a
parecer replicas de saldo de Sir David Beckham.
La apariencia como bayoneta que abre y desgarra en su acto
de presentación, extrapola esto hacia una supuesta
inteligencia y educación, que debería dejar escapar la
baba ante la presencia de estos números de serie. Nos
llegamos a encontrar estudiantes de diecinueve años, cuya
aura de perfección, cum laude, se encuentra en la etiqueta
roja de sus zapatos Prada, o bien en el monedero Louis
Vuitton. Que aunque desconozcan que en Brasil se habla
portugués, les da lo mismo, ellos llevan corbata, traje
abotonado, un témpano de hielo metido en el culo, viven en
el norte de Europa y hablan inglés aunque lo escriban como
el culo; son rubio, altos y por tanto infalibles como el
Papa.
Esto nos hará comprender el porqué de su superioridad
cósmica y absoluta, demostrable sólo por el hecho de ser
un amsterdamer. Ellos no cometen errores, sino que se
confunde el resto de la humanidad.
Qué decir de su extraordinaria educación al no saludar a
quienes están a niveles inferiores, ya sean sociales o
geográficos.
Su sentido social es curioso, pero muy curioso; ya pueden
hablar con Alejandro Dumas o con Lázaro Carreter, que lo
tomarán por retrasado mental, ¿no veis que uno es negro y
el otro es del sur de Europa? ¡Joder! ¡Y yo que creía que
los Boer habían desaparecido! Y sí, sí es cierto que
veremos a muy pocos amsterdamers hablando con negros,
salvo excepciones. Por ejemplo, cantando “rap” en
holandés, ¡vamos, una experiencia única!
Ese cosmopolitanismo de nuevas razas es fruto de las
subclases sociales, que parecen no tener derecho a entrar
en el Bijenkorf. ¿Cómo un holandés 100%, como el algodón,
se va a juntar con algo más oscuro que su color nacional?
¡No veis que el marrón y el naranja no pegan!
La disposición geográfica de Ámsterdam, como he dicho
antes, tiene una tendencia circular, pero lo que no he
dicho es que esta misma esconde un desnivel de estratos,
es decir, cuanto más oscuro o del sur eres, más a tomar
viento de Ámsterdam vives. Y claro, es que no está bien
visto, que un “negrito de Ghana” se tome una Heineken y
eructe como un amsterdamer cualquiera en el De Doffer,
entre Kaisergracht y Princesgracht. Volviendo a hacer
bueno aquello de “el amito blanco y con pasta está
contento, y mira el negro de mierda la borrachera que
tiene”.
Esto debe de ser, digo yo, eso que llaman educación
europea, que claro, aquí en el principio de África, pues
no estamos desarrollados para entenderlo. Para entender
que ellos saben más de tu propio país que tú, ya seas
español o de Burquina Faso, ellos lo saben y tú a callar,
que el amito blanco está hablando.
Aunque he de reconocer que cierta peste a mierda salpica
mi nariz cuando oigo hablar a uno de Leganés de robo de
trabajo a españoles y cosillas así. Si supiera él lo que
es para su vecino y supuesto hermano Europedo.
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