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DESEO DE SERPIENTES
Sucedió como el día anterior. Luis, su marido acudió al lecho con deseos inaplazables. En un momento estuvo desnudo. Avanzó hacia Lara que ya dormía.
Le tocaba los pechos, la espalda, le acariciaba el largo cabello oscuro, como el día anterior. Le quitó la escasa ropa que llevaba y ella volvió a sentir el mismo rechazo, el mismo asco. Intentó evitarlo pero él, terne que terne, continuó su tarea sin detenerse, inflamado.
Ella deseó convertirse en serpiente, en anaconda, pitón o boa para inyectarle su veneno mortal o para tragarlo. Todavía no le había perdonado que la hubiera insultado un día antes, diciéndole con desprecio: "frígida" cuando su ansiedad no fue atendida.
El hombre continuó el abrazo hacia su cuerpo de mujer, moreno y sinuoso que lo rechazaba. La abarcaba de forma total, había conseguido encerrarla en su cárcel de brazos.
-Luis, déjalo ¿quieres? Hoy no tengo ganas. Le suplicó Lara.
Le pareció más atractiva aún, erecto la cubría por entero, pretendía sin conseguirlo la penetración y ella lo rechazaba.
Intentó no ser tan brusco. Lamió sus pechos de niña, primero uno y luego el otro, la cabeza se acercaba hasta lo más profundo, intentó abrirle las piernas, pero ella se resistió.
El hombre comenzó a perder la calma:
-Igual que ayer ¿Qué te pasa? ¿No quieres hacerlo hoy tampoco? ¿Tal vez te satisface otro? Debe ser eso. ¿Verdad?. Claro. ¡Eres una puta! Una bofetada seca se escuchó en la tarde, la zarandeó hasta que Lara perdió el equilibrio y cayó sobre la cómoda con estrépito, el espejo se rompió. Los cristales, cayeron al suelo irregulares con cantos como puñales que incrementaron el estruendo.
Volvió a por ella. Lara consiguió liberarse de la opresión brutal del hombre. Le veía capaz de violarla. Lo miró con el más profundo de sus odios. Llegó a escupirle. Los dos respiraban con agitación, Luis intentó asirla de nuevo, sin haberse limpiado la saliva que bajaba por el rostro. Se le escapó, y continuó persiguiéndola. Cuando la tuvo encarada volvió a paralizarla. Ella cogió uno de los cristales e intentó defenderse. El hombre de un manotazo lo lanzó contra la ventana. Ella le clavó los dientes con rabia en el brazo, hasta que gritó con dolor y salió sangre.
Se fue al baño curarse y vendar la herida, pero volvió en un instante.
No encontró a Laura, ¿dónde se habría metido? La llamó varias veces. La buscó por todo el piso. No respondía. Volvió a entrar. Cuando abrió la puerta vio con gran estupor que una serpiente enorme estaba en el lecho. No tuvo tiempo de huir, ni de gritar horrorizado. El reptil abría ya una boca de caimán. Primero le atacó en la yugular inyectándole su veneno mortal. Luego comenzó a engullirlo, poco a poco, hasta que el cuerpo desapareció en el interior. Cuando los pies entraron del todo en el interior la serpiente pareció satisfecha.
Llamaron al timbre de la puerta. Era un vecino que bajó alarmado. Desde su piso le pareció escuchar estrépitos inusuales, tal vez gritos o una pelea. No contestaron. Subió a su casa y llamó a la policía. Cuando llegó reventaron la puerta impulsados por las explicaciones del vecino. No encontraron a nadie. La casa estaba vacía. Sólo vieron una vivienda ordenada, el cuarto de baño con vendas esparcidas, pero después de entrar en la habitación vieron una serpiente colosal, de la que huyeron todos aterrados.
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