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EL CLAN DE LOS TRES LOCOS
No debería sorprendernos hoy en día, cuando parece que todo está inventado, la historia que
les voy a relatar y que versa sobre las venturas y desventuras de un joven empresario que se
abrió un hueco en el salvaje y complicado mundo de los negocios. Al ser un completo don nadie,
de currículum mediocre –como todo hijo de vecino, pues los de puta lo tienen con toda clase de
másteres y expedientes brillantes-, sin conocidos que pudieran colocarlo siquiera en una mísera
empresa de tercera, nuestro protagonista poseía todas las papeletas posibles para convertirse en
uno má s de aquellos miles de zoombies que pueblan las oficinas del INEM y que llevan el
número del paro tatuado a fuego en el alma. Pero será mejor que nos situemos en el espacio y en
el tiempo. Justo en ese momento crucial en la vida de muchas personas y que seguro que a
alguno de ustedes les resultará familiar...
Roberto García Chicote nunca olvidaría aquel jueves, dieciocho de julio, cuando apareció en
su casa con el resguardo provisional del título de licenciado en empresariales bajo el brazo. Sin
duda era esta una de aquellas escasas ocasiones en las que su familia parecía olvidar de repente
los continuos suspensos del niño; el que llevase nueve años estudiando una carrera de cinco; el
siniestro total en que había quedado el coche de papá cuando un mes antes se había estrellado
contra el pino de la puerta de casa al llegar un tanto pasado de mirindas..., y en fin, alguna que
otra trastada más que pudiese tener en su haber el angelito. De la noche a la mañana pasó de ser
más vago que el tío Luis -mítico personaje del que ya daremos cuenta a lo largo de la historia-, a
casi convertirse en una especie de freaks de feria al ser presentado por sus padres ante las
amistades, título en mano, como la gran esperanza blanca de los nuevos empresarios españoles.
Sin embargo, el tiempo, mucho más sabio que los padres de Roberto, puso las cosas en su sitio.
Una vez pasada la euforia inicial que trae pareja todo acontecimiento inusitado, los padres
volvieron de nuevo a la cruda realidad. Siete meses después de acabar la carrera, el niño seguía
sin encontrar ese primer trabajo que le diera la experiencia necesaria para poder iniciar su
prometedora carrera. Más de una vez su madre tuvo que cambiarse de acera para no tener que
escuchar los irónicos comentarios de aquellas vecinas que meses antes aguantaron estóicamente
la tournee del licenciado.
Pero Roberto no cejaba en su empeño. No había entrevista de trabajo en Córdoba -pues tal
es la ciudad donde se desarrolla la historia- donde él no estuviese presente. Ya fuera de
consultor, administrativo, cajero de banco, ya fuera, sobre todo a partir del año y medio en el
paro, de vendedor de enciclopedias, pinche de cocina o cajero del Piedra de su barrio. Y de cada
entrevista que le hacían salía cada vez más desesperado. Para unos trabajos le pedían un
currículum impecable, para otros experiencia mínima de dos años en un puesto de igual
categoría al que aspiraba... Incluso en el trabajo de camarero en el restaurante chino Lin Chú
donde parecía que se llevaría de calle a los otros candidatos, fue desestimado al no hablar
mandarín a nivel de conversación.
Durante meses, recorrió sin descanso las calles de Córdoba en busca de empleo.
Frecuentaba las empresas de trabajo temporal, el INEM, devoraba los periódicos donde
aparecían ofertas de trabajo, mantenía y además halagaba continuamente a aquellas amistades
que tenían un amigo cuyo cuñado tenía un primo que trabajaba como jefe de personal en una
empresa de informática... Y así, entre idas y venidas de una empresa a otra para dejar
curriculums, descubrió ensimismado el curioso mundo de los personajes callejeros. Bautizó
Roberto de esta manera a toda esa serie de tipos -también alguna mujer, pero en menor medida-
que recorrían sin descanso las calles contando o cantando, según el estilo y la modalidad, alguna
miseria acaecida en sus propias carnes. Los había de todo tipo, por lo que el bueno de Roberto
tuvo que hacer una selecta criba hasta reducir a tres el número de personajes que formarían parte
de su star sistem particular.
En primer lugar y por méritos propios se encontraba un tipo conocido en el mundillo
callejero por Vicente el Indigente. Personaje singular que siempre conseguía captar la atención
de los viandantes al lograr una puesta en escena sencilla pero de las que calan hondo. El propio
Roberto llegó a oírle conversar con un mendigo al cual le explicaba que su estética ni era de
vanguardia ni de retaguardia, tan sólo de un estilo personal que él denominaba mugre-retro. Para
que se hagan una idea, podría decir, sin equivocarme mucho, que Vicente el Indigente era un
cruce entre Robinson Crusoe y Colombo. De melena larga y negra, como la barba, hirsuta y
descuidada, que le cubría todo el cuello. Como único vestuario, una gabardina que seguramente
un día fue gris, parecida a la de Colombo, solo que después de varios tiroteos y dos años sin
cobrar casos... Pero lo más destacado de Vicente era sin duda su breve discurso, el cual repetía
machaconamente minuto a minuto durante gran parte del día. Era una cosa así:
"Durante siete años que no son siete días, viviendo en la calle, todo lleno de mierda,
separado de mi familia, por culpa de los señores jueces de Córdoba..."
Todo el mundo ignoraba la historia de Vicente, aunque a cualquiera se le pasaba por la
cabeza que podía ser verdad aquello que de forma tan dramática, a la par que cantarina, contaba
aquel indigente que no pasaba de los cincuenta años. Lo más curioso es que no pedía dinero. Tan
sólo protestaba contra la situación en la que lo había dejado la justicia. Quizá por esto, por su
lucha romántica contra los poderes establecidos, Roberto sentía una especial simpatía por él.
El segundo personaje preferido de Roberto era sin lugar a dudas Naranjito. Leyenda viva de
las calles cordobesas. Orondo elemento de cabello pelirrojo, fina tez blanca y mejillas
sonrosadas cual simpática pastorcilla escandinava. Su uniforme de faena se componía de una
camiseta de la selección española del mundial 82 y un chándal azul marino con las dos clásicas
rayas blancas a los lados, de esos que llevaba Puskas cuando jugaba en el Madrid. Como
complemento a su atuendo deportivo, siempre llevaba bajo el brazo un tango adidas firmado por
no se sabe qué futbolistas. Este simpático personaje, al que el gracejo andaluz bautizó enseguida
como Naranjito, se pasaba el día dando pataditas al balón, regateando a vendedores de la once,
haciendo chilenas frente a la fuente de las Tendillas... Y hay que reconocer que pese a su
hermosa panza, labrada a golpe de cañas y pinchos de tortilla en el bar de su barrio, el hombre se
defendía bastante bien con el balón. Tengamos en cuenta que según la historia que le contaba a
todo el mundo, de joven estuvo en los juveniles del Córdoba, luego fichó por el Betis, el cual lo
cedió al Zaragoza y donde llegó a jugar varios partidos de pretemporada de la liga 81-82 en los
cuales había llegado a coincidir con estrellas de la talla de Casuco o Casajust. Lamentablemente,
un estúpido accidente doméstico en el que su hermano Toño -de noventa kilos- le destrozó la
rodilla derecha con la Motoreta que minutos antes acababa de estrenar, terminó con la
prometedora carrera de Naranjito, con sus sueños de una posición desahogada en el futuro, amén
de con su paciencia, al obsequiar a Toñete con cuatro sonoras hostias por el flaco favor que le
había hecho. Pese a todo, Naranjito pensaba que todavía tenía una oportunidad en el mundo del
fútbol, por lo que siempre pasaba el plato para recaudar dinero con el que pagarse el billete para
ir a Madrid a que le hicieran una prueba. Incluso siempre daba lo mejor de si en la calle ya que,
según decía, los ojeadores de los grandes clubs siempre podían estar observándolo...Y por último, y no por ello menos importante, nos encontramos con Juanillo, el loco de la
bici. Enjuto personaje, de mirada ida y aguda voz. Vestido siempre de blanco, pues fue heladero
antes de que le dieran la baja por enajenación mental permanente, paseaba por las calles
cordobesas con su BH gritando a pleno pulmón:
"Tengo frigodeeeos, capitán cola, calííípos, polos flash, carrascláss, frigopieeeses para las
niñas, dráculas para los niños y pirulos para los de en meeedio."
De los tres, era quizá el que más conocido por la gente. Esto se debía a que poseía una
resistencia casi sobrehumana que le permitía peinar todos los barrios de la capital sin merma
alguna en sus piernas y menos aún en sus facultades canoras. Se le podía oír llegar fácilmente
desde dos manzanas de distancia. El propio Roberto estuvo una vez a punto de atropellarlo en
una céntrica calle. Y si no es por los rápidos reflejos del por aquel entonces recién licenciado,
nuestro amigo Juanillo, pese a llevar conectada su peculiar sirena humana, hubiera acabado la
tarde jugando una inesperada partida de mus con Manolete de pareja.
Con esta serie de personajes, y otros mucho peores, se encontraba Roberto durante sus
infructuosas salidas en busca de empleo. Y aunque ver a Naranjito, Vicente o Juanillo le
alegraba la mañana, cada vez veía más nubarrones en el antaño cielo azul de su futuro laboral.
Pero como Dios aprieta pero no ahoga -aunque en el caso de Roberto ya tenía las órbitas
prácticamente fuera de los ojos-, su salvación llegó. Un poco tarde, pero llegó. Y para tal
menester adquirió la forma de un pariente que respondía al nombre de tío Luis. Sin duda, la
oveja negra de la familia.
Defensor a ultranza del hedonismo como filosofía de vida, las críticas dirigidas contra él se
basaban más en la envidia que en tesis contrarias a sus ideas. La familia de Roberto -el
parentesco le venía por parte de madre- nunca le perdonaría que la herencia del abuelo Ataúlfo
fuera a parar casi íntegramente a sus manos por unas malditas leyes de primogenitura
establecidas en el testamento. Lo bueno del caso es que dicha herencia sólo le duró tres años.
Desde los dieciocho a los veintiuno. Así que el tío Luis poseía el record nacional en dilapidación
de fortuna familiar en el menor tiempo posible. Cosa de la que por cierto se sentía bastante
orgulloso.
Educado en uno de los mejores colegios de Córdoba, supo sacarle provecho a la sólida
formación obtenida, pese a ser expulsado en el último curso cuando el director, el hermano
Lorenzo, un cura de mucho carácter, sorprendió a Luisito mientras ponía a Soraya, hermosa
limpiadora, mirando a las Ermitas. Por suerte para Roberto, justo el día en que su padre recibió
en casa la orden de expulsión, el bueno de Ataúlfo dobló la cucharilla. Suceso que mitigó
bastante la reprimenda paterna, que tornó inesperadamente en simpática regañina. Quizá
también porque su madre había sido desheredada diez años atrás por casarse con su padre, por lo
que la herencia pasaba al varón primogénito de la siguiente generación. Y así, como el que no
quiere la cosa, este dandi de la antigua escuela, de rasgos afortunados y porte aristocrático,
comenzó a pegarse la vida padre.
Por fortuna para Roberto, las predicciones de su tío no se cumplieron íntegramente. Vaticinó
su singular pariente que la mitad de la herencia se la gastaría en mujeres, alcohol y viajes,
mientras que la otra mitad iría destinada al mejor entierro jamás visto en la capital. Y si no llega
a ser por la mala administración del capital heredado, hubiera cumplido con creces sus proyectos
de futuro. Aunque con referencia al entierro, no estuvo muy lejos de tener uno, pero a nivel un
poco más familiar del soñado. Y es que a sus sufridos progenitores, además de aguantarlo
durante sus años de vacas gordas -en espera de una compensación, eso si-, les endosó todas las
deudas pendientes con sus impacientes acreedores. La salida de su casa a las doce de la noche, a
toda pastilla, mientras su padre abría la escopeta y su dulce madre le suministraba la munición,
no la olvidaría jamás.
Meses más tarde, por necesidades de supervivencia, acabó casándose con una horrorosa y
sexagenaria millonaria que estuvo a punto de mandarlo al otro barrio. Y es que, la
aparentemente gentil dama, resultó ser en realidad una insaciable putarraca desquiciada. No
había noche en la que no exigiese al pobre tío Luis un abusivo impuesto conyugal -a cobrar en
especies- como contraprestación al disfrute de su fortuna. Gracias a Dios, tal ritmo no duró
demasiado, pues la fogosa señora se entrevistó con San Pedro mucho antes de lo esperado por
todos, principalmente por el tío Luis, que se había quedado en la raspa.
Y esta vez, un poco m s precavido que a los dieciocho, consiguió mantener la fortuna
durante cuarenta años. A la edad de sesenta y cuatro, que es la que tenía cuando sucede esta
historia, tan solo le quedaba un acogedor piso en la céntrica Avenida del Gran Capitán y una
colección de trajes confeccionados en Inglaterra que valían su peso en oro. Pero sin lugar a
dudas, para Roberto, el mayor tesoro que poseía su tío eran todas aquellas míticas frases que
soltaba con tal naturalidad y gracia que daban ganas a uno de tatuárselas en el brazo. Las
preferidas de Roberto eran; Lo bonito no es tener dinero, sino parecerlo; Un señor reconoce sus
deudas, pero nunca las paga; El que con feas se levanta, con DYC se acuesta; Antes, la gente
con clase vivía en la sierra, ahora cualquiera vive en la sierra y cree ser de aquella clase; No te
fíes del que con todas tus gracias se ríe; No puede ser un señor quien veranea en Benidorm, frase
que normalmente llevaba de complemento esta otra, La gente de clase y porte, siempre veranea
en el norte...
Cuando a Roberto le dio por visitar a su tío en su piso del centro, nunca hubiera
imaginado que la solución a sus problemas estaría en los sabios consejos del tío Luis. Tras
narrarle con pelos y señales todas sus desventuras en el hermético mundo laboral, sus fracasos
en las entrevistas, así como las andanzas de los pintorescos personajes que poblaban las calles,
se sentó en el sillón y adoptó la postura del alumno que espera escuchar una lección magistral de
su maestro. Y la escuchó.
Tío Luis, aquel que un día fue voluntario paro todo tipo de vicios, alférez de la suerte,
degradado a cabo chusquero por indisciplinado, de nuevo ascendido a capitán, ahora que
peinaba canas, se licenciaba como veterano de la vida. Y como tal veterano, le explicaba a su
sobrino qué camino tomar, ya que no había mayor conocedor del mundo laboral que aquel que
lo había visto lidiar siempre desde la barrera, pero sin haber cometido nunca la vulgaridad de
saltar al ruedo. En tres horas de animada charla, consiguió meter en la cabeza de su sobrino la
idea de dedicarse a la creación de algún negocio que no se le hubiese ocurrido a nadie todavía.
Como nadie precisaba de sus servicios, él mismo sería su propio jefe. Ya lo decía la máxima por
la que se regía su tío; A grandes males, grandes remedios. Cuando Roberto salió por la puerta, su
estado anímico había dado un vuelco de ciento ochenta grados. Ahora ya no era un vulgar
parado. Ahora era un volcán lleno de todo tipo de ideas dispuesto a entrar en erupción de un
momento a otro. Sólo había esperar la explosión y dejar que éstas fluyesen mansamente, como
río de lava creativo, y enfriar aquellas que no creyese oportunas. Parar, templar y mandar, como
hacía con las chavalitas los fines de semana. Aunque en este caso, lo parar lo dominaba, pero lo
de templar y mandar corría a cargo del guaperillas de la pandilla.
Como pasa siempre, un par de horas más tarde, el caudaloso río creativo tornó en arroyuelo.
Roberto caminaba abstraído, pensando en alguna idea original para montar su propia empresa.
Al final, se sentó desesperado junto a la fuente las Tendillas, esperando quizá que el sonido de
los chorros de agua que hay junto a ella despertasen a su dormida imaginación. Y cuando una
hora más tarde se levantaba, con la firme disposición de tirar la toalla, escuchó a lo lejos una
cantinela que le era familiar. Conforme pasaban los segundos, el tono subía más y más. Una
sonrisa se dibujó entonces en la cara de Roberto. Era Juanillo, el loco de la bici, con su disco
habitual:
"Tengo frigodeeeos, capitán cola, calííípos...
Y de repente apareció. Delante de sus narices estaba el negocio de su vida. Una
originalísima idea que flotaba en el aire a la espera de que alguien se hiciera con ella. ¿Cómo no
lo había pensado antes? Juanillo, Vicente, Naranjito... Ellos eran el futuro. Personajes populares,
lograda puesta en escena, maratonianos recorridos por toda la ciudad... Una palabra apareció en
la mente de Roberto, PUBLICIDAD. Sí, eso era. El mejor método para que una empresa diera a
conocer sus productos o servicios era la publicidad. Y qué mejor lugar para colocarla que en
aquel sitio donde la viera todo el mundo. Juanillo se recorría la ciudad prácticamente una vez al
día. Vicente peinaba el centro y, según contaban algunos, habitaba en el sector sur, por lo que suprotesta seguramente también sería escuchada por aquella popular barriada. En cuanto a
Naranjito, se sabía que su entrenamiento matutino lo realizaba en el circuito colacao de la sierra,
en una zona rodeada de chalets. Para sus demostraciones futbolísticas elegía también el centro,
como Vicente.
Todas estas ideas comenzaron a surgir en cascada de la hasta hace unos momentos yerma
imaginación de Roberto. Las empresas se matarían por sus servicios. Las cuantiosas facturas por
publicidad en periódicos, televisión, radio... bajarían a la mitad con este novedoso sistema. Sólo
habría que contratar a la futura empresa de Roberto y esta se encargaría de que dichas empresas
dieran a conocer sus productos a través de sus personajes callejeros, con un coste bastante
inferior al hasta ahora contratado y unos resultados infinitamente superiores. Y esto se iba a
deber a que en toda España seguramente habría cientos de personajes de este estilo, incluso
mejores, no ya en cada ciudad, sino en cada pueblo, en cada aldea. Abriría por toda España
sucursales de su empresa y crearía un holding de los de aquí te espero.
Pero para evitar que le pasase como en el cuento de la lechera, primero se dirigió, a la
mañana siguiente, hacia la materia prima -es decir, los personajes callejeros- para proponerles su
negocio. Y lo que en principio parecía una cosa fácil terminó convirtiéndose en un suplicio. Por
un lado Juanillo, al que costó Dios y ayuda convencerlo para que junto a su añeja carta de polos
y helados estuviese también dispuesto a recitar marcas comerciales del sector de los
electrodomésticos. Por otro, Vicente el Indigente, que se negaba a ponerse los distintivos de las
más prestigiosas firmas de ropa ya que según él, a sus años y con un pasado revolucionario
como el suyo -a saber qué coño habría hecho este tío en el pasado-, no podía aparecer ante la
afición todo vestido con marquitas como un pijo. Y por último, Naranjito. A éste no había por
donde cogerlo. Que si ya había firmado un cuantioso contrato con adidas por veinte años; que si
todo era una estratagema del butano para evitar que se hiciese la prueba en el Madrid; que si un
chándal nuevo se lo iba a poner la madre del topo... En fin, con estos inconvenientes tuvo que
lidiar Roberto, el cual supo resolverlos con mucha mano izquierda y también algo de derecha, ya
que con ésta era con la que sacaba la cartera. Y es que, aunque ustedes no lo crean, aún hoy en
día poderoso caballero sigue siendo don dinero. Así que cuando Roberto se metió la mano en el
bolsillo trasero del pantalón y les largó a cada uno un billete de mil pesetillas como anticipo, sus
reivindicativas protestas pasaron instantáneamente a un segundo plano. Que una cosa es ser
personaje callejero y otra es ser gilipollas.
Dos días después nuestro futuro empresario registró su brillante idea en el Registro de la
Propiedad Industrial, quedándose así con la patente de un invento que revolucionaría el mundo
de la publicidad. Como marca comercial de su empresa escogió el nombre de PEMESE. Para el
gran público significaría la abreviatura de Personal Mezcla de Servicios. Sonaba un tanto
absurdo, pero fue lo primero que se le ocurrió para ocultar el verdadero origen de PEMESE. Y
este no era ni más ni menos que las iniciales de Paco Martínez Soria, uno de sus actores fetiche.
La p‚ era p; la eme se escribía igual; la ese se unía con la e de la eme y así se formaba PEMESE.
Cómo no hacer una mínima dedicatoria a aquel hombre con el que se había reído tanto en
películas como Estoy hecho un chaval, Don Erre que Erre o Dos super dos. ¡Ahh! Perdón. Craso
error. Quise decir Vaya par de gemelos, que la otra es de Bud Spencer y Terence Hill. Aunque
para el caso...
Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia las oficinas de las primeras marcas nacionales con
sucursal en la ciudad. Tanto las de material deportivo, como las del ramo de la alimentación o
las de los electrodomésticos. Y en todas ellas, pese a que al principio se lo tomaban a broma,
acabaron dándole una oportunidad de un mes de prueba la mayoría, de quince días las menos. Se
debió esta oportunidad a que todas estas empresas querían reducir a toda costa las carísimas
facturas que derivaban de las campañas publicitarias. Tenían la orden de sus superiores de estar
receptivos a cualquier idea nueva, por descabellada que les pareciese, que abaratase los costes
sin mengua alguna en la imagen del producto.
Cuatro días después, Vicente, Naranjito y Juanillo, hacían su recorrido diario con todo tipo
de marcas en sus indumentarias habituales. Era curioso contemplar lo que se había conseguido al
darles veinte mil pesetas por barba. Naranjito decoraba su camiseta de la selección española y su
mítico chándal con los logotipos de nike, reebook, adidas... y también, por exigencia suya, con
veteranas marcas nacionales como paredes, kelme o la sin par golfitos. Vicente el Indigente se
tragó uno a uno todos sus principios revolucionarios y ahora, junto a su chapa del PC que
llevaba en uno de los cuellos de la gabardina, aparecían los distintivos de benetton, lacoste,
burberrys, amarras, privata... En cuanto a Juanillo, Roberto consiguió decorar el cajón de
helados que llevaba a remolque la bici con todo tipo de marcas de electrodomésticos como
zanussi, balay, philips, sony... además de lograr que recitase junto a los frigopieses y demás
helados y polos que le habían hecho famoso, los nombres de corberó, casio, sanyo...
La campaña publicitaria fue un éxito rotundo. Prácticamente no había ningún cordobés al
que no se le hubiese quedado grabada en su memoria alguna de las innumerables marcas que
estos singulares tipos exhibían en sus trajes de faena. Y a tanto llegó el éxito que, por ejemplo,
cuando alguien cantaba mientras ponía la mesa "Tengo frigodeeeos, capitán cola... cantaba
también las nuevas marcas intercaladas como zanussi, si, si, calííípo, balay que guay, polos
flash...
Roberto consiguió por fin -y sus padres más todavía- hacer realidad el sueño del joven y
exitoso empresario, firmando sustanciosos contratos con todas las primeras marcas nacionales e
internacionales. El trío de oro también vio aumentar sus ingresos en unos cuantos duros,
permitiéndose así algunos caprichos que antes les eran inalcanzables. Incluso Roberto, pese al
estrés de su nuevo trabajo, tuvo tiempo de echarse un nueva novia. Y es que -disculpen si he
omitido contarles que tenía una novia llamada Pili-, gracias a su nueva posición, empezaron a
revolotear a su lado impresionantes lagartonas que le hicieron mandar a paseo a la macarra de
Pili. La cual, pese a lo suavecito del nombre, le obligaba entre otras cosas a tragarse todos los
conciertos del grupo de su cuñado llamado El rabo de mi Antonio, donde se mezclaban potentes
guitarras tipo Ramones con el quejío carpetovetónico de Juanito Valderrama, en un estilo que
ellos llamaban punk-cañí. La nueva novia de Robertito se llamaba Francisca. Hembra de piernas
interminables, generosas curvas y carita de princesa eslovaca. Como único pero podíamos
ponerle que era demasiado alta para Roberto. Hasta su propio padre solía comentar en broma
con su madre que Francisca era demasiado barco para tan poco marinero. Y hombre, algo de
razón tenían, porque el niño no era muy alto, ni incluso alto, aunque tampoco era como José
Caravias, el de Lápiz y Papel. La envidia, que se acentúa más cuando uno triunfa, hizo que sus
amigos bautizasen rápidamente a su novia como la Jaca Paca, e incluso uno de ellos que tenía
algo de cultura plagió un mote de una obra de Arniches llamándola La trompo, pues sólo la
bailaba el que tenía guita. Cosa que a Roberto le dio igual, pues como les solía decir cuando se
burlaban de él, mientras unos tenían que aguantar en el área chica de los pubs hasta las seis de
la mañana para intentar arañar algún tanto en el tiempo de descuento, otros, sin presión,
goleaban en la primera parte y se retiraban al vestuario clasificados ya para la siguiente ronda.
Ya prácticamente nos acercamos al final de esta historia. Como última anécdota añadiremos
el pequeño motín por el que tuvo que pasar Roberto. Resultó que el simpático trío calavera se
aburguesó, cosa por otra parte natural en todos los hombres cuando se acostumbran a ciertas
comodidades durante un no muy largo período de tiempo. Juanillo, pese a estar como una chiva,
dijo que lo de recorrerse la ciudad de cabo a rabo ya era historia. Como mucho pedalearía por
tres o cuatro manzanas al día. Vicente el Indigente amenazó con denunciar a Roberto ante la
jurisdicción laboral por incumplimiento del abono de las pagas extraordinarias pactadas en el
imaginario convenio colectivo de los Trabajadores Publicitarios de la Rue. Y Naranjito,
quejándose de su antigua lesión de rodilla, pidió la baja -remunerada por supuesto- para poder
dedicarse a sacar el carné de entrenador y así en un futuro próximo entrenar a alguno de los
grandes.
La rebelión pilló a Roberto fuera de juego. Pero tras asimilar su primer conflicto laboral con
sus también primeros trabajadores, reaccionó rápidamente. Cortó de raíz el incipiente problema
aplicando una de las máximas de su tío Luis: A grandes males, grandes remedios. Y así, de la
noche a la mañana, contrató a una cuadrilla de skinheads venidos a menos para que hicieran
correr a los tres aburguesados trabajadores "por cuenta ajena". Desde entonces, no hubo mañana
o tarde en que los cordobeses no se deleitasen con el singular cuadro que formaban tres o cuatro
energúmenos corriendo detrás de un tío con barba, con aspecto de náufrago y con toda la
gabardina llena de marcas de ropa, de un obeso pelirrojo con la camiseta del mundial 82 que a la
vez iba driblando con un balón a las viejas que se le cruzaban en su frenética galopada, y de un
heladero loco que llegó rozar con su bicicleta la barrera del sonido en una de las avenidas
principales de la ciudad al escapar de sus incansables perseguidores.
Y así termina esta curiosa aunque verídica historia del joven empresario que supo hacer
frente a una sociedad en la que nadie daba un duro por él. Hoy disfruta de una posición
desahogada, vive en un espacioso piso en el centro bajo el cual tiene la oficina de su empresa, y
se deja ver por la calle con mujeres de esas que a uno le da miedo hasta mirarlas... En cuanto a
los personajes callejeros, tras el correctivo sufrido por el pequeño motín, no volvieron a realizar
ningún acto de indisciplina y todavía siguen por ahí, genio y figura, recitando sus gracias por las
calles de Córdoba.
Rodrigo del
Lago rdlago@hotmail.com
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