El grito de terror de Saúl Bettinotti

El Ingeniero Saúl Bettinotti fue el profesor de la Universidad Católica Argentina con quién más tiempo interactué dentro de esa universidad privada. Muchos años fui su auxiliar de cátedra en uno de los cursos de Fisica II en el Departamento de Física
de la Facultad de Ciencias Fisicomatemáticas e Ingeniería. Después de algunos pocos años de habernos conocido, la relación entre nosotros había pasado a ser bastante tensa por razones psicológicas. Para demostrar que no tenia problemas conmigo, él me convocó, la última vez, para ser su auxiliar, a pesar de que el año pasado, el de 1987, había sido yo promovido a profesor Adjunto en Física I por el Jefe del Departamento de Física de la Facultad, designación que a Saúl lo había molestado bastante. Al producirse mi nuevo nombramiento me vi obligado a
abandonar nuestro curso tradicional de Física II debido a la incompatibilidad horaria causada por éste nuevo cargo que era simultáneo al anterior, lo que lo llevó a Bettinotti a hacer el esfuerzo cambiar, para el siguiente año, el horario de
su curso de Física II a fin de que me fuese posible estar en éste sin colisionar con los los de Física I y Física III que, adicionalmente, me fueron agregados por el todopoderoso jefe delDepartamento.

Habiendo finalizado la clase correspondiente a Física II de aquel día, partimos con rumbo a la sala de profesores a fin de dejar nuestro material y lavarnos las manos. Durante el trayecto, a pesar de que hablábamos, dicontinuadamente y por compromiso, de bueyes perdidos, la tensión entre nosotros se notaba en el
silencioso ambiente de la facultad que iba quedando tenebrosamente vacía. Éramos los únicos en la sala de profesores y fui el primero en depositar mis
bártulos en el estante que nos correspondía a los profesores de Física II, después de lo cual, retrocedí de espaldas unos pocos pasos para que Saúl dejara los suyos, pasando él a inclinarse hacia adelante para hacerlo.

Se ve que en un momento dado, el tipo percibió mi presencia detrás de él mirándolo como realizaba el proceso. Esa cognición hizo que su cerebro lo llevara rápidamente a erguirse, como temiendo un ataque por la espalda, al mismo tiempo que dirigía la vista hacia donde yo estaba parado unos dos metros más atrás. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él comenzó a emitir un extraño chillido de
terror en continuado mientras me miraba con una expresión que denotaba espanto.
Yo lo observaba sorprendido sin saber que hacer ni que decir, aunque adivinaba que su miedo tenía relación con mi silenciosa presencia frente a él. Mientras el grito proseguía sin decaer en intensidad en el tiempo imaginé, fugazmente, tres posibilidades como actitudes a desarrollar para darle fin a esa incómoda e inesperada situación.

La primera posible ruta a seguir sería fugar sin decir palabra, esperando que el problema se solucionara por si mismo una vez desaparecida mi temible figura de la escena, pero eso era como admitir que el problema se lo provocaba mi presencia,
la segunda sería tratar de calmar a la víctima del ataque, aunque me lo impedía
mi temor de que se agravara la situación angustiosa, debido a que, probablemente, era yo el causante de su estado de espanto, lo que sería como tratar de apagar el incendio con nafta.
Tanta indecisión me llevó a optar, finalmente, por la tercera opción, ya que me quedé duro en el lugar sin saber a que atinar esperando un rato, el que me
pareció interminable, sin apartar la vista, sin hablar y sin moverme, para no causar males mayores ni admitir nada.

En un momento dado, la batería que mantenía ese sistema sonoro funcionando pareció agotarse, dejando Saúl de emitir su chillido constante. Aproveché rápidamente entonces la situación, para, inocentemente y sin darle tiempo a nada, preguntar: " bueno, nos vamos???". Sin decir más, salimos de la sala sin hacer
comentario alguno como si nada hubiese sucedido.

Claudio Acuña
claudioacuna@yahoo.com

 

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