El sótano
Descubrí New York City en verano. Me impactó la intensidad del espacio. Es una ciudad que crece hacia todos lados durante el día, pero que en las noches se constriñe, una metrópoli que no quiere tener fin y que es tan dominante, tan fuerte que se mete en la cabeza. La ciudad a la que llegué poco a poco se convirtió en una fantasía. No sé cómo explicarlo. Entre más caminaba, más la observaba, más incomprensible la aprehendía. Era como si cada habitante, turista o cualquiera que la pisara, exigiera, aunque fuera por un segundo, que Manhattan se disfrazara de su ficción. Lentamente dejó de parecerse a sí misma. Había ocasiones en la que la desconocía totalmente, incluso el Empire State o el sonido del río eran irreconocibles. 
Muy pronto Nueva York no correspondía a su visualidad. Me empeñé en recuperarla y me consolé con contemplarla desde la necedad de mis ojos contaminados por otras miradas y otras ideas. A pesar del mal olor en las calles, de la suciedad (sobre todo en el Downtown), yo revestía la realidad; oprimía las visiones de las banquetas atestadas de basura y la mugre pegada a las paredes, transformándolos en una imagen inmaculada para suplantar la cotidianidad. Lo concreto dejó de ser una certeza, lo tangible exigió su certificación. Empecé a vivir en una dimensión construida a partir de voces y tendencias. Me convertí en cómplice, en un vértice dentro de la isla. Si algo me salvó y me ayudó a encontrar este sótano, fue que para mí Nueva York tenía una sola referencia: aquella película, la cual, por si fuera poco, recordaba muy distinta a lo que enfrenté a mi llegada. El resto de la ciudad, sus arterias, su multiplicidad las descubrí mucho después. 
Los primeros meses me dediqué a caminar y caminar. Vivía en un hotelucho en el East del Lower Manhattan, no me alcanzaba para otra cosa y mi ignorancia me impidió considerar Queens, Brooklyn o el Bronx. Disfrute la marginalidad de mi isla, la periferia sin salir del centro (no es lo mismo vivir al margen geográfico que vivir al margen mental). No soy una mujer miedosa y mi físico (o lo que recuerdo ya de mi imagen) no era muy grato (cuando escucho mis pasos, entiendo que soy una persona no sólo grave, sino grande y gorda, soy una hembra muy consistente), así que vivir entre delincuentes, borrachos, inmigrantes, ingenuos o loosers, como ellos se autonombraban, no me espantó; al contrario, me reconfortó. Ellos me enseñaron el significado de familia, de solidaridad; sobre todo de pertenencia. También, me mostraron que yo era más que la solidez de mi figura.
Cuentan que mi barrio ahora es una zona boyante, que hay muchos bares y restaurantes, y que hay muchas personas que ansían vivir en Alphabeth City y están dispuestos a pagar elevadas rentas (¡quién lo diría!). Dicen que el multiculturalismo es la cualidad del remozado East Village. No puedo creerlo. No quiero imaginarlo, ¿qué habrá sido de mis vecinos, de mis amigos de entonces? ¿A dónde habrán emigrado? Ninguno sabía de este sótano, esta ciudad profunda hubiera podido ser su solución. No. Cada quien debe perseguir la propia. Ellos deben estar donde se merecen, y por lo pronto no he visto a nadie acá abajo.
Viví en ese barrio (el que, afirman, parece ya una invención) aún después de que se me acabara el dinero. Está de más decir que soy muy trabajadora, por lo que no me fue difícil encontrar trabajo. No tenía ni tengo pretensiones artísticas como la mayoría de mis vecinos. Yo no sé nada de arte, ni me importa la danza ni la literatura ni la música, si acaso eso que se llama arquitectura y no porque entienda el significado (y alcances) de la palabra, sino porque me dijeron que así se le nombraba (me gustaba mucho ver los edificios, sus paredes materiales y formas, convivir entre ellos. ¡Qué placer!, me intrigaba su construcción). Conseguí un empleo de lavaplatos en un restaurante de comida italiana, no era exactamente la realización de mis sueños, me hubiera agradado más encontrar una vacante en alguna construcción (mi físico me hubiera permitido debutar en la albañilería) o de menos de limpiaventanas. Sí, me hubiera encantado estar colgada de un rascacielos, ver desde la altura la ciudad completa y, con suerte, hasta tocar el cielo. Lo intenté sin conseguirlo. A las mujeres nos creen inútiles o simplemente (y quizá tengan razón) más conflictivas ("me toca esa ventana", "no yo limpio mejor"...); pero mi caso era diferente: al verme respondían con un silencio. Mi físico los intimidaba. Si obtuve este trabajo fue, otra vez, gracias a mi apariencia. "Prefiero a los hombres... pero contigo no hay mucha diferencia". Cuando vivía arriba sufría mucho, este tipo de comentarios me demolían. Mi madre -¡maldita sea!- me echó la sal, "nunca tendrás hombre, ¡con esa cara y ese cuerpo, más te vale que seas lesbiana". Por desgracia tenía razón y para mi mala suerte no soy gay. Aunque desde que me mudé a esta ciudad subterránea, mi suerte cambió. 
Al contrario de lo que muchos creían, Nueva York me resultó conveniente, allá me sentí a salvo porque intuía que era sólo un sitio de tránsito, un primer paso hacia lo definitivo. Esa sensación me liberó. No tenía las obligaciones típicas del arraigo; por otra parte, la visión del agua me provocaba un mareo constante, sabía que no vivía en una isla, sino en un pedazo de tierra flotante (acá abajo el rumor del agua es más fuerte) y esta certidumbre aligeraba mis días. Creo que, sin afanes presuntuosos, Nueva York es lo que uno quiere que sea, es su cualidad, lo malo es que la mayoría -y eso también lo aprendí arriba- piensa que es el ombligo del mundo. Nunca entendí completamente qué significaba tal sentencia, pero intuí sus alcances y su soberbia. Ignoro a quién diablos se le ocurrió tal barbaridad, ¿capital de qué, eje de qué? Imbéciles. Hasta la fecha, me intriga esa idea; en definitiva, el rumor es más eficaz que la certeza. Nadie se ha percatado de la trampa, lo sé por los relatos de los nuevos residentes, ninguno ha comprendido que es un punto de partida, que New York City es un laxante que ayuda a desprenderse de la memoria y a olvidar, dos costumbres útiles para definir el porvenir (si acaso eso es posible). Nueva York es un escalón, y nadie cuerdo puede arraigarse ahí. 
Desde los primeros días en la ciudad, me quedó claro que mi deber era partir al lugar definitivo. Por eso mi estancia fue tan serena. Al sumergirme en el paisaje urbano, borraba los recuerdos. Al confundirme entre las calles, los sonidos presentes se encimaban en los pasados. Mi figura gorda era un detalle más en el conglomerado. Aprendí a ser nadie y este aprendizaje me resultó un alivio. Debo reconocer que allá saben manipular muy bien; bajo el lema de la integración, de la pluralidad y en solidaridad con la globalización desaparecen cualquier rasgo propio. Allá, ser un individuo consiste en ser un collage de lo que desearías ser. Uno mismo es la primera invención. La mentira de la individualidad se fortalece con la necesidad de ser como el otro. Envidia, los sabios la llaman. Aparentemente todos se asumían distintos, y esa diferencia era la que presumían, pero no: todos eran iguales. Es una trampa visual, tarde o temprano la vista inventa un mecanismo para relacionar lo visible, pronto se detecta la fórmula y listo. Por eso, acá abajo, estoy más contenta, la vista no importa. No somos tan superficiales. 
Una de mis primeras lecciones consistió en desprenderme de mi imagen, en un ambiente regido por lo visible. ¡Por suerte!, no cualquiera se percata, de otra manera mi ciudad oscura estaría sobrepoblada. Aún somos pocos. 
A pesar de mi culo gordo nunca sobré en New York City. Mi culo no era más chico ni más grande que los otros, era uno más y eso me agradaba. A nadie, ni a mis amigos ni a mis compañeros de trabajo, les sorprendía mi tamaño ni mi rostro, "hemos visto peores" o "la vanidad te gana y de verdad crees que eres la más fea. No darling, hay peores". Hasta llegué a sentirme bonita. "No confundas -me aconsejó un amigo- la seguridad con la belleza" y tenía razón. Desde que -por decisión propia- bajé, he borrado esos conceptos, no me hacen falta. La vista es una ilusión, y si se trata de imaginar, mejor evito las referencias concretas que determinen o ensucien mi fantasía. Si allá arriba aprendí a ser nadie, acá abajo he entendido que puedo ser quien yo quiera. No cualquiera, que quede claro, sino quien yo quiera. Mis olores y sonidos son más auténticos que las huellas digitales, ésas siempre podrán ser falsificadas; en cambio el crujir de mis huesos o la saliva recorriendo el cogote, no. 
Me agradó la posibilidad de ser invisible. Acá, en Nueva York -no debo olvidar que simplemente vivo en el sótano-, entendí que las ciudades son ejercicios de la imaginación. No existen y la vez son tan concretas como nuestra propia historia. Las ciudades se sostienen de necesidades y de fe. También, descubrí que funcionan como la memoria -por eso los que gobiernan las grandes urbes están empecinados en combatirla, en destruirla, sólo cabe en el espacio la que ellos han inventado, ninguna más-.
Si bien no tengo ni tuve pretensiones artísticas, tampoco soy una cazafortunas, mucho menos una trepadora de la fama (gracias a Dios soy una mujer de creencias y no tengo motivos ni objetivos para buscar dioses o respuestas en otros lados. La vida es tan simple que no existe razón alguna para complicarla con juegos de fe). Mi abuela decía que ser normal es lo suficientemente loco y sofisticado, no vale la pena (ahora lo sé) exagerar las expectativas o menospreciar la sencillez (he aprendido la lección. Vivir la realidad es relativamente fácil, no hay para qué complicarse). En Nueva York empecé a estudiar, no fue intencional, las circunstancias (lo que para mí es destino) así lo determinaron. Quizá fue aburrimiento, casualidad, enajenación... ya no importa cuál fue el motivo de mi adicción a la lectura, en especial leí lo que llaman filosofía, esas novelas (¡vaya imaginación y creatividad!) me ayudaron a definir mi futuro.
Cuando decidí venir hasta acá, no sabía a qué me enfrentaría, esa incertidumbre no me amedrentó. Soy fuerte y trabajadora. ¿Qué problemas podría tener? Ninguno. A mis amigos les sorprendía mi ánimo, les resultaba una locura que alguien tan nadie como yo fuera capaz de ser feliz. Y a mí me parecía incongruente que ellos, quienes afirmaban "vivir en la tierra prometida", fueran tan infelices. Lo que no entendían es que yo estaba de paso, para mí Nueva York significó un medio, para ellos siempre ha sido un fin. 
Lave platos con entusiasmo. Mi permiso de trabajo decía Dolores Santos. "Eres la quinta Lola que trabaja aquí y Dios sabrá las que nos faltan", decía uno de los cocineros, quien además me apretaba las nalgas cada vez que podía, "están riquísimas". Al principio me turbó su actitud (una mujer gorda como yo no está acostumbrada a ese tipo de halagos), pensé que se burlaba, pero poco a poco esos pellizcos se convirtieron en caricias. Esas pequeñas manos sobándome me excitaban. Empezamos a llegar más temprano y hacíamos el amor en el almacén. "Lola, Lola, estás muy sabrosa, mamita". Aún ahora, en mi nueva residencia, pienso en Pepo, mi único amante. Acá tengo sexo con hombres y mujeres. No conozco sus rostros, sólo sus tactos y sus olores. Ninguno es tan bonito como el suyo. Es a la única persona que añoro. 
En los tres años que viví en el primer piso de Nueva York -consideré los rascacielos parte de la escenografía- nunca llamé a México, no tenía a quien. Contrariamente a lo que muchos suponen, hice más amigos acá, allá nunca tuve cabida en ningún lado. Esta urbe en sus distintos planos ha sido más acogedora, sobre todo este sótano. En sus entrañas me siento a salvo. Llegué al lugar correcto. 
En la cocina del restaurante agucé el oído y perdí el miedo. Pepo me ayudó. Él sabía muchas cosas. Supo antes que yo cuál era mi destino. Él me trajo aquí. Mis vecinos jamás lo conocieron; no les agradaba mucho: "algo esconde", desconfiaban, "pero es tu problema. Si lo quieres, allá tú..." Por otro lado, Pepo se negó "a formalidades" ("ese tipo de cuestiones no tienen sentido", se defendía) y yo lo respeté. Ellos decían que no era de fiar, que me cuidara, que los puertorriqueños tenían fama de traidores. Se equivocaron. Mi Pepo me cumplió: me trajo a la tierra prometida. 
Durante las horas laborales el sonido del aceite, los golpes de los cucharones sobre las mesas, el ritmo de la lumbre, el zumbido de los refrigeradores se orquestaban con las notas de los cuchillos partiendo verduras sobre las tablas. La berenjena no suena igual a la espinaca, ni la sal cae a la misma velocidad que la pimienta. Tampoco los platos hondos truenan como las tazas; el vidrio y la loza tienen distintas propiedades. Pasaba horas fregando platos con los pies empapados, reconociendo los pasos de Pepo sobre los demás, así aprendí los nombres de mis compañeros, y también distinguí el silencio del vacío. 
Al final de la jornada Pepo me esperaba y a veces hasta me ayudaba a lavar las cacerolas. Después, caminábamos hacia Bowery Street para tomar la línea J hasta la última parada, lo acompañaba a su casa en Merrick Boulevard y aprovechábamos el largo trayecto para tocarnos. A las dos de la mañana más de la mitad del recorrido lo hacíamos solos. Nadie dentro o fuera de los vagones, ningún sonido o murmullo, a penas el rechinido de los metales. Aprovechábamos la soledad. Continuábamos besándonos. Nunca tuve tiempo ni siquiera de imaginar lo que había arriba, las calles intrincadas y los vecindarios mal trazados (nada tan perfecto como la cuadrícula de Manhattan) de ese Borough no me interesaban, tampoco nos obligábamos a conocer nuestros territorios. Jamás pisé su casa. Una vez que llegábamos a Jamaica Center Station, nos bajábamos del vagón, él subía a la realidad de Queens, y yo simplemente tomaba otro tren dirección Downtown. Al principio me dormía en el trayecto de regreso y despertaba automáticamente al escuchar: "Next station: Delancey Street". Subía las escaleras y envuelta de madrugada caminaba hacia mi casa acompañada los ecos del cuerpo de Pepo en mí; después, me duchaba para quitarme su olor y el sudor de la jornada laboral y finalmente me dormía... y así hasta la noche siguiente. Mi hora de entrada al trabajo era a las siete de la tarde. Poco a poco olvidé la claridad y la luz, esa a la que se refieren tanto los pintores. Comencé a vivir la oscuridad, aunque sé que allá arriba la noche es otra de las tantas mentiras, con tanta ventana, con tantos focos de automóviles por todos lados, faros es simplemente una ilusión. Aun así, esa penumbra fue reveladora. 
Ésta fue mi cotidianidad por muchos meses, hasta que Pepo me contó su historia; aunque mintió y dijo que era un cuento que su madre le leía antes de dormir, no logró engañarme, él es aquel niño que creció en la penumbra y a quien sus padres le negaron la posibilidad de la luz; el mismo que un día escapó del secuestro y emergió a la ciudad. Salió y la gente se sintió atraída por la luminosidad de su mirada. Salió en la televisión, en el radio. Nadie supo con certeza de dónde provenía, él se limitó a decir: "Del sótano, de abajo". Pero quién podía creer. Sótano y abajo no significaban nada, y si alguien lo entendió, supo que lo mejor era callar. La verdad carecía de sentido. Los científicos analizaban su sangre, su cabeza, todo parecía normal, únicamente su sentido del oído era escalofriantemente aguzado, tanto que a los doctores les pareció increíble que no estuviera loco. "Ninguna persona soportaría escuchar todo lo que este pobre niño escucha. ¡Es increíble!". Como su personalidad y situación acaparaban la atención, nadie se percató de las desapariciones constantes de otros niños (la atracción que ejercía Pepo sobre la opinión pública era desquiciante), hasta que la cifra fue alarmante; cuando la sociedad y las autoridades se percataron de la catástrofe, ya era demasiado tarde. Se buscaron restos, nunca parecieron osamentas; se encarceló a una amplia variedad de delincuentes, todos confesaron otros crímenes y negaron tener relación alguna con esas desapariciones. Se inventaron muchas historias, que si los quemaron en un rito satánico, que si la mafia los utilizó para contrabandear drogas, que si vendieron sus órganos vitales, que si les cambiaron los rostros, que si fueron secuestrados por extraterrestres o por tratantes de blancas o que si un loco los tiene atrapados en los sótanos de la Governator Island y les cortó la lengua. Nadie nunca relacionó las desapariciones con la existencia del niño de la mirada transparente, poco a poco los padres se resignaron y la opinión pública olvidó los acontecimientos. Se rumora que esos niños construyeron una ciudad en las entrañas de la isla, sus hijos y nietos no conocen la luz, no les interesa, y sé bien que Pepo fue el encargado de esa misión. Él robo a esos niños para devolver a sus padres la tranquilidad. Por eso se siente cómodo en el metro, por eso los chirridos no lo espantan. Él me escogió a mí también. Nunca le pregunté nada, no lo quise avergonzar, sobre todo porque su cuento tiene un final diferente, pero yo, que también pertenezco a las entrañas, supe siempre la verdad. Acá todos esperamos su regreso.
Desde aquel momento, únicamente seguí mi instinto. Y mi instinto me dictó aprender a escuchar, a oler y a palpar, mi trabajo en la cocina fue un buen entrenamiento. Los trayectos de regreso se transformaron. Ya no volví a dormir, cerraba los ojos y escuchaba los murmullos de los habitantes del sótano. Sabían mi nombre, seguramente Pepo se los dijo. Jamás conté esta historia a nadie, quién podría creerme; por pudor tampoco lo comenté él, estaba de más. Los dos sabíamos nuestras obligaciones y deberes. Yo me dediqué a escuchar a las entrañas y a esperar mi turno. Pepo me avisaría. 
Y ese día llegó.
Pepo simplemente no regresó al restaurante. Reconocí los avisos. Faltó cuatro días al trabajo, lo llamaron y nadie lo encontró. Dejaron pasar otros días y volvieron a buscarlo. Desapareció. No había rastro. En su departamento, sus pertenencias estaban intactas, su identificación y hasta su tarjeta del Chase Manhattan Bank. Nuestro jefe se espantó, no quería que lo relacionaran con un crimen, él estaba convencido de que Pepo estaba muerto, los meseros decían que se había ido con su novia canadiense, "Canadá es más acogedor para los ilegales. Allá cambiará de identidad otra vez, ve tú a saber su verdadero nombre". Pero yo sabía la verdad: bajó a donde pertenecía. Y pues seguí sus pasos.
Al cumplir un mes de ausente, yo también desaparecí. Dejé los mismos rastros. Salí de trabajar en la madrugada, como era habitual. Tomé en Delancey Street por primera vez la línea J dirección Uptown, en Canal Street transbordé a la Q Uptown. Tracé la ruta de acuerdo al lugar donde apareció el niño de la mirada luminosa (me parece que fue por la 50 y la Sexta). El vagón estaba vacío y en el contiguo había dos homeless, vi pasar de largo la estación de la calle 49 y aproveché un parpadeo de la electricidad. Abrí las puertas entre los vagones y caí. Nadie escuchó nada, son sordos. Una vez en la oscuridad mis sentidos aumentaron y escuché claramente el bullicio. 
Aquí, soy muy feliz. A mis compañeros les agrada mi humor y mis sonidos. Nadie se burla de mi enorme culo ni de mis facciones. Soy muy bonita. Mi vocabulario de sonidos, olores y texturas ha aumentado considerablemente; tengo que estar lista para ahora que por fin me reúna con mi adorado Pepo, tengo tanto que agradecerle. 
Allá arriba, Nueva York, ese que el mundo sueña, continúa creciendo hacia los cielos, es su condena.

Miriam Mabel Martínez   mirmabel@yahoo.com

 

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