|
Las horas de
Abel Hernández como El Hijo son otras, pasan entre el
muro de luz de una lámpara sobre la mesa y el recuerdo
de todo lo que queda al cerrar los ojos. Por eso, era
cuestión de tiempo que llegasen nueve canciones con las
que firmar un primer álbum repleto de folk, country y
pop más allá del corsé de cantautor. Las otras vidas es
el rumor de escapadas y personajes que invaden la voz
del ex-cantante de Migala, rodeada por la mano de Raül
Fernandez (Refree) a la producción y el saber hacer de
la banda que les acompaña.
El camino de Abel Hernández le ha llevado a encontrar su
propio lugar. Tras el fin de Migala y con Emak Bakia (su
proyecto junto a Coque Yturriaga) dormido, Abel dio con
la necesidad de elegir, de tomar cada paso, de cantar en
su idioma. Abel dio con El Hijo. Las primeras canciones
bajo estas seis letras ya contaron con el apoyo de Raül
Fernandez como productor, arreglista y músico, así como
con el bajo de Kieran Stephen (también en Fantasy Bar,
antes en Migala y Los Planetas) y Xavier Molero a la
batería. La piel del oso eran cinco retratos reposados
sobre cuerda y viento, luz que flotaba en el aire. Poco
después, Abel entregó cuatro canciones de tradición
norteamericana adaptadas al castellano en Canciones
gringas. Con la intención de sonar a banda, de evitar el
barroquismo y tratar de adoptar las maneras del pop de
los sesenta y los setenta nacieron nuevos temas.
Premisas bajo las que guiar el torrente de fuerza que
venía de los cuatro al tocar, con las que definir, hilo
a hilo, los detalles de un disco clave grabado en el
estudio de Paco Loco en El Puerto de Santa María, y
masterizado por JJ Golden en California.
Las otras vidas traza un ayer feroz, un puñado de
escenas salidas de un tapiz. Un retrato apasionado.
Estas vidas son los rostros de Abel, vidas tejidas al
escribir. Un imaginario de llanos y galones, de reyes y
cabalgadas que se cuela en cada rincón de su autor , le
lanza a un presente perdido en un recuerdo medieval. El
clamor del valiente. "Saturnalia" abre el disco con una
carta incendiada, "Los reyes que traigo" brilla casi
psicodélica y "Bosques son" es el relato de un hombre
secuestrado por personajes, lugares y voces que no son
suyos, pero sí un trasunto de lo que le ocurre.
Hinchadas por la narrativa y la magia, estas canciones
atraviesan los siglos y se presentan como un bálsamo
cantado en un castellano heredero del pasado que busca
un lenguaje personal, propio. Apuntes de habitación, una
base de guitarra y voz que se rodea del contrapunto del
piano y los teclados, del paso de las baterías, para
crear un todo que se expande, que suena amplio a la
manera de una gran producción de la canción melódica de
antaño, pero que huye de lo sobrecargado, de la
ampulosidad. Raül Fernandez se ha encargado de buscar el
entorno apropiado para cada acorde, el hueco de cada
instrumento. Las guitarras arpegiadas y rasgadas, los
detalles de Hammond, Omnichord e incluso banjo ayudan en
un trabajo cuidado y con un velo atemporal, como el que
queda tras sonar "Cabalgar", ruido de bosque.
Abel Hernández ha desatado las luces de su talento como
compositor en la más firme de sus pisadas como El Hijo.
Con palabras que llaman las unas a las otras, con la
carrera de los días que pasaron, con la sombra de lo
vivido. Con un sabor a cobre en los labios. Las otras
vidas viene como un fogonazo en la memoria, un paisaje
que se alarga hasta donde llega la vista, el polvo
levantado, una cruz en la frente. |