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Patrick Süskind (Alemania, 1949)
El Perfume (fragmento)
" En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un
hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles
apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a
orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida
y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de
carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo
enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a
edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los
orinales...Apestaban los ríos, apestaban las plazas,
apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo
los puentes y en los palacios...Y, como es natural, el hedor
alcanzaba las máximas proporciones en París, porque París
era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un
lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la Rue
aux Fers y la Rue de la Ferronerie, o sea, en el Cimetière de
Innocents.
(...)
Escenario de este desenfreno -no podía ser otro- era su
imperio interior, donde había enterrado desde su nacimiento
los contornos de todos los olores olfateados durante su vida.
Para animarse conjuraba primero los más antiguos y remotos:
el vaho húmedo y hostil del dormitorio de madame Gaillard; el
olor seco y correoso de sus manos; el aliento avinagrado del
padre Terrier; el sudor histérico, cálido y maternal del ama
Bussier; el hedor a cadáveres del Cirnetiére des Innocents;
el tufo de asesina de su madre Y se revolcaba en la
repugnancia y el odio y sus cabellos se erizaban de un horror
voluptuoso. Muchas veces, cuando este aperitivo de
abominaciones no le bastaba para empezar, daba un pequeño
paseo olfatorio por la tenería de Grimal y se regalaba con el
hedor de las pieles sanguinolentas y de los tintes y abonos o
imaginaba el caldo de seiscientos mil parisienses en el
sofocante calor de la canícula. Entonces, de repente, este
era el sentido del ejercicio, el odio brotaba en él con
violencia de orgasmo, estallando como una tormenta contra
aquellos olores que habían osado ofender su ilustre nariz. Caía
sobre ellos como granizo sobre un campo de trigo los
pulverizaba como un furioso huracán y los ahogaba bajo un
diluvio purificador de agua destilada. Tan justa era su cólera
y tan grande su venganza. Ah, qué momento sublime!
Grenouille, el hombrecillo, temblaba de excitación, su cuerpo
se tensaba y abombaba en un bienestar voluptuoso, de modo que
durante un momento tocaba con la coronilla el techo de la
gruta, para luego bajar lentamente hasta yacer liberado y
apaciguado en lo más hondo. Era demasiado agradable, este
acto violento de exterminación de todos los olores
repugnantes, era realmente demasiado agradable, casi su número
favorito entre todos los representados en el escenario de su
gran teatro interior, porque comunicaba la maravillosa sensación
de agotamiento placentero que sigue a todo acto verdaderamente
grande y heroico. "
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