ESQUEMA DE ILIA

Ilia, era mi vecina, y confieso que me intrigaba y me frenaba al mismo tiempo. Lo cierto es que la deseaba con locura.

Me sentía inspeccionado por su mirada penetrante, sugestiva, anhelante.

Desde hacía algunos años vivíamos en el mismo edificio. Nuestros encuentros eran breves y escasos presentían intensidad.

Aquella noche cuando llegue a mi apartamento, me desnudé, vivía sólo desde hacía muchos años. Todo mi contacto con mujeres había sido fugaz, como el paso del agua de la ducha que ahora mojaba mi cuerpo ardiente. La imaginé y no tuve otro remedio que aliviar mi sofocación tocándome hasta reventar de placer. 

A veces, cuando lograba su conversación cortaba de repente, -el ascensor había llegado a su piso-, el piso segundo del edificio. Otras, me daba la impresión cómo si se escapara asustada hacia su vivienda. Tal vez amparaba sueños y luego desaparecía.


Una mañana, decidí presentarme en su casa. Después de tantos años de vecindad, siempre las mismas palabras y una despedida rápida.

Ilia vivía con su madre y algunos gatos. Abrió la puerta y en cuanto me vio no pudo contener la sorpresa:

Le dije: 

-Verás llevamos tantos años sin hablarnos casi nada que he pensado...-no sabía como continuar.

-Da igual los años. ¿para qué has venido?-me preguntó penetrándome con la mirada.

-Nada, pues eso que sigo en el octavo, si necesitas algo, ya lo sabes.

-Sé perfectamente donde está tu piso, Julio, desde que viniste a esta casa lo sé, hará ¿diez años?.

-Sí, será este tiempo, más o menos. He pensado ofrecerte también mi amistad. Le dije solícito y retraído.

-Gracias. Lo tendré en cuenta. Y cerró la puerta sin más.

Al cabo de bastante tiempo la volví a encontrar, estaba en el mercado, haciendo unas compras. Era la primera vez que la veía fuera de aquel edificio. La saludé. Ilia como siempre, desde su particular manera de mirar me dijo sin que lo esperara:

-¿Quieres pasar hoy por mi casa? Te puedo enseñar mis colecciones.

-Colecciones ¿de qué? Le pregunté asombrado.

-No sé, tengo de varias clases.- Se expresaba entre la sonrisa y el misterio de aquellos ojos profundos, protegidos.

-Seguro que te gustarán. También te puedo hacer café, si quieres.- Me sentía preso en su mundo y no quise escapar.

-Esta bien, Ilia. Esta tarde alrededor de las cinco estaré en tu casa.

Sólo me contestó con una sonrisa, luego se volvió y continuó con sus compras.

A las cinco estaba llamando al timbre de su piso. Me abrió la puerta enseguida. Estaba muy hermosa. Algunos de sus gatos salieron a recibirme y olisquearme.

-Voy a cerrar. Tengo miedo que se escape alguno. Pasa.

Me senté en el sofá del comedor, amueblado con gusto, lo protegía de los felinos con unas fundas que no servían de mucho, estaban llenos de arañazos y de pelos. Se fue hacia la cocina y los animales fueron tras de ella.

La luz no era abundante, quizás lo que me atrajo más de la estancia más fue el aroma. Vi que tenía un quemador sobre un extremo de la mesita del sofá de donde dimanaba fragancia a jazmín. En la pared un reloj ovalado tenía pájaros dibujados en lugar de cifras y cada vez que marcaba una hora se escuchaba el canto del pájaro.

Las lámparas eran modernistas y una de ellas estaba encendida.

Ilia tenía cuatro gatas, una persa, otra siamesa y las otras dos eran comunes. Se habían ido detrás de su ama y no aparecieron de nuevo.

Salió de la cocina con una bandeja que llevaba dos tazas de infusiones humeantes.

-Ya sé que no es café. Pero yo no puedo tomar. Estas son relajantes, es la mezcla de varias plantas. ¿Quieres ver mis colecciones?. Dijo mientras desapareció después de servir las tisanas.

Vino arrastrando unas cajas de cartón que dejó en el comedor. Empezó a abrir una de ellas. Cada caja tenía un nombre. Estaba la caja de las mariposas, la de hojas y arbustos del bosque y la caja de los sueños.

-Mira en esta caja guardo mi colección de mariposas-.
Las tenía distribuidas en pequeños receptáculos enmarcados y con una tapa de cristal, llevaban el nombre debajo de cada una de ellas.

-Las más lindas son las nocturnas, me costó mucho cogerlas. Sonrió con levedad. Ahora estoy arrepentida. Me cogió una mano y la pasó por su rostro.

Llevaba un vestido algo largo y vaporoso. Se movía con desenvoltura. Su hermoso pelo ensortijado había crecido le alcanzaba los hombros. La estaba notando muy cerca.

-Tantos años como vecinos y no habíamos pasado de un triste saludo en el ascensor.-Le dije algo más animado.

-No habíamos tenido tiempo para nada más. Dos pisos no dan para mucho.- Me contestó. Había acercado su cuerpo al mío, me daban ganas de abrazarla.

-¿Y en esa que guardas?

-Esa es la caja de los sueños. No te la puedo enseñar, hasta después. Me dijo con picardía.

-¿Hasta después de qué? Le pregunté sorprendido.

Hizo como si no escuchara nada. Se levantó y fue hacia el estéreo. Mientras buscaba entre los discos fui hacia ella y no pude contener más mi deseo. Mientras se volvía la abracé, su mirada fue el preludio de un beso largo. Comencé a bajarle la cremallera y la desnudé enseguida, debajo no llevaba ninguna prenda. Ella anhelante me desvestió enseguida. Mi erección era ya evidente.

La acaricié y la besé, le tocaba sus pechos grandes de enorme aureola y pezones largos.

-Me gustas-. Le dije y su atracción me llenó de placer, su piel era tan suave como oscura. Su rostro lascivo, aquellos ojos negros enormes. Los labios amorosos que succionaban los míos. 

-¿Has llegado a desear este momento? ¿Lo has soñado?. No cesaba de acariciarme, arriba y abajo, su boca en los labios y luego sentí la lengua sobre mi erección antes de tragarla. Yo permanecía de pie y ella se había arrodillado.

-Creo que desde hace bastante tiempo. Le pude contestar.

Enderezó su cuerpo y me dijo:

-Demasiado tiempo perdido.

Me acariciaba los cabellos, ebria de placer, la sentía por completo. 

-Vamos a la habitación-. Propuso.

Me hizo pasar a su cuarto. Me llevé una sorpresa mayúscula cuando vi que el lecho estaba ocupado por su madre a la que conocía con la que no coincidía desde hacía algunos años.

-Ven. No temas. Está dormida. No se enterará. A estas edades no se perdona la siesta ¿verdad?

Se hacía de noche. Movió el cuerpo de la anciana a un lado de la cama. 

-Solo quiere dormir aquí.- Dijo en susurros. Ven-. Yo miraba a aquella mujer que parecía no respirar. El sofoco eréctil se deshizo enseguida. Creyó necesario darme una explicación.

-En realidad ella está muerta. Falleció hace algunos años y no he consentido en que se la llevaran ni la enterraran.

-Cómo que está muerta-. El terror me invadió y no pude separar la mirada del cadáver. ¿Será una broma?

-Como tu quieras, pero ven. Y atrajo mi cuerpo.

Yo no podía hacer nada con aquel cuerpo inerte al lado. La rechacé y le dije:

-Ilia, comprenderás que así no puedo.

-Vamos a otra habitación entonces, o en el comedor, dónde sea.
-No, verás otro día. Esto me ha pillado de sorpresa.

-No te vayas, ¿qué te pasa? ¿Porqué te da apuro?

Salí hasta el comedor. Mientras me vestía horrorizado, desde la habitación pude escuchar la voz de la anciana:

-Niña ¿por qué dices que estoy muerta? ¿No ves que se ha asustado, el pobre hombre.

La anciana apareció con una bata de andar por casa, adecuada para su edad.

-No se vaya señor. No le haga mucho caso, Ilia es así.

-Me voy a marchar. Lo siento. Ya bajaré otro día.- Me había vestido sin salir todavía del aturdimiento. Ilia me sujetaba, no me dejaba salir. Me estaba agobiando.

-¿No quieres ver la colección de sueños?.

No volví a su casa. Los muertos siempre me han causado mucho respeto, sobre todo si resucitan.

-En otra ocasión. Y me marché.

Un día me enteré que se había cambiado de piso, me quedé sin volver a Ilia sin amarla por completo y sin ver su colección de sueños.

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