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Fran
Gayo, la mitad de lo que un día fue Mus, ha
encontrado una vía nueva para sus canciones: una con una
voz y un nombre propios, los suyos, y un idioma distinto
(al asturiano que solía emplear en sus letras), el
castellano. Si la discografía de su antiguo proyecto
acabó describiendo una travesía hacia la luz, Las
próximas cosechas es el punto de partida de una forma de
expresión llena de claridad, candor y una intimidad
renovada. La historia de una segunda oportunidad con la
que Fran ha aprendido a mirarse dentro para reconocer al
cantante que tenía escondido, al dueño de una voz
desconocida que ahora alumbra todo lo que escribe.
Asomado a una forma distinta de descubrir su música,
Fran Gayo ha dado con la necesidad y la valentía de
cantar las canciones que escribe. Lo ha hecho cambiando
el asturiano -un idioma que reivindicó y del que echó
mano durante diez años en cada disco de Mus- por el
castellano y girando la temática social que lo invadía
casi todo en aquel proyecto hacia un plano más íntimo,
ligado a lo cotidiano, a lo doméstico, al presente, y
bajo otro estado de ánimo. Una cercanía reflejada en un
disco, Las próximas cosechas, grabado en casa junto a
Eduardo García Salueña (de Edwin Moses, al piano y los
teclados), Eras Sánchez (miembro de las Uvas de la Ira
de Xabel Vegas, a la guitarra) y Manuel Scattini (al
bajo).
“Encontrar un modo de cantar requiere un proceso casi de
autoconocimiento, al principio es tan jodido como
mirarse en un espejo durante diez minutos observando con
detenimiento todos y cada uno de tus rasgos. Es una
situación medio embarazosa y acabas ni reconociéndote a
ti mismo”. Fran explica que exploró su voz hasta
encontrarla. “En ese sentido, fue clave un consejo que
me dio un amigo. Me recomendó que empezase a pensar como
un cantante y no como un músico. Eso me dio una visión
absolutamente diferente de cómo era el disco y de cómo
lo tenía que ir construyendo”.
Así, estas canciones dejan espacio a la voz de Fran, le
dan amplitud y la iluminan con una instrumentación suave
y limpia. Pasan de la fragilidad –‘En 20 minutos me
voy’- a la tensión y la fuerza –‘El invierno será bueno
(o no será)-, de la luz de la tarde –‘En la siesta
clara’- a un mundo oculto –‘En las copas de los
árboles’- en apenas un salto. Son un testimonio crudo,
hecho de una ternura imposible de fingir, puesto en los
labios de alguien que canta en primera persona porque no
sabría hacerlo en ninguna otra. Las próximas cosechas es
más que un cambio de registro; un disco que llama al
oyente de sus primeros acordes, lo arrulla y balancea,
con la atención puesta en la melodía y la voz.
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