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En el
Zoco El Arbaa
"Jaime M.
Tur" |
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En el
destacamento del Zoco El Arbaa, estuve dos veces. Se
hallaba en dirección a Chauen, y muy cerca de una enorme
cabila muy poblada, no recuerdo el nombre, en la que se
celebraba el Zoco –mercado–.
Me he referido a la cabila y a su cuantiosa población por
la cantidad de gatos que había. Gatos que se encargaba de
cazar el cornetín del comandante de la Bandera, D. Luis
Iglesias Méndez, y de comérselos tras tenerlos toda una
noche al sereno y aliñados como está mandado. Cazó y se
comió tantos, que tuvieron que venir unos cuantos
marroquíes a protestar acaloradamente, al ver que se
quedaban sin gatos.
Tenía mucha práctica y una técnica infalible. Una vez
cogido el gato, tras ofrecerle una sardina cruda, por
ejemplo; lo metía en un saco que llevaba, se sentaba
encima una vez atado el saco, y el gato moría
instantáneamente. Este cornetín era de Utrera, unos
cuarenta años; tenía el pelo rizado y ronquera crónica.
Era muy amigo mío, y se inflaba uno a reír en cuanto abría
la boca para contarnos alguna de las batallitas que había
vivido. Hacía buena pareja con el comandante por lo
dicharachero.
El comandante, de aplastante humanidad y que no tenía
pelos en la lengua, se dejo caer un día que estaba alegre
con la siguiente locución propia del vocabulario militar:
"o mi mujer tiene el chocho loco o yo la polla tonta,
porque cada vez que la meto saco dos". Tenía ya dos pares
de gemelos.
Y para terminar de conocer la campechanería de este
comandante, nada más sencillo que leer el cartel educativo
que mandó hacer.
Me explico: las letrinas, como todo el mundo sabe, no
están equipadas con la consabida taza de los saneamientos,
sino con una placa turca que presenta unas marcas en las
que se han de colocar los pies y hacer la deposición una
vez agachado. Por supuesto, nada de papel higiénico. Cada
uno ha de llevar el papel a utilizar.
Pero, como sigue habiendo gente pa tó, algunos se
limpiaban con el dedo que a su vez lo llevaban a la pared,
en la que dejaban pegado el pegotito correspondiente. Por
lo que al cabo del tiempo las paredes estaban plagadas de
pegotitos.
Así que el comandante, llevado de su inquietud docente,
colocó un letrero a la entrada de las letrinas que decía
así: "Si tu mierda es pintura/ y tus dedos son pinceles
/pinta en el coño de tu madre/ y no pintes en las paredes/
hijo de la gran puta".
Aquí, en este destacamento, fue donde recibí el segundo
arresto y en el Pelotón de Castigo también. Aunque en mi
hoja de servicios aparece reflejado literalmente:
"1–9–1954 Catorce días de arresto en la prevención por la
falta leve de "falta de corrección en la corrección en la
formación" impuesto por el Sr. Coronel Primer Jefe".
Segunda mentira cochina.
El correctivo se me impuso por el comandante jefe de la
Bandera, y sucedió así: en aquella ocasión tenía a mi
cargo toda la munición e impedimenta de la plana mayor de
la Bandera. Todo ello estaba guardado en una habitación
–en la que dormía yo– situada en la parte trasera del
pequeño edificio dedicado a cuerpo de guardia. Una mañana
que estaba recién levantado y venía de lavarme la cara, al
pasar por la puerta de ese cuerpo de guardia no me fijé en
que el que estaba en la puerta era un cabo primero recién
ascendido y jefe de la guardia, por lo que pasé sin
saludar.
–¡Cabo, vuelva atrás y pase saludando! –gritó.
Así lo hice, pero con mala leche. Primero, porque venía de
lavarme la cara y no llevaba gorro puesto; y segundo,
porque ese individuo había sido el cabo de cuadra más
sanguinario que se había conocido. Les pegaba a los
legionarios acemileros palizas de muerte con las correas
de los atalajes muleros. Les hacía limpiar las pezuñas de
los mulos con tinta rápida y betún; limpiarles los dientes
con un cepillo y una línea de albayalde a fin de adornar
el borde de la herradura. Amén, de ser el tío más
rastrero, pelotillero y chivato que parió madre.
Llegué al cuarto y cuando me estaba abrochando las botas
alpargatas, apareció el legionario que me ayudaba en la
tarea preguntando por la bronca que había tenido. Yo que
estaba de muy mala leche, le dije que había sido un
encontronazo con el chivato del capitán Murciano. Y como
el tío guarro nos había seguido sigilosamente hasta la
puerta, resulta que lo oyó todo. Acto seguido llamó a un
número y le ordenó que me llevara al cuerpo de guardia, me
pusiera contra la pared y me pegara un tiro si movía la
cabeza.
A la media hora, más o menos, el centinela gritó:
–¡El comandante jefe!
Y es que volvía de cazar como todas las mañanas acompañado
del capitán Murciano, precisamente. El cerdo se acercó al
comandante y le dijo:
–¡Sin novedad en el campamento, mi comandante! La única
novedad es que el cabo Jaime Tur Jeremías ha dicho que he
ascendido a cabo 1º porque soy el chivato del capitán
Murciano.
El capitán Murciano se apeó del caballo gritando:
–¡Al Pelotón de Castigo ahora mismo! ¡Y a este cabrón hay
que procesarlo!
–Bien, que vaya al Pelotón de Castigo, pero tranquilízate
–fueron las palabras del comandante.
Luego me enteré por mi amigo, el cornetín roba gatos, de
la conversación entre el capitán Murciano y el comandante.
El capitán buscó el código de justicia militar y leyó una
parte que hablaba de quince años de condena. A lo que el
comandante le dijo: "venga, venga Murciano déjate de
coñas". En su ocasión me he de referir a este capitán.
Y así de esta manera me pasé catorce días, no en la
prevención tocándome la perindolilla, sino en el monte
trabajando con un zapapicos. Salíamos por la mañana antes
de amanecer con la herramienta, y cargados con una banasta
vacía y de forma troncocónica hecha de alambres retorcidos
para darle fuerza y entrelazados formando una red de
amplias aberturas, cuyos diámetros, tanto superior como
inferior, eran de 80 y 40 centímetros, con una altura de
metro y medio.
En resumidas cuentas, esa banasta era la que teníamos que
llenar con cepas de lantisco y brezo que arrancábamos
cavando en la tierra; y una vez llena, cargárnosla y
llevarla al campamento. Los picos de las raíces que salían
por los espacios abiertos de la banasta y que se clavaban
en nuestras espaldas nos causaban un dolor insoportable.
Como cada día dejábamos una buena parte de tierra sin
cepas, resultaba que cada día teníamos que ir más lejos
por ellas, y soltar más tacos a la hora de volver cargados
y exhaustos al campamento. Esas cepas, es decir, esa leña
que traíamos arrancada con ímprobos esfuerzos, rociada de
sudor y causante de mucho dolor, era para las cocinas y
estufas de los oficiales que la pagaban a céntimo el kilo.
¿Han oído? ¡A céntimo el kilo!
La noche anterior al día que salía en libertad, el
encargado del Pelotón de Castigo dio un discurso alabando
mi comportamiento para que sirviera de ejemplo a los
demás. Este encargado era el mismo vigilante que había
entrado nuevo en el Pelotón de Castigo de Tauima y me dio
un empujón estando en la ducha, porque no sabía que yo era
cabo; rompiendo así el trato deferente que se tenía con
los cabos arrestados, como expuse anteriormente.
Y quiso el destino que siendo cabo otra vez en Dar–Riffien,
vino este vigilante de recluta a mi compañía. Cuando me
vio se puso pálido. Como estaba de cuartel, tuve que
anotar sus nombres, asignarles las literas, entregarles
otros enseres y leerles la cartilla. Cuando llegué a él,
le dije: "¡cumple con tu obligación y no te pasará
absolutamente nada, yo cuidaré!" Jamás lo arresté ni le
dirigí frases soeces ni insulté sus maneras cazurras. Y
ese fue el que dio el discurso cuando me tocó estar otra
vez bajo su mando como arrestado. Y es que no hay mejor
medicina para corregir incluso las formas de ser de un
individuo que responder con integridad a sus ofensas.
Cuando entré arrestado, ya estaba esperando el comienzo de
un curso para cabo primero, que había solicitado. Para
quien no lo sepa, diré que la graduación de cabo primero
fue ideada por el General Varela, con el fin de dotar al
ejército español de sargentos baratos; puesto que un cabo
primero tiene las obligaciones de sargento –suboficial– y
los derechos de tropa.
El asunto es que el día que salí del arresto me crucé con
el comandante, y tras saludarnos militarmente, me dijo:
"mañana quiero verte en clase para el curso de cabo
primero".
No tengo más remedio –ya puestos– que hacer saber que este
comandante, D. Luis Iglesias Méndez, dijo en cierta
ocasión que se fumaba el purito de tener al mejor
transmisionista de la Legión, refiriéndose a mi persona.
¿Por qué?
Lo cuento: cuando venía un General a dirigir o a observar
un ejercicio táctico, el puesto de mando se colocaba en la
cota más elevada que había para abarcar el máximo campo
visual en el que se movían las unidades colocadas en orden
abierto. Y en cuanto llegaba el General y ocupaba su
sitio, a todos los jefes de inferior graduación a la del
General, no les cabía una paja por el culo. Las órdenes de
qué unidad debía avanzar a ocupar otra cota y cuál iniciar
una acción envolvente, pongo por caso, había que
transmitirlas a través del alfabeto Morse; por medios
ópticos al ser de día.
Por lo que la transmisión era algo esencial en la
efectividad de esa orden y, sobre todo, en beneficio del
buen nombre del jefe de la unidad que la hubiere
cumplimentado correctamente. Así que cada vez que venía el
comandante a decirte que transmitieras lo que había
ordenado el General, te miraba con una cara como diciendo:
si te equivocas me hundes en la miseria y en el reino del
desprestigio.
Creo que fue León Tolstoi –además de magnífico escritor,
militar de alta graduación en el ejército ruso– el que
dijo: "el ejército al mismo tiempo que da a los hombres un
poder absoluto sobre sus inferiores, les obliga a mantener
con sus superiores una sumisión de esclavos tan inútil
como vergonzosa". Es claro que Tolstoi conocía muy bien el
oficio.
Luego venía la parte más cachonda. Vamos a ver. Si el
General ocupaba la cota más elevada en la que había
telémetros, goniómetros y prismáticos de primera, es de
cajón que visualizaba perfectamente todo lo que hubiera y
se moviera ante él. De ahí que los jefes de las unidades
estuvieran más pendientes de que el General no viera
moverse a los legionarios –estupidez supina digna de
besugos– que del enemigo al que se le suponía enfrente, y
del que en realidad había que protegerse y esconderse para
ir alcanzando posiciones adelantadas, utilizando el
bonito, inteligente y difícil juego de alternar el fuego
con el movimiento.
Sin embargo, era normal oír: "¡cuidado con el General que
está mirando! ¡Escóndete, cojones, que te está viendo!
¡Qué no se mueva ese tío! ¡Callad, guardad silencio, que
lo oye tó!".
Tampoco era raro oír: "hay gente pá tó, hasta para ser
General ¡Aquella sección que vemos perfectamente está al
descubierto y todos sus hombres están muertos! ¡Apunta,
una sección entera ha causado baja! ¡Transmite al capitán
que evacuen a todos los muertos inmediatamente!". Aquello
de que el ejército es un juego de niños bien organizado,
no va muy desencaminado.
Y miedo; lo que se dice miedo; miedo de verdad; mejor
dicho, requetemiedo, si no les parece mal la reiteración,
es el que se pasaba por las noches de guardia en un
polvorín aislado y bien lejos del calor humano.
Y es que en cuanto la noche extiende su negro manto, no se
sabe muy bien el porqué, siempre hay algún gracioso que
saca el tema del más allá y se acuerda de un centinela al
que le rebanaron el gañote en ese polvorín, precisamente.
Y si la fase lunar corresponde al novilunio –noche de
oscuridad absoluta– y estás oyendo el crujido de las
tablas al pisarlas, y viendo reflejarse en las paredes del
barracón las sombras de los cuerpos que se mueven de un
lado para otro, como las dispersas figuras deformes y
horrendas que reflejan los bultos de los que duermen
tapados con una manta, proyectadas por la luz mortecina y
trémula de un farol de petróleo, y oyes que te nombran
para salir de centinela; en ese preciso momento, te
apetece dar un grito desgarrador o expeler el último
suspiro.
Y cuando te ves solo en la oscuridad más absoluta, después
de lo que has visto y oído, más la recomendación de que
sentado es más fácil distinguir la silueta de lo que se
mueve, y viene hacia ti. Y si, además, estás oyendo el
sobrecogedor y horrísono diálogo que mantiene la
naturaleza: crujidos, chirridos, aullidos salidos de las
tinieblas... ¡Pá qué contar!
La camisa no te llega al cuerpo, reseca está la boca, el
vello como escarpias, las orejas tiesas como las del burro
del gitano, ojos como platos y haciendo chiribitas, la
cabeza girando los trescientos sesenta grados sin parar;
al mismo tiempo que te roes la mollera pensando en el
maldito sino que te persigue y en el puto día que te
trajeron, sin tú pedirlo, a este cochino y puerco mundo.
Ya digo. Y en ese plan dos interminables horas. Una
eternidad. Y si el polvorín esta situado tras un
cementerio como el que teníamos cuando el conflicto bélico
en Sidi–Ifni, y estás viendo como sale el fósforo de los
huesos de los muertos –el célebre fuego fatuo–, semejante
a pequeñas luciérnagas bailando una danza macabra; te dan
ganas de tirarlo todo y salir corriendo.
Lo que acabo de exponer; aunque no es aparatoso e
instantáneo como un ataque terrorista de largo alcance,
sino silencioso, largo en el tiempo –los minutos se hacen
eternos– y reservado a un simple puñado de hombres, no es
ninguna tontería.
Todo hombre siente miedo, en mayor o menor cuantía, de
acuerdo con la situación a vivir. El que diga lo
contrario, miente. Y si no existiera la facultad de
tenerle miedo al miedo, de sobreponerse a él, que es una
reacción del individuo llamada valor, más de uno, en esas
dos horas de centinela que acabo de relatar, se habría
quedado más tieso que la mojama. Y tanto es así que
decidieron enviar a cada puesto tres hombres, de manera
que, mientras uno ejercía de centinela los otros dos
descansaban tumbados junto a él. Sin reírse. ¡Eh!
Al ser sólo tres los meses que duraba nuestra estancia en
el destacamento, tiempo en el que más bien reinaba la
monotonía, queda por mi parte bien poco que contar de los
hechos ocurridos dignos de mención, al no conocer más allá
de lo que personalmente viví.
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