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(14 de octubre de 2005)
Las copas de los árboles de la gran avenida se hundían
en los balcones del Alstuz Mild Hotel. Krianj Molde
apuraba su cigarrillo. Una poderosa fuerza invadía su
cuerpo agarrotando todos sus miembros, congelándolo
por dentro. Sus labios temblaban al sentir la boquilla
y sus manos anhelaban algo que destrozar.
Siempre había detestado cualquier tipo de protagonismo
y ahora su corazón se encogía al oír su nombre en boca
de todos. Su rostro amanecía impreso en las primeras
planas de Le Monde, Le Figaro, The Herald Tribune y el
New York Times.
Una espesa negrura le anegaba por dentro, deseaba
volver a su pequeño laboratorio de la Universidad de
Westfallen y sumergirse de nuevo en la dinámica
paciente de sus experimentos e investigaciones. Había
mucho que hacer, era una locura todo lo que estaba
viviendo. Ojala no hubiese dado a conocer al mundo su
descubrimiento, pensaba abatido.
Ante la imposibilidad de dominarse descorchó una
botella y comenzó a escanciar su contenido en una
magnífica copa de cristal de bohemia. Aquel saloncito
al estilo Luis XIV donde habían comparecido
personalidades de la más alta alcurnia, desde
monarcas, pasando por ministros y grandes magnates, se
le tragaba, envuelto en una fragancia a flores
frescas.
Catherine irrumpió en la estancia, traía varias
bolsas. Su rostro delataba una euforia desmedida.
Encendida, se sentó sobre las rodillas de su marido y
fue extrayendo el contenido de las mismas, enumerando
una a una las maravillas que había adquirido en la
ciudad. De repente Krianj observó el espejo y se
percató de que su mujer le había colocado un sombrero
de copa de terciopelo negro. Aquella imagen de si
mismo se le antojo ridícula.
A pesar de todo el científico mostró una cándida
sonrisa de aprobación. Catherine le obsequió con un
beso y se afanó en recogerlo todo. La vio traspasar el
umbral, aun seguía hablándole. Él volvió a llenar la
copa.
Sus venas se dilataban y la realidad en su mente
comenzaba a desdibujarse. No obstante, aún distinguía
las cortantes aristas y volvió a llenar la copa.
Al poco tiempo, su mujer salió del dormitorio luciendo
un vestido negro satén, un diseño exclusivo de
Gautieri. Buscaba la complicidad de su marido cuando
su rostro dibujó una mueca de horror. La copa rodaba
sobre la moqueta.
Krianj se incorporó ayudado por ella, que no cesaba de
increparlo. Arrastraba los pies y el alma aunque la
hoguera parecía haberse apaciguado en su interior, una
luz caleidoscópica parecía guiarlo. Tropezó con varios
paquetes, presentes sin abrir, y culminó su lastimoso
periplo al sentir una descarga de frialdad cristalina
sobre su rostro.
Durante la recepción permaneció absorto, la abrumadora
sensación de agobio se había mitigado. Ahora
estrechaba manos y dedicaba sonrisas sin sentir el
acicate de la banalidad y el absurdo. Exploraba
aquellos rostros complacientes, sin poder enfocarlos,
su lengua se mantenía rebelde y un cierto rescoldo de
prudencia le mantenía alejado de la palabra. Su mujer
hacía de interlocutora.
Sobre la mesa únicamente reconocía el valor de lo
inútil y lo superfluo. Para él hubiera sido imposible
comparecer asistido por la razón. Encontraba
peculiarmente atractiva la posibilidad de aplicar el
logaritmo de Keller en sus ecuaciones estructurales,
sin duda ese era el siguiente paso. Entonces alguien
reclamaba su atención y era su mujer la que lo
auxiliaba, interponiéndose con alguna oportuna
ocurrencia.
Algunas de las personalidades que visitaron la mesa
durante la velada quedaron profundamente impresionadas
al toparse con los ojos enrojecidos, perdidos, del
gran Krianj Molde. En este momento Krianj se asemejaba
más a un carbonero de Konisberg que al ganador del
premio Nobel de Física.
La niebla asolaba la campiña, las sombras boscosas de
Brandemberg anunciaban el comienzo de la Selva Negra,
sobre una de esas crestas huérfanas, que despuntaban
entre un mar de exuberancia, se levantaba la cabaña
del leñador Soren Molde y su esposa. Podía sentir la
fragancia salvaje de las coníferas y el correr
bullicioso de los arroyos que descendían desde las
estribaciones de los Alpes. De repente un agudo
silbido anunció la intervención del maestro de
ceremonias. Todos los presentes se giraron, y un
estruendoso aplauso hizo retumbar el salón real.
Catherine no perdía de vista a su marido que caminaba
en dirección al atril, saludando y estrechando la mano
de aquellos que se lo solicitaban. Fue entonces cuando
la servilleta se contrajo en su puño, al verlo
tropezar con el primer peldaño de la escalinata,
afortunadamente Krianj logro reponerse.
En el segundo traspiés resulto providencial la
asistencia de los mozos que con sus guantes blancos,
cual ángeles custodios, lo elevaron hasta la cúspide.
Admiraba la perfecta simetría de los diminutos cuadros
que adornaban la alfombra. Entonces se encogió, al
verse encaramado en el atril, en aquel marco
incomparable. Contemplaba anonadado las formidables
dimensiones del salón real, con sus inmensos
ventanales y columnas, y como un resorte, comenzó a
hurgar en sus bolsillos. Su intento de discurso
descansaba a los pies del escritorio del hotel, entre
una confusión de amasijos desechados. Ahora no lograba
recordar si había llegado a cerrar la pluma, o si lo
había hecho antes o después de descorchar la última
botella.
Una marea de murmullos embargó la sala. Varios flashes
lograron aturdirlo y un creciente hormigueo invadió
sus manos, al tiempo que sus piernas insistían en
flaquear y su corazón comenzaba a atronar desbocado.
Alguna fuerza extraña le impedía articular palabra. Su
hálito se hallaba apagado, extinguido, por más que
insistiera en avivarlo. El rostro se le incendiaba por
momentos y un terrible temblor empezó a sacudir sus
extremidades, sobre todo su cuello, que se veía
impotente a la hora de sostenerle la cabeza.
Se sobresaltó al sentir un leve contacto sobre su
hombro derecho; descubriendo el semblante
cariacontecido del maestro de ceremonias.
Los murmullos fueron creciendo en intensidad y los
flashes se redoblaron, algunas personas se habían
levantado para observar mejor, el maestro de
ceremonias y varios mozos asistían al Nobel que
parecía visiblemente indispuesto.
En ese momento, mientras Krianj era ayudado en su
descenso por la escalinata, preso de una gran
excitación, comenzó a vociferar algo. Esto hizo que
algunos mozos perdieran un tanto las formas, en su
premura por desalojar al hombre del gran salón, ante
la atónita mirada y el murmullo generalizado de la
concurrencia. Él no obstante alzo aún más la voz, al
parecer gritaba el nombre de una mujer, tal vez la
misma, que desde hacía unos minutos, había abandonado
su lugar en la mesa.
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