JORDI CASADO SOBREPERE

Nací en la ciudad de Cádiz, el 13 del noviembre de 1976. La mayor parte de mi infancia transcurrió entre esta ciudad y los pueblos de la provincia, estuve en un colegio privado del Puerto de Santa María hasta los ocho años, después me traslade a uno del centro de Cádiz. Las canteras de Puerto Real, era una zona de bosque y monte, donde tuve mis primeros contactos con la naturaleza más salvaje, llegando a perderme en más de una ocasión, trayendo de cabeza a mis padres. Rememoro las costas gaditanas, el mar, las playas, y otra localidad que siempre estará en mi recuerdo, Conil de la Frontera, con su Palmar de Troya, una playa de dunas vírgenes abierta a un mar de olas rizadas, que muestra la amplitud y la furia del Atlántico.
Con siete años, empecé a escribir relatos cortos y a dibujar comics, me encantaba dibujar. Mi primera noche en vela con un libro, fue con un ejemplar de los tres investigadores, la serie de relatos de Alfred Hisckot, que tenía por protagonistas a tres jóvenes e intrépidos adolescentes que resolvían todo tipo de misterios.

 

Los primeros años de colegio, mis calificaciones eran inexplicablemente catastróficas, rara era la asignatura que aprobaba, mientras explicaban matemáticas o gramática, yo soñaba y creaba historias, tornándoseme aquellas lecciones como ajenas y extrañas, en ocasiones soliviantaba al resto, motivando la furia del profesor. En mi libro de notas de primaria, una de mis profesoras expone textualmente: no solo no atiende en clase sino que hace todo lo posible para que los demás dejen de atender.
A los dos años de nacer yo, nació mi hermano Eric. Mi padre, Juan José, era enfermero y mi madre, Dulcinea, era profesora de francés, y fue con su primer destino tras aprobar las oposiciones, cuando nos trasladamos a Antequera, yo tenía once años, allí estuvimos dos años, finalmente nos fuimos motivados por el acaso escolar que yo padecía y que amenazaba con anularme como persona.
Durante los dos años siguientes trate de adaptarme al nuevo centro en Marbella, pero el miedo era superior a mi, tampoco quise ir a la universidad por no encontrarme con gente del instituto de Antequera que pudiera señalarme. Así que mi primer año después de aprobar la selectividad, me matricule en la UNED para cursar la licenciatura de Ciencias Políticas, por la diversidad de disciplinas que abarcaba y por tener al ser humano como referente, aunque la mayor parte del tiempo lo pasaba imaginando, escribiendo, y curioseando en los libros de la nutrida biblioteca que teníamos en una estancia anexa de la casa. Los libros eran la pasión de mi madre, hasta tal punto, que hubo que destinar una estancia específica a almacenar la ingente cantidad de volúmenes y ejemplares.
Tras unos pésimos resultados académicos, salí de mi ostracismo, y me fui a estudiar a Granada. Apenas avance un curso en dos años, cuando falleció de trágico accidente mi madre, al poco tiempo la familia quedo rota. Mi hermano al no finalizar su último curso en el instituto, decidió enrolarse en la armada, yo regresé con mi padre, y nos trasladamos a Estepona, localidad que se encuentra a pocos kilómetros de Marbella, ya que mi padre trabaja por aquel entonces en su centro de salud, y la casa en la que vivíamos hasta entonces en Marbella le traía demasiados recuerdos.
Convencí a mi padre para montar un negocio, una tienda de videojuegos, que tras dos años buenos se hundió, superando ampliamente los gastos al dinero invertido, al tiempo mi padre había conocido a una nueva mujer, con la que contraería matrimonio, un año después. Acuciantes deudas y problemas de convivencia, tornaban mi atmósfera irrespirable, haciendo emerger todo tipo de fantasmas, no tuve más remedio que liquidar el negocio, y hacer frente a las deudas trabajando. Tuve muchos trabajos, y finalmente opté por regresar a Marbella a casa de mi abuela, para no crear conflictos en la convivencia de mi padre con su nueva pareja. Hacía un año que habían tenido un hijo y otro iba en camino, y parecía achacárseme cierto rechazo infantil, cosa que nunca fue cierta, en cualquier caso, mi marcha supuso un bien para todos.
Mi abuela me proporcionó el cariño y la estabilidad que necesitaba, y empecé a estudiar de nuevo, un modulo de informática de formación profesional. También obtuve un título de primeros auxilios y socorrismo acuático, con la cruz roja, que me permitía trabajar cómodamente en verano. Fue un renacimiento, un periodo de recuperación y florecimiento, en el que pude apuntarme a un taller literario, que supuso mi primer contacto serio con la literatura, y un taller de teatro poco convencional, que me ayudó a reconciliarme con mi cuerpo, desterrando agarrotamientos, temblores y sacudidas.
En verano escribía de todo, relatos, cuentos, pero sobre todo filosofía. Las inquietudes filosóficas me ganaban día a día, haciéndome rellenar libretas enteras, en ocasiones incluía en mis relatos cuestiones metafísicas o trascendentales. Hasta tal punto me empujaban mis inquietudes, que al poco tiempo de acabar el módulo de informática, decidí matricularme en la Universidad de Granada, en la licenciatura de filosofía.
En la actualidad tengo 29 años, y curso el segundo año de la carrera. Ha sido este año, cuando me apunté a este taller, ya que junto con mis trabajos en lógica y el estudio de las asignaturas del curso, cada poco tiempo, escribo algún relato y creo que mi estilo a la hora de escribir, así como la inspiración propia, están por primera vez definiéndose, y este taller me brinda la oportunidad de mejorar y crecer como futuro escritor.


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