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LA
BODA DEL AÑO
Es
curioso pero, en los tiempos que corren, donde parece que ya
no nos sorprende nada, a veces, gracias a Dios, sucede algo
inesperado, como por arte de magia, que consigue hacer
tambalearse durante un breve espacio de tiempo nuestra ya casi
inmune capacidad de sorpresa. Un servidor, curtido en los
últimos años -para desgracia de mi bolsillo- en bodorrios de
todo tipo y condición, tanto de familiares como de amigos,
compañeros de trabajo o compromisos de diverso pelaje, nunca
habría imaginado que en la boda de uno de sus antiguos
compañeros de colegio iba a disfrutar de una de las mejores
noches de su vida. Y menos aún cuando, en principio, la boda
apuntaba maneras para ser un verdadero coñazo, ya que iba
solo y apenas conocía a seis o siete compañeros del colegio
con los que no tenía relación alguna y siempre me habían
parecido unos auténticos gilipollas. Por cierto que con
respecto a mi amigo, al que en adelante llamaré Pedro para
evitar dar nombres y apellidos, tardé poco en descubrir si
había sido uno de los que había invitado para fastidiarles y
sacarles por lo menos el regalo de boda -lo que haría que
elogiase aún más sus maquiavélicas ideas, hasta ese momento
desconocidas para mi- o tan solo porque tenía cierto aprecio
por mi persona. En fin, lo que si tengo claro es que no sé si
para la novia sería el día más feliz de su vida -cosa que
dudo por cómo fue organizada-, pero lo que es para mí, desde
luego no ha habido otro que lo haya superado hasta la fecha.
LA
INVITACION
La
primera noticia que tuve de la boda fue evidentemente con la
invitación. Era sábado. Me encontraba tumbado tranquilamente
en el sofá, zapeando compulsivamente entre películas de
desgracias de Antena Tres, cutreces varias de Telemadrid,
estúpidas consultas nigrománticas a cuadrillas de adivinos
de saldo que se lo llevan muerto by the face, e incluso, mal
que me pese, llegué a visualizar durante unos interminables
segundos un poco del programa del petirrojo de Parada. Qué
cosas. Cuando más a gusto estaba, recordando que el mes
anterior había terminado de pagar el último plazo del coche
y ya no tenía ninguna deuda y podía gastar el pequeño
remanente que me quedaba en un viaje con mis amigos a Cuenca,
llegó mi hermano con varios sobres. Nadie había mirado el
buzón en los últimos tres días, por lo que en un momento
acabaron en mis manos cuatro cartas inesperadas. Una de ellas
era del banco, las otras dos eran unas clásicas del mundillo
de la correspondencia. Una comercial, y la otra digamos que
más casera.
"Ha
sido usted agraciado con un Mercedes 500 en un riguroso sorteo
ante notario y donde no han tenido tanta suerte las siguientes
personas..." "Si quiere recibir el coche en breves
días rellene este cupón y, si le interesa, la solicitud de
información o forma de pago de la enciclopedia de comida
maorí -imprescindible en cualquier hogar que se precie-, sin
ningún compromiso por su parte..." Qué quieren que les
diga, cuando a uno le mandan este tipo de cartas una semana si
y la otra también, hasta un tipo crédulo como yo acaba
llegando a pensar que a ver si todos estos supuestos premios
van a ser un truco para vender productos inútiles para la
mayoría de los mortales: El gran libro de los insectos, El
sexo en la tercera edad -cinco volúmenes-, o la exclusiva
colección de tres CD's con los Grandes Éxitos de Leif
Garret... En cuanto a la otra carta, poco que contar. Se
trataba de la clásica carta-cadena que si no la envía uno a
diez personas en los ocho días siguientes de su recepción le
puede pasar alguna desgracia a las primeras de cambio. Como a
Guadalberto Flores -detallaba la carta-, que tras quince años
dedicado al duro trabajo en el campo, y ocho de feliz
matrimonio, viviendo en una humilde casa con su mujer y su
suegra, no mandó la carta, por lo que al mes de tamaña
osadía lo echaron de la plantación en la que trabajaba al
liarse con la exuberante mujer del dueño, fue repudiado por
su señora y su suegra, y terminó sus días en una isla del
Caribe trabajando de socorrista en un hotelucho de mala muerte
y dedicando sus horas de asueto a los cubalibres y al viejo
fornicio. Hombre, yo no sé ustedes, pero para mí el tal
Guadalberto más que un desgraciado me parece un monstruo. Y
estoy seguro de que en muchos lugares del mundo, gentes como
Guadalberto sueñan con la llegada de una carta como esa,
hasta incluso más agoreras todavía, y por supuesto, con
mandar al carajo eso de seguir la cadena, como hice yo.
Por
último, abrí la cuarta carta, que por sus peculiares
hechuras me dio en la nariz que se trataba de una invitación
de boda. Al principio pensé que no era para mí pues la
dirección que figuraba en el sobre era la de Pedro. Aunque
curiosamente, en el remite si aparecía mi nombre, domicilio,
provincia y distrito postal. En la parte superior derecha,
donde debía ir el sello, se podía leer "Sin
sello", escrito manualmente con rotulador rojo. ¡Qué
cabrón! La verdad es que el tipo no era nada tonto. Mandaba
invitaciones en cuyo remite aparecía la dirección de la
persona a la que iba dirigida la carta, pero sin ponerle
sello, y en la parte delantera escribía su propia dirección
para que supiesen de quien se trataba. Cuando el cartero
comprobaba que no había sello la devolvía al remitente que
en realidad era el destinatario. Con estas tonterías, este
singular economista se ahorraba unas pesetillas en los pesados
trámites protocolarios que tienen estos eventos.
Pero
no fue ésta la única sorpresa. Debo reconocer, aunque ahora
me arrepiento, que cuando vi que realmente era una invitación
de boda lo primero que grité fue: ¡Me cago en la puta, otra
vez a soltar dinero! ¡Hala, a la mierda el viaje a Cuenca! Lo
que pasa es que minutos después, cuando ya había digerido
que por lo menos tendría que dar el dinero del regalo,
empecé a valorar lo que había plasmado en aquellos escasos
centímetros cuadrados de inmaculado papel blanco y en cuya
esquina inferior derecha se podía leer, escrito en letras
negras dentro de un pequeño rectángulo rojo, la leyenda
Masagil 200, grajeas. Sí, sí. El bueno de Pedrito había
reciclado las hojas de los blocks de publicidad que ofertaban
los visitadores médicos y de los que por lo visto su futura
mujer -podóloga- poseía una buena colección, destinándolos
a un uso desde luego bastante práctico. De esto me enteré
unas semanas después gracias a una cotilla tía mía que
tenía un topo infiltrado en la familia de Pedro -la modista
que ambas familias compartían-, y que le contaba las
constantes cutreces del futuro contrayente.
La
invitación no tenía desperdicio. Me hizo bastante gracia que
delante de los nombres de cada uno, apareciera escrita su
titulación. Así se podía leer, el Ingeniero Pedro... y la
Doctora -llamémosle Laura-... tienen el gusto de invitarles a
su enlace que tendrá lugar en la ermita de San Max Quetiú de
la villa... Nunca lo había visto antes pero, tenía cierto
arte, la verdad. Otra cosa bastante curiosa consistía en que
en la propia invitación figurase parte del menú que se iba a
ofrecer a los comensales. Comprendí acto seguido que formaba
parte de la estrategia ahorrativa que Pedro se había trazado.
El cabroncete del ingeniero -la leyenda decía que perito-
indicaba que en la elitista Casa Nati-Asador Castellano,
servirían entre otros platos solomillos de vaca de siete
años, uséase, vaca vieja. Chúpate esa Villalobos. Imaginé
la cara de Pedro cuando ideaba su maquiavélica jugada,
dibujándose en su mente una larga lista de invitados de la
que de buenas a primeras comenzaban a caer de la convocatoria
uno tras otro hasta dejarla en poco más de la mitad. Y de los
que quedaban la mayoría eran familiares y no tenían más
huevos que ir, que si no... Estoy convencido que lo tenía
todo perfectamente estudiado. Seguro que pensaba que nadie le
podría reprochar nada, pues si no que no fuese, y si ocurría
algo de eso de las vacas locas, como los efectos decían que
no se producían hasta pasados diez años, pues nada, que le
fueran a él dentro de diez años y demostrasen que habían
cogido la enfermedad en su banquete de boda y no en cualquier
burguer o restaurante chino en el que hubiesen degustado la
vaca vieja junto con jugosos tropezones de rata de la ribera
del Manzanares o exquisitas croquetillas de perro gernoso.
Además, seguro que por aquellas fechas si hubiese sido delito
ya estaría prescrito. Yo desde luego fui de los que se
arriesgaron. Era como jugar a la ruleta rusa, solo que en
lugar de balas con solomillos. Con todo lo que estaba leyendo,
como para perderme la boda. Vamos, ni aunque pusieran pollos y
cocacola belga, rabo de toro descabellado a la antigua usanza,
marisco ilegal traído de extranjis de Galicia, vinillo
peleón, whisky de la garrafa del tío Emilio, o el camarero
tuviese fiebre, aunque fuera actosa.
La
parte final de la invitación fue, sin lugar a dudas, la que
consiguió que elevase al bueno de Pedro de la catalogación
de simple mortal a la categoría de mito. En poco menos de dos
líneas comenzaron a aparecer ante mis ojos una serie de
dibujos y signos matemáticos de diversa índole, aunque eso
sí, comprensibles para todo el mundo, que es lo que
lógicamente buscaba su autor. Para no aburrir con pesadas
explicaciones de cada dibujo y signo resumir‚ las
intenciones manifiestas del futuro anfitrión. Indicaba en
primer lugar que si el cubierto le costaba siete mil
pesetillas, el regalo debía ser igual o mayor al precio del
plato, debiendo abstenerse de ir aquellos que fueran a regalar
algo de menor cuantía. Lo indicaba claro, apareciendo a modo
de recordatorio el número seis mil quinientos tachado con una
cruz negra.
Una
renglón más abajo se rogaba a los invitados que no llevasen
a sus hijos, salvo en caso de fuerza mayor. Junto al original
ruego, entre paréntesis, La frase SE GRATIFICARA, apareciendo
a su lado el dibujo de dos filetes superpuestos, que deduje
que indicaban algo así como que aquellos que no llevasen a
ningún miembro de su prole serían recompensados con ración
doble. Todo un detalle. Observé intrigado además que al
final de todo el texto de la invitación aparecía una
misteriosa jota dentro de un pequeño cuadrado de bordes
rojos. La verdad es que en ese momento no caí en cual podía
ser el significado de tal símbolo. Y mira que le di vueltas a
la cabeza intentando pensar por unos segundos como mi amiguete
Pedro. Pero nada, ni por esas. Bueno, me dije, seguramente
sería una más de las múltiples sorpresas que me depararía
la boda.
Por
cierto, casi se me olvidaba la última sorpresa que escondía
la invitación. Una pequeña tarjetita indicaba un plano,
digamos que elemental, de cómo llegar al asador situado en
las afueras de Madrid. Teóricamente poco más de cuatro rayas
servían para orientar a los hambrientos invitados del
convite. Incluso se había estirado dibujando una glorieta
donde unas flechas cutres a la par que sospechosas marcaban el
camino a seguir. Por supuesto mis sospechas, tratándose de
Pedro, se confirmaron en pocos días. Gracias al topo al que
me referí antes, mi tía Mercedes me confesó en petit
comité que mi compañero de colegio había elaborado dos
mapas casi idénticos del itinerario a seguir. El verdadero lo
mandaba en la invitación de familiares y demás personas en
las que estuviera interesado en su asistencia. El falso en la
de aquellos cuya ausencia no trastocara en exceso el
desarrollo de la boda. Evidentemente yo era una de esas bajas
que no serían añoradas por la concurrencia. Pero con lo que
no contaba Pedrito era con mi astucia -joder, parezco el
Chapulín Colorado- a la hora de descubrir pistas falsas.
Aquellas flechas gurruminas indicando un camino prácticamente
contrario al inicial me resultaron desde un primer momento muy
extrañas. Lo que no sé yo es si otros invitados advirtieron
el timo o sin embargo hicieron caso al plano y en lugar de
Casa Nati-Asador Castellano acabaron la noche cerca de
Andújar, un tanto mosqueados eso sí por lo lejos que
parecía estar el asador de los cojones. Desde luego, en el
convite había bastantes platos vacíos, así que no sé yo...
Una
vez que terminé de leer aquella joya del papel escrito,
superior incluso me atrevería a decir que el Perséfone de
Ricardo Bofill, respiré hondo, conté hasta diez, y de nuevo
repasé línea a línea el contenido de la invitación. Sí,
aquello estaba sucediendo. Había sido invitado a la boda de
un tipo al que no veía desde hacía lo menos once años, del
que por cierto nunca había sido gran amigo, pero que
prometía ser un bodorrio como mínimo curioso. Cuando mi tía
me puso al corriente algunas de las circunstancias de la boda,
mis deseos de asistir aumentaron considerablemente. Por lo
visto Pedro no tenía nada de ganas de casarse, lo suyo era
más bien vivir en pecado. Vamos, el amancebamiento puro y
duro. Pero fue su futura mujer la que a base de machacar día
tras día al pobre muchacho la que consiguió al final cambiar
las constantes negativas del pobre Pedro por un definitivo y
exaltado ¡Que sííííííí, coooñooooo! También hay que
reconocer que el Pedrichi sufrió el cruel castigo de la
abstención de la carne de su entonces novia Laura hasta que
ésta no escuchó de sus labios la afirmación tan
insistentemente requerida. No podía siquiera rozarle un
pezoncillo de refilón sin que la pesada de su novia comenzase
con lo de ¡Hasta que no haya fecha de boda, ni catarlo!, ¡El
que quiera peces, que se moje!, y demás cosas por el estilo
que hacían que Pedro contestase siempre lo mismo, repitiendo
constantemente como un loco ¡Ooooooootra veeeezzz! Pero en
fin, al final claudicó, cosa que por cierto ahora se lo
agradezco en el alma. Lo mejor de todo fue que estableció
como condición sine qua non para pasar por el altar la de que
la boda fuera organizada por él mismo y bajo tal salvaje
sistema de reducción de gastos que si se descuida un poco le
saca dinero hasta a los invitados.
Total,
que marqué con mi rotulador Carioca rojo -utilizado ya sólo
para las grandes ocasiones- el día veinte de octubre de dos
mil uno, sábado, sobre el almanaque de tías en bolas que un
camionero al que resolví un complicado pleito me había
regalado el año anterior, y que por supuesto volví a ocultar
en un lugar secreto, a salvo de las imprevisibles batidas de
limpieza que cualquier madre suele realizar esporádicamente
en bastiones casi inexpugnables como por ejemplo puede ser el
cuarto de cualquier hijo de vecino. Que si, que ya me vale,
que con treinta tacos y trabajando, todavía en casa. Pero es
que la cosa está muy mal. Y a esta edad, para irme a vivir a
un piso compartido con tres gañanes y hartarme de pasta y
salchichas, pues nada, cuando no salgo por ahí de gaseosas
con los amigotes, me quedo en casita, con mis pantuflillas, mi
colacao calentito, y el viejo canal plus, con tarjeta pirata
por supuesto. En fin, lo importante es que desde el día de la
recepción de la invitación mi vida cotidiana experimentó
una notable mejoría a nivel emocional, llegando a rozar el
éxtasis el inolvidable día de la boda.
LA
CEREMONIA
Nunca
podré olvidar aquella lluviosa mañana de octubre. El día
había amanecido totalmente cubierto de nubes. Espesas y
oscuras nubes preñadas de ingentes cantidades de agua que no
respetaron por mucho tiempo las angustiadas oraciones de la
novia a Santa Clara -a quien por supuesto le ofreció una
cesta de huevos-, San Pancracio, San Lucas -patrón de los
médicos-, e incluso algunos dicen que a Mariano Medina, que
por pedir..., y que dieron a luz diluvios tan torrenciales que
hasta al mismísimo Noé se le habrían rizado las barbas del
acojone. Pobre novia, pensé, la primera en la frente.
Mientras
descolgaba el traje de la percha, comencé a leer un breve
folleto que hablaba de la historia de la ermita de San Max
Quetiú de la villa. La verdad es que jamás había oído
hablar antes de semejante ermita. Según explicaba el
tríptico, su nombre se debía al padre Máximo Quetiú, para
los fieles el padre Max. Por lo visto era un viejo sacerdote
catalán que a principios de los años sesenta había creado
un pequeño centro de meditación y recogimiento a unos pocos
kilómetros de Madrid. Resultó entonces que la gente comenzó
a visitar al padre Max para pedirle consejo, pues su
reputación de hombre sabio corría de boca en boca por toda
la capital, tanto en ambientes selectos como en los del pueblo
llano. También circulaba el rumor de que el padre Max
realizaba milagros. Y claro, por lo que deduje del folleto, la
banda se vino arriba y empezó a visitar al sacerdote para
pedirle no ya curas de complicadas enfermedades, salud para la
abuela o que el Antoñito sacase la reválida, sino
televisores con todas las letras pagadas, esposas tipo Sofía
Loren o un catorce en la quiniela del domingo. Entonces el
cura dijo ¡Hasta aquí hemos llegado, Perico!, y dejó de
recibir a aquella egoísta feligresía que prefería los
bienes materiales a los espirituales. Aunque como siempre
pasa, hubo una excepción. Un caluroso domingo de junio, un
rico empresario se presentó en casa del padre Max y le pidió
ayuda para salvar una situación desesperada. Según parece,
el honrado empresario estaba dando en esos momentos una
fenomenal comilona con unos clientes muy pero que muy
pudientes, en un chalet no muy alejado de la casa del
sacerdote. Sus hijos, los de los clientes y otros amiguitos de
padres bien situados, también disfrutaban de una agradable
tarde en el jardín. Pero sin saber cómo, los criados habían
olvidado comprar refrescos para los niños, al igual que
algún que otro aperitivo de calidad para los mayores. Que
alguien iba a ser despedido estaba más claro que el caldo de
un asilo. Y como era domingo y todavía no existían los
veinticuatro horas, ni corteingleses, ni demás
establecimientos de tan leal competencia, el pobre empresario
estaba en tris de decepcionar al personal y seguramente perder
un negociete de muchos millones. El padre Max le dijo que de
milagro nones, que les largase agua con limón a los niños y
cortezas a los mayores. Discutieron durante más de media
hora. Al final la cosa se resolvió con la promesa por escrito
del empresario de la construcción; si conseguía un milagro
de categoría, de una catedral; si era un milagro mediano, de
una parroquia; si era un milagro de medio pelo, vamos, para
salir del paso, de una pequeña ermita.
Hombre,
tan de medio pelo no lo veo yo. El bueno del sacerdote se
metió en la cocina y por arte de birlibirloque consiguió
convertir siete garrafas de agua en siete garrafas de cocacola
y fanta de naranja, cuatro litros de sifón en un excelente
vino espumoso, e incluso convirtió tres fuentes de gusanitos
en tres soberbias bandejas de langostinos. Vamos, que si
hubiera conseguido convertir la pata de gallina que tenían
para el caldo en un jamón serrano, el padre Max se hubiese
partido la camisa -mejor dicho la sotana- allí mismo, delante
de los invitados. Pero en fin, lo importante es que el
empresario cumplió su promesa y construyó una ermita en
aquel lugar apartado de la mano de Dios.
Con
el tiempo, la ciudad se expandió tanto que la solitaria
ermita se vio rodeada de la noche a la mañana de todo tipo de
construcciones. Y como pasa siempre, sus nuevos vecinos
resultaron pertenecer a los sectores más desfavorecidos de la
sociedad. La ermita, cuando yo fui a la boda, se encontraba
situada en medio del extrarradio de un suburbio. Seguro que
tal situación no fue elegida al azar, conociendo a mi amigo.
Apuesto que más de uno se rajó cuando supo donde se
celebraba la misa. Hasta yo estuve tentado. Sobre todo cuando
el taxista que me llevó a la ermita me contó que Charles
Bronson quiso rodar Yo soy la justicia en la barriada a la que
me dirigía. Pero por lo visto cuando iba a localizar
exteriores con los técnicos vio a tal cantidad de tipos con
cara de pocos amigos y ganas de decirle algunas cositas que
incluso a un tipo tan duro como el bigotes se le pusieron de
corbata. Tanto que acabó rodando la peli en Chicago, donde
según cuentan dijo: "los psicópatas, asesinos,
veteranos de Vietnam locos y demás fauna que puebla la ciudad
son unos inocentes pandilleros de tercera comparado con lo que
yo he visto en una barriada de Madrid". Vamos, que cuando
yo me bajé del taxi y crucé los cincuenta metros que
separaban la calzada de la ermita, con sólo imaginar que de
un momento a otro apareciesen por detrás el Jaro, el Torete o
el Chirri y me quitasen hasta los braslip azulitos que mi
abuela me compra en el mercata, casi me hago caquita. Si el
que de verdad parecía un delincuente era yo, solo que del
siglo de oro, atravesando como una exhalación los escasos
cincuenta metros que me separaban de la ermita para obtener la
invulnerable protección de sagrado. Menos mal que el
chaparrón que caía en ese momento me sirvió de coartada
para justificar mi faceta oculta de sprinter.
Pero
lo importante es que llegué. Aunque reconozco que durante
unos segundos estuve dándole vueltas a la cabeza
preguntándome qué coño hacía yo allí. Hasta me acordé de
algún ascendiente cercano de mi buen amigo Pedro. Pero en
fin, los naipes ya estaban repartidos y no había vuelta
atrás. Así que allí estaba yo, a las ocho en punto como
indicaba la invitación de marras. Coño, ni Willy Fogg.
Con
la carrerita no me había dado cuenta de la cantidad de gente
que había en la ermita. Quizá también sus reducidas
dimensiones y el respetable número de personas lograban hacer
creer que la cantidad de invitados era mucho mayor de la
esperada. Aunque había que contar con que por lo menos la
mitad de los presentes tenían plano falso, así que el
número de comensales se reduciría mucho. Si bien, las
expectativas del novio de un mayor numero de bajas por
celebrar la misa en una especie de Fort Apache -más bien el
fuerte Comansi- no se habían cumplido, no sabemos si porque
la gente tenía un buen par de pelotas o porque tenía más
hambre que el que se perdió en la isla. Lo cierto es que la
peña se agrupaba en pandillitas mientras que el menda se
situaba en una esquina, junto al confesionario, intentando
disimular la colgaera que tenía. Menos mal que en ese momento
entró la novia a la ermita y tuve que sentarme en un banco
junto a otros invitados, sintiéndome por primera vez, durante
el tiempo que duró la ceremonia, como parte de un grupo.
Y
menudo grupo. Resultó que me había sentado al lado de los
cuatro loros con más mala leche que jamás había visto en mi
vida. Además de criticonas, feas, de esas que el médico nada
más traerlas al mundo le dice a su madre que ha tenido una
soltera. Vaya lenguas viperinas gastaban las muy brujas.
Encima eran de la familia de Pedro. Toma ya, el enemigo en tu
propia trinchera. Cuando apareció la novia con su padre, casi
les sale humo de la boca de todo lo que estaban largando. Que
si vaya vestido más horrendo y barato; que si Puri le había
dicho que por lo visto los padres debían más que Alemania
después de la guerra; que si vaya cara de guarra; que si
olía a penalti en tiempo de descuento; que si menudas
patillas gastaba la novia; que si cómo había podido entrar
el padre por la puerta con los cuernos que tenía... Cuando
sus ojos apuntaron hacia Pedro y su madre, tampoco se puede
decir que los comentarios con que obsequiaron a madre e hijo
fueran muy agradables. Que gorda se nos ha puesto Clarita;
vaya pinta de escocido tiene el primo Pedro; que mal le sienta
el chaqué a algunos; al final parece que la peineta se clavó
bien... Esto último consiguió despertar mi curiosidad. Menos
mal que uno de los loros -la única joven de las cuatro- no
sabía la historia de la peineta y las otras tres se la
contaron entre malévolas risas en voz baja. Según parece,
doña Clarita, la madre de Pedro, no conseguía que le fijasen
la peineta a la cabeza, a pesar de la abundante pelambrera de
la dama. Por muchos alfileres que se le colocasen, siempre
terminaba cayéndose. En un día tan especial, los nervios
tardaron poco en estallar, dando lugar a que la madrina
soltase tal cantidad de insultos contra la joven peluquera que
la peinaba en casa, que dejaron a la pobre niña pálida,
boquiabierta y con las manos más temblorosas que las de
Michael J. Fox en Regreso al Futuro IV. Menos mal que llegó
el abuelo Nicolás, un tipo de mucho carácter. Harto de tanto
alboroto, analizó la situación durante unos segundos, y
¡Plasss! Cogió a dichosa peineta, dio un rodeo a su hija y
se la clavó con fuerza en la cabeza, cual banderillero en Las
Ventas. Y además al quiebro, pues la madre de Pedro lo vio
venir y casi le endiña si no llega a estar rápido de
reflejos. La peineta ya casi no se movía, pero Clarita
seguía en sus trece de que sí. Cuando Nicolás -picapedrero
asturiano jubilado- dijo que iba a por su martillo de currela
para rematar la faena, a su hija casi le da un tabardillo. Una
cosa eran las gotitas de sangre que asomaban por el cuello
debidas a los arañazos que las púas de la peineta habían
ocasionado tras el certero banderillazo, y otra muy distinta
que el bestia de su padre la dejase clavada a la silla de un
soberbio golpe de martillo. Así que nada, le dijo a su
progenitor que el españolísimo adorno estaba más fijo que
el puesto de un funcionata de correos y salió de casa echando
mistos.
Casi
suelto una carcajada con la historia que contaron las
cacatúas. La putada era que yo no me podía reír porque se
suponía que estaba atento a lo que decía el cura y no había
oído nada de lo que contaban aquellas cotorras. Y encima, la
risa histérica de una de ellas contagiaba a cualquiera que
estuviese en los bancos cercanos, tanto delante y detrás,
como en los laterales. Dándose el caso de que en seis bancos
de la parte final de la ermita la gente estuviese
descojonándose sin saber porqué, con esa típica risa idiota
que da en aquellos lugares en los que uno no puede reírse,
tapándose la boca para no llamar la atención, mientras yo
mantenía el tipo estoicamente, sin mirarlas a ellas, pero con
dos lagrimones a punto de resbalar sobre mis mejillas, que
más que aguantando la risa parecía que estaba viendo un
episodio de La casa de la pradera. Hasta que alguien -un
coletas de poco aguante que había dos bancos detrás-
estalló. El ¡Jua, jua, jua, jua, jua! retumbó en toda la
ermita. Gracias a ello, todos aquellos que habíamos estado
aguantando la risa estallamos al unísono tras escuchar al
coletas. El estruendo que se formó dejó helados tanto a los
novios y sus respectivos padres como a los invitados de las
filas delanteras. Parecíamos el público de cualquier
programa cutre de chistes. Aunque me esté mal decirlo, me
lié a dar puñetazos en el banco en el que estaba sentado,
supongo que para desahogarme del ataque de risa que tenía.
Recuerdo que los cuatro loros se me quedaron mirando,
sorprendidas a la par que mosqueadas por las carcajadas que
estaba soltando, hecho que motivó que mis alocados gritos
aumentasen de una manera directamente proporcional a su cara
de asombro. Que mal rato. Aunque no lo parezca, resulta
bastante angustioso no poder parar de reír cuando uno sabe
que está obligado a hacerlo. Gracias a Dios, aquello tan
sólo duró un par de minutos. Pero faltó poco para que el
padre Marcelo me atizase con un cirio del doce y medio. Suerte
que los monaguillos de la ermita estaban bastante cachas.
Una
vez restablecido el orden, la ceremonia continuó. Yo me tapé
la cara con las manos, mirando hacia el suelo, y no cambié de
postura hasta que finalizó la misa. Sintiendo en todo momento
los ojos de las culpables de mi ridículo clavándose en mi
persona cual afilados cuchillos jamoneros. No me enteré ni de
cuando los contrayentes dijeron el sí quiero, ni de cuando se
dieron el cinematográfico piquito, ni de cuando se hicieron
las fotos familiares en el altar. Una vez que me quedé solo
en el banco tras marcharse mis hipócritas vecinas a felicitar
a la -guapísima tocaba ahora- novia, me levanté
disimuladamente, sin poder evitar ser reconocido por el
coletas, quien se acercó hasta mí y me dio dos palmaditas en
la espalda mientras soltaba ¡Qué grande eres! Menudo
cabrón, como si él no hubiese tenido culpa alguna de la
carcajada general. Anda que si en ese momento llego a tener
unas tijeras...
Entre
besos y felicitaciones se echó el tiempo encima. Para la misa
de nueve tan sólo faltaban cuatro minutos, por lo que el
padre Marcelo gritó por última vez que por favor abandonasen
la ermita. Dos monaguillos le intentaban echar una mano en el
desalojo, mientras que un tercero platicaba con un barbudo que
solicitaba una fecha para la comunión de su hija. Parece ser
que el barbudo estaba muy interesado en que le dieran una
fecha, dando tanto calor al joven monaguillo que éste tuvo
que comunicárselo al cura para ver si se lo quitaba de
encima.
Don
Marcelo estaba tan ocupado gritando como un poseso para que la
gente se marchara y dejase que los fieles de la misa de nueve
pudiesen entrar tranquilamente, que no hizo ni puto caso a los
comentarios del pobre monaguillo.
-Don
Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que
dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Hagan
el favor de salir de la ermita de una vez!
La
gente seguía dándole abrazos y besos a los novios y a los
familiares.
-Don
Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que
dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Que
hay misa de nueve! ¿No pueden felicitarse en la calle?
Allí
no se movía ni el gato. Mientras, el barbas seguía
presionando al monaguillo erre que erre.
-Don
Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que
dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Que
llamo a la guardia civil!
Hasta
que al monaguillo se le inflaron las pelotas y cogió el
micrófono y gritó:
-¡Don
Marcelooooo! Que aquí hay un tal Iván que dice que...
No
pudo ni terminar la frase. Un silencio sepulcral se apoderó
de repente de la ermita. Duró poco porque cuando la peña
miró al barbas soltó un estridente ¡Aaaaaaaahhhhhhhh!,
seguido de ¡Un talibán!, ¡Un talibán! Los que segundos
antes no se movían ni a la de tres, cogieron las de
Villadiego a una velocidad vertiginosa. Era curioso ver a
enjoyadas viejas pellejas y a orondas rubias de bote saltar
cual gacelas los nada bajos bancos de la ermita. Parecía una
cruenta carga de hooligans atiborrados de cerveza. Don Marcelo
no se quedó atrás, gritando constantemente ¡Los curas
primero! ¡Los curas primero!, mientras corría como una
liebre en dirección a la puerta. Hubo pisotones, patadas,
gritos. Recuerdo sobre todo el de un asturiano, tío-abuelo de
Pedro, que cuando estaba a punto de llegar a la puerta de la
ermita se cayó al suelo, y justo en ése momento una gorda
que venía detrás le pisó las partes nobles con su afilado
tacón de aguja. El pobre lanzó agudísimo ¡Aaayyyyy,
muéromeeee! que me puso los pelos de punta.
Yo,
gracias a Dios, debido a la vergüenza que había pasado
minutos antes, me encontraba fuera de la ermita cuando a la
gente le dio por arrasarla al intentar escapar de allí como
alma que lleva el diablo. Lo que más me impresionó fue la
triste pinta con la que acabaron los novios. La pobre novia
que una hora antes parecía Sissí emperatriz, ahora resultaba
clavadita a Alaska en su época de Los Pegamoides. El pelo se
le había quedado alborotado, incluso de punta en algunos
lados gracias a los restos de laca. El vestido, que antaño
presumía de una nada despreciable cola, había acabado
convertido poco menos que en la andrajosa minifalda que
gastaba Jane, la concubina de Tarzán. Y las medias, bueno,
por llamarlas de alguna manera, estaban más rajadas que el
gañote de un tragasables hindú. El novio tampoco es que
hubiese quedado mucho mejor. Las mangas del chaqué junto con
las de la camisa se habían evaporado, dejándole un aspecto
de boys de despedida de soltera más que de novio. En el
pantalón, un par de rajas a la altura de las rodillas y los
falsillos totalmente descosidos. Tenía un zapato sí y otro
no. Lo gracioso es que la gomina a prueba de bombas -Patrico,
de gordo- que se había puesto, no dejó que se le moviese un
pelo en la refriega. Vamos, que sólo le faltaba el paquete de
Ducados colocado en el hombro de su chaqué sin mangas para
convertirse en el modelo a imitar por todos los macarras de
barrio bajo con intenciones casaderas.
Triste
fue también la paliza con que obsequiaron al pobre Iván
Romero. La pequeña colonia asturiana invitada a la boda se
abalanzó en tromba hacia él mientras se encomendaba a don
Pelayo para que les protegiera en su arriesgada acción
guerrera. Al pobre hombre lo agasajaron con un peculiar
banquete. En el aperitivo lo sorprendieron con una improvisada
caponea general; de primero se desmarcaron con un soberbio
revuelto de hostias; para el segundo plato se recurrió al
clásico puentepalo; y de postre, qué mejor para una buena
digestión y mejor siesta que un buen gancho de derecha. Y
qué derecha. Ni más ni menos que la de Ramonín, un
tiparraco con el brazo más desarrollado que el de un
pajillero de quince años. Cuando al fin se aclaró todo y don
Marcelo, algo magullado, preguntó qué es lo que quería
aquel buen hombre, éste no pudo pronunciar ninguna frase
coherente, más que nada porque ya no tenía dientes, y tuvo
que ser su mujer, que había llegado en el momento final de la
trifulca, la que gritó entre sollozos:
-Que
¿qué quería? Pues casi nada. Venía a por la solicitud de
fecha para la comunión de nuestra Desi y se va a ir con la de
extremaunción para él. Desde luego que si sale de ésta no
me extrañaría nada que echase el curriculum a los talibanes.
Y todo gracias a ustedes.
Ante
tremenda metedura de pata, no crean que los autores de la
paliza se disculparon, que vá, sino que comenzaron a recoger
los bancos y mientras aparentaban contemplar los frescos de la
ermita o silbaban como si allí no hubiese pasado nada se
escaqueaban disimuladamente para librarse de los merecidos
reproches con que los obsequiaba la mujer del supuesto
talibán.
El
resto de los presentes, una vez puestas las cosas en orden,
ayudaron como pudieron a adecentar la ermita. De entre los
bancos se llegó a sacar a más de un infeliz, víctima de la
marea humana que durante breves momentos había asolado el
santo lugar. Yo también eché una mano en lo que pude. Ayudé
a levantarse a las señoras mayores, barnicé de mercromina
-prácticamente por completo- al desgraciado de Iván Romero,
bajé a todos los invitados que habían quedado enganchados en
los hierros de alguna de las lámparas de poca altura que
abundaban por la ermita... Bueno, no a todos. Cuando me
acerqué a uno que se había quedado enredado en la lámpara
por los pelos, pese a que no soy un tipo rencoroso, al llegar
a su altura -más bien a la de su cintura- no pude evitar
darle dos palmaditas en la espalda y decirle ¡Qué grande
eres, coletas! Y me largué de allí, dejando al pobre chaval
rebuznado como un descosido para que lo bajasen de la
lámpara. Si, ya sé, eso es de cabrones pero... y lo a gusto
que me quedé.
En
la puerta de la ermita ya estaban los primeros taxis que los
invitados habían pedido para salir de allí a toda pastilla.
Hubo algunos que dudaron entre pedir un taxi o una ambulancia.
Los novios y sus padres correspondientes se montaron en la
Seat Trans en la que había venido Laura, y según contaban se
dirigirían primero a sus casas para cambiarse de ropa antes
de verse de nuevo las caras con los invitados en el asador
castellano. La pobre novia iba hecha un mar de lágrimas. La
madrina, contenta porque entre tanto rifirrafe la mantilla no
se hubiese movido ni un sólo milímetro. El padrino,
dolorido, pues a pesar de no formar parte del clan de los
asturianos, se metió e incluso se vino arriba en la caponea
que éstos le dieron al bueno de Iván, pagando ahora su
excesivo ímpetu con una inflamación amoratada en el nudillo
de su dedo corazón. Y Pedro, como no podía ser de otra
manera, haciendo cálculos mentales de las personas que se
quitaría de en medio cuando le mostrasen al taxista el plano
con la dirección falsa.
Mi
taxi llegó justo en el momento en que los primeros elementos
del lugar comenzaban a peinar la zona. Entré de milagro, pues
cuando me disponía a meterme por la puerta de atrás, se
colaron en el mismo tres personas más. Un tipo pequeñajo se
situó delante, y un tío pelirrojo y una de las rubias de
bote gordas que saltaban los bancos cual gacelillas se
pusieron detrás. Cuando cerré la puerta, la primera frase
que se oyó fue ¡Vámonos de aquí cagando leches!, soltada
por el enano que iba junto al taxista. Parecía la típica
secuencia en la que los malos están a punto de pillar a los
protagonistas de la peli. Con decirles que gastamos más goma
al arrancar que la furgoneta del equipo A... Durante el
trayecto me gané la amistad del enano y del pelirrojo al
descubrirles la estrategia de Pedro sobre los dos tipos de
planos. La única que no se lo creyó fue la gorda, quien
curiosamente tenía uno de los buenos. Ni siquiera cuando le
enseñamos nuestros planos con las direcciones equivocadas.
Bueno, dijimos todos, que le den a la gorda.
Lo
que nunca podré olvidar fue la cara de extrañeza que
pusieron los ocupantes de los dos taxis que circulaban detrás
del nuestro cuando al rodear la glorieta, nosotros seguimos
por un camino y ellos por otro. Seguramente pensarían que
estábamos equivocados y que el suyo era el correcto.
Inocentes. Lástima que en uno de ellos tuvo que ir el coletas
-salvo que nadie le ayudase a bajar de la lámpara- porque no
lo volví a ver en toda la noche.
EL
BANQUETE
Tras
media hora de recorrido, en el que por algunos momentos
llegué a pensar que me la habían vuelto a jugar y que el
taxista estaba compinchado con Pedro, llegamos a Casa
Nati-Asador Castellano. Abonamos el importe no sin antes tener
sus más y sus menos con la gorda. La buena mujer alegaba que
desde cuando las señoras pagaban algo si había hombres
delante. Parece ser que no topó con los caballeros que ella
acostumbraba a tratar porque nada más terminar con sus
curiosas teorías la rodeamos entre los tres, le dijimos
cuatro o cinco burradas y la amenazamos con llevarla de nuevo
al lugar del cual veníamos, cosa que por cierto no debió
atraerle en demasía pues al instante abrió su diminuto
bolsito de boda y aflojó la mosca como una campeona. Una vez
saldada su deuda, corrió hacia la puerta del asador mientras
nos deleitaba con una tremenda sarta de insultos referentes a
la educación y a no sé qué más cosas.
Para
llegar al asador había que atravesar una pequeña arboleda
tras la cual aparecía una larga cuesta del treinta por ciento
en cuyo final se encontraba nuestro objetivo. Justo en el
momento en que empezábamos a subir la cuesta, tres rayos, con
sus respectivos truenos posteriores, iluminaron el
destartalado caserón elegido por mi amigo para dar el
convite.
-¡Treeeeesssss!
El
grito lo dio el chiquitín de la pandilla. Entre las gafas de
culo de vaso y la nariz puntiaguda, por un momento dudé si el
que caminaba a mi lado era el enano del taxi o el conde
drácula que salía en los teleñecos. El pelirrojo me lanzó
una mirada de sorpresa y se encogió de hombros, como diciendo
que no lo conocía de nada. Aunque el suceso pasó enseguida a
segundo plano cuando contempló el desvencijado edificio en el
que íbamos a pasar las siguientes cinco o seis horas. Si
aquél no era el caserón de Psicosis, poco le faltaba.
Conociendo al que lo había alquilado, no me hubiera
extrañado nada que el siniestro relaciones públicas que nos
atendió durante la boda tuviese arriba en una mecedora a su
madre, con el pañuelico encasquetado y frita desde hacía
dieciséis años.
-Bueno,
quién dijo miedo-dijimos los tres al unísono.
Cuando
llegamos al final de la cuesta estábamos más asfixiados que
Gordillo en sus últimos partidos de profesional. Casi
perdemos al enano. Y no fue el único que estuvo a punto de
caer, ya que a medida que subíamos la cuesta nos
encontrábamos con maridos dando aire a sus sonrojadas mujeres
con el clásico pañuelo blanco; a nuestra amiga del taxi
echando el bofe en lado derecho de la cuesta; e incluso a una
pareja de vejetes que cuando estaban a punto de coronar aquel
jodido puerto de montaña las fuerzas les abandonaron y
rodaron cuesta abajo a una velocidad vertiginosa. Vamos que si
no nos apartamos nos tumban como si fuésemos bolos. Supuse
que la cuestecita sería el último de los obstáculos de
Pedro para reducir la lista de invitados. Pero no, estaba
equivocado.
Una
vez repuestos del esfuerzo llegamos a la puerta del asador.
Allí me sorprendió ver a un buen número de invitados
haciendo cola. Por lo visto, uno de los camareros del asador
se encargaba de que cada uno de los presentes escribiese la
letra que venía impresa en su invitación de boda. La verdad
es que en ese instante seguía sin saber yo para qué coño
servía la dichosa letrita. Pensé por un por un momento que a
lo mejor era para identificar a los que le habían hecho un
regalo inferior a siete mil pesetas. Si era así yo no
tendría problemas, pues mi regalo valía justamente eso. No
me quebré mucho la cabeza, la verdad. Busqué, comparé y
clavé. Siete punto cero. Ni una peseta más. Le compré el
clásico marquito de plata de ley -bueno de ley...- para que
lo pusiera en el salón de su casa, entre la figurita de
Lladró y el trofeo de mus 1995 de la peña Los cuarenta de
Getafe. Además, cuando en la tienda me dieron la tarjetita
para que escribiese alguna felicitación, metí la factura del
marco en el sobre que ésta llevaba. En fin, ya lo dice el
eslogan, quien calcula compra en Sepu.
Ya
sólo quedaba una persona delante para que me tocase escribir
la letra de mi invitación -la jota- en la hoja que había
clavada en un corcho. Delante, un bigotes bastante sorprendido
parecía no acordarse en ese momento de la letra de su
invitación. Al final, tras acariciarse la barbilla a modo de
reflexión, optó por una equis, dándome la impresión de que
la había puesto como aquel que se decanta por esa opción
ante un Sestao-Las Palmas. Después me tocó a mí, al
pelirrojo y al enano. Lo más grande fue cuando nos enteramos
de para qué servía aquella letra. A los pocos minutos
apareció un corpulento camarero con una plantilla en sus
manos. La colocó sobre la fila de letras que cada uno de los
invitados había escrito y comenzó a tachar, como si fuera un
test de autoescuela. Cada tachadura significaba que el autor
de la letra no podía entrar, pues la letra no coincidía con
la de la plantilla. Desde luego era un eficaz sistema para
detectar gorrones de bodas. Lo malo fue que entre los que
cayeron había gente que sí había sido invitada a la boda.
Pero bien porque olvidaron o confundieron la letra de su
invitación, bien porque el corrector estaba equivocado,
fueron expulsados sin contemplaciones. Entre estos estaban
desgraciadamente el enano y el pelirrojo. De nuevo me quedaba
solateras en la boda. Así que nada, entré de una vez en los
salones de la casa de Norman Bates, sin poder evitar escuchar
a lo lejos los porvidas, votos a tal y cágomes que lanzaban
el enano y el pelirrojo junto con otros declarados non gratos
contra el musculoso camarero de la puerta.
La
verdad es que por dentro el edificio no estaba tal mal como
hacía suponer su aspecto exterior. Sobrio, sin ningún adorno
para la ocasión, pero confortable. Prácticamente era un
gigantesco salón de techos altísimos y poblado de mesas
redondas de ocho comensales. El principio del salón se había
habilitado para servir los típicos canapés de antes de la
cena a los hambrientos invitados, y así mientras se hacía
tiempo hasta que llegasen los novios y los exhaustos
escaladores de retaguardia. Como ya habrán podido imaginar,
la oferta culinaria era de lo más cutre imaginable.
Altramuces, conguitos, patatas fritas, gominolas, esponjitas,
panchitos, etc. Dicen que Laura había invocado a San Max
Quetiú para que repitiese el milagro de los gusanitos... Pero
no debió hacerle mucho caso porque lo que es langostinos, no
se vio uno ni de coña.
Eran
ya cerca de las diez y cuarto y los novios todavía no habían
hecho acto de presencia. Sí la mayoría de los escaladores
rezagados, quienes nada más superar la última prueba del
camarero de la plantilla, llegaban al salón y se bebían las
cocacolas prácticamente de un trago. Con lo malo que es eso.
Yo estaba en la barra, mirándolos, cuando en ese momento
apareció un personaje que me dejó boquiabierto.
Era
un tipo alto y delgado, de unos cuarenta y cinco años, con
una buena pelambrera castaña engominada hacia atrás, un
ostentoso anillo de oro en el dedo meñique de la mano
derecha, y fumando en boquilla de esas con filtro que según
dicen reducen los efectos de la nicotina. Seguro. Pero lo más
grande sin duda era su vestimenta. Un traje cruzado de color
violeta, con rayas diplomáticas de color blanco. La camisa y
la corbata eran también violetas, pero de diferentes
tonalidades. El remate lo ponían sus castellanos blancos -los
primeros que he visto en mi vida- y los calcetines ejecutivos
a juego. La gente se le quedaba mirando y se descojonaba
comentándolo con sus conocidos o familiares. Menudo atajo de
imbéciles. Como siempre pasa, la masa se desternillaba y
criticaba a aquello que se salía de lo común.
-¡Qué
hortera!-decía aquel selecto público poseedor de una clase
fuera de lo común.
-Es
el tío Pachín-comentaba con resignación a una amiga el loro
más joven que se sentó a mi lado en la iglesia. Es el
solterón de la familia que un día está con una y otro con
otra. Es un elemento. Y viste...
Sólo
por esos comentarios ya me cayó bien el tal Pachín. Además,
no era el clásico hortera de pacotilla. Tenía modales
educados, buena planta, y todo hay que decirlo, cierta
elegancia dentro del mundo de los horteras. Porque hortera lo
puede ser cualquiera, desde los recientes habitantes de la
Moraleja y demás zonas residenciales, hasta el rascapichas de
barrio que vacila de ligón y acaba las noches tirándose a
una tuerta en un puticlub de carretera. Pero ser HORTERA,
así, con mayúsculas, sólo está al alcance de unos pocos
elegidos. Entre ellos el tío Pachín. Su entrada en el salón
me dejó sin respiración durante unos segundos. Entró con
tal seguridad, con tal confianza en sí mismo que más de uno
estoy seguro que envidió -yo entre ellos- el carácter y la
personalidad que Pachín demostraba poseer. De la gente que he
conocido en mi vida hasta la fecha, puedo decir sin temor a
equivocarme que Pachín es la única persona que más cerca
está de robarle el trono al HORTERA por antonomasia. El
único e inigualable Mr. John Travolta. Por supuesto no el de
ahora -auque el que el que tuvo retuvo-, sino el de Fiebre del
sábado noche y más aún para mí, el de Grease. Yo tengo
grabada la peli en video y les puedo asegurar que se me saltan
las lágrimas cada vez que pongo la escena del baile de fin de
curso en el gimnasio del instituto y aparece Danny Succo
marcándose un esperpéntico dancing con Sandy. Aquella
entrada triunfal enfundado en un traje negro bajo el cual
asomaba una bizarrísima camisa rosa, abierta, y unos
calcetines del mismo color, sin duda quedar gravada para
siempre en los anales de la historia. Y la grandeza de
Travolta, al igual que la de Pachín, reside en sus gestos, en
la pose, en su forma de entender la vida, siempre huyendo de
la vulgaridad común, típica de los mediocres, dando un paso
más y creando una especie de élite dentro de su propio
submundo.
Perdonen
por aburrirles con este breve ensayo sobre el mundo de los
horteras, pero es que cuando hablo de John o recuerdo al tío
Pachín se me va la olla. Así que, como iba diciendo, cuando
llegó el tío de Pedro al salón, la fiesta recibió una
inyección de vitalidad tremenda. Más que nada por que mi
nuevo mito se lió a lanzar dentelladas a diestro y siniestro
a toda hembra que estuviese en su radio de acción. Y además
lo hacía con tal naturalidad y gracia que más de un buitre
nocturno de cualquier ciudad hubiera matado por que el tío
Pachín le diera unas cuantas clases de apoyo.
Yo,
aunque soy bastante cortado, no pude resistir la tentación y
me presenté ante aquel personaje legendario sin dudarlo un
segundo. A los diez minutos de conversación parecía que ya
nos conocíamos de toda la vida. Nos encontrábamos tan a
gusto hablando de lo divino y de lo humano, cuando en ese
momento llegaron los novios junto con sus respectivos padres.
La novia había sido reconstruida casi en su totalidad. De
nuevo el pelo se encontraba en su sitio natural, en el típico
moño de novia, y ahora llevaba un traje de chaqueta de color
marfil, que bueno, para salir del paso no estaba mal. El novio
se decantó por un traje azul marino, y en lugar de la
clásica corbata optó por adornar su gañote con un bolero, y
sus pies con unas botas tejanas, faltándole sólo las barbas
y el sombrero vaquero para convertirse en un clon de Walker,
el antaño rey por excelencia de las pelis de autobús
reciclado hoy en día ranger karateka. La madre de Pedro no se
había cambiado, tan sólo retocado la cara y las uñas, sin
tocar por supuesto la peineta. El padrino igual, el vendaje
del dedo corazón era el único cambio realizado en su
persona.
Con
cierta sonrisa malévola en los labios, me dirigí a Pedro
para felicitarlo por su enlace. Evidentemente él no me
esperaba allí, por lo que durante unos segundos no supo qué
contestar. En sus ojos pude leer la angustia que sentía en
esos momentos. Si uno de los que tenía plano falso había
conseguido llegar, el resto podría hacer lo mismo,
seguramente pensó. Lo tranquilicé cuando le comenté que yo
era de los pocos que se había dado cuenta del engaño,
aprovechando la ocasión para felicitarle por la organización
de la boda en todos sus aspectos. La pena es que no tuvimos
apenas tiempo de hablar porque enseguida se lo llevaron las
amigas de la novia para hacerse una foto con ellas. Si pude
disfrutar no obstante, de la cara de Pedro cuando se alejaba,
con esa expresión de mosqueo, de no tenerlas todas consigo
con respecto a lo del engaño del plano y de que yo era el
único que se había dado cuenta, que tengo que reconocer que
me dejó un buen sabor de boca aquel breve encuentro con mi
amigo.
Justo
detrás de mi se pusieron entonces mis seis antiguos
compañeros de colegio. Cada cual peor. Mientras tiraba de
altramuces apoyado junto a una columna, escuché algunas de
sus conversaciones, tan patéticas por cierto como siempre.
Nada de mala leche, nada de ironía, ni siquiera una pizca de
humor chusco... Sólo hablaban del trabajo, el fútbol y los
coches. Nada de tías, chismes escabrosos, ni cualquier cosa
por el estilo. Menos mal que la cosa se animó cuando les
saludó otro antiguo compañero de colegio -y en mi caso
también de facultad- que iba del brazo con una rubia que
estaba buenísima. En menos de tres minutos se lanzaron tal
cantidad de puñaladas traperas Vicentito Campos y los otros
seis capullos que me río yo de las escaramuzas del Capitán
Alatriste en Breda. Y todo por la envidia que le tenían a
Vicentito. He de confesar que yo también. Mientras a él le
llegaba el dinero a raudales, los demás andábamos siempre a
la cuarta pregunta, pasándolas putas para cobrar algo a fin
de mes. Tres de los seis capullos eran arquitectos, y los
proyectos les llegaban -según deduje de las conversaciones-
de año en año. Otros dos eran maestros, y a parte de su
sueldo cortito -en colegios privados- estaban más puteados
que James Belusi en El Rector. El último de la panda era
pintor, de esos que no tienen ni zorra idea de pintar y dicen
que su estilo es naif. Tristemente no vendía ni un cuadro en
meses, a pesar de coincidir en el estilo con la Chunga, a
quien curiosamente se los quitan de las manos. Por qué
será... Y yo, joven y prometedor abogado, los últimos días
del mes los tengo que dedicar siempre a la caza y captura de
aquellos clientes que por adeudarme tan sólo siete u ocho mil
pesetillas se creen que se van a largar de rositas. En cambio
Vicentito Campos, también abogado en ejercicio, no tiene esos
problemas. En el mundo de la abogacía se le conoce como Darth
Vader. Tal mote le viene por haber escogido la senda
equivocada, desde el punto de vista de algunos claro. Formado
bajo tutela especial por los grandes maestros del derecho, sin
que nadie supiese por qué, cambió de pronto sus -hasta ese
momento- intachables principios morales, dirigiendo sus pasos
hacia el lado tenebroso de la ley. Pasó de defender
gratuitamente a pobres sin recursos o representar a pequeñas
empresas en pleitos contra poderosas multinacionales, a
defender a narcotraficantes y mafiosos largando unas minutas
de tres pares de cojones. Vamos que pasó de jurar por
Díez-Picazo y brindar por Cobo del Rosal a jurar por
Rodríguez Menéndez y brindar por los Charlines. Para rematar
su parecido con el infame villano galáctico, el bueno de
Vicentito tiene una enfermedad en las cuerdas vocales que le
impide ser escuchado si no es con un pequeño amplificador que
lleva siempre adosado a su cuello, parecido a los que llevaban
los pilotos americanos de los B-52 en la segunda guerra
mundial para comunicarse entre ellos en el avión. El sonido
metálico de sus palabras cuando se dirige al jurado consigue
achantar incluso a los miembros del mismo, pese la tremenda
preparación intelectual y moral que suele caracterizar a sus
integrantes. En fin, lo importante es que pese a su voz y sus
coqueteos con el lado oscuro, el chavalín está forrado y se
la suda lo que digan unos pardillos como nosotros. Y la moza
que le acompañaba, pues la verdad, ya la quisiéramos los
demás para darle aunque sea unos besitos. Supongo que la
rubia sería más admiradora de su cuenta corriente que de su
cuerpo serrano. Aunque nunca se sabe, e igual el malvado
abogado gasta una espada de la luz con más kilowatios que el
microchip del pie de Carlos Jesús.
Tuve
suerte pues ni mis antiguos compañeros de colegio ni Darth
Vader cayeron en que yo estaba detrás, junto a la columna.
Disimuladamente me alejé de allí, evitando saludos
hipócritas que seguramente a ninguno nos apetecía dar. En mi
huida me crucé con un encantador de serpientes indio. Bueno
eso es lo que creí al principio. En realidad era Iván
Romero, el malogrado talibán de la iglesia. Por lo que me
contó, Pedro había sentido lástima por la paliza que le
dieron algunos de sus parientes y lo había invitado al
banquete junto con su mujer, en compensación por la tremenda
equivocación producida. Todo un detalle viniendo del tacaño
ese. Al hombre le vendaron la cabeza gastando más de tres
rollos, dando la impresión que lo que llevaba era un
turbante. Si a esto le añadimos las barbas, la oscurecida
cara que se le había quedado tras bañarlo -el menda- en
mercromina pasada de fecha, y la cesta de mimbre que le dieron
para guardar las medicinas que necesitaba y las vendas de
repuesto, pues casi es lógico que creyera que era un
encantador de serpientes. Hasta pienso que si alguien le llega
a echar cuarenta duros, el tío se saca una cobra de la cesta
y la pone a bailar por bulerías. Que de perdidos al río.
Durante
el resto de la noche me encontré algún que otro herido más
de la aventura de la iglesia, pero poca cosa la verdad.
Aquello había quedado como una anécdota más de la boda.
Otra muestra de la grandeza de ese día. Lo mismo estaba la
gente en el suelo siendo pisada sin piedad por sus propios
familiares, que tomando horas más tarde unos ambiguses junto
con los mismos que los habían arrollado en la iglesia.
Sobre
las once y cuarto, un camarero con un silbato indicó que
debíamos sentarnos en las mesas en las que apareciesen
nuestros nombres. Tras observar las listas con los nombres de
los invitados -esta vez no había sorpresas- la gente se
dirigió a sus sitios correspondientes. Mi mesa era
espectacular. Nunca terminar‚ de agradecérselo a Pedro.
Supongo que su idea era crear una mesa digamos que
hipotética, con el férreo convencimiento de que quedaría
vacía, ya fuese por los planos falsos, el menú a degustar, o
por no pasar con éxito la plantilla del camarero musculoso.
Sin embargo sus planes fallaron y se creó una mesa
prácticamente formada por desechos de tienta. El cartel
estaba formado por el tío Pachín -parece ser que mis
plegarias fueron escuchadas-, el bigotes que estaba delante de
mí en la entrada del asador, Darth Vader y su perica, un loco
vestido de drácula que decía que era el presidente del club
de fans de Christopher Lee en España y yo. Los dos asientos
vacíos -las mesas eran de ocho- correspondían a una pareja
que por lo visto sí había hecho caso a las flechas del plano
de Pedro. Desconocía yo que Pedro era un fanático de
Christopher Lee, que tenía todas sus películas, amén de ser
miembro honorario de su club de fans en España. Lo gracioso
era que el bigotes, según rezaba en la lista, también debía
ser el presidente del club de fans de Dany Amattulo en Europa,
cosa que me resultó bastante sospechosa pues el buen hombre
tendría ya sus buenos cincuenta años y no le pegaba ser
seguidor del chistoso italiano de Fama. Cuando se lo pregunté
me dijo que por supuesto, que él era Amattuliano de toda la
vida, cambiando de conversación enseguida y enfocándola a
las mujeres, demostrando ser un obseso sexual sin ningún
reparo.
-¡Mirad
a aquella, se le transparentan los pezones!-gritó fuera de
sí. ¡Grandes como rodajas de mortadela y gordos como timbres
de castillos! Qué poesía, qué dominio del símil, qué
riqueza de vocabulario... Por un momento creí tener a
Bécquer a mi lado. Aunque he de reconocer que al principio
sus comentarios nos hacían bastante gracia, incluso a la
rubia, después de media hora de constantes comparaciones del
mismo tipo los de la mesa estábamos hasta los huevos y cada
vez soltaba una los demás gritábamos al unísono ¡Ooooootra
veezzz!, emulando a Pedro cuando su mujer no le dejaba meterle
mano.
Sin
ninguna posibilidad de escaquearme, tuve que saludar y además
hablar con Darth Vader durante gran parte de la noche. Al
principio la conversación era tensa pero tras algunos copazos
de vino la cosa se fue encarrilando y acabamos la noche como
amiguetes. Pachín, entre anécdota y anécdota que contaba,
le tiraba los tejos a la rubia, llamada Susi, con tal serie de
miradas e insinuaciones que consiguieron mosquear al final al
camarada Vader. La situación no llegó a mayores porque justo
en ese momento los camareros sirvieron una sopita de ajo de
entrante -qué menos se podía esperar de Pedro- y alguien
gritó como un loco:
-¡Aaaahhhhhhgggrrr!
Todo
el mundo se quedó mirando a nuestra mesa. Qué vergüenza. El
grito lo había dado el presidente del club de fan de
Christopher Lee en España. El tío estaba como una chiva y al
parecer el pequeño cuenco de sopa de ajo que nos pusieron era
suficiente para acabar con su vida. Rápidamente se lo
quitaron de la mesa, escuchándose a partir de ese momento el
cuchicheo de las demás mesas del asador que seguramente no
estarían poniendo a la nuestra por las nubes. El pirado del
drácula respondía al nombre de Pascual. Llevaba el pelo
engominado para atrás, como Pachín, aunque en la parte
delantera se dejaba el clásico pico que tenía el conde. Iba
vestido elegantemente con frac, usaba pajarita y completaba su
atuendo una capa española que se abrochaba en el cuello con
una fina cadena de plata. Se había limado los colmillos de
tal manera que parecían de verdad los del vampiro rumano.
Respondía en resumen a la imagen clásica del conde Drácula,
la que inmortalizó Mr. Christopher Lee, no las mariconadas
modernas esas como la que hizo Coppola. Si acaso podemos
salvar Condemor, pero nada más. El bueno de Pascual había
logrado que su admiración por el actor británico traspasase
los límites de la ficción y el tío se creía de verdad un
vampiro. Cuando los alucinados camareros le trajeron un plato
con varios trozos de morcilla de Burgos al hombre casi se les
salen aquellos ojos inyectados en sangre que ponían nervioso
a todo el mundo.
-¡Jodeeerr
que pechooooss! ¡Grandes y maduros como los melones que
venden en Mercadona!
-¡Oooooootra
veeezzz!-contestó el resto de la mesa.
Que
tío más pesado el bigotes. No pasaba una mujer sin que
hiciese algún comentario. Y como mi curiosidad por saber algo
más sobre el presidente del club de fans de Amattulo -vaya
tipos que invitaba Pedro- no había sido saciada, yo seguía
haciéndole preguntas acerca de la serie que él hábilmente
conseguía sortear. Recuerdo que para picarlo un poco le hice
una pregunta relacionada con el sexo a la que por lo menos le
llegó a prestar algo de atención. Le pregunté si él había
llegado a ver -gracias a su cargo de presidente- la muy
comentada a la par que asquerosa felación con la que la
señora Berth -no sé si se escribe así- obsequia al profesor
Shorowsky -ídem- por sus bodas de oro como magister, en un
episodio inédito en Estados Unidos pero que por Europa
circuló gracias a la filtración que hizo Carlo Imperato -el
actor que daba vida a Dany Amattulo- y que según algunos hoy
en día puede verse por internet en páginas porno dedicadas a
la tercera edad. El bigotes me miró sorprendido, incluso
alucinado, pero me despachó rápidamente con un:
-Sí,
algo he oído por ahí. Pero la verdad, lo viejas nunca me han
puesto mucho...
Dando
por imposible al bigotes, al que nadie consiguió sacar ni el
nombre, ni la profesión, ni siquiera algún tema que no
estuviese relacionado con el sexo, entablé una animada charla
con el tío Pachín en la que de vez en cuando intervenía
Darth Vader, más que nada para vigilar si alguno de nosotros
decía cosas guarrillas de se novia. Pachín me contó que era
un comercial nato, capaz de venderle gomina a un hare krisna o
alquilarle un catalejo a Ray Charles. Sus comienzos por lo
visto fueron bastante duros. Se cumplían esa noche quince
años desde sus primeros pasos en el oficio, quince años
desde que llegó a su casa dando gritos porque el puestazo que
se ofertaba en un anuncio del periódico se lo habían dado a
él. Ni más ni menos que Cold Door Assistant Manager. El
pecho se le inflaba cada vez que lo comentaba entre sus
amigotes. Su hermano Joselito, que hasta la fecha había sido
el intelectual de la familia gracias a sus estudios de FP en
la rama electrónica, pasó de la noche a la mañana a ser
poco menos que gilipollas, mientras que con Pachín se
barruntaba que podía llegar a convertirse en la mano derecha
de Emilio Botín. Y todo por un puesto de comercial en el
antiguo Banco de Santander. Cuando a mi nuevo mito le
explicaron su cometido en el banco, el pobre casi se pega un
tiro. Nada de grandes cuentas, ni nada de un lujoso despacho
de cincuenta metros cuadrados, sino duros nudillos y un buen
par de zapatos nuevos. Su puesto consistía en la vieja puerta
fría, como muy bien rezaba el anuncio. A vender planes de
pensiones, tarjetas de crédito y todo lo que se terciara por
un sueldo fijo de mierda y eso sí, unas jugosas comisiones
que lógicamente eran prácticamente inalcanzables. Tanto
nombrecito y tanta gaita y luego resultaba que era un puesto
de vendedor de toda la vida. Pero aunque al principio estuvo a
punto de tirar la toalla, tras años de rodaje donde más de
una vez estuvo a punto de perder algún dedo cuando le
cerraban la puerta de sopetón, y recorrer miles de
kilómetros tanto con el coche como con las piernas, terminó
convirtiéndose en el comercial más letal que jamás trabajó
en banco alguno. Puerta que a la que llamaba, casa a la que le
vendía algo. Sus constantes éxitos consiguieron al final que
le dieran un despacho y la convirtieran en jefe del
departamento comercial. Ahora, a sus cuarenta y cinco años,
gozaba de una sólida posición en el banco y disfrutaba de la
vida como antes no había podido hacer.
-Se-gu-ro
que yo ga-no en un mes lo que tú ga-nas en un a-ño-dijo
Darth Vader un tanto picado por los triunfos de Pachín.
-¡Chu-pa-me-la,
Ro-bo-cop!-contestó entonces Pachín, imitando descojonado la
forma de hablar del vacileta de Vader.
-¡Hijoputa
qué curvas las de esa loba!-gritó el bigotes como si no
hubiese visto una mujer en su vida. ¡Tiene la misma silueta
que la guitarra de Pereeeet!
-¡Ooooootra
veeezzz!
Las
miradas asesinas con las que obsequiamos al bigotes
consiguieron tenerlo callado al menos durante unos minutos.
Aunque como muy bien apuntó Pachín, se mascaba la tragedia.
Tanto que hasta un tipo pacífico como Pascual, el vampiro
loco, estuvo a punto de meterle una colleja al coñazo del
bigotes.
Pascual
era un tipo peculiar, la verdad. Pasando por alto su
estética, su pasión por Christopher Lee, y su aversión por
las sopas de ajo, el tío tenía una conversación bastante
amena. Además de un peculiar sentido del humor, pude
comprobar que era una persona poseedora de una vasta cultura,
que lo mismo recitaba una estrofa de un poema de Baudelaire
que le recordaba a uno el nombre del actor que hacía de
Richard Channing en Falcon Crest. David Selby, por cierto,
según me comentó. Ya poseía varios puntos para formar parte
de mi Olimpo particular cuando me sorprendió con dos nuevos
méritos que lo convirtieron instantáneamente en miembro de
tan selecto club. El primero fue el regalo que le había hecho
a Pedro. Un burdo drácula articulado, comprado por tres mil
pesetas en el Rastro, y que al tirarle de la picha se le
ponían los ojos rojos y la capa y los brazos se levantaban.
El presidente del club de fans de Christopher Lee no estaba
dispuesto a gastarse un duro más en un tipejo que no pagaba
casi nunca las cuotas mensuales obligatorias de los miembros,
por muy honorario que fuese. Y si lo habían hecho honorario
no era por su cara bonita, sino porque tenía todas las
películas de drácula interpretadas por el insigne actor
depositadas en la sede del club. Que si no... Para envolver
tamaño presente había recurrido a unos antiguos papeles de
regalo que conservaba en su casa con el añejo rótulo de
Galerías Preciados. Aquel toque de genialidad me dejó
traspuesto. Hubiera dado mi colección de cromos de Sport
Billy por ver la cara de Pedro cuando le trajeron aquella
mierda de muñeco envuelto en papel de Galerías Preciados.
Lógicamente pensaría que el regalo tenía más años que
ajú, perteneciendo sin duda a la niñez de Pascual o incluso
a la de su puta madre. Lo que no entendimos fue cómo había
logrado sortear lo férreos controles establecidos por Pedro
para evitar éste tipo de hechos.
-La
suerte del vampiro-respondió Pascual melancólicamente.
El
otro mérito de Pascual fue la confesión al oído de su
vocación de escritor. Alternaba sus aficiones literarias con
su también vocacional trabajo en una funeraria, como no
podía ser de otra manera. Y como tampoco podía ser de otra
manera, era en el género de terror donde destacaba este
fanático de los ataúdes y los cementerios. Su mayor éxito
literario -parece ser que tenía una numerosa y underground
corte de seguidores- se debía a las aventuras de un heróico
vampiro que respondía al escatológico nombre del Tarzanete
Enmascarado. Según me explicó, los tarzanetes son aquellos
restos de materia orgánica que quedan adheridos a los
pelillos de nuestro hermoso final de la espalda, y que según
parece se asemejan a una liana con viajero a bordo. Por lo
visto se le había ocurrido una noche estando de guardia en la
funeraria -¿de guardia para qué?-, cuando una colitis
crónica lo tuvo toda la noche sentado en la taza del wáter
haciendo imaginarias. Ahí surgió el protagonista de sus
novelas, un antiguo limpiador de sanitarios públicos que al
ser mordido por un vampiro se convierte en un peculiar
drácula enmascarado -añadiendo al vestuario del conde unos
guantes de fregar rosas y unas katiuskas verdes- que defiende
a los miembros de su cofradía de modernos Van Helsings de
pacotilla. Además, actualizando un poco sus puntos débiles,
estableció que la única manera para acabar con su héroe era
con dos escobillas superpuestas en forma de cruz o lanzándole
un bote de Pato WC forrado de plata, que tenía la ventaja de
que si no lo mataba al no acertarle de lleno en el corazón
por lo menos del hostiazo se quedaba atontado durante un buen
rato. Qué tío más grande, me dije. En cuanto llegase el
lunes me compraría sin demora todos los números de la
colección del Tarzanete Enmascarado. Sin duda una serie de
culto en adelante.
-¡Qué
culo!, ¡Qué culo! ¡Respingón como la nariz de un nomo y
más duro
que
un toffe del ochenta y siete!
-¡Oooootra
veeezzz!
¡Plassss!
La colleja se veía venir desde hacía un buen rato. Pascual
no pudo contenerse y el bigotes acabó con los cuatro dedos
del vampiro literato adornando la parte trasera de su cuello
en forma de cuatro rayas rositas. Este hecho parece que
consiguió apaciguar de una vez por todas aquella proletaria
costumbre de gritar a las féminas sin cortarse lo más
mínimo, llevasen o no pareja. A partir de ese momento su
calentura se concentró en sobar los dos grandes bollos de pan
que había a ambos lados de su plato -el que le correspondía
a él y el que me correspondía a mí-, supongo que imaginando
que eran los senos Sabrina Salerno o los de su más enconada
rival, Samantha Fox.
Porque
esa es otra. Después de la sopa de ajo nos trajeron los
bollos de los que acabo de hablar, uno para cada uno, y así
estuvimos durante veinte minutos, tirando de miga -menos el
bigotes que los magreaba y yo que pasaba de comerme lo que
aquel guarro manoseaba-, mientras esperábamos un tanto
mosqueados el siguiente plato. Menos mal que el siniestro
relaciones públicas del asador nos comunicó que doña Nati,
la dueña del asador, nos invitaba a unas racioncitas de pulpo
a la gallega mientras preparaba los solomillos y la merluza.
En menos que canta un gallo nos ventilamos aquellos trozos
blandos y sonrosados aderezados con ajitos -otra vez drácula
armó el espectáculo-, y en los que por cierto no vimos en
ningún momento las características ventosas de los pulpos.
Hecho que motivó que todos los de la mesa dudásemos en si lo
que estábamos comiendo era el molusco cefalópodo de toda la
vida o por el contrario se trataba de los restos de una
inocente y melosa gallega que Norman relaciones públicas
Bates había descuartizado alegremente en el sótano del
asador.
Tras
retirarnos las pequeñas raciones de pulpo -si es que era
pulpo- con que nos obsequió la dueña del asador, los
camareros preguntaron a los presentes quién iba a comer
solomillo de vaca vieja y quién merluza congelada. Cual fue
mi sorpresa cuando comprobé que la mayoría de la gente
pidió solomillo, sin parecer importarle en ningún momento el
riesgo de las vacas locas. Estaba claro que a esas alturas de
la noche la gente aún no había llenado la panza, por muchos
altramuces, conguitos, sopas de ajo y pulpo que hubiesen
puesto, y por las caras de hambrientos que se veían, más de
uno se hubiera comido un buen cazo de pisto en la cabeza de un
tiñoso.
Milagrosamente,
los solomillos nos llegaron enseguida. Todos los de la mesa
pedimos lo mismo, salvo Darth Vader, que dijo tener una dieta
basada en mariscos y angulas.
-El
señorito no come baratijas pero la doblará de
gota-sentenció Pachín.
-Por
lo me-nos es u-na en-fer-me-dad de ri-cos. A los po-bres el
a-bu-so de ma-ris-co os da di-a-rre-a.
Los
puyazos entre Darth Vader y Pachín se sucedieron durante toda
la noche, ofreciéndonos la oportunidad a Pascual y a mí de
hablar durante el fuego cruzado con Susi la rubia. Y fue en
uno de estos constantes enfrentamientos, en los que draculín
estaba ocupado degustando el solomillo casi crudo que le
sirvieron -que sangrara bastante había pedido- y que al
tragárselo le había brillado el colmillo como a los guaperas
de los dibujos, cuando pude indagar un poco en la vida de
Susi. Según me contó era la secretaria de Vicente, desde
hacía dos años, y que aunque había empezado de simple
administrativa, gracias a su eficacia laboral y a sus nada
despreciables facultades orales -comentó con malicia-, ahora
era su mano derecha en el despacho. Me pareció enseguida que
la rubia era un buen elemento, y menos de fiar que el enano
que acompañaba al Tiñoso en Érase una vez el hombre.
Presentimiento que se cumplió cuando un cuarto de hora más
tarde, en un descuido, se me cayó la servilleta al suelo y
tuve que agacharme para recogerla. Justo en el momento en el
que Susi hacía algo más que piececitos con mi amigo el
vampiro. La novia de Vader tenía colocado el pinrel en la
bragueta de Pascual, con la pierna ligeramente flexionada
-como indica el código que hay que llevarla sobre los mandos
inferiores del coche-, y dando continuos acelerones a un pedal
más duro en esos momentos que la palanca de cambios de un
seiscientos. Cuando me levanté, observé asombrado como el
rostro del creador del Tarzanete Enmascarado había adquirido
uno tinte colorado parecido al que gastan los guiris en
Torremolinos. Joder, para estar muerto... Desde luego así sí
que se hace una digestión buena y no con las mariconadas esas
de la frutita o el heladito. Y por supuesto, el novio sin
coscarse de nada, que es lo suyo.
A
la una y cuarto ya estábamos en los postres y en la copita de
cava para brindar por los novios. Hombre, llamar postre a un
cuenco de lacasitos para cada uno me parece un tanto
exagerado, pero bueno, es lo que había. Con el cava llegaron
los brindis de los invitados por la felicidad de la pareja.
Primero los novios dijeron algunas palabras, para quedar bien,
y luego la peña se deshizo en brindis de todo tipo. Desde los
clásicos vivas a los novios hasta los vivas al Real Madrid o
un solitario viva a Casa-Nati que un tipejo tuvo los huevos de
soltar.
Por
supuesto otra de las míticas sorpresas con que fui obsequiado
durante la boda partió de mi propia mesa. Ni más ni menos
que del bigotes. Animado por los innumerables brindis que
lanzaban los demás invitados, el tío alzó su copa y soltó:
-Brindo
por los novios, para que tengan una larga y feliz vida en
común. Brindo por las dos familias, para que sus miembros
sigan siempre tan simpáticos y resalaos como ahora. Brindo
por el banquete que nos hemos dado, escaso, pero banquete al
fin y al cabo. Y qué coño, brindo por mí, Manolo Calderas,
porque ésta es la vigésimo cuarta boda en la que cuelo por
la patilla.
La
carcajada fue general. Sin duda aquello se consideró el toque
humorístico de la noche. Tan sólo Pedro y yo nos lo tomamos
en serio. El anfitrión se le quedó mirando fijamente en
estado de shock. Tantas trampas y tantos controles para evitar
que se le colase alguno no habían servido para nada. Si no
echaron al bigotes fue porque a Pedro no le dio tiempo a
reaccionar. Tras terminar el brindis lo llevaron casi a
empujones hacia la zona del salón acondicionada para la barra
libre y el baile. Allí lo obligaron a bailar el tradicional
vals, aunque estoy seguro que en su cabeza la única imagen
que aparecía era la de un tío con bigote que no había visto
en la vida y que se había reído de él en sus barbas. La
confesión de Manolo Calderas me sirvió a mí en cambio para
atar los cabos sueltos que tenía sobre el personaje. Ahora
estaban claras sus dudas a la hora de rellenar el casillero
con la letra de su invitación -que ya es coña acertar con la
equis- o el porqué de su ignorancia con todo lo relacionado
con Dany Amattulo si supuestamente era el presidente de su
club de fans. La verdad es que el tío se sentó a boleo en
nuestra mesa y también le salió bien la jugada. Así que ya
ven, a partir de ese momento tuve que mirar a Monolo Calderas
de otra manera. Y por supuesto, otro nuevo mito acababa de
nacer para mí.
EL
BAILE
A
estas alturas supongo que no debería hacer falta que les
dijese que las bebidas de la barra libre eran todas de marcas
de padre desconocido. Pero ya que estamos, pues por qué no,
se las digo. Además de las clásicas falsificaciones de toda
la vida, llámense Lirios en vez de Larios, MYC en lugar de
DYC o Licor 42 -por uno- sustituyendo al Licor 43, encontré
sobre la barra botellas con castizos nombres rotulados en sus
etiquetas. Anís Mari Puri; ron Tres Garfios; whisky
Fernández; ginebra Jose & Maribel; licor de aceitunas El
Piyayo... Pero bueno, ya saben como es la gente, basta que a
uno le ofrezcan algo para que se harte, pues eso, se harta
aunque no le guste lo más mínimo. Que me lo digan a mí, que
odio la paella, pero cuando el ayuntamiento hace una de esas
gigantescas paellas tipo Villarriba y Villabajo, soy el
primero que se pone en la cola, y además dando golpes con el
tenedor en el plato para meter presión.
A
los diez minutos la banda ya había tomado la barra y se
metía los ambiguses doblados. Las viejas se bebían el anís
como si se tratase de agua del grifo, con la única variante
que al terminar la copita se daban un puñetazo en el pecho y
gritaban ¡Yeeepaaaa! A Manolo Calderas le vi cascarse un
cubata detrás de otro, quizá pensando en que lo podían
echar en cualquier momento, mientras que Pascual, fiel a sus
costumbres, tiraba de Bloody Mary sin quitarle ni un instante
el ojo de encima a la cochinilla de Susi. Y es que la muy
calentona se marcó un dancing erótico con el capullo de
Vader que puso cachondo a media sala, incluido el siniestro
relaciones públicas que tuvo que colocarse una bandeja en sus
partes para disimular la empalmaera. Gracias a Dios, el tío
Pachín no me defraudó. Gintonic en mano, se adentró en la
pista de baile y en escasos minutos se convirtió en el puto
rey de la fiesta. Mientras que los pardillos de turno daban
saltos ridículos o bailaban como mariconas, el mítico
Pachín se desmarcó con un genial movimiento de hombros, unos
espectaculares quiebros de cintura -dignos del mejor Romario-
y unos zapateados acojonantes, dejando a más de uno de los
invitados con la boca abierta. Lo del zapateado gustó tanto
que el propio Pachín nos llamó a Pascual, al bigotes y a
mí, y entre los cuatro nos liamos a dar zapatazos al compás,
que si bien al principio tratábamos de emular al gran Fred
Astaire, terminamos marcándonos una espectacular puesta en
escena que no tenía nada que envidiar a los tíos esos de
Lord of the Dance. Recuerdo que mientras zapateaba como un
poseso no hacía más que dar gracias a Dios por dejarme
disfrutar de semejante momento. Bailando claqué con un
HORTERA supino, un tío vestido de drácula que además se
creía drácula y un bigotes que se había colado en la boda
por la cara.
Después
de cinco minutos tuve que pedir tiempo muerto porque yo no
podía seguir el frenético ritmo de mis compañeros. Me
dirigí entonces hacia la barra, y como ya iba bastante
alpistado, me dio por hacerme el snob y cambié los Myc-colas
por una copita de licor de aceitunas El Piyayo. Craso error.
¡Hijoputa el Piyayo! Qué latigazo me dio en las tripas. Yo
creo que aquello era alpechín. Casi caigo redondo al suelo
nada m s tragarlo. Para remediar aquel ardor inaguantable que
quemaba mis entrañas tuve que tomarme un par de myc-colas
seguidos casi sin respirar. Qué momento más malo. Acto
seguido abandoné por unos minutos el salón para ir a los
servicios y echar la pota, casi congelándome en el trayecto
porque el rata de Pedro había ordenado que la calefacción se
cortase en el resto del caserón. De todas maneras muy mal
tendría que estar yo pues por el camino me pareció ver a un
pingüino cagando en una papelera. Me acojoné entonces porque
pensé que estaba muy mal de verdad. Menos mal que una vez que
llegué a los servicios y eché hasta la primera papilla, me
quedé nuevo. El licor de marras debía ser como el aceite de
ricino ese que le daban a Zipi y Zape para que potasen. Bueno,
por lo menos me vine arriba. Atravesé de nuevo Siberia, donde
por cierto pude comprobar que no había errado tanto en mis
apreciaciones. El pingüino que creí ver cagando era en
realidad el padrino de la boda, quien al parecer le había
dado un incontenible apretón -tal vez debido también al
licor de los cojones- que le obligó a buscar un continente
adecuado a tan asqueroso contenido. Aunque le hice un saludo
con la mano, quizá más por indicarle que lo había pillado
que por un acto de educación, no pareció darse cuenta de mi
presencia. La verdad es que por los gritos que lanzaba y el
gesto de su cara, con los ojos cerrados y los dientes
apretados, tuve la impresión de encontrarme más que con un
tío que estaba evacuando, con un japonés haciéndose el
harakiri.
En
fin, cuando llegué de nuevo al salón la gente cantaba a
pleno pulmón una canción de Maritrini. Toma ya. Darth Vader
había hecho pandilla con nuestros antiguos compañeros de
colegio, supongo que para ponerse al día de sus miserias y a
la par poder presumir un poco de los triunfos propios. Entre
ellos lógicamente la chati que llevaba a su vera. Y claro,
aquello fastidiaba, la verdad, sobre todo porque aquellos eran
conscientes de que algunas de sus novias no se las desearían
ni a su peor enemigo. Pero bueno, así es la vida.
En
cuanto a los novios, casi no los vi durante el baile. Se
habían sentado en unas sillas colocadas para el reposo de los
abueletes, y mientras Laura daba palique a la madre de Pedro,
éste hablaba con mi viejo amigo el pingüino cagón, aunque
eso sí con un ojo siempre puesto en los movimientos de Manolo
Calderas. Menudo personaje. Parece ser que las copas le
hicieron olvidar un poco su obsesión por las mujeres y los
símiles de frutero barato, dedicando el resto de la noche en
intentar asustar a Pascual. El hombre se colocaba detrás de
aquel castizo vampiro de Lavapiés -algo que me comentó en
una de nuestras incursiones en la barra-, y le soltaba de
repente:
-¡Que
viene Van Basten!
Pascual
se le quedaba mirando un tanto sorprendido durante unos
segundos, se encogía de hombros y acto seguido seguía
pegándole al Bloody Mary. El bigotes lo siguió intentando
una y otra vez, pero sin acertar nunca con el verdadero nombre
del incansable perseguidor de drácula. Lo intentó con Van
Gaal, Vanderolssen, Van Morrison y hasta con el cantaor
Bambino. Una de las veces Pascual se mosqueó.
-¡Que
viene Van Breukelem!
-¡Pero
quién coño es Van Breukelem!-respondió cabreado el drácula
de Lavapiés, que por cierto hablaba igual que el abuelo de
médico de familia.
Aquello
desconcertó un poco a Manolo Calderas, a quien sólo se le
ocurrió contestar:
-¡Coño,
Van Breukelem! ¡De los Van Breukelem de toda la vida!
En
la pista comenzaron a poner las canciones de siempre, dando la
oportunidad entonces para que los vejetes pudiesen mover un
poco sus artríticos esqueletos al son de Si yo tuviera una
escoba, Cuando salí de Cuba, Enséñame a cantar... Por
cierto que uno de los camareros de la barra era igual que don
Luis Aguilé, hecho que motivó que cada vez que
repostábamos, entre Pachín y yo le cantásemos al sufrido
camarero aquello de "es una lata, el trabajar...".
Por supuesto la noche todavía me deparaba más sorpresas, en
éste caso la siguiente provenía de Pachín. Fue cuando el
pinchadiscos se dedicó a poner canciones italianas de los
años sesenta o por ahí. Recuerdo que cuando en la pista de
baile comenzaron a sonar Il mondo, Volare o Picolíssima,
interpretadas por famosos cantantes italianos, al bueno de
Pachín se le fue la olla. De repente se lió a dar vueltas
alrededor de la pista y a gritar:
-¡Adriano
Chelentano!, ¡Adriano Chelentano! ¡El mejor cantante del
mundo!
La
gente se quedó alucinada, igual que yo. Sobre todo cuando el
mítico comercial, sin parar de dar vueltas, se abrió la
camisa con violencia, tipo supermán, y apareció plasmado
sobre una camiseta interior blanca el horrendo careto del
Chelentano. Parecía uno de esos cientos de futbolistas
poseídos por espíritus de niños de diez años -perdón me
he pasado, de cinco- que saltan, bailan, se besan el anillo
-aunque no lo tengan-, o como él, se quitan la camiseta para
mostrar otra que hay debajo donde aparece una dedicatoria, una
foto del hijo y hasta alguna vez ha llegado a verse una foto
de la suegra, que ya hay que echarle huevos. Pachín cantó
todas las canciones con un depurado acento italiano, supongo
que el mismo que utilizaba en Fuengirola para engañar al
sector femenino patrio. Y si ante el insistente clamor popular
no llegan a cambiar de música, allí hubiera podido ocurrir
una desgracia. Más que nada porque mi ídolo no paraba de
cantar a gritos y ya casi no le quedaba oxígeno en los
pulmones. Si no me lo llego a llevar fuera de la pista para
que descansase un rato, mi amigo Pachín hubiera acabado la
noche haciendo seda en la vieja caja de pino.
Entre
pitos y flautas eran ya cerca de las cinco de la mañana.
Cómo no, empezó a sonar el sempiterno Paquito chocolatero,
señal inequívoca de que en breves momentos nos iban a largar
de allí. La gente estaba bastante cocida, lo mismo que yo, y
hacía verdaderos malabarismos para no caerse mientras
cantaban la famosa cancioncita. Más de uno se cayó cuando
intentó ponerse en cuclillas. Para que el fin de fiesta fuera
memorable tuvieron que hacer de las suyas el bigotes y Pascual
el vampiro. Cuando ya parecía que se acababa el Paquito, al
capullo del bigotes, el cual se encontraba detrás de Pascual,
no se le ocurrió otra cosa que decirle al oído:
-¡Que
viene Van Helsing!
Mira
que le costó al hombre acertar con el personaje, pero esta
visto que con insistir... Cuando Pascual escuchó la posible
presencia de su enemigo maldito en las cercanías, primero se
echó hacia atrás, tumbando a más de veinte personas que en
ese momento cantaban en cuclillas, y luego, como si tuviese un
resorte en el culo, pegó un bote de por lo menos tres metros
de distancia que le hizo planear durante unos segundos como un
murciélago de verdad. Lo que pasa es que con tan mala suerte
en el aterrizaje que cayó sobre el pinchadiscos y tumbó a su
vez la mesa de mezclas y las numerosas torretas donde estaban
apilados los compacdises. ¡Qué hostiazo! Lo peor es que se
organizó una tangana entre el malparado pinchadiscos y el no
menos malogrado Pascual. Parte de los invitados que se habían
caído fueron a ayudar al pinchadiscos, mientras que Manolo
Calderas -menos mal-, Pachín y yo nos pusimos de parte del
presidente del club de fans de Christopher Lee. Allí hubo
galletas para dar, tomar y regalar. Y aunque quede mal ante
ustedes, tengo que reconocerles que a los pocos minutos del
inicio de la pelea me largué del asador. Y no fue por miedo a
la pelea, se lo juro, sino porque casi por arte de magia
llegaron a mis manos valiosísimos objetos que no podía dejar
que cayesen en poder de personas desconocidas.
El
primero fue uno de los amarillentos y afiladísimos colmillos
de Pascual. Casi al principio de la refriega el hijoputa del
pinchadiscos, que estaba bastante cachas, le lanzó una
tremenda mascada al sin par vampiro de Lavapiés que le
obligó a escupir el colmillo derecho, con tal fuerza eso sí
que si no llega a agacharse, el culpable de su amputación se
hubiera quedado más tuerto que Falconetti. Lo bueno es que el
colmillito fue botando y rebotando hasta llegar a mi mano. Yo
estaba en el suelo, con un tío sobre mí, y cuando conseguí
quitármelo de encima, di una vuelta hacia la derecha y me
encontré con el segundo objeto de culto. Ni más ni menos que
el castellano blanco de O rey Pachín. Aquello no podía estar
pasando. Y aún no había terminado de digerir el segundo
hallazgo cuando observé que a dos metros de mí, la gorda que
había sido compañera de viaje en el taxi y que luego vi
potando en la cuesta del catorce por ciento, tenía cogido por
los pelos Manolo Calderas y no lo soltaba ni a la de tres,
pese a los tremendos puñetazos que el bigotes le propinaba
sin descanso en las costillas. Quizá no me hubiese dirigido
en su auxilio si no llego a ver lo que vi. De repente, delante
de mis narices, la gorda se quedó con la parte superior del
pelo de mi amigo Calderas enredado entre sus manos. Sí
señores, el bigotes llevaba bisoñé. Un punto más a su
favor para aumentar la leyenda. Así que, como ustedes
comprenderán, sin dudarlo un segundo salté sobre la gorda y
le arrebaté de improviso tan preciado tesoro. Al que no
debió sentar muy bien mi gesto fue a Manolo, quien en un
principio pensó que había acudido en su ayuda pero que
desgraciadamente muy pronto pudo comprobar lo errado que
estaba en su suposición. Una vez que tuve el bisoñé‚ en
mis manos, me abrí paso a base de codazos y patadas a través
de aquel casi impenetrable bosque de brazos, piernas, cuerpos
en increíbles posiciones y juramentos lanzados al aire.
Tras
una frenética carrera de obstáculos, llegué hasta la puerta
de entrada. Mis fetiches estaban a buen recaudo. El colmillo
lo guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta, el
bisoñé‚ en el del pantalón, y el zapato blanco de Pachín
lo llevaba bajo la camisa, emulando inconscientemente a
Hipólito Rincón cuando se llevó el balón tras acabar el
legendario partido España-Malta. No pude evitar mirar un
momento hacia atrás, con cierta admiración, para ver por
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