La
Máquina de Follar - Charles Bukowski
Hacía
mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. ni
siquiera pensaba en follar. sólo en beber cerveza
fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el
Indio, y Mike sacó el dinero. le dejé pagar la
primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora,
aburrido, y miró alrededor... había otros cinco o
seis mirando sus cervezas. imbéciles. así que Tony
se sentó con nosotros.
-¿Qué hay de nuevo, Tony? -pregunté.
-Es una mierda -dijo Tony.
-No hay nada nuevo.
-Mierda -dijo Tony.
-Ay, mierda -dijo Mike el Indio.
Bebimos las cervezas.
-¿Qué piensas tú de la Luna? -pregunté a Tony.
-Mierda -dijo Tony.
-Sí -dijo Mike el Indio-, el que es un carapijo en la
Tierra, es un carapijo en la Luna, qué mas da.
-Dicen que probablemente no haya vida en Marte -comenté.
-¿Y qué coño importa? -preguntó Tony.
-Ay, mierda -dije-. Dos cervezas más.
Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero.
Lo guardó. Volvió.
-Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto
que los antiguos.
-¿Adónde crees tú que van los hombres cuando
mueren, Tony?
-¿Y qué coño importa?
-¿Tú no crees en el Espíritu Humano?
-¡Eso son cuentos!
-¿Y qué piensas del Che, de Juana de Arco, de Billy
el Niño, y de todos esos?
-Cuentos, cuentos.
Bebimos las cervezas pensando en esto.
-Bueno
-dije-, voy a echar una meada.
Fui
al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho.
La saqué y empecé a mear.
-Vaya
polla más pequeña que tienes -me dijo.
-Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú
llamas un tipo elástico. Cuando llega el momento,
cada milímetro de ahora se convierte en seis.
-Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas.
Porque ahí veo por lo menos cinco centímetros.
-Es sólo el capullo.
-Te doy un dólar si me dejas chupártela.
-No es mucho.
-Eso es más que el capullo. Seguro que no tienes más
que eso.
-Vete a la mierda, Petey.
-Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.
Volví
a mi asiento.
-Dos cervezas más- pedí.
Tony hizo la operación habitual. Luego volvió.
-Vaya
calor, voy a volverme loco -dijo.
-El calor te hace comprender precisamente cuál es tu
verdadero yo -le expliqué a Tony.
-¡Corta ya! ¿me estás llamando loco?
-La mayoría lo estamos. pero permanece en secreto.
-Si, claro, suponiendo que tengas razón en esa
chorrada, dime, ¿cuántos hombres cuerdos hay en la
tierra? ¿hay alguno?
-Unos cuantos.
-¿Cuántos?
-¿De todos los millones que existen?
-Sí, sí.
-Bueno, yo diría que cinco o seis.
-¿Cinco o seis? -dijo Mike el Indio-. ¡Hombre no
jodas!
-¿Cómo sabes que estoy loco? di -dijo Tony-. ¿Cómo
podemos funcionar si estamos locos?
-Bueno, dado que estamos todos locos, hay sólo unos
cuantos para controlarnos, demasiado pocos, así que
nos dejan andar por ahí con nuestras locuras. De
momento, es todo lo que pueden hacer. Yo en tiempos
creía que los cuerdos podrían encontrar algún sitio
donde vivir en el espacio exterior mientras nos destruían.
Pero ahora sé que también los locos controlan el
espacio.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque ya plantaron la bandera norteamericana en la
luna.
-¿Y si los rusos hubieran plantado una bandera rusa
en la luna?
-Sería lo mismo -dije.
-¿Entonces tú eres imparcial? -preguntó Tony.
-Soy imparcial con todos los tipos de locura.
Silencio.
Seguimos bebiendo. Tony también; empezó a servirse
whisky con agua. podía; era el dueño.
-Coño, qué calor hace -dijo Tony.
-Mierda, sí -dijo Mike el Indio. Entonces Tony empezó
a hablar.
-Locura -dijo- ¿y si os dijera que ahora mismo está
pasando algo de auténtica locura?
-Claro -dije.
-No, no, no... ¡quiero decir AQUI, en mi bar!
-¿Sí?
-Sí. algo tan loco que a veces me da miedo.
-Explícame eso, Tony -dije, siempre dispuesto a
escuchar los cuentos de los otros.
Tony
se acercó más.
-Conozco a un tío que ha hecho una máquina de
follar. No esas chorradas de las revistas de tías,
esas cosas que se ven en los anuncios. Botellas de
agua caliente con coños de carne de buey cambiables,
todas esas chorradas. -este tipo lo ha conseguido de
veras. Es un científico alemán, lo cogimos nosotros,
quiero decir nuestro gobierno. Antes de que pudieran
agarrarlo los rusos. No lo contéis por ahí.
-Claro hombre, no te preocupes...
-Von Brashlitz. El gobierno intentó hacerle trabajar
en el ESPACIO. No hubo nada que hacer. Es un tipo muy
listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MAQUINA
DE FOLLAR. Al mismo tiempo, se considera una especie
de artista, a veces dice que es Miguel Angel... le
dieron una pensión de quinientos dólares al mes para
que pudiera seguir lo bastante vivo para no acabar en
un manicomio. Anduvieron vigilándole un tiempo, luego
se aburrieron o se olvidaron de él, pero seguían
mandándole los cheques, y de vez en cuando, una vez
al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o
veinte minutos, mandaba un informe diciendo que aún
seguía loco y listo. Así que él andaba por ahí de
un sitio a otro, con su gran baúl rojo hasta que, por
fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. Me
cuenta que es sólo un viejo cansado, que necesita un
lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos.
Y le escondí aquí. Aquí vienen muchos locos, ya sabéis.
-Si- dije yo.
-Luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó
contándomelo. Había hecho una mujer mecánica que
podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer
real de toda la historia... además sin tampax, ni
mierdas, ni discusiones.
-Llevo toda la vida buscando una mujer así -dije yo.
Tony se echó a reír.
-Y quién no. Yo creía que estaba chiflado, claro,
hasta que una noche después de cerrar subí con él y
sacó la MAQUINA DE FOLLAR del baúl rojo.
-¿Y?
-Fue como ir al cielo antes de morir.
-Déjame que imagine el resto -le pedí.
-Imagina.
-Von Brashlitz y su MAQUINA DE FOLLAR están en este
momento arriba, en esta misma casa.
-Eso es -dijo Tony.
-¿Cuánto?
-Veinte billetes por sesión.
-¿Veinte billetes por follarse una máquina?
-Ese tipo ha superado a lo que nos creó, fuese lo que
fuese. Ya lo verás.
-Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.
-Petey el Búho no está mal, pero no es un invento
que supere a los dioses.
Le di mis veinte.
-Te advierto, Tony, que si se trata de una chifladura
del calor, perderás a tu mejor cliente.
-Como dijiste antes, todos estamos locos de todas
formas. Puedes subir.
-De acuerdo -dije.
-Vale -dijo Mike el Indio-. Aquí están mis veinte.
-Os advierto que yo sólo me llevo el cincuenta por
ciento. El resto es para von Brashlitz. quinientos de
pensión no es mucho con la inflación y los
impuestos, y von B. bebe cerveza como un loco.
-De acuerdo -dije-. Ya tienes los cuarenta. ¿Dónde
está esa inmortal MAQUINA DE FOLLAR?
Tony
levantó una parte del mostrador y dijo:
-Pasad por aquí. Tenéis que subir por la escalera
del fondo. Cuando lleguéis llamáis y decís «nos
manda Tony».
-¿En cualquier puerta?
-La puerta 69.
-Vale -dije-, ¿qué más?
-Listo -dijo Tony-, preparad las pelotas.
Encontramos
la escalera. Subimos.
-Tony
es capaz de todo por gastar una broma -dije.
Llegamos. allí estaba: puerta 69.
Llamé:
-Nos
manda Tony.
-¡Oh, pasen, pasen, caballeros!
Allí
estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso
de cerveza en la mano, gafas de cristal doble, como en
las viejas películas. Tenía visita al parecer, una tía
joven, casi demasiado, parecía frágil y fuerte al
mismo tiempo.
Cruzó las piernas, toda resplandeciente: rodillas de
nylon, muslos de nylon, y esa zona pequeña donde
terminan las largas medias y empieza justo esa chispa
de carne. Era todo culo y tetas, piernas de nylon,
risueños ojos de límpido azul...
-Caballeros...
mi hija Tanya...
-¿Qué?
-Sí, ya lo sé, soy tan... viejo... pero igual que
existe el mito del negro que está siempre empalmado,
existe el de los sucios viejos alemanes que no paran
de follar. Pueden creer lo que quieran. De todos
modos, ésta es mi hija Tanya...
-Hola, muchachos -dijo ella sonriendo.
Luego
todos miramos hacia la puerta en que había ese
letrero: SALA DE ALMACENAJE DE LA MAQUINA DE FOLLAR.
Terminó su cerveza.
-Bueno...
supongo, muchachos, que venís a por el mejor POLVO de
todos los tiempos...
-¡Papaíto! -dijo Tanya-. ¿Por qué tienes que ser
siempre tan grosero?
Tanya recruzó las piernas, más arriba esta vez, y
casi me corro.
Luego,
el profesor terminó otra cerveza, se levantó y se
acercó a la puerta del letrero SALA DE ALMACENAJE DE
LA MAQUINA DE FOLLAR. se volvió y nos sonrió. luego,
muy despacio, abrió la puerta. Entró y salió
rodando aquel chisme que parecía una cama de hospital
con ruedas.
El chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal.
El profesor nos plantó aquel maldito traste delante y
empezó a tararear una cancioncilla, probablemente
algo alemán.
Una masa de metal con aquel agujero en el centro. El
profesor tenía una lata de aceite en la mano, la metió
en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel
aceite. Sin dejar de tararear aquella insensata canción
alemana.
Y siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos
miró por encima del hombro y dijo: «bonita, ¿eh?».
Luego, volvió a su tarea, a seguir bombeando aceite
allí dentro.
Mike
el Indio me miró, intentó reírse, dijo:
-Maldita sea... ¡han vuelto a tomarnos el pelo!
-Si
-dije yo-, estoy como si llevara cinco años sin echar
un polvo, pero tendría que estar loco para meter el
pijo en ese montón de chatarra.
Von Brashlitz soltó una carcajada. se acercó al
armario de bebidas. Sacó otro quinto de cerveza, se
sirvió un buen trago y se sentó frente a nosotros.
-Cuando
empezamos a saber en Alemania que estaba perdida la
guerra, y empezó a estrecharse el cerco, hasta la
batalla final de Berlín, comprendimos que la guerra
había tomado un giro nuevo: la auténtica guerra pasó
a ser entonces quién agarraba más científicos
alemanes. Si Rusia conseguía la mayoría de los científicos
o si los conseguía Norteamérica... los que más
consiguieran serían los primeros en llegar a la Luna,
los primeros en llegar a Marte... los primeros en
todo. En fin, el resultado exacto no lo sé... numéricamente
o en términos de energía cerebral científica. sólo
sé que los norteamericanos me cogieron primero, me
agarraron, me metieron en un coche, me dieron un
trago, me pusieron una pistola en la sien, hicieron
promesas, hablaron y hablaron. yo lo firmé todo...
-Todas esas consideraciones históricas me parecen muy
bien -dije yo-. Pero no voy a meter la polla, mi
pobrecita polla, en ese cacharro de acero o de lo que
sea. Hitler debía ser realmente un loco para confiar
en usted. ¡Ojalá le hubieran echado el guante los
rusos! ¡yo lo que quiero es que me devuelvan mis
veinte dólares!
Von
Brashlitz se echó a reír.
-jiii jiii jiii ji... es sólo mi bromita de siempre.
jiii jiii jiii ji!
Metió otra vez el cacharro en el cuartito. cerró la
puerta.
-¡Ay, ji jiii ji! -bebió otro trago de schnaps.
Luego se sirvió más. lo liquidó.
-Caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi
MAQUINA DE FOLLAR es en realidad mi hija, Tanya...
-¿Más chistecitos, von? -pregunté.
-¡No es ningún chiste! ¡Tanya! ¡Ponte en el regazo
de este caballero!
Tanya
soltó una carcajada, se levantó, se acercó, y se
sentó en mi regazo.
¿Una
MAQUINA DE FOLLAR? ¡no podía serlo! su piel era
piel, o lo parecía, y su lengua cuando entró en mi
boca al besarnos, no era mecánica... cada movimiento
era distinto, y respondía a los míos. Me lancé
inmediatamente, le arranqué la blusa, le metí mano
en las bragas, hacía años que no estaba tan
caliente; luego nos enredamos; de algún modo acabamos
de pie... y la entré de pie, tirándole de aquel pelo
largo y rubio, echándole la cabeza hacia atrás,
luego bajando, separándole las nalgas y acariciándole
el ojo del culo mientras le atizaba, y se corrió...
la sentí estremecerse, palpitar, y me corrí también.
¡Nunca había echado polvo mejor!
Tanya
se fue al baño, se limpió y se duchó, y volvió a
vestirse para Mike el Indio. Supuse.
-El mayor invento de la especie humana -dijo muy serio
von Brashlitz.
Tenía toda la razón.
Por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.
-¡NO!
¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE
ACABAS DE FOLLAR!
Ella parecía no oír, y era extraño, incluso en una
MAQUINA DE FOLLAR, porque yo nunca había sido muy
buen amante, la verdad.
-¿Me amas? -preguntó.
-Si.
-Te amo, y soy muy feliz. y... teóricamente no estoy
viva. Ya lo sabes, ¿verdad?
-Te amo, Tanya, eso es lo único que sé.
-¡Cago en tal! -chilló el viejo-. ¡Esta JODIDA
MAQUINA!
Se acercó a la caja barnizada en que estaba escrita
la palabra TANYA a un lado. Salían unos pequeños
cables; había marcadores y agujas que temblequeaban,
y varios indicadores, luces que se apagaban y se
encendían, chismes que tictaqueaban... von B. era el
macarra más loco que había visto en mi vida. Empezó
a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya:
-¡25
AÑOS! ¡toda una vida casi para construirte! ¡Tuve
que esconderte incluso de HITLER! y ahora... ¡pretendes
convertirte en una simple y vulgar puta!
-No tengo veinticinco -dijo Tanya-. -Tengo
veinticuatro.
-¿Lo ves? ¿lo ves? ¡como una zorra normal y
corriente!
Volvió a sus marcadores.
-Te
has puesto un carmín distinto -dije a Tanya.
-¿Te gusta?
-¡Oh, sí!
Se inclinó y me besó.
Von
B. seguía con sus marcadores. Tenía el
presentimiento de que ganaría él.
Von Brashlitz se volvió a Mike el Indio:
-No se preocupe, confíe en mí, no es más que una
pequeña avería. Lo arreglaré en un momento.
-Eso espero -dijo Mike el Indio-. Se me ha puesto en
treinta y cinco centímetros esperando y he pagado
veinte dólares.
-Te amo -me dijo Tanya-. No volveré a follar con ningún
otro hombre. Si puedo tenerte a ti, no quiero a nadie
más.
-Te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.
El
profe estaba corridísimo. Seguía con los cables pero
nada lograba.
-¡TANYA!
¡AHORA TE TOCA FOLLAR CON EL OTRO! estoy... cansándome
ya... tengo que echar otro traguito de aguardiente...
dormir un poco... Tanya...
-oh -dijo Tanya- ¡este jodido viejo! ¡tú y tus
traguitos, y luego te pasas la noche mordisqueándome
las tetas y no puedo dormir! ¡ni siquiera eres capaz
de conseguir un empalme decente! ¡eres asqueroso!
-¿COMO?
-¡DIJE «QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN
EMPALME DECENTE»!
-¡Esto lo pagarás Tanya! ¡Eres creación mía, no
yo creación tuya!
Seguía
hurgando en sus mágicos marcadores. Quiero decir, en
la máquina. Estaba fuera de sí, pero se veía
claramente que la rabia le daba una clarividencia que
le hacía superarse.
-Es
sólo un momento, caballero -dijo dirigiéndose a
Mike-. ¡Sólo tengo que ajustar los cuadros electrónicos!
¡un momento! ¡vale! ¡ya está!
Entonces se levantó de un salto. aquel tipo al que
habían salvado de los rusos.
Miró a Mike el Indio.
-¡Ya está arreglado! ¡La máquina está en orden!
¡a divertirse caballero!
Lluego, se acercó a su botella de aguardiente, se
sirvió otro pelotazo y se sentó a observar.
Tanya
se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio.
vi que Tanya y Mike el Indio se abrazaban.
Tanya le bajó la cremallera. Le sacó la polla, ¡menuda
polla tenía el tío! había dicho treinta y cinco
centímetros, pero parecían por lo menos cincuenta.
Luego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike. El
gemía de gozo.
Luego la arrancó de cuajo. La tiró a un lado.
Vi el chisme rodar por la alfombra como una
disparatada salchicha, dejando tristes regueruelos de
sangre. Fue a dar contra la pared. Allí se quedó
como algo con cabeza pero sin piernas y sin lugar
alguno a donde ir... lo cual era bastante cierto.
Luego,
allá fueron las BOLAS volando por el aire. una visión
saltarina y pesada. simplemente aterrizaron en el
centro de la alfombra y no supieron qué hacer más
que sangrar. Así que sangraron.
Von Brashlitz, el héroe de la invasión
rusonorteamericana, miró ásperamente lo que quedaba
de Mike el Indio, mi viejo camarada de sople, rojo
rojo allá en el suelo, manando por su centro... von
B. se dio el piro, escaleras abajo...
La habitación 69 había hecho de todo salvo aquello.
Luego
le pregunté a ella:
-Tanya,
habrá problemas aquí muy pronto. ¿Por qué no
dedicamos el número de la habitación a nuestro amor?
-¡Como quieras, amor mío!
Lo hicimos, justo a tiempo; y luego entraron aquellos
idiotas.
Uno de aquellos enterados declaró entonces muerto a
Mike el Indio.
Y
como von B. era una especie de producto del gobierno
norteamericano, en seguida se llenó aquello de gente,
varios funcionarios de mierda de diversos tipos,
bomberos, periodistas, la pasma, el inventor, la CIA,
el FBI y otras diversas formas de basura humana.
Tanya
vino y se sentó en mi regazo.
-Ahora me matarán. Procura no entristecerte, por
favor.
No contesté.
Luego
von Brashlitz se puso a chillar, apuntando a Tanya:
-¡SE
LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGUN
SENTIMIENTO! ¡CONSEGUI QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡Se
lo aseguro, no es más que una MAQUINA!
Todos se limitaron a quedarse allí mirándole. nadie
le creía.
Era ni más ni menos la máquina más bella, la mujer
por así decirlo, que habían visto en su vida.
-¡Maldita
sea! ¡majaderos! Toda mujer es una máquina de
follar, ¿es que no se dan cuenta? ¡Apuestan al mejor
caballo! ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE
CUENTO DE HADAS COMO LOS REYES MAGOS!
Aun
así no le creían.
-¡ESTO
es sólo una máquina! ¡no tengan ningún MIEDO! ¡MIREN!
Von Brashlitz agarró uno de los brazos de Tanya.Lo
arrancó de cuajo del cuerpo.
Y dentro, dentro del agujero del hombro, se veía
claramente, no había más que cables y tubos, cosas
enroscadas y entrelazadas, además de cierta sustancia
secundaria que recordaba vagamente la sangre.
Y
yo vi a Tanya allí de pie con aquellos alambres
enroscados colgándole del hombro donde antes tenía
el brazo. me miró:
-¡Por
favor, hazlo por mí! recuerda que te pedí que no te
pusieras triste.
Vi como se echaban sobre ella, como la destrozaban y
la violaban y la mutilaban. No pude evitarlo. apoyé
la cabeza en las rodillas y me eché a llorar...
Mike
el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte dólares.
Pasaron
unos meses.No volví al bar. Hubo juicio, pero el
gobierno eximió de toda culpa a von B. y a su máquina.
Me trasladé a otra ciudad. lejos. Y un día estaba
sentado en la peluquería y cogí una revista pornográfica.
había un anuncio:
«¡Hinche su propia muñequita! veintinueve dólares
noventa y cinco. Goma resistente, muy duradera.
Cadenas y látigos incluidos en el lote. Un bikini,
sostén, bragas, dos pelucas, barra de labios y un
tarrito de poción de amor incluidos. Von Brashlitz
Co.».
Envié un pedido. a un apartado de Massachusetts.
también él se había trasladado.
El paquete llegó al cabo de unas tres semanas. fue
bastante embarazoso porque yo no tenía bomba de
bicicleta, y me puse muy caliente cuando saqué todo
aquello del paquete. tuve que bajar a la gasolinera de
la esquina y utilizar la bomba de aire.
Hinchada
tenía mejor pinta. grandes tetas, un culo. inmenso.
-¿Qué
es eso que tiene ahí, amigo? -me preguntó el de la
gasolinera.
-Oiga, oiga, yo le he pedido prestado un poco de aire.
Soy un buen cliente, ¿no?
-Bueno, bueno, puede coger el aire. Pero es que no
puedo evitar la curiosidad... ¿qué tiene ahí?
-¡Vamos, déjeme en paz! -dije.
-¡DIOS MIO! ¡qué TETAS! ¡mire, mire!
-¡Ya las veo, imbécil!
Le dejé con la lengua fuera, me eché el chisme al
hombro y volví a casa. me metí en el dormitorio.
Aún estaba por plantearse la gran cuestión...
Abrí las piernas buscando algún tipo de abertura.
Von B. no lo había hecho mal del todo.
Me
eché encima y empecé a besar aquella boca de goma.
de cuando en cuando echaba mano a una de las
gigantescas tetas de goma y la chupaba. Le había
puesto una peluca amarilla y me había frotado con la
poción de amor toda la polla. No hizo falta mucha
poción de amor, con la del tarro habría para un año.
La besé apasionadamente detrás de las orejas, le metí
el dedo en el culo y le di sin parar. Luego la dejé,
di un salto, le encadené los brazos a la espalda, con
el candadito y la llave, y le azoté el culo de lo
lindo con los látigos.
¡Dios mío, voy a volverme loco! pensé.
Después de azotarla bien, volví a metérsela. follé
y follé. Era más bien aburrido, la verdad. Imaginé
perros follando con gatas; imaginé dos personas
follando en el aire mientras caían de un rascacielos.
Imaginé un coño grande como un pulpo, reptando hacia
mí, apestoso, anhelante de orgasmo. Recordé todas
las bragas, rodillas, piernas, tetas y coños que había
visto. La goma sudaba; yo sudaba.
-¡Te
amo, querida! -susurré jadeante en sus oídos de
goma.
Me
fastidia admitirlo, pero me obligué a eyacular en
aquella sarnosa masa de goma. No se parecía en nada a
Tanya. Cogí una navaja de afeitar y destrocé el
artefacto. Lo tiré donde las latas vacías de
cerveza.
¿Cuántos hombres compran esos chismes absurdos en
Norteamérica?
¿No pasas ante medio centenar de máquinas de joder
si das una vuelta por cualquier calle céntrica de una
gran ciudad de Norteamérica? con la única diferencia
de que éstas pretenden ser mujeres.
Pobre
Mike el Indio, con su polla muerta de cincuenta centímetros.
Todos los pobres mikes. Todos los que escalan el
Espacio. Todas las putas de Vietnam y Washington.
Pobre Tanya, con su vientre que había sido el vientre
de un cerdo. Sus venas que habían sido las venas de
un perro. Apenas cagaba o meaba, follar, sólo follaba
(corazón, voz y lengua prestados por otros). Por
entonces, sólo debían haber hecho unos diecisiete
transplantes de órganos. Von B. iba muy por delante
de todos.
Pobre Tanya, qué poco había comido la pobre... básicamente
queso barato y uvas pasas. Nunca había deseado dinero
ni propiedades ni grandes coches nuevos, ni casas
supercaras. Jamás había leído el diario de la
tarde. No deseaba en absoluto una televisión en
color, ni sombreros nuevos, ni botas de lluvia, ni
charlas de patio con mujeres idiotas; jamás había
querido un marido médico, o corredor de bolsa, o
miembro del Congreso o policía.
Y
el tipo de la gasolinera sigue preguntándome:
-Oiga,
¿qué fue de aquello que trajo a hinchar aquel día?
Pero
ya no me lo preguntará más. Voy a echar gasolina en
otro sitio. Y no volveré tampoco a la barbería donde
vi la revista del anuncio de la muñeca de goma de Von
B. voy a intentar olvidarlo todo.
¿No
harías tu lo mismo?
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