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La noticia de la defunción de Gilbert
Bécaud me consternó. Había tenido con él una relación muy
estimulante y le guardaba siempre entre mis personajes
predilectos. Pero como un efecto reflejo me acordé también
mucho de Félix, mi viejo amigo, y explicaré por qué.
En un tiempo (en los últimos
años ’60 y primeros ’70) nos veíamos a menudo y yo
disfrutaba con su conversación. En primer término porque
él era muy locuaz y de plática especialmente incisiva.
Pero, sobre todo, me deleitaba hablar entonces con él
porque venía de Grenoble, la preciosa ciudad del Isère,
allá a la vista del Montblanc, donde había vivido quince
años trabajando con su padre, que tenía allí una
manufactura de guantes, negocio que se trasladó a
Barcelona en un momento dado, y Félix se vino también, con
toda la familia. Una vez aquí, él se independizó y, como
tenía mundología sin un oficio concreto, encontró espacio
en el campo de las “Relaciones Públicas” en el que se
especializó y llegó a ser muy cotizado.
A Félix le encantaba hablar de
sus pasos por Grenoble, de sus visitas a París y, muy
especialmente, de lo que podríamos llamar “la cultura de
consumo” corriente en Francia. Él no era francés (había
nacido realmente en Guardiola de Fontrubí, en el Alto
Penedès) pero era un enamorado de muchos de los aspectos
de la cultura francesa y hablar con él de sus temas
predilectos era para mí como un alimento espiritual en
aquellos tiempos de opresivo embotamiento de la obtusa
dictadura decadente.
En él encontré un interlocutor
ideal porque podía comentar detalles, casos y cosas de la
Francia que a mí me atraía y que aquí no eran temas
comunes de conversación Recuerdo que nos reíamos mucho
comentando la hilarante serie de las “Histories d’amour de
l’histoire de France”, de Guy Breton, y nos divertíamos
hablando de personajes que aquí eran desconocidos, como
Philippe Bouvard, de sus libros y de sus populares
programas de televisión. Y hablando de televisión, nos
encantaban las realizaciones que Jean Christophe Averty a
menudo “perpetraba” según su propio vocabulario.
Pero uno de los temas de
conversación más frecuentes era el de la música popular y
en tiempos de predominio rockero, —y mientras aquí, además,
brotaba y se expandía el movimiento de la “nova cançó”
catalana— a los dos nos gustaba especialmente contemplar
la evolución de la música y la discografía en Francia, el
buen jazz y la “chanson”.
En este terreno era inevitable
la figura de Brassens, que aquí era “la madre de los
huevos” para los “Setze Jutges”, pero a Félix y a mí nos
atraían también muchos otros personajes que en nuestras
latitudes eran muy poco apreciados, cuando no francamente
ignorados, como Guy Bèart, Serge Reggiani, Marie-Paule
Belle, Barbara, Bobby Lapointe, Sacha Distel, Serge
Gainsbourg, Mouloudji, Nicole Croisille, Pia Colombo, Jean
Ferrat, Pierre Perret, Julien Clerc, Marcel Zanini, cada
uno en su estilo y, por supuesto, Léo Férre´, Claude
Nougaro, Jacques Brel, Yves Montand...
De todos ellos conocía Félix
su repertorio y podía cantar sus “tubes” más
difundidos:¡se sabía letra y música! Pero había dos
cantantes que le tenían especialmente subyugado, y creo
que con toda la razón aunque por motivos distintos y eran
Henri Salvador y Gilbert Bécaud.
Henri Salvador era entonces
una figura popularísima en Francia... ”Entertainer”
consumado, cantante, mimo, caricato, fantasista y cómico,
verle en acción era todo un espectáculo. A mí me encantaba
su versión de “Lil’ Darlin’”, que él tituló directamente
como “Count Basie” y a Félix le había seducido el encanto
de “Syracuse”.
—Y no sólo “Syracuse”—solía protestar
Félix— También “Maladie d’amour”, “Dans mon île”, “Le
marchand de sable”, “Ma Doudou” y aquellas canciones tan
divertidas con el texto de Boris Vian... Henri Salvador es
un fenómeno de la naturaleza.
Félix tenía razón. Pero Salvador no era su
único ídolo. Él también adoraba Claude Nougaro (“Le
cinema”, “Une petite fille”, “Le jazz et la java”, etc.) y
muy especialmente Gilbert Bécaud.
—Es que Bécaud ha puesto a todos firmes —proclamaba
Félix— A todos esos cantantes refinados que cantaban
relamidamente canciones de miel y confitura les ha
enseñado a ocupar un escenario y cómo hay que mostrar lo
que se tiene. O lo que hay que tener, vamos.
Ciertamente, Bécaud encajó perfectamente
con la nueva generación que emergía en Francia después de
la penosa postguerra. Y su aparición enardeció
literalmente a aquella nueva juventud en Francia, que le
adoptó como su ídolo. En España, mientras tanto, tenía
pocos entusiastas convencidos como mi amigo Félix porque
desde siempre, los movimientos socioculturales en Francia
tardan mucho en ser percibidos en nuestro país, en su
justa medida y sin distorsiones.
—En este sentido —decía Félix— un ejemplo
espectacular es el de la moda. Por ejemplo, acuérdate de
aquel invierno, cuando se divulgaron entre las chicas “à
la page”, en París, unos abrigos largos hasta fregar el
mismo suelo, y abiertos hasta muy arriba, hasta casi la
cintura. La gracia de aquellos abrigos consistía en que,
debajo, se llevaba una mini-falda, de modo que al caminar,
una atrevida pierna desnuda aparecía por la abertura del
larguísimo abrigo y esta era su chispa. Pues bien, en
España, cuando llegaron aquellos abrigos largos, las
chicas se los pusieron encima de pantalones anchos y
gruesos, así que por el abrigo entreabierto no salía una
bonita pierna joven y radiante sino un pantalón
absolutamente deprimente, de modo que aquella indumentaria
perdió aquí todo su encanto y su razón.
—Así ha ocurrido casi siempre con las
ideas que vienen de Francia. Cuando aquí, por fin, calan y
se adoptan, es para llevarlas encima de gruesa tela
mesetaria que invalida la innovación.
—Al mismo Gilbert Bécaud le pasó mucho de
lo mismo. Aunque aquí llegó a ser conocido, no se asimiló
en su justa medida el efecto sociológico de su energía
escénica y se le catalogó como cantante de moda. No sólo
sus discos sino su valoración para el gran público se le
alineó en la misma cubeta de Richard Anthony
No para Félix, que sabía cantar de
carrerilla y con verdadera pasión, sus grandes éxitos como
“Viens”, “Mes Mans”, “Mequé Mequé”, “Je t’appartiens”, “Le
jour oú la pluie viendra”, “C’était moi”, “Viens danser”,
“L’important c’est la rose”...
Esta canción, “L’important c’est la rose”,
fue para Bécaud una grata sorpresa, en uno de sus
recitales, en un teatro del Paralelo barcelonés, cuando
todo el público rompió a cantarla, espontáneamente, en el
instante en que él inició la primera estrofa. Sorprendido,
bajó la voz y dio protagonismo al público, que siguió
cantándola triunfalmente.
Él mismo me lo comentó después, en una
entrevista para el periódico.
—¡Es que todos se sabían la canción, en
francés, y además la cantaban ajustada y afinada!. ¡Fue
maravilloso!— me confió él mismo, eufórico.—Como si se
tratase de un “tube” de ‘Salut les copains’’!
Precisamente “Salut les copains” era algo
exótico, para el público del Paralelo, pero en fin, la
conversación continuó en este clima de satisfacción
exultante y, hablando de canciones, de cómo surgen los
temas y cómo él los desarrolla, ante mi curiosidad
manifiesta, me contó el origen de “Et maintenant”.
—Yo me he sentido siempre muy mediterráneo
y provenzal —remachó Bécaud— De cuna marsellesa (exactamente
de Toulon) y viví mi juventud en Niza, donde crecí y
estudié. A Niza voy todavía a menudo, donde guardo mucho
de mi vida. Y bien, en uno de mis viajes, coincidí en el
aeropuerto de Paris con una buena amiga mía, una joven
actriz muy maja, que se iba a Niza de fin de semana,
contentísima. Ella vivía entonces un romance complicado,
no exactamente un ‘amor imposible’, pero digamos un amor
difícil, de lo cual yo conocía algunos pormenores y, en el
camino, me contó que iba a Niza al encuentro de su amor,
que ya se habían despejado todas las dudas y ella incluso
había dejado de lado unos contratos o no-sé-qué, para
volar en alas de su amor. La vi tan resuelta después de
‘soltar amarras’ y tan ilusionada, que yo mismo me sentí
feliz y le deseé todo lo mejor.
Sin embargo, ya en Paris, a la vuelta del
fin de semana, ella me llamó desconsolada, para decirme,
entre sollozos, que todo había sido un fiasco. Le ofrecí
un café en mi casa y vino, hundida y deshecha en llanto,
para confiarme que el anhelado encuentro en Niza había
sido un desastre. Que se sentía traicionada, humillada y
ofendida y la vi tan desmoralizada que yo no sabía cómo
consolarla.
Sentada en la banqueta de mi piano, se
volvió a mí, desesperada, repitiendo entre lágrimas, “Y
ahora, ¿qué voy a hacer?” Lo decía tan dolorida, en un
tono tan dramático, que me impresionó. Y no es que
quisiera aprovecharme de su drama sentimental, pero en fin,
lo siento si fui poco delicado pero es que me dio la
canción prácticamente hecha....
—¿Trasladó
el drama sobre el teclado, allí mismo?
—No exactamente. Cuando ella se fue, llamé
enseguida a mi letrista, Pierre Delanoë, para pedirle que
viniera enseguida, que tenía un motivo fantástico para una
canción.
—Y de allí al éxito.
—Bueno, no tan deprisa. A Delanoë le gustó
la idea y entre los dos pergeñamos la canción, que él
terminó después, por su cuenta. Pero entonces yo estaba
enfrascado en el lanzamiento de otra canción, “Toi, le
musicien”, de modo que no quise mezclar iniciativas y “Et
maintenant” la dejé en reposo, para ulterior ocasión. No
obstante, entre Delanoë y mi editora de música empezaron a
divulgar la partitura, impacientes que fueron ellos, y al
cabo de poco salieron a la luz varias versiones, como una
de Gloria Lasso, que tuvieron un cierto éxito... y que a
mi no me gustaron nada. ¡Eran blandas y almibaradas! ¡No
tenían ninguna vibración dramática! Yo lo sentí muy
especialmente por mi dulce amiga desconsolada, porque
aquellas versiones fofas adulteraban su historia y la
traicionaban, en cierto modo. ¡Y yo era el culpable!
—¿La culpa es del éxito?
—No pude detener la vorágine, porque entre
la radio y los discos y los editores correspondientes que
se aprovecharon ávidamente, la canción empezó a sonar con
tal fuerza que tuve que abandonar mis reservas y adopté
“Et maintenant” antes de lo que había planeado, y cuando
la canción ya estaba sonando mucho. Naturalmente, como yo
estaba muy cerca del origen de la historia de “Et
maintenant”, y me sentía herido y ofendido por el
tratamiento que se la estaba dando, la adopté con rabia y
supe darle una fuerza especial, de modo que mi versión
acabó borrando las demás, en Francia.
Pero no acabó todo, porque la misma
editora la pasó a sus asociados en Estados Unidos, que la
tradujeron como “What now, my love?” y fue enseguida
incorporada de inmediato al repertorio habitual de más de
cincuenta cantantes de primera línea, entre los cuales
Judy Garland, Barbra Streisand, Ella Fitzgerald, Sarah
Vaughan, Frank Sinatra, Elvis Presley, Andy Williams... Y
muchas orquestas compusieron arreglos instrumentales sobre
este tema. Fue un gran éxito universal, gracias a la
influencia del mercado norteamericano.
—En no pocos ambientes —prosiguió Bécaud—
esta canción fue considerada como genuinamente
norteamericana, hasta tal punto que mis editores
recibieron peticiones de la misma Francia, pidiendo
permiso para traducir al francés “What now my love”—
Figúrese!
—Ya conocemos estos casos. Como cuando
aquí quisieron traducir al español “Yellow days”, que fue
un éxito de Frank Sinatra, olvidando que se trata de una
versión en inglés de “La mentira” de Alvaro Carrillo,
canción que ignominiosamente llegó a registrarse como
”Días amarillos”, traduciendo de la traducción. Y ha
pasado lo mismo con canciones de Maria Grever como
“Mariquita linda”, que se convirtió en “Magic is the
moonlight”, o “Cuando vuelva a tu lado” que fue popular
como “What a difference a day made” y otras) o de Armando
Manzanero (como “Somos novios”), y hay una larga lista.
Parece como imposible que un gran éxito en Norteamérica
tenga su origen en una obra de aquí. .
En fin... |