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GEORGE
BENSON, FRANK ZAPPA, SONNY ROLLINS, CHARLES MINGUS Y MILES
DAVIS, BAJADOS DEL PEDESTAL |
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Albert Mallofré |
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Judith es el nombre de una antigua amiga y colega
profesional con la que entablábamos a menudo polémicas
implacables. Recuerdo, por ejemplo, cuando yo trataba de
refutar su propensión a idealizar los músicos de jazz
negro-americanos más famosos, por los que ella sentía una
adoración extramusical desmedida que, en mi opinión, era
fruto del desconocimiento de los rasgos de su humanidad
real.
En esta línea recuerdo que en el despliegue de mi batería
argumental le patenticé detalles obtenidos en entrevistas
sucesivas durante mi trabajo periodístico, detalles que
según mi punto de vista, eran bastante desmitificadores y
situaban a cada cual en su justa posición.
George Benson, sin ir más lejos. Después de la
desaparición del líder Wes Montgomery, y de su continuador
Grant Green, la figura de George Benson se perfiló como el
nuevo astro indiscutible en el firmamento de la guitarra
jazzística. Sin embargo, desde la cima del aprecio
mundial, Benson se desplazó hacia la estética consumística
actuando como cantante, de preferencia sobre su función
instrumental a la guitarra, inclinándose hacia repertorios
de tipo pop-rock y actuando en espectáculos
sobredimensionados, en grandes espacios y ante verdaderas
multitudes de fans. Su popularidad se incrementó con el
soporte discográfico y él se convirtió en una cabecera de
cartel para grandes espectáculos, todo lo cual le reportó
una fama extraordinaria (y una sólida fortuna) pero fue
repudiado por los adictos al jazz, que reprobaban
amargamente su deserción estética.
En mi entrevista, le planteé a Benson este aspecto de su
ejecutoria y me contestó:
—¿Qué quiere usted? ¿Que siga tocando la guitarra en clubs
de jazz, ante cuatro gatos noctámbulos, enfrascados en sus
whiskys y en su ruidoso parloteo? No, gracias. Ya he
pasado por esto. No he dejado la guitarra de lado
totalmente, pero he modificado mi repertorio hacia una
mayor captación, y me he ganado un nuevo público que me
sigue, que me escucha y que me quiere. Y a los que ahora
me reprochan que gano mucho dinero, les diría que la
recompensa —de dinero y de apoyo popular— es sólo el
resultado de mi trabajo pero no ha sido mi objetivo. En
otras palabras, que no me he vendido sino que ahora
intento trabajar más para los más y no tanto para los
menos. Y, por cierto, estos que me condenan porque gano
mucho dinero no compraban tampoco mis discos de jazz ni
acudían a escucharme en un club de jazz: entonces, ¿qué
quieren? ¿Para quién he de seguir tocando la guitarra?
—Pues sí —replicaba Judith— Es el resultado de los
imperativos del mercado.
—Bueno, es el mismo caso de otro guitarrista famoso: Frank
Zappa.
—¿Qué decía Frank Zappa?
—En su juventud, después de escarceos con la música
clásica contemporánea, formó parte de un conjunto de jazz
y actuó regularmente en los circuitos del jazz
tradicional, antes de componer música para el cine y de
fundar el conjunto Mothers of Invention que le catapultó a
la fama. Tuve ocasión de preguntarle directamente por qué
se instaló en los dominios del rock si su actitud fue
siempre muy displicente con los mecanismos del mercado
rockero.
—¿Y qué dijo?
—Aproximadamente lo mismo que George Benson: Que en el
jazz perdía el tiempo tocando standards para una minoría
resabiada. “Era un horizonte muy estrecho. El rock tiene
un campo mucho más amplio, más abierto y más receptivo y
es mucho más estimulante para elaborar ideas propias con
entera libertad. Si parezco a veces displicente es porque
no me sujeto a las reglas coercitivas del mercado y
procuro desarrollar ideas propias, hacer música creativa,
sin etiquetas ni siquiera rockeras.”
—¡Muy bien! (exclamación de Judith)
—En el aspecto de la rentabilidad inmediata, de que sobre
la plataforma del rock se podía ganar mucho más dinero, y
más deprisa, Frank Zappa no quiso entrar.
—Con razón. La recompensa material la tenía muy merecida
porque Frank Zappa fue uno de los más importantes
creadores de la música característica del siglo XX.
—Precisamente, respecto a la que tú llamas “la música
característica del siglo XX”, creo que te gustará saber
por qué Frank Zappa no actuaba como guitarrista solo, en
concierto. Un día le pregunté si no le apetecería tocar el
“Concierto de Aranjuez”, con una gran orquesta, y me
replicó que no, que él no tocaría el “Concierto de
Aranjuez” ni ningún otro concierto de guitarra, porque
tenía una medida justa de sus posibilidades y no quería
exponerse a hacer el ridículo. “Pero ha demostrado ser un
guitarrista estupendo y un músico preeeminente”, insistí.
Y entonces me dijo, con su franca sabiduría irrebatible,
que la fama de que gozaba era la de “guitarrista de rock”
y no la de guitarrista de concierto, como Andrés Segovia o
Narciso Yepes, que son dos campos muy diferentes, como
competir en balonmano o en baloncesto. Y remachó añadiendo
que un guitarrista de rock, como él, solo puede hacerse
aplaudir tocando entre la barahúnda estrepitosa de un
conjunto de rock, pero nunca a solas, como solista. Tenía
razón: no es lo mismo tocar la guitarra eléctrica,
sonoramente superdimensionada por encima de un tumultuoso
conjunto de rock, en un estadio, ante veinte mil jóvenes
enfervorizados, que tocar un concierto de Fernando Sor,
con una guitarra acústica, en una capilla recoleta, ante
cien oyentes devotos
—Sí, claro, hay que deslindar conceptos y es cierto que se
prestan a confusión ciertas valoraciones que se aplican
alegremente a la música de rock como si fuesen válidas
para toda la música en general. Frank Zappa fue uno de los
más grandes talentos que dio la música rock.
—Y el primero en proclamar que el rock estaba
estéticamente agotado, por lo cual en sus últimos tiempos
volvió a interesarse por la composición, para plasmar sus
ideas en la música contemporánea de concierto. Pero
tampoco dejó de reconocer que bajo la capa de la mayor
libertad de creación, lo que pretenden de inmediato los
rockeros abonados a los grandes espacios es atraer más
cantidad de público y más deprisa, para trepar al tren de
la popularidad y ganar más dinero, lo más pronto posible..
Son imperativos del negocio, que contrastan con la figura
estereotipada del creador solitario que pugna por exponer
sus ideas, al margen del mercado y de espaldas a la
recompensa lucrativa. En esto estarás de acuerdo ¿no?
Porque, ¿qué me dices de Sonny Rollins?
—¿Qué le pasa ahora a Sonny Rollins?
—Cuando inventó un diminuto micrófono adosado a la boca de
su saxo-tenor, (que muchos saxofonistas usan actualmente)
le comenté que aquella amplificación mecánica adulteraba
la pureza de su sonido y... ¿qué me contestó? Que la
pureza de su sonido sufría un quebranto mucho mayor cuando
actuaba en grandes recintos, ante un micrófono
convencional que, además, exigía un control de las
distancias, lo que redundaba en una limitación de
movimientos. Con el micro incorporado mantenía fija la
distancia y adquiría una movilidad total como exigen los
escenarios muy grandes. Que este micrófono adosado no
servía en estudios de grabación o en pequeños clubs de
jazz, pero... ¿quién actúa ya en un club de jazz? Claro,
digo yo, en un club de jazz no actúa una gran figura como
él, porque pretende cobrar una fortuna por cada aparición
en público.
—Está en su derecho.
—Sí, claro. Aunque la excelencia de su trabajo se
deteriore actuando en grandes recintos, con el menoscabo
de la pureza de su sonido.
—Si su público es multitudinario, esos músicos tienen que
actuar en recintos de gran aforo.
—Sí, claro, para solventar la papeleta de una sola vez y
llevarse todo el dinero en el saco. Si tienen tanta
demanda, ¿por qué no dan diez conciertos ante dos mil
personas en vez de un solo concierto ante veinte mil? En
un macroconcierto de estos se sacrifica la pura
musicalidad en beneficio de la espectacularidad. Es decir,
no es “un show audio-visual” sino una exhibición visual
sonorizada..
—Un macroconcierto es una gran fiesta colectiva. Y ante
una figura superfamosa, ¿quién repara en la pureza de su
sonido? Su fama se apoya en los discos y los videos y sus
fans acuden a sus macro-conciertos para verle (aunque sea
de lejos) y sumergirse en el fervor de la propia multitud,
no para analizar la finura musical.
—Es cierto. Pero la humana realidad de los grandes mitos
de la música no reside sólo en su afán de popularidad, y
de sus ansias de fama y fortuna. Es toda una actitud que
les aleja de los podiums de la mitología para rebajarlos
al nivel de humanidad a ras de suelo. Y ahora me acuerdo
de Charles Mingus y de la conversación que mantuve con él,
cenando vis a vis en “El Canario de La Garriga”. Había
llegado a Barcelona un par de días antes de su concierto
en el Palau de la Música Catalana y acudí a la cena con la
noticia candente del escándalo que había montado aquella
misma tarde, en una importante zapatería de la ciudad.
Según las noticias, se estaba probando unos zapatos cuando
la dependienta le dejó momentáneamente para atender a
otros clientes a su lado y él consideró que había sufrido
con ello una desatención por motivos racistas.
Consiguientemente, montó el gran alboroto, ante el asombro
de todos los presentes, incidente que trascendió a los
corrillos de la ciudad.
Cuando le hablé de ello al inicio de la cena, Mingus se
rió de buena gana y le quitó importancia,
desenfadadamente.
—Lo siento —confesó— Fue un impulso repentino, pero
enseguida me di cuenta de que atender a varios clientes a
la vez, mientras unos u otros se están probando zapatos,
es un sistema establecido entre las dependientas de aquel
establecimiento, sin nada que ver con discriminaciones por
racismo. Lo siento. Pero es que uno viene ya muy
resabiado.
Efectivamente, Charles Mingus andaba muy resabiado, ya
desde siempre. Cuando, de joven, estudió música y
violoncelo en el conservatorio tuvo muchas dificultades. Y
sobre todo, cuando se presentó a varios concursos
sucesivos, para ocupar plaza de violoncelista en orquestas
sinfónicas, y comprobó que nunca sería elegido, porque las
vacantes se cubrían siempre con músicos blancos. Fue una
frustración que marcó su carácter para lo sucesivo. Un
músico negro, vecino suyo, le convenció con este
argumento: “Tú eres negro y nunca tocarás el violoncelo en
una orquesta sinfónica, en Estados Unidos. Has de asumir
la realidad: déjate de violoncelos clásicos, adopta el
contrabajo, y dedícate al jazz, que es nuestra voz y
nuestra música”. Así lo hizo, realmente, y entró como una
tromba en los dominios del jazz, con una carga de
militancia combatiente que le llevó a protagonizar una
cantidad de choques y topetazos, a diestro y siniestro.
Como el de la zapatería en Barcelona.
—Por cierto —le dije— He leído su libro “Beneath the
Underdog” y es un alegato terrible...
—¿Lo ha leído? — inquirió, mirándome fijamente.
—Lo tengo aquí, en mi cartera.
—Traiga —Tomó el libro y me lo firmó, con una dedicatoria
en la que me desea suerte— Sí, le deseo mucha suerte y que
nunca sufra discriminación, por ningún motivo. Pero, por
favor, no se tome al pie de la letra todo lo que digo en
el libro. —Aquí repitió la misma carcajada de antes y con
su talante bonachón característico añadió: —Piense que
esto no lo escribí para personas como usted. Ni para ser
leído en un lugar como España. Desde la perspectiva de
aquí, el libro es una exageración. No haga mucho caso.
Sus palabras y el tono apacible (quiero decir nada
belicoso) con que fueron pronunciadas, fueron para mí otro
golpe desmitificador. Todo lo terrible de “Beneath the
underdog”, todo lo que me había servido como bandera para
la lucha por los derechos civiles y la igualdad de
oportunidades se había desactivado por las palabras de su
propio autor: “Es una exageración”. “No le haga mucho
caso”. “No fue escrito para personas como usted”.
Vaya por Dios. ¿A quien tenemos que hacer caso?
—Todo esto no me parece nada desmitificador, como tú dices
—fue la réplica de Judith, mi amiga — A mi me parece que
esta actitud ennoblece la figura de Charles Mingus.
—Quizás, conviene que hablemos también de Miles Davis.. Mi
primer encuentro con él fue en el aeropuerto de Barcelona,
cuando fui a recibirle para su primer concierto aquí, para
el Festival de Jazz de 1967. Venía solo, dos días antes
del concierto (y un dia antes que sus músicos) porque no
le gustaba “viajar en rebaño”, según sus propias palabras.
Al aeropuerto fuimos de buena mañana, con un coche grande,
con chófer, capaz para comodidades y equipajes, pero él
traía prisa y como su equipaje tardaba en aparecer,
insistió en marchar al hotel rápidamente, así que dejamos
al chófer que recogiese su equipaje y nos fuimos en taxi a
la ciudad.
En el camino, Miles Davis, por encima de todo, urgía por
saber de “Jim” y yo, francamente, no caía en la cuenta.
Pensaba que se refería a alguien llamado Jim y no sabía
quien podía ser. Sólo al cabo de mucha insistencia, pude
abandonar mi confusión al descubrir que no decía “Jim”,
realmente, sino “Gym”, de pronunciación idéntica... En
fin, que quería que le llevase a un “gymnasium”, pues
estaba desarrollando un programa de preparación boxística
y era necesario mantenerlo sin interrupciones. Por lo que
dijo, se lo habían recomendado para fortalecer sus
músculos demasiado blandos y su constitución faltada de
ejercicio. Su aspecto enclenque de entonces era difícil
asociarlo con la figura de un boxeador pero en fin, las
tablas de preparación gimnástica podían ayudarle. O sea
que este era el motivo de sus prisas, así que después de
recalar en el hotel para aseo fugaz, le deposité en un
gimnasio.
No supe más de él, aquel día. Le perdimos de vista durante
el resto de la jornada. Al día siguiente, volvimos al
aeropuerto para recibir a los músicos de su quineto, Wayne
Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Willliams, o
sea cuatro grandes maestros de la misma talla que su
líder. Iba ya avanzando la tarde cuando les condujimos al
mismo hotel donde se alojaba Miles Davis Allí preguntamos
por él y nos tropezamos con el contrabajista Jimmy Woode,
enrolado en otra orquesta en el programa del mismo
festival. Jimmy Woode decía de Miles Davis cosas
incoherentes, como que había volado, y no le hicimos mucho
caso, dado que tenía una acendrada fama de guasón. Pero
poco a poco sus chanzas tomaron cuerpo y el caso fue
confirmado por la dirección del hotel. Después de unas
llamadas telefónicas de urgencia a Nueva York, Miles Davis
había empaquetado súbitamente y se había ido en un taxi
hacia el aeropuerto. Efectivamente, sin encomendarse a
nadie, Miles Davis se marchó a casa. Colgando su concierto
en Barcelona y los que le quedaban de la gira europea,
dejando con un palmo de narices a los músicos de su propio
quinteto, a su ‘road manager’ y al público que había
comprado todas las entradas para verle actuar en el Palau.
A la hora de su anunciado concierto en Barcelona, él ya
estaba aterrizando en Nueva York..
Menos mal que entre Herbie Hancock y Wayne Shorter (quien,
por cierto, no anduvo buscando en Barcelona un gimnasio
sino un tablao flamenco, para documentarse) se montaron un
concierto-sorpresa para cuarteto, con su música propia en
lugar de la música de Miles Davis, que, dicho sea de paso,
fue un acontecimiento inolvidable. La “espantá” de Miles
Davis se comentó en todo el mundo y fue un dato más de su
temperamento inestable.
En 1973 volvió a Barcelona y también hubo problemas porque
los instrumentos voluminosos del conjunto (baterías,
contrabajos, amplificadores, etc) se quedaron retenidos en
la aduana de la frontera porque viajaban por carretera y
“los papeles” los llevaba el “road manager” en el avión,
de manera que los músicos no querían tocar con otros
instrumentos, etcétera. Pero en aquella ocasión Miles
Davis adoptó una actitud muy cooperante, dio un concierto
fastuoso a su hora y, al día siguiente, irrumpió
espontáneamente en el escenario, para improvisar unos
solos con el equipo de blues de B.B.King, que estaba
actuando, lo que encandiló al respetable.
Aquella vez no huyó de Barcelona intempestivamente, aunque
no antes de haberse comprado chaquetas de ante y otros
complementos de piel, sin abonar su importe, y dejando la
cuenta del comercio, a cargo de la organización del
festival, que tuvo que cargar con el ‘regalito’
imprevisto.
Lo cual me recuerda aquella noche, cuando me encontraba
tomando una cerveza en la barra del Village Gate, en Nueva
York, escuchando a Blossom Dearie, que estaba actuando en
el estrado. De pronto, apareció Miles Davis y, desde mi
proximidad, pidió una cerveza, acodado a la misma barra,
una y otra vez. Los camareros, muy atareados, no le
prestaban atención y él se iba impacientando. Llegó un
momento en que la actitud evasiva de los camareros se hizo
patente y, ante la evidencia, Miles Davis montó en cólera
y organizó un escándalo considerable, que atrajo la
atención de la concurrencia y hasta de Blossom Dearie, que
dejó de tocar. En estas, acudió una persona revestida de
autoridad que, de modo muy categórico y en voz muy alta le
dijo a Miles Davis que no le servirían más cervezas hasta
que pagase todas sus deudas en el local.. Añadiendo que la
admiración que le profesaba como músico no le permitía
mantener barra-libre permanente para él, toda la vida.
Miles Davis, muy incomodado, profirió varios insultos de
grueso calibre se marchó.
Con Miles Davis coincidí varias veces más, en su última
etapa, pero estos encuentros anteriores, que acabo de
referir, fueron lances imborrables y chocaron con la
devoción que le profesaba como músico genial.
He aquí, por tanto, el relato de varias experiencias que
pienso desmitifican la figura de unos artistas
extraordinarios que, tratados de cerca, se nos aparecen
mucho más reales y más humanos de lo que sus obras desde
lejos nos inducen a idealizar.
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