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Esta
mañana, en la radio, mientras estaba montando una
selección de baladas instrumentales, me ha venido a las
manos una grabación de Dexter Gordon interpretando “I
guess I’ll hang my tears out to dry” y de repente, allí,
acodado sobre el pupitre y con los cascos puestos, me han
saltado las lágrimas. Confieso que estaba emocionalmente
desprevenido y en un brusco zarpazo a la memoria, las
imágenes de Pablo, Gisa, Jill, Tete y Dexter, han
irrumpido en la memoria, todas de golpe. Yo estaba
distraído y si me he sorprendido a mí mismo llorando, ha
sido como una reacción defensiva.
Por la rendija abierta del recuerdo se han
agolpado, atropelladamente, las figuras mezcladas que
forjaron una sólida amistad en tiempos realmente lejanos
en el calendario pero muy próximos en mi íntima
sensibilidad. Pablo, por ejemplo. Pablo era un buen amigo
nuestro. Quiero decir de Tete y mío. Personaje singular,
de exterior muy pintoresco. Viudo reciente, cuando nos
conocimos, pero no viudo doliente, porque el óbito que le
redujo a la viudez sobrevino cuando ya llevaba dos años
separado de una esposa que le odiaba de manera feroz,
después de haberle amado locamente.
Era un viudo liberado, por así decirlo, y
esta condición recién estrenada propulsó su actividad
trepidante de cara a las mujeres. Quiero decir que le
vimos enfrascado en varios romances muy coloristas, varios
de ellos simultáneos, y de acusada teatralidad. Para todo
aquello estaba naturalmente dotado por su físico —era un
tipo duro, pero atractivo, una especie de Clint Eastwood
joven, para recurrir a un modelo fácil— tanto como por su
carácter exuberante y por sus ocupaciones.
¿Sus ocupaciones? Sí; sus actividades
eran generalmente inestables pero siempre de gran
atractivo: productor cinematográfico, promotor de
espectáculos atípicos (en este campo había llamado varias
veces a Tete Montoliu para conciertos privados) inductor
de publicidad, diseñador de interiores para locales
públicos (preferentemente bares de moda) todo ello de modo
eventual e impreciso. Es decir, no tenía un despacho fijo,
ni gente contratada, ni dato alguno que asegurase la
eficiencia de una labor sistemática. Sus negocios se
dilucidaban a su aire, a sus horas (generalmente nocturnas)
y a su estilo (casi siempre con un vaso de whisky en la
mano)
Gracias principalmente a su facilidad de
palabra y don de gentes y todo eso, era capaz de vender
bufandas a Tarzan. Por esto, tenía una cierta fama de
embaucador y muchos se preguntan todavía cómo no se dedicó
a la política. A su modo, era un triunfador. Limitado a
su ámbito, claro. Con él, y con satisfacción garantizada,
coincidíamos, por lo regular, en lugares como el club
Jamboree, de la Plaza Real, o La Cova del Drac, en Tuset
pues, naturalmente, era un “jazz-fan” conspicuo y bien
documentado. (Y también muy ducho en el arte del cante
flamenco, todo sea dicho) A veces, a última hora, después
de un buen concierto, nos invitaba a su casa para escuchar
nuevos discos (siempre tenía “novedades inéditas” y
atractivos parecidos) y allí nos retenía durante horas,
charlando y, digamos, “pasándolo bien”.
La historia que nos concierne empezó
cuando Pablo se asoció con un anticuario conocido suyo,
alemán, llamado Ralf, mayor que él y también estudioso del
arte flamenco. Ralf era experto en el arte antiguo
africano y estaba muy bien relacionado en la región de
Renania Westfalia. Ralf y Pablo se asociaron para abrir
un negocio de antigüedades apoyado en dos cabezas de
puente, en las ciudades de Dusseldorf y Barcelona.
Compraban piezas antiguas en Alemania y las vendían en
España y, al contrario, muebles y trastos antiguos que
encontraban en los desvanes españoles los vendían en la
tienda de Dusseldorf.. La iniciativa tuvo éxito, gracias
en buena parte al hecho de que Ralf estaba muy versado en
el tema y conducía el negocio con rigor y solvencia.
Al principio, Pablo recalaba en Dusseldorf
sólo temporalmente pero su presencia en la ciudad alemana
se incrementó de manera gradual. Porque los negocios le
tiraban, porque Dusseldorf le gustaba, porque hizo nuevas
amistades allí y, sobre todo, porque conoció a Gisa.
Gisa era una amiga íntima de la esposa de
Ralf. Las dos eran holandesas, de la vecina Rotterdam, y
Gisa era ilustradora cotizada, que trabajaba en publicidad
y dibujaba para publicaciones infantiles. Ante la sorpresa
de Ralf, (que no mía, ni de Tete, claro) Pablo y Gisa se
enzarzaron en un tórrido romance de tintes sumamente
novelescos y de expansiones abruptas para su edad
respectiva, porque entonces eran ambos ya unos seres
humanos de sólida madurez. El viudo Pablo rondaba los
48/50 añitos y Gisa (divorciada, con una hija) no le
andaba muy a la zaga, es decir que tendría sólo unos
cuatro años menos. Aquella relación sufrió numerosos
avatares y alcanzó un estado tempestuoso creciente, hasta
que, los dos, Pablo y Gisa, entraron en un proceso de
rupturas incendiarias y reconciliaciones estrepitosas en
el que se implicaron, sin querer, sus amistades más
próximas. En nuestra opinión, los dos caracteres sentían
una mutua atracción irreflexiva, pero chocaban por
diferencias consubstanciales: Pablo era desordenado,
burbujeante, imprevisible... Gisa era cuadrada, metódica,
disciplinada. Un desencuentro-tipo ya muy conocido, por
otra parte.
En el curso de este continuo vaivén, Gisa
cerró un día su trabajo en Dusseldorf y se volvió a su
Rótterdam, dispuesta a dar también el cerrojazo a su
borrascosa relación con Pablo quien, hundido y desarmado
por aquella huida inmisericorde, insistió y suplicó. En
vano. Al parecer, Gisa estaba fatigada de los continuos
sobresaltos emocionales y prefería optar por una temporada
de sosiego.
El conflicto acabó bruscamente, de una
forma que nadie habría deseado. Ocurrió en un atardecer
aciago, en un desapacible mes de noviembre, cuando Pablo
conducía su BMW velozmente desde Dusseldorf hacia
Rótterdam, en busca de un último aliento para la salvación
de su amor. Fue el final de la historia.
La ambulancia le recogió inconsciente y
falleció en el camino al hospital. El accidente se había
producido deslizándose a gran velocidad sobre una placa de
hielo en una curva umbría, con resultado de un violento
impacto contra un muro.
Tete lo supo antes que yo, por unos amigos
comunes, y él me lo contó todo. Lo sentí mucho. Pablo era
un personaje muy vital y de su carácter se desprendían
siempre sensaciones positivas. Lástima. No tenía que
haberse enamorado. Aunque, claro, Gisa no tuvo la culpa.
La memoria nos reconduce al principio del
relato y es que, unos pocos años más tarde, habiéndome
desplazado a Copenhague por asuntos de trabajo, supe que
Tete Montoliu tocaba en el club “Montmartre Jazzhus”, en
la calle Regnegade, del llamado “barrio latino” de aquella
ciudad (club muy popular, que desapareció con la defunción
de su dueño y, en su degradación, llegó a denominarse
‘Club Bombay’ o algo así) y allá me fui, al caer la tarde.
Efectivamente, Tete había estado allí dos meses, como
pianista residente, pero ya había terminado, justamente la
noche anterior. Sin embargo, allí me informaron de que no
se había marchado de Copenhague, pues estaba preparando la
grabación de un disco para un sello danés, y muy
probablemente, por la noche se pasaría por allí.
Volví al Montmartre después de cenar y,
efectivamente, vi enseguida a Tete en animada charla en
una mesa, con amigos. Y amigas. Me acerqué, Tete saltó,
entre contento y sorprendido, y me presentó a los
contertulios. ¿Querrán creer que uno de los personajes en
torno de Tete era Gisa, la mismísima Gisa, de la historia
de Pablo?
Gisa vivía entonces en Copenhague,
dedicada a su trabajo de siempre, ilustradora y dibujante,
y frecuentaba el club Montmartre, porque allí se
encontraba con amigos y porque también era forofa del
jazz. Allí conoció a Tete, y por casualidad se enteraron
los dos de que habían tratado al famoso Pablo, en
circunstancias harto diferentes. Tete siempre habló muy
bien de Pablo porque le tenía en gran estima (y
secretamente le envidiaba) y Gisa mostraba por el tema una
irreprimible curiosidad. Así que los recuerdos de Pablo y
su historia anterior en Barcelona fueron tema frecuente de
conversación entre ellos.
Casualmente, por algún motivo que no
recuerdo, Gisa había organizado para el día siguiente una
cena para Tete en su casa y me incluyó insistentemente,
supongo que movida por el hecho de que yo también era
amigo de Pablo y podía aportar detalles de la antigüedad,
quiero decir de la vida de Pablo en Barcelona. .
Aquella cena fue memorable. Gisa vivía con
su hija Jill, muy guapa y muy gentil —y sin novio, según
recalcó su madre— en unos bajos alquilados cerca de la
plaza Gammeltorv. Situada en una placita recoleta, al
fondo de un pasaje estrecho, era una casita pequeña, muy
mona, con un jardín pequeño, con un zaguán pequeño (con
florecitas) con una cocina pequeña, pero con un salón muy
grande, suntuosamente amueblado, y extraordinariamente
confortable.
Acudimos Tete y yo con la perspectiva de
pasarlo bien en una velada agradable pero el caso es que
cuando acabábamos de llegar ocurrió lo más inesperado. Lo
más sorprendente. Sonó el teléfono y era alguien
preguntando por Tete. Era nada menos que Dexter Gordon, el
gran saxofonista americano, gran amigo de Tete, con quien
ya había actuado anteriormente en el mismo Copenhague —y
en otros escenarios europeos— y llamaba desde el club
Montmartre. De hecho, él residía temporalmente allí cerca,
en la localidad de Valby y, de regreso de una gira, se
había acercado al club Montmartre Jazzhus, con su
saxo-tenor, “por si acaso”. Sabiendo que Tete andaba por
allí, había preguntado por él y el dueño del club le había
puesto al corriente: que Tete había terminado sus
actuaciones pero que estaba todavía en la ciudad, y que
aquella noche estaría en casa de su amiga Gisa y... bueno,
que le facilitó el teléfono.
Gran conmoción en los dominios de Gisa y
ella que desde el teléfono le insta a que venga también a
cenar, sin dilación, que le estábamos esperando y todo
esto que se suele decir...
Dexter Gordon no tardó. Se abrazó a Tete
con gran efusión y jubilosa euforia —Tete siempre le
consideró su verdadero maestro— y, bueno, a Gisa y a mi,
también nos conocía, mucho más superficialmente. Gisa (como
cliente del club Montmartre Jazzhus) y yo, (como
periodista) habíamos tenido ocasión de hablar con él
alguna vez, aquí o allá. Siempre había sido una
experiencia inolvidable, por los rasgos de su personalidad
realmente insólita y también por el timbre de su voz
inconfundible.
No hubo problemas de comunicación. Éramos
dos catalanes, dos holandesas y un yanqui y nos
expresábamos en el inglés de cada cual. Dexter, que era el
único que usaba su propio idioma nativo, quería presumir
de sus conocimientos de español y ribeteaba constantemente
su discurso con pintorescas frases típicas de los
“latinos” de Nueva York. Lo que más le divertía era
dedicar chanzas en castellano a la señora de la casa, cuyo
significado ella no comprendía aunque lo soportaba
estoicamente, con la sonrisa en los labios, para regocijo
de Tete y de mí mismo.
En fin, que como era de esperar, Dexter
Gordon acaparó la atención y fue el principal protagonista
de la velada, así que no se habló una sola palabra de
Pablo, contrariando lo que supongo que Gisa esperaba. Es
decir, no se habló explícitamente de Pablo pero su
historia y su triste final flotaban densamente en el
ambiente. Fue uno de esos casos curiosos en que una
persona ajena al tema latente es la que lleva la voz
cantante en la conversación, sin darse cuenta de que en
los demás contertulios subyace una misma cuestión
inquietante. De hecho, todos estábamos encantados con la
pintoresca locuacidad de Dexter Gordon pero también
sabíamos de qué estaríamos hablando si él no hubiese
venido.
Cada uno de nosotros estábamos
acordándonos de Pablo y sabíamos, positivamente, que los
demás también, aunque no se expresara con palabras. Era un
clima especial, denso y casi tangible, y en el flujo de la
conversación, frases indefinidas que surgían por azar,
llevaban marcadas referencias implícitas que cada
conciencia aplicaba a la cuestión sublatente.
Recuerdo que uno de los temas de
conversación, por parte de Dexter, era la noticia de que
había sido contratado para representar un papel principal
(como músico y como actor) en una película francesa, que
dirigiría Bertrand Tavernier, centrada en una historia de
músicos de jazz (alrededor de la figura de Bud Powell) en
el Paris de la postguerra. (La película, rodada poco
después, en 1986, se tituló “Round midnight” y por su
participación, Dexter Gordon llegó a ser nominado para un
Oscar de interpretación.)
Durante la conversación, en un momento
dado, Dexter comentó que convenía no dejarse vencer por la
aflicción y que las lágrimas, valía más tenderlas fuera, a
secar. Y se apoyó en una canción que había grabado Frank
Sinatra en aquel disco memorable “Only the lonely”, y que
le gustaba tanto y tanto. El mismo Dexter Gordon había
grabado aquel tema, años antes, durante una actuación en
el mismo club Montmartre, de Copenhague, con la sección
rítmica residente (compuesta por Kenny Drew, Niels-Hening
Orsted Pedersen y Al Heath) y el disco resultante fue un
gran éxito internacional. El mismo tema lo volvió a grabar
en discos subsiguientes.
Dexter Gordon se sabía al dedillo la letra
de la canción y la cantó, allí mismo, con su voz peculiar.
Fue un impacto emocional imborrable. No sólo por la
actuación digamos “artística” de Dexter Gordon cantando
sino porque la filosofía de la canción encajaba
secretamente con lo que pensábamos de la historia de
Pablo. Entonces, ante el regocijo general, Dexter invitó a
Tete a que tocase la canción en un piano que había allí,
en un ángulo del salón. Tete no recordaba muy bien la
canción, y para ayudarle, Dexter fue a buscar su saxo (lo
había dejado arrellanado en el recibidor, junto a la
puerta de la casa), lo desenfundó y tocó él solo, ante el
pasmo general, con su saxo-tenor y con una inspiración
indescriptible, “I guess I’ll hang my tears out to dry”,
la canción en cuestión, original de Jules Styne y Sammy
Cahn que Dexter Gordon reinventó y se hizo suya.
Allí, Tete se contagió y se sentó al piano
y los dos, Dexter y Tete, estuvieron tocando “I guess I’ll
hang my tears out to dry” durante el resto de la noche.
Fue inolvidable.
Después de aquella escena singular, Tete
Montoliu incorporó la canción a su repertorio y, en sus
conciertos, la interpretaba al piano con una emotividad
muy especial. Pero a partir de cuando supo que Dexter
Gordon había fallecido —y no se habían vuelto a ver,
después de aquella noche en casa de Gisa— Tete la tocaba
con un dramatismo extraordinario que se contagiaba a los
espectadores.
Yo también había sido espectador, varias
veces, y había sentido aquella misma emoción que Tete
despedía desde la yema de sus dedos sobre el teclado, pero
con una diferencia y es que yo sabía por qué Tete se
emocionaba tanto tocando aquella melodía de Dexter Gordon:
era el recuerdo palpitante de Pablo, de Gisa, de Dexter y
de aquella noche inolvidable en Copenhague.
De repente, y digamos que
desprevenidamente, la he escuchado de nuevo esta mañana,
en el disco de Dexter Gordon y ya puedo decirlo: me he
emocionado porque recordaba a Pablo, que estuvo en el
subconsciente en aquella velada histórica, porque
recordaba al gran maestro Dexter Gordon, que ya no está, y
porque muy especialmente recordaba a mi fraterno Tete
Montoliu, que ya se ha ido también.
¿No es para llorar? Pero esta vez no voy
a tender mis lágrimas fuera; me las guardo, para mí, como
un tesoro íntimo. |