DEXTER GORDON Y TETE MONTOLIU, O EL RECURSO DE TENDER LAS LAGRIMAS FUERA, PARA QUE  SE SEQUEN

Albert Mallofré
 

Esta mañana, en la radio, mientras estaba montando una selección de baladas instrumentales, me ha venido a las manos una grabación de Dexter Gordon interpretando “I guess I’ll hang my tears out to dry” y de repente, allí, acodado sobre el pupitre y con los cascos puestos, me han saltado las lágrimas. Confieso que estaba emocionalmente desprevenido y en un brusco zarpazo a la memoria, las imágenes de Pablo, Gisa, Jill, Tete y Dexter, han irrumpido en la memoria, todas de golpe. Yo estaba distraído y si me he sorprendido a mí mismo llorando, ha sido como una reacción defensiva.

            Por la rendija abierta del recuerdo se han agolpado, atropelladamente, las figuras mezcladas que forjaron una sólida amistad en tiempos realmente lejanos en el calendario pero muy próximos en mi íntima sensibilidad. Pablo, por ejemplo. Pablo era un buen amigo nuestro. Quiero decir de Tete y mío. Personaje singular, de exterior muy pintoresco. Viudo reciente, cuando nos conocimos, pero no viudo doliente, porque el óbito que le redujo a la viudez sobrevino cuando ya llevaba dos años separado de una esposa que le odiaba de manera feroz, después de haberle amado locamente.

Era un viudo liberado, por así decirlo, y esta condición recién estrenada propulsó su actividad trepidante de cara a las mujeres. Quiero decir que le vimos enfrascado en varios romances muy coloristas, varios de ellos simultáneos, y de acusada teatralidad. Para todo aquello estaba naturalmente dotado por su físico —era un tipo duro, pero atractivo, una especie de Clint Eastwood joven, para recurrir a un modelo fácil— tanto como por su carácter exuberante y por sus ocupaciones.

¿Sus ocupaciones?  Sí; sus actividades eran generalmente inestables pero siempre de gran atractivo: productor cinematográfico, promotor de espectáculos atípicos (en este campo había llamado varias veces a Tete Montoliu para conciertos privados) inductor de publicidad, diseñador de interiores para locales públicos (preferentemente bares de moda) todo ello de modo eventual e impreciso. Es decir, no tenía un despacho fijo, ni gente contratada, ni dato alguno que asegurase la eficiencia de una labor sistemática. Sus negocios se dilucidaban a su aire, a sus horas (generalmente nocturnas) y a su estilo (casi siempre con un vaso de whisky en la mano)

Gracias principalmente a su facilidad de palabra y don de gentes y todo eso, era capaz de vender bufandas a Tarzan. Por esto, tenía una cierta fama de embaucador y muchos se preguntan todavía cómo no se dedicó a la política. A su  modo, era un triunfador. Limitado a su ámbito, claro. Con él, y con satisfacción garantizada, coincidíamos, por lo regular, en lugares como el club Jamboree, de la Plaza Real, o La Cova del Drac, en Tuset pues, naturalmente, era un “jazz-fan” conspicuo y bien documentado. (Y también muy ducho en el arte del cante flamenco, todo sea dicho) A veces, a última hora, después de un buen concierto, nos invitaba a su casa para escuchar nuevos discos (siempre tenía “novedades inéditas” y atractivos parecidos) y allí nos retenía durante horas, charlando y, digamos, “pasándolo bien”.

La historia que nos concierne empezó cuando Pablo se asoció con un anticuario conocido suyo, alemán, llamado Ralf, mayor que él y también estudioso del arte flamenco. Ralf era experto en el arte antiguo africano y estaba muy bien relacionado en la región de Renania Westfalia.  Ralf y Pablo se asociaron para abrir un negocio de antigüedades apoyado en dos cabezas de puente, en las ciudades de Dusseldorf y Barcelona. Compraban piezas antiguas en Alemania y las vendían en España y, al contrario, muebles y trastos antiguos que encontraban en los desvanes españoles los vendían en la tienda de Dusseldorf.. La iniciativa tuvo éxito, gracias en buena parte al hecho de que Ralf estaba muy versado en el tema y conducía el negocio con rigor y solvencia.

Al principio, Pablo recalaba en Dusseldorf sólo temporalmente pero su presencia en la ciudad alemana se incrementó de manera gradual. Porque los negocios le tiraban, porque Dusseldorf le gustaba, porque hizo nuevas amistades allí y, sobre todo, porque conoció a Gisa.

Gisa era una amiga íntima de la esposa de Ralf. Las dos eran holandesas, de la vecina Rotterdam, y Gisa era ilustradora cotizada, que trabajaba en publicidad y dibujaba para publicaciones infantiles. Ante la sorpresa de Ralf, (que no mía, ni de Tete, claro) Pablo y Gisa se enzarzaron en un tórrido romance de tintes sumamente novelescos y de expansiones abruptas para su edad respectiva, porque entonces eran ambos ya unos seres humanos de sólida madurez. El viudo Pablo rondaba los 48/50 añitos y Gisa (divorciada, con una hija) no le andaba muy a la zaga, es decir que tendría sólo unos cuatro años menos. Aquella relación sufrió numerosos avatares y alcanzó un estado tempestuoso creciente, hasta que, los dos, Pablo y Gisa, entraron en un proceso de rupturas incendiarias y reconciliaciones estrepitosas en el que se implicaron, sin querer, sus amistades más próximas. En nuestra opinión, los dos caracteres sentían una mutua atracción irreflexiva, pero chocaban por diferencias consubstanciales: Pablo era desordenado, burbujeante, imprevisible... Gisa era cuadrada, metódica, disciplinada. Un desencuentro-tipo ya muy conocido, por otra parte.

En el curso de este continuo vaivén, Gisa cerró un día su trabajo en Dusseldorf y se volvió a su Rótterdam, dispuesta a dar también el cerrojazo a su borrascosa relación con Pablo quien, hundido y desarmado por aquella huida inmisericorde, insistió y suplicó. En vano. Al parecer, Gisa estaba fatigada de los continuos sobresaltos emocionales y prefería optar por una temporada de sosiego.

El conflicto acabó bruscamente, de una forma que nadie habría deseado. Ocurrió en un atardecer aciago, en un desapacible mes de noviembre, cuando Pablo conducía su BMW velozmente desde Dusseldorf hacia Rótterdam, en busca de un último aliento para la salvación de su amor. Fue el final de la historia.

La ambulancia le recogió inconsciente y falleció en el camino al hospital. El accidente se había producido deslizándose a gran velocidad sobre una placa de hielo en una curva umbría, con resultado de un violento impacto contra un muro.

Tete lo supo antes que yo, por unos amigos comunes, y él me lo contó todo. Lo sentí mucho. Pablo era un personaje muy vital y de su carácter se desprendían siempre sensaciones positivas. Lástima. No tenía que haberse enamorado. Aunque, claro, Gisa no tuvo la culpa.

La memoria nos reconduce al principio del relato y es que, unos pocos años más tarde, habiéndome desplazado a Copenhague por asuntos de trabajo, supe que Tete Montoliu tocaba en el club “Montmartre Jazzhus”, en la calle Regnegade, del llamado “barrio latino” de aquella ciudad (club muy popular, que desapareció con la defunción de su dueño y, en su degradación, llegó a denominarse ‘Club Bombay’ o algo así) y allá me fui, al caer la tarde. Efectivamente, Tete había estado allí dos meses, como pianista residente, pero ya había terminado, justamente la noche anterior. Sin embargo, allí me informaron de que no se había marchado de Copenhague, pues estaba preparando la grabación de un disco para un sello danés, y muy probablemente, por la noche se pasaría por allí.

Volví al Montmartre después de cenar y, efectivamente, vi enseguida a Tete en animada charla en una mesa, con amigos. Y amigas. Me acerqué, Tete saltó, entre contento y sorprendido, y me presentó a los contertulios. ¿Querrán creer que uno de los personajes en torno de Tete era Gisa, la mismísima Gisa, de la historia de Pablo?

 Gisa vivía entonces en Copenhague, dedicada a su trabajo de siempre, ilustradora y dibujante, y frecuentaba el club Montmartre, porque allí se encontraba con amigos y porque también era forofa del jazz. Allí conoció a Tete, y por casualidad se enteraron los dos de que habían tratado al famoso Pablo, en circunstancias harto diferentes. Tete siempre habló muy bien de Pablo porque le tenía en gran estima (y secretamente le envidiaba) y Gisa mostraba por el tema una irreprimible curiosidad. Así que los recuerdos de Pablo y su historia anterior en Barcelona fueron tema frecuente de conversación entre ellos.

Casualmente, por algún motivo que no recuerdo, Gisa había organizado para el día siguiente una cena para Tete en su casa y me incluyó insistentemente, supongo que movida por el hecho de que yo también era amigo de Pablo y podía aportar detalles de la antigüedad, quiero decir de la vida de Pablo en Barcelona. .

Aquella cena fue memorable. Gisa vivía con su hija Jill, muy guapa y muy gentil —y sin novio, según recalcó su madre— en unos bajos alquilados cerca de la plaza Gammeltorv. Situada en una placita recoleta, al fondo de un pasaje estrecho, era una casita pequeña, muy mona, con un jardín pequeño, con un zaguán pequeño (con florecitas) con una cocina pequeña, pero con un salón muy grande, suntuosamente amueblado, y extraordinariamente confortable.

Acudimos Tete y yo con la perspectiva de pasarlo bien en una velada agradable pero el caso es que cuando acabábamos de llegar ocurrió lo más inesperado. Lo más sorprendente. Sonó el teléfono y era alguien preguntando por Tete. Era nada menos que Dexter Gordon, el gran saxofonista americano, gran amigo de Tete, con quien ya había actuado anteriormente en el mismo Copenhague —y en otros escenarios europeos— y llamaba desde el club Montmartre. De hecho, él residía temporalmente allí cerca, en la localidad de Valby y, de regreso de una gira, se había acercado al club Montmartre Jazzhus, con su saxo-tenor, “por si acaso”. Sabiendo que Tete andaba por allí, había preguntado por él y el dueño del club le había puesto al corriente: que Tete había terminado sus actuaciones pero que estaba todavía en la ciudad, y que aquella noche estaría en casa de su amiga Gisa y... bueno, que le facilitó el teléfono.

Gran conmoción en los dominios de Gisa y ella que desde el teléfono le insta a que venga también a cenar, sin dilación, que le estábamos esperando y todo esto que se suele decir...

Dexter Gordon no tardó. Se abrazó a Tete con gran efusión y jubilosa euforia  —Tete siempre le consideró su verdadero maestro— y, bueno, a Gisa y a mi, también nos conocía, mucho más superficialmente. Gisa (como cliente del club Montmartre Jazzhus) y yo, (como periodista) habíamos tenido ocasión de hablar con él alguna vez, aquí o allá. Siempre había sido una experiencia inolvidable, por los rasgos de su personalidad realmente insólita y también por el timbre de su voz inconfundible.

No hubo problemas de comunicación. Éramos dos catalanes, dos holandesas y un yanqui y nos expresábamos en el inglés de cada cual. Dexter, que era el único que usaba su propio idioma nativo, quería presumir de sus conocimientos de español y ribeteaba constantemente su discurso con pintorescas frases típicas de los “latinos” de Nueva York. Lo que más le divertía era dedicar chanzas en castellano a la señora de la casa, cuyo significado ella no comprendía aunque lo soportaba estoicamente, con la sonrisa en los labios, para regocijo de Tete y de mí mismo.

En fin, que como era de esperar, Dexter Gordon acaparó la atención y fue el principal protagonista de la velada, así que no se habló una sola palabra de Pablo, contrariando lo que supongo que Gisa esperaba. Es decir, no se habló explícitamente de Pablo pero su historia y su triste final flotaban densamente en el ambiente. Fue uno de esos casos curiosos en que una persona ajena al tema latente es la que lleva la voz cantante en la conversación, sin darse cuenta de que en los demás contertulios subyace una misma cuestión inquietante. De hecho, todos estábamos encantados con la pintoresca locuacidad de Dexter Gordon pero también sabíamos de qué estaríamos hablando si él no hubiese venido.   

Cada uno de nosotros estábamos acordándonos de Pablo y sabíamos, positivamente, que los demás también, aunque no se expresara con palabras. Era un clima especial, denso y casi tangible, y en el flujo de la conversación, frases indefinidas que surgían por azar, llevaban marcadas referencias implícitas que cada conciencia aplicaba a la cuestión sublatente.

Recuerdo que uno de los temas de conversación, por parte de Dexter, era la noticia de que había sido contratado para representar un papel principal (como músico y como actor) en una película francesa, que dirigiría Bertrand Tavernier, centrada en una historia de músicos de jazz (alrededor de la figura de Bud Powell) en el Paris de la postguerra. (La película, rodada poco después, en 1986, se tituló “Round midnight” y por su participación, Dexter Gordon llegó a ser nominado para un Oscar de interpretación.)

Durante la conversación, en un momento dado, Dexter comentó que convenía no dejarse vencer por la aflicción y que las lágrimas, valía más tenderlas fuera, a secar. Y se apoyó en una canción que había grabado Frank Sinatra en aquel disco memorable “Only the lonely”, y que le gustaba tanto y tanto. El mismo Dexter Gordon había grabado aquel tema, años antes, durante una actuación en el mismo club Montmartre, de Copenhague, con la sección rítmica residente (compuesta por Kenny Drew, Niels-Hening Orsted Pedersen y Al Heath) y el disco resultante fue un gran éxito internacional. El mismo tema lo volvió a grabar en discos subsiguientes.

Dexter Gordon se sabía al dedillo la letra de la canción y la cantó, allí mismo, con su voz peculiar. Fue un impacto emocional imborrable. No sólo por la actuación digamos “artística” de Dexter Gordon cantando sino porque la filosofía de la canción encajaba secretamente con lo que pensábamos de la historia de Pablo. Entonces, ante el regocijo general, Dexter invitó a Tete a que tocase la canción en un piano que había allí, en un ángulo del salón. Tete no recordaba muy bien la canción, y para ayudarle, Dexter fue a buscar su saxo (lo había dejado arrellanado en el recibidor, junto a la puerta de la casa), lo desenfundó y tocó él solo, ante el pasmo general, con su saxo-tenor y con una inspiración indescriptible, “I guess I’ll hang my tears out to dry”, la canción en cuestión, original de Jules Styne y Sammy Cahn que Dexter Gordon reinventó y se hizo suya.

Allí, Tete se contagió y se sentó al piano y los dos, Dexter y Tete, estuvieron tocando “I guess I’ll hang my tears out to dry” durante el resto de la noche. Fue inolvidable.

Después de aquella escena singular, Tete Montoliu incorporó la canción a su repertorio y, en sus conciertos, la interpretaba al piano con una emotividad muy especial.  Pero a partir de cuando supo que Dexter Gordon había fallecido —y no se habían  vuelto a ver, después de aquella noche en casa de Gisa— Tete la tocaba con un dramatismo extraordinario que se contagiaba a los espectadores.

Yo también había sido espectador, varias veces, y había sentido aquella misma emoción que Tete despedía desde la yema de sus dedos sobre el teclado, pero con una diferencia y es que yo sabía por qué Tete se emocionaba tanto tocando aquella melodía de Dexter Gordon: era el recuerdo palpitante de Pablo, de Gisa, de Dexter y de aquella noche inolvidable en Copenhague.

De repente, y digamos que desprevenidamente, la he escuchado de nuevo esta mañana, en el disco de Dexter Gordon y ya puedo decirlo: me he emocionado porque recordaba a Pablo, que estuvo en el subconsciente en aquella velada histórica, porque recordaba al gran maestro Dexter Gordon, que ya no está, y porque muy especialmente recordaba a mi fraterno Tete Montoliu, que ya se ha ido también. 

¿No es para llorar?  Pero esta vez no voy a tender mis lágrimas fuera; me las guardo, para mí, como un tesoro íntimo.

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