LA FLAUTA DE IAN ANDERSON Y MI PAREJA DE JÓVENES GAYS

Albert Mallofré
 
Ernesto era mi amigo íntimo, en mis jóvenes tiempos motociclistas. Los dos nos habíamos iniciado con sendas Montesa “Impala”, con las que salíamos a la carretera de excursión, o para ver carreras de moto-cross, de trial, o simplemente íbamos a la playa o donde convenía. Nos entendíamos muy bien, hasta que apareció Encarna.
Morena, guapetona, ojos negros abismales, un tipo clásico hispano-moruno. Buena chica y temperamental, dotada de un carácter roqueño. En otras palabras, una mujer mandona. Al principio transigía con la motorización, pero lo de montarse, a horcajadas, “de paquete” en la “Impala”, no era exactamente su sueño de ventura.
No tardaron mucho en invitarme a la boda y entonces ya deduje que los días de “Impala” estaban contados. Lo estuvieron, en efecto, pero no acerté del todo, porque Ernesto no repudió la moto en seco sino que la sustituyó por una fastuosa BMW de 1.100 cc. de dos cilindros opuestos, realmente colosal. En su fuero interno, Ernesto albergaba la esperanza de que, en una moto suntuosa, Encarna no tendría los problemas que alegaba como pasajera de la “Impala”. Al principio, ella se montó en la BMW y hasta parecía que de buena gana, pero con el tiempo se encastilló hasta la inflexión de la crisis, cuando se negó en redondo a causa de unos mareos que podían presagiar un embarazo.
El embarazo no se confirmó, de momento, pero el rechazo a la moto se hizo efectivo. Ernesto capituló y se compró un coche aunque, como última medida de resistencia eligió, sin oposición, un BMW de estampa deportiva. Le parecía que continuando en la órbita de la misma marca, podía mantener una cierta fidelidad a la moto.
La moto la conservó, de todos modos. La usaba para el desplazamiento cotidiano a la fábrica (él era químico y trabajaba en unos laboratorios en el extrarradio, de los que era al mismo tiempo un accionista principal). A veces, todavía salíamos, en desplazamientos cortos (cuando Encarna lo permitía), él en su BMW. y yo todavía con mi modesta ”Impala”, o después con una Honda “Two-Fifty” que adquirí más tarde, sucumbiendo a la hegemonía “japo”.
De todos modos, aunque la actividad motociclista palideciera, la amistad se incrementó porque nos veíamos a menudo y salíamos a cenar y estas cosas. Ernesto era mi mejor amigo y yo el mejor de los suyos. Y Encarna, en medio. En otras palabras, un trío ideal. Era como aquello de “side by side, by side”.
Su matrimonio progresó, se cambiaron a un piso de propiedad, más grande, más nuevo y más cómodo, y finalmente tuvieron un hijo, que Encarna quiso bautizar como Ernesto, contra la voluntad del padre, que no estaba por los bises.
Un día se produjo un accidente trivial. Ernesto, con su moto BMW supersegura, sufrió una caída sobre el asfalto por no atropellar a un ciclista que hizo una maniobra imprevista delante de él. El ciclista salió indemne pero Ernesto sufrió heridas leves en un pie, en una rodilla y en un hombro, todos del mismo lado. Después de las curas correspondientes en el ambulatorio, Ernesto marchó a su casa y, avisado por Encarna, estuve con él desde el primer instante y le visité después a los dos días, bromeando entre vendas y comentarios festivos.
Me despedí alegremente, pero aquel día, de madrugada, Encarna me llamó, descompuesta. Había sido una embolia. Un coágulo había obstruido un circuito vital y perdí a mi amigo. De hecho, todo el mundo le perdió, pues era una gran persona.
El pequeño Ernesto tenía entonces doce años y Encarna, de manera tácita, esperaba que en cierto modo yo cooperase en su educación. Según ella, el chaval echaba de menos la presencia y la autoridad paterna y mis consejos y el ejercicio de mi autoridad podían ayudarle. Era una misión incómoda, que yo no sabía cómo afrontar; me limitaba a visitarles de vez en cuando y hablar con el muchacho que, de todos modos, estaba muy apegado a su madre.
El chaval se hizo mayor. Era un chico educado y formal, y elegante de espíritu. A sus 18 años era tan sensato y comedido que parecía un hombre maduro. Era lacónico pero no arisco. Ni taciturno. Sus réplicas eran siempre lógicas. Y razonables. A mí me parecía un muchacho modélico y le comentaba a su madre que no necesitaba mis consejos... Encarna movía la cabeza y murmuraba: “sí, sí...”
Yo no lo había barruntado, pero su madre, sí. Y un día me llamó, para decírmelo: Ernesto tenía un amigo. A sus 18 años, confesó a su madre que quería a un chico de 22, Pruden de nombre, vecino de su comunidad, con quien estaba muy unido. En el barrio ya eran populares. Les llamaban “los Pru-Nestos” pues siempre andaban juntos y se les conocía por sus diminutivos en el trato común.
Según Encarna, y visto desde la perspectiva materna, Pruden no era un elemento peligroso. Dejando aparte la inclinación gay, su conducta era impecable. Bueno, se entiende que no denotaba tendencias a la bebida, ni a las drogas, ni al golferío, que suelen ser los enemigos más temidos por los padres. Por supuesto, tampoco cabía temer que se gastase el dinero en mujeres, y no lo subrayo con ánimo perverso.
En fin, que este era el panorama y Encarna me pidió que hablase con el muchacho. Mejor dicho, con los dos. Así que tuvimos un encuentro de apariencia casual, aunque promovido por mamá Encarna. Los dos muchachos hablaron de su circunstancia con tal naturalidad que desarmaron toda mi prevención. Debo admitir que, en términos generales, fue una conversación sumamente instructiva. Instructiva para mí, quiero decir.
Una vez admitida su opción gay, Pruden subrayó con énfasis que es una posición global ante todos los órdenes de la vida en sociedad y no consiste meramente en una cuestión de práctica sexual.. Y que no es una postura marginal ni en modo alguno contestataria, sino una manera determinada de vivir, tan honorable o digamos tan normal. Y en todo caso, la sexualidad es una consecuencia y no una finalidad.
—Después de todo —me planteaba— si yo digo que siento amor por Nesto, ¿qué tiene ello de malo, ni de pernicioso, ni de provocativo para la sociedad? ¿A quién puede dañar?
—Puede haber todo el amor que quieras —repliqué— pero lo que en general se os recrimina es vuestra manía de proclamarlo desafiantemente, en lo cual parece que se adivina un puntillo provocador. Admito que, desde nuestra posición, no hay nada que objetar en lo vuestro. Pero al mismo tiempo, no veo que os haga falta hacer de esto una exhibición. Los que vosotros llamais heterosexuales no vamos por ahí afirmando que lo somos. Porque, vamos a ver: si no patentizáis ostentosamente vuestra condición de gays, ¿qué puede pasar? ¿Qué os tomen por heterosexuales? Bueno, ¿tan grave sería? ¿Es para vosotros un oprobio que os tomen por heteros?
—No lo entiendes. No pretendemos evitar confusionismo, sino únicamente mantener nuestra dignidad personal en caso de que se sepa nuestra condición natural. Lo que vosotros considerais una exhibición es en realidad un intento de no tener que ocultarnos.
—Tienes razón en una cosa: en que no os entiendo. A mí qué más me da que alguien me tome por gay, o por tonto, o por sabio o por lo que sea. Yo seguiré siendo lo mismo, al margen de la opinión que de mí tenga ese o aquel. No siento ninguna necesidad de afirmar en público “eh, que yo no soy gay” o “que yo no soy de Albacete”.
—Vosotros, lo único que no afirmais en público, es la práctica de la sexualidad, con pormenores, porque os parece una grosería, pero vuestra orientación sexual la ostentais constantemente, de manera muy patente. Los hetero confundís la orientación sexual con el ejercicio práctico de la sexualidad. No os dais cuenta, porque siempre os ha parecido normal, pero vosotros hacéis pública vuestra condición hetero ya desde la infancia y la confirmais cada vez más, con el tiempo. Será de manera inconsciente, pero es que de continuo lo exhibís con toda clase de detalles, en la actitud, en la conversación, en los comentarios sobre personas del otro sexo, en los planes familiares y en la rutina cotidiana... Hasta en los chistes que os divierten.. En cada momento del día dejais bien clara vuestra condición hetero. Y en este entorno dominante, nosotros nos sentimos excluidos si no patentizamos nuestra dignidad.
—Mira, a mi me ha parecido siempre superfluo tener que afirmar que pertenezco al género masculino. Creo que es obvio.
—Sí, porque durante siglos, la homosexualidad ha sido un tabú y no ha podido rebasar los límites de la intimidad estricta. Era una rareza secreta y, naturalmente, inconfesable, so pena de caer en la vergüenza pública. O incluso en el castigo. Ello ha sumido en el dolor a multitud de seres humanos, y es por todo esto que deseamos, sencillamente, poder ser tratados con normalidad por el resto de la sociedad, a la que pertenecemos de pleno derecho y a la que no hacemos ningún daño. Con esto que tú defines como “hacer una proclama” no planteamos un desafío sino que, al contrario, sólo queremos adoptar una posición defensiva...
—Por esto —terció Ernesto— ya que vivimos inmersos en una sociedad heterosexual que, como dice Pruden, demuestra su posición hetero a cada paso, nosotros tenemos que mostrarnos igualmente abiertos porque es la única manera no caer en la marginación.
—En la marginación podeis caer exhibiéndoos como gays.
—Desde otro ángulo, —remachó Pruden— quede claro que nosotros dos no somos personas gay sólo porque Nesto y yo sintamos amor y atracción recíproca. Se puede ser gay sin sentir amor por nadie concreto, lo mismo que tú seguirás siendo hetero aunque no tengas pareja y aunque no practiques sexo. Porque, como te decimos, la orientación ‘homo’ no equivale tampoco necesariamente a ningún grado de práctica sexual. Que ser gay es una opción global ante la vida y, por cierto, una opción eminentemente participativa a todos los niveles de la actividad social.
—O sea que no somos delincuentes ni marginales —fue la conclusión de Ernesto, rubricada con gesto afirmativo por parte de Pruden..
En fin, que los dos muchachos lo tienen muy asumido y, como dice Encarna, lo tomas o lo dejas. Ella lo toma y creo que lleva razón..
Con los dos chicos tuvimos sucesivos encuentros en los que ejercitaron su elocuencia y a mí, francamente, me gustaba mucho su conversación. Entre otras cosas, sus palabras me abrieron los ojos sobre análisis diferentes de la sociedad actual en varios aspectos y, como digo, me resultaron unas conversaciones muy instructivas.
Los chavales son aplicados y de actitud positiva. Pruden acabó filología y trabaja (provisionalmente, según dice) de corrector de pruebas en una editorial; Ernesto se dio a los animales, quiero decir a la veterinaria y, en los días de esta historia, andaba buscando ubicación. Los dos son aficionados a la música joven (o lo eran, porque estoy refiriendo historias pasadas, de años atrás) y, no por casualidad, eran fans de artistas como Freddy Mercury, Elton John, Boy George, David Bowie, Mike Oldfield, es decir, figuras muy populares y enmarcadas generalmente en el cuadro gay, o ambiguo, o sus laterales. Por esto me llamó la atención que se interesasen muy particularmente por Ian Anderson, el famoso líder del grupo Jethro Tull que, para mí, no representaba una figura homologable en el diseño gay que yo me había forjado. Vamos, que ni de lejos. Pero como yo seguía sin dominar esta materia, pensé lo más sencillo, es decir, que “¿quien sabe?”.
De comprobarlo se presentó pronto una oportunidad, pues se anunciaron unos conciertos del conjunto Jethro Tull en nuestro ámbito y los dos muchachos, mis jóvenes amigos, mostraron síntomas de excitación expectante que les llevaron a pedirme entradas de favor para el concierto y para poder estar cerca del escenario. Se las conseguí, pero pude ofrecerles algo más.
En efecto, la empresa promotora de los conciertos organizó un encuentro previo de Ian Anderson con una representación reducida de la prensa local en el famoso Camarote Granados, del hotel que se inauguró con el nombre de Manila, y ahora perteneciente a la cadena Meridien (depués de pasar por Ramada). El gerente del hotel era amigo mío y me las apañé para que mis dos jóvenes protegidos se colasen en el estrecho recinto donde la conferencia de prensa tuvo lugar... Pruden y Nesto fueron felices encontrándose tan cerca de su ídolo, que hablaba con desparpajo de todos los aspectos relativos a su música y a sus conciertos con el famoso grupo Jethro Tull.
Al final, y conociendo ciertos detalles de su biografía, le pasé a Ian Anderson una pregunta que, lo admito, llevaba una segunda intención, teledirigida maliciosamente, hacia mis dos inocentes pupilos, y con el insano propósito de divertirme a su costa. La exposición y la pregunta final a Ian Anderson fue algo de este tenor:
—El sonido de su flauta es el timbre inconfundible del conjunto Jethro Tull y, por otra parte, haber sabido incorporar este instrumento, como solista, al lenguaje expresivo del rock ha sido un factor de extraordinaria relevancia. Pero usted no siempre ha tocado flauta, según mis noticias. ¿Cómo y por qué adoptó la flauta, que es un instrumento difícil y de sonido, en principio, poco contundente para liderar un proyecto rockero del estilo de Jethro Tull?
Ian Anderson me miró con su sonrisa socarrona y después de unos instantes de silencio, como pensando cómo me lo diría, se explicó.
—Mire, de muy joven, yo me inicié tocando la batería en un conjunto estudiantil, allá en Edimburgo, mi ciudad. Más adelante pasé a un grupo ya semi-profesional (quiero decir que era profesional los sábados y amateur en el resto de la semana) y siempre centrado en la batería que, por cierto, era de alquiler. La labor de percusión me seducía pero a medida que íbamos teniendo más éxito, mi trabajo se me hacía más ingrato. Por una razón muy simple: al terminar las actuaciones, un enjambre de chicas admiradoras revoloteaban alrededor y todos mis compañeros se iban con las más guapas, mientras yo tenía que quedarme para desarmar la batería y guardar todos los mecanismos en sus fundas, etcétera, lo cual, como usted sabe, es un trabajo muy entretenido y requiere su tiempo. Total, que cuando yo terminaba ya no quedaba nadie a una legua y yo me encomendaba a todos los diablos, mientras mis colegas lo pasaban de fábula. Por esto, cuando más tarde fundé el grupo Jethro Tull, me aseguré de que la batería la llevaba mi amigo Clive Bunker y yo me juré a mi mismo que sólo tocaría un instrumento que pudiera manipular fácilmente. Al principio fue una armónica pero no era muy original y, para según qué tipo de música nuestra, no resultaba; por esto aprendí a tocar la flauta a marchas forzadas. Desde entonces, cuando terminamos un concierto, puedo guardar la flauta en el bolsillo, tal cual, y ya estoy listo para ser el primero en hacer frente a las “crumpets” más lindas.
Y subrayó la información con una carcajada realmente regocijante. A mí se me contagió la risa pero me la tuve que guardar, para mis adentros, cuando vi que aquella ruda declaración de principios heterosexuales había caído como una losa sobre la sensibilidad de mis dos jóvenes protegidos. Pruden y Nesto no exteriorizaron el más leve comentario, pero su visible aflicción arañó mi mala conciencia durante un tiempo.
La relación amistosa continuó, con intermitencias y ocurrieron acontecimientos diversos en la vida activa de cada cual, de lo que no doy detalles porque no pertenecen ya a la presente historia.
 
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