Ernesto era mi amigo íntimo, en mis jóvenes tiempos
motociclistas. Los dos nos habíamos iniciado con sendas
Montesa “Impala”, con las que salíamos a la carretera de
excursión, o para ver carreras de moto-cross, de trial, o
simplemente íbamos a la playa o donde convenía. Nos
entendíamos muy bien, hasta que apareció Encarna.
Morena, guapetona, ojos negros abismales, un tipo clásico
hispano-moruno. Buena chica y temperamental, dotada de un
carácter roqueño. En otras palabras, una mujer mandona. Al
principio transigía con la motorización, pero lo de
montarse, a horcajadas, “de paquete” en la “Impala”, no
era exactamente su sueño de ventura.
No tardaron mucho en invitarme a la boda y entonces ya
deduje que los días de “Impala” estaban contados. Lo
estuvieron, en efecto, pero no acerté del todo, porque
Ernesto no repudió la moto en seco sino que la sustituyó
por una fastuosa BMW de 1.100 cc. de dos cilindros
opuestos, realmente colosal. En su fuero interno, Ernesto
albergaba la esperanza de que, en una moto suntuosa,
Encarna no tendría los problemas que alegaba como pasajera
de la “Impala”. Al principio, ella se montó en la BMW y
hasta parecía que de buena gana, pero con el tiempo se
encastilló hasta la inflexión de la crisis, cuando se negó
en redondo a causa de unos mareos que podían presagiar un
embarazo.
El embarazo no se confirmó, de momento, pero el rechazo a
la moto se hizo efectivo. Ernesto capituló y se compró un
coche aunque, como última medida de resistencia eligió,
sin oposición, un BMW de estampa deportiva. Le parecía que
continuando en la órbita de la misma marca, podía mantener
una cierta fidelidad a la moto.
La moto la conservó, de todos modos. La usaba para el
desplazamiento cotidiano a la fábrica (él era químico y
trabajaba en unos laboratorios en el extrarradio, de los
que era al mismo tiempo un accionista principal). A veces,
todavía salíamos, en desplazamientos cortos (cuando
Encarna lo permitía), él en su BMW. y yo todavía con mi
modesta ”Impala”, o después con una Honda “Two-Fifty” que
adquirí más tarde, sucumbiendo a la hegemonía “japo”.
De todos modos, aunque la actividad motociclista
palideciera, la amistad se incrementó porque nos veíamos a
menudo y salíamos a cenar y estas cosas. Ernesto era mi
mejor amigo y yo el mejor de los suyos. Y Encarna, en
medio. En otras palabras, un trío ideal. Era como aquello
de “side by side, by side”.
Su matrimonio progresó, se cambiaron a un piso de
propiedad, más grande, más nuevo y más cómodo, y
finalmente tuvieron un hijo, que Encarna quiso bautizar
como Ernesto, contra la voluntad del padre, que no estaba
por los bises.
Un día se produjo un accidente trivial. Ernesto, con su
moto BMW supersegura, sufrió una caída sobre el asfalto
por no atropellar a un ciclista que hizo una maniobra
imprevista delante de él. El ciclista salió indemne pero
Ernesto sufrió heridas leves en un pie, en una rodilla y
en un hombro, todos del mismo lado. Después de las curas
correspondientes en el ambulatorio, Ernesto marchó a su
casa y, avisado por Encarna, estuve con él desde el primer
instante y le visité después a los dos días, bromeando
entre vendas y comentarios festivos.
Me despedí alegremente, pero aquel día, de madrugada,
Encarna me llamó, descompuesta. Había sido una embolia. Un
coágulo había obstruido un circuito vital y perdí a mi
amigo. De hecho, todo el mundo le perdió, pues era una
gran persona.
El pequeño Ernesto tenía entonces doce años y Encarna, de
manera tácita, esperaba que en cierto modo yo cooperase en
su educación. Según ella, el chaval echaba de menos la
presencia y la autoridad paterna y mis consejos y el
ejercicio de mi autoridad podían ayudarle. Era una misión
incómoda, que yo no sabía cómo afrontar; me limitaba a
visitarles de vez en cuando y hablar con el muchacho que,
de todos modos, estaba muy apegado a su madre.
El chaval se hizo mayor. Era un chico educado y formal, y
elegante de espíritu. A sus 18 años era tan sensato y
comedido que parecía un hombre maduro. Era lacónico pero
no arisco. Ni taciturno. Sus réplicas eran siempre
lógicas. Y razonables. A mí me parecía un muchacho
modélico y le comentaba a su madre que no necesitaba mis
consejos... Encarna movía la cabeza y murmuraba: “sí,
sí...”
Yo no lo había barruntado, pero su madre, sí. Y un día me
llamó, para decírmelo: Ernesto tenía un amigo. A sus 18
años, confesó a su madre que quería a un chico de 22,
Pruden de nombre, vecino de su comunidad, con quien estaba
muy unido. En el barrio ya eran populares. Les llamaban
“los Pru-Nestos” pues siempre andaban juntos y se les
conocía por sus diminutivos en el trato común.
Según Encarna, y visto desde la perspectiva materna,
Pruden no era un elemento peligroso. Dejando aparte la
inclinación gay, su conducta era impecable. Bueno, se
entiende que no denotaba tendencias a la bebida, ni a las
drogas, ni al golferío, que suelen ser los enemigos más
temidos por los padres. Por supuesto, tampoco cabía temer
que se gastase el dinero en mujeres, y no lo subrayo con
ánimo perverso.
En fin, que este era el panorama y Encarna me pidió que
hablase con el muchacho. Mejor dicho, con los dos. Así que
tuvimos un encuentro de apariencia casual, aunque
promovido por mamá Encarna. Los dos muchachos hablaron de
su circunstancia con tal naturalidad que desarmaron toda
mi prevención. Debo admitir que, en términos generales,
fue una conversación sumamente instructiva. Instructiva
para mí, quiero decir.
Una vez admitida su opción gay, Pruden subrayó con énfasis
que es una posición global ante todos los órdenes de la
vida en sociedad y no consiste meramente en una cuestión
de práctica sexual.. Y que no es una postura marginal ni
en modo alguno contestataria, sino una manera determinada
de vivir, tan honorable o digamos tan normal. Y en todo
caso, la sexualidad es una consecuencia y no una
finalidad.
—Después de todo —me planteaba— si yo digo que siento amor
por Nesto, ¿qué tiene ello de malo, ni de pernicioso, ni
de provocativo para la sociedad? ¿A quién puede dañar?
—Puede haber todo el amor que quieras —repliqué— pero lo
que en general se os recrimina es vuestra manía de
proclamarlo desafiantemente, en lo cual parece que se
adivina un puntillo provocador. Admito que, desde nuestra
posición, no hay nada que objetar en lo vuestro. Pero al
mismo tiempo, no veo que os haga falta hacer de esto una
exhibición. Los que vosotros llamais heterosexuales no
vamos por ahí afirmando que lo somos. Porque, vamos a ver:
si no patentizáis ostentosamente vuestra condición de gays,
¿qué puede pasar? ¿Qué os tomen por heterosexuales? Bueno,
¿tan grave sería? ¿Es para vosotros un oprobio que os
tomen por heteros?
—No lo entiendes. No pretendemos evitar confusionismo,
sino únicamente mantener nuestra dignidad personal en caso
de que se sepa nuestra condición natural. Lo que vosotros
considerais una exhibición es en realidad un intento de no
tener que ocultarnos.
—Tienes razón en una cosa: en que no os entiendo. A mí qué
más me da que alguien me tome por gay, o por tonto, o por
sabio o por lo que sea. Yo seguiré siendo lo mismo, al
margen de la opinión que de mí tenga ese o aquel. No
siento ninguna necesidad de afirmar en público “eh, que yo
no soy gay” o “que yo no soy de Albacete”.
—Vosotros, lo único que no afirmais en público, es la
práctica de la sexualidad, con pormenores, porque os
parece una grosería, pero vuestra orientación sexual la
ostentais constantemente, de manera muy patente. Los
hetero confundís la orientación sexual con el ejercicio
práctico de la sexualidad. No os dais cuenta, porque
siempre os ha parecido normal, pero vosotros hacéis
pública vuestra condición hetero ya desde la infancia y la
confirmais cada vez más, con el tiempo. Será de manera
inconsciente, pero es que de continuo lo exhibís con toda
clase de detalles, en la actitud, en la conversación, en
los comentarios sobre personas del otro sexo, en los
planes familiares y en la rutina cotidiana... Hasta en los
chistes que os divierten.. En cada momento del día dejais
bien clara vuestra condición hetero. Y en este entorno
dominante, nosotros nos sentimos excluidos si no
patentizamos nuestra dignidad.
—Mira, a mi me ha parecido siempre superfluo tener que
afirmar que pertenezco al género masculino. Creo que es
obvio.
—Sí, porque durante siglos, la homosexualidad ha sido un
tabú y no ha podido rebasar los límites de la intimidad
estricta. Era una rareza secreta y, naturalmente,
inconfesable, so pena de caer en la vergüenza pública. O
incluso en el castigo. Ello ha sumido en el dolor a
multitud de seres humanos, y es por todo esto que
deseamos, sencillamente, poder ser tratados con normalidad
por el resto de la sociedad, a la que pertenecemos de
pleno derecho y a la que no hacemos ningún daño. Con esto
que tú defines como “hacer una proclama” no planteamos un
desafío sino que, al contrario, sólo queremos adoptar una
posición defensiva...
—Por esto —terció Ernesto— ya que vivimos inmersos en una
sociedad heterosexual que, como dice Pruden, demuestra su
posición hetero a cada paso, nosotros tenemos que
mostrarnos igualmente abiertos porque es la única manera
no caer en la marginación.
—En la marginación podeis caer exhibiéndoos como gays.
—Desde otro ángulo, —remachó Pruden— quede claro que
nosotros dos no somos personas gay sólo porque Nesto y yo
sintamos amor y atracción recíproca. Se puede ser gay sin
sentir amor por nadie concreto, lo mismo que tú seguirás
siendo hetero aunque no tengas pareja y aunque no
practiques sexo. Porque, como te decimos, la orientación
‘homo’ no equivale tampoco necesariamente a ningún grado
de práctica sexual. Que ser gay es una opción global ante
la vida y, por cierto, una opción eminentemente
participativa a todos los niveles de la actividad social.
—O sea que no somos delincuentes ni marginales —fue la
conclusión de Ernesto, rubricada con gesto afirmativo por
parte de Pruden..
En fin, que los dos muchachos lo tienen muy asumido y,
como dice Encarna, lo tomas o lo dejas. Ella lo toma y
creo que lleva razón..
Con los dos chicos tuvimos sucesivos encuentros en los que
ejercitaron su elocuencia y a mí, francamente, me gustaba
mucho su conversación. Entre otras cosas, sus palabras me
abrieron los ojos sobre análisis diferentes de la sociedad
actual en varios aspectos y, como digo, me resultaron unas
conversaciones muy instructivas.
Los chavales son aplicados y de actitud positiva. Pruden
acabó filología y trabaja (provisionalmente, según dice)
de corrector de pruebas en una editorial; Ernesto se dio a
los animales, quiero decir a la veterinaria y, en los días
de esta historia, andaba buscando ubicación. Los dos son
aficionados a la música joven (o lo eran, porque estoy
refiriendo historias pasadas, de años atrás) y, no por
casualidad, eran fans de artistas como Freddy Mercury,
Elton John, Boy George, David Bowie, Mike Oldfield, es
decir, figuras muy populares y enmarcadas generalmente en
el cuadro gay, o ambiguo, o sus laterales. Por esto me
llamó la atención que se interesasen muy particularmente
por Ian Anderson, el famoso líder del grupo Jethro Tull
que, para mí, no representaba una figura homologable en el
diseño gay que yo me había forjado. Vamos, que ni de
lejos. Pero como yo seguía sin dominar esta materia, pensé
lo más sencillo, es decir, que “¿quien sabe?”.
De comprobarlo se presentó pronto una oportunidad, pues se
anunciaron unos conciertos del conjunto Jethro Tull en
nuestro ámbito y los dos muchachos, mis jóvenes amigos,
mostraron síntomas de excitación expectante que les
llevaron a pedirme entradas de favor para el concierto y
para poder estar cerca del escenario. Se las conseguí,
pero pude ofrecerles algo más.
En efecto, la empresa promotora de los conciertos organizó
un encuentro previo de Ian Anderson con una representación
reducida de la prensa local en el famoso Camarote
Granados, del hotel que se inauguró con el nombre de
Manila, y ahora perteneciente a la cadena Meridien (depués
de pasar por Ramada). El gerente del hotel era amigo mío y
me las apañé para que mis dos jóvenes protegidos se
colasen en el estrecho recinto donde la conferencia de
prensa tuvo lugar... Pruden y Nesto fueron felices
encontrándose tan cerca de su ídolo, que hablaba con
desparpajo de todos los aspectos relativos a su música y a
sus conciertos con el famoso grupo Jethro Tull.
Al final, y conociendo ciertos detalles de su biografía,
le pasé a Ian Anderson una pregunta que, lo admito,
llevaba una segunda intención, teledirigida
maliciosamente, hacia mis dos inocentes pupilos, y con el
insano propósito de divertirme a su costa. La exposición y
la pregunta final a Ian Anderson fue algo de este tenor:
—El sonido de su flauta es el timbre inconfundible del
conjunto Jethro Tull y, por otra parte, haber sabido
incorporar este instrumento, como solista, al lenguaje
expresivo del rock ha sido un factor de extraordinaria
relevancia. Pero usted no siempre ha tocado flauta, según
mis noticias. ¿Cómo y por qué adoptó la flauta, que es un
instrumento difícil y de sonido, en principio, poco
contundente para liderar un proyecto rockero del estilo de
Jethro Tull?
Ian Anderson me miró con su sonrisa socarrona y después de
unos instantes de silencio, como pensando cómo me lo
diría, se explicó.
—Mire, de muy joven, yo me inicié tocando la batería en un
conjunto estudiantil, allá en Edimburgo, mi ciudad. Más
adelante pasé a un grupo ya semi-profesional (quiero decir
que era profesional los sábados y amateur en el resto de
la semana) y siempre centrado en la batería que, por
cierto, era de alquiler. La labor de percusión me seducía
pero a medida que íbamos teniendo más éxito, mi trabajo se
me hacía más ingrato. Por una razón muy simple: al
terminar las actuaciones, un enjambre de chicas
admiradoras revoloteaban alrededor y todos mis compañeros
se iban con las más guapas, mientras yo tenía que quedarme
para desarmar la batería y guardar todos los mecanismos en
sus fundas, etcétera, lo cual, como usted sabe, es un
trabajo muy entretenido y requiere su tiempo. Total, que
cuando yo terminaba ya no quedaba nadie a una legua y yo
me encomendaba a todos los diablos, mientras mis colegas
lo pasaban de fábula. Por esto, cuando más tarde fundé el
grupo Jethro Tull, me aseguré de que la batería la llevaba
mi amigo Clive Bunker y yo me juré a mi mismo que sólo
tocaría un instrumento que pudiera manipular fácilmente.
Al principio fue una armónica pero no era muy original y,
para según qué tipo de música nuestra, no resultaba; por
esto aprendí a tocar la flauta a marchas forzadas. Desde
entonces, cuando terminamos un concierto, puedo guardar la
flauta en el bolsillo, tal cual, y ya estoy listo para ser
el primero en hacer frente a las “crumpets” más lindas.
Y subrayó la información con una carcajada realmente
regocijante. A mí se me contagió la risa pero me la tuve
que guardar, para mis adentros, cuando vi que aquella ruda
declaración de principios heterosexuales había caído como
una losa sobre la sensibilidad de mis dos jóvenes
protegidos. Pruden y Nesto no exteriorizaron el más leve
comentario, pero su visible aflicción arañó mi mala
conciencia durante un tiempo.
La relación amistosa continuó, con intermitencias y
ocurrieron acontecimientos diversos en la vida activa de
cada cual, de lo que no doy detalles porque no pertenecen
ya a la presente historia.
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