“TU ME ACOSTUMBRASTE”, SEGÚN OLGA GUILLOT

Albert Mallofré
 
Siempre que se nombra a Olga Guillot me acuerdo de mi amiga Felisa. No supe de ella nada más desde que se marchó a Méjico, pero en un tiempo nos veíamos a menudo. De hecho, éramos compañeros de trabajo, en el periódico. Ella era fotógrafo de prensa y nuestra relación se podía definir como de camaradería superficial; sin embargo, teníamos ocasión de hablar con más detalle, quiero decir entrando en el terreno de la confidencialidad, cuando a veces me acompañaba en mis salidas de la redacción, para entrevistas, conferencias de prensa o cualquier acto que se cubría con información gráfica. En aquellas ocasiones había tiempo y ocasión de comentar jovialmente los últimos chismes del periódico, o los rasgos más curiosos de la actualidad o, ya puestos, se podía incidír con naturalidad en la temática personal, incluso íntima...
Felisa era un personaje peculiar. Era joven (entonces rondaba sus últimos veintes) y tenía un carácter resuelto y decidido aunque un tanto errático en el rumbo de sus opiniones. Se expresaba con desparpajo y físicamente era atractiva: ojos oscuros, cabello corto, figura esbelta y atuendos siempre deportivos. Cuando se manifestaba en confianza, solía adoptar actitudes ásperas y ademanes rudos, que respondían a su fuerte carácter, pero encajaban poco con el patrón femenino clásico. Un día supe por qué: era lesbiana.
Ella no lo confesaba. Mejor dicho, lo ocultaba concienzudamente y no sólo porque en aquellos tiempos (últimos años ’60 y primeros de los ’70) la homosexualidad era todavía una opción inabordable en público, sino porque, en la práctica, su estado sentimental era sumamente inestable. Ella no me lo dijo pero mi curiosidad insana, unida a mi olfato periodístico, me permitió descubrir que Felisa vivía un idilio tempestuoso con una dama cuarentona, de la que no llegué a detectar su identidad. Supe, esto sí, que era rica y poderosa y no precisamente instalada en el lesbianismo. En otras palabras, que la amante susodicha, aparentemente, jugaba al tira y afloja con Felisa, como una especie de entretenimiento prohibido, y le aplicaba la tónica de “ahora ven; ahora vete”. “Ahora estoy contenta y te hago un regalo y ahora estoy disgustada y no me importunes”. En algunas raras ocasiones, la señora en cuestión llevó a Felisa a reuniones especiales, como a su palco del Teatro del Liceo, o a alguna fiesta social, o algún “vernissage” (le atraía la pintura, era cliente de todas las galerías asistía a todas las exposiciones, regularmente). Lo hacía para dar a Felisa la impresión de que homologaba su relación pero en estas ocasiones (según algún vago comentario que capté) mi amiga Felisa era presentada como “una sobrina muy querida” y ella tenía la certera sensación de que estaba siendo utilizada como de pantalla, por algún raro propósito oculto. En cambio, ella sí que había puesto sobre el tapete sus sentimientos al cien por cien y los altibajos en el clima de su relación le tenían abrumada.
Todos estos altibajos se reflejaban en el humor cotidiano de mi amiga y viéndola alegre y dicharachera o huraña y desabrida ya se podía deducir el curso de los acontecimientos. De los cuales ella seguía sin dar explicaciones.
Estábamos en estas cuando se presentó Olga Guillot en Barcelona, para actuar durante varios dias como atracción principal del night-club Emporium. La Guillot estaba en la cumbre de la popularidad y fue interesante para el periódico hablar con ella; sin embargo, no fue posible una entrevista previa a su debut (no recuerdo por qué razón) y varios periodistas de la ciudad fuimos al Emporium para dar cuenta de su primera noche. La empresa nos colocó a “la prensa” en una buena mesa para ver la actuación con buena perspectiva. Olga Guillot estuvo genial, como se esperaba, pero no quiso que fuéramos después a su camerino (parece que los camerinos del Emporium, entonces, eran muy comprimidos por así decirlo) y prefirió venir a nuestra mesa para hablar desembarazadamente con “la prensa” después de su actuación.
Tuvimos que esperar un buen rato pero al fin vino a nosotros Olga Guillot, muy simpática y abierta, como es ella, contestando a todas las preguntas y hablando de todo un poco, con su proverbial jovialidad contagiosa. Sólo se puso medianamente seria en dos ocasiones: cuando habló del castrismo en su Cuba natal (ella estaba en contra, como ya era sabido, desde su posición en el exilio mejicano) y cuando explicó la raíz de la canción “Tu me acostumbraste”, que fue su gran éxito aquella noche (y de muchas otras noches durante muchos años).
Según Olga Guillot, aquella canción tiene misterio.
—La primera vez que escuché “Tu me acostumbraste” era en la voz de Bola de Nieve, una gloria de la cultura cubana y realmente me impresionó. Desde el principio esta canción estuvo envuelta en una leyenda, según la cual, la letra está inspirada en unos versos muy sinceros de una dama de la alta sociedad que siempre ha permanecido en el anonimato, y describen claramente su relación con alguien que la indujo a la práctica lesbiana y la abandonó súbitamente.
—Pero la canción...
—La canción tiene un autor registrado y aparentemente está todo en orden. Pero la leyenda inicial se ha mantenido siempre. Es decir, no se ha manifestado abiertamente y no hay nombres precisos ni circunstancias muy claras y por tanto nada se puede asegurar. Sin embargo, el texto de la canción no puede ser más elocuente: ”Tú me acostumbraste, a todas estas cosas, y tu me enseñaste, que son maravillosas...” Si esto no es suficiente, la canción prosigue: “Sutil, llegaste a mí, como la tentación, llenando de inquietud mi corazón...”
Olga Guillot nos miró maliciosamente y continuó:
—¿Quereis algo más explícito? En la siguiente estrofa, la canción proclama: “Yo no concebía, como se quería, en tu mundo raro, y por ti aprendí”...
Durante todo este proceso, la Guillot no se limitaba a decir la letra, sino que la cantaba para nosotros, acentuando la intención de cada matiz: “sutil llegaste a mí, como la tentación” o cuando decía lo de “como se quería, en tu mundo raro”... Fue una experiencia maravillosa.
Al quedarse sin tentación ni mundo raro, la autora doliente se lamenta: “Por esto me pregunto, al ver que me olvidaste, por qué no me enseñaste, como se vive sin ti”. Para nosotros fue una revelación y esta canción, tan popular, cobró de repente un sentido total.
Pero también de repente me acordé de Felisa, que estaba allí, en un ángulo de la mesa, con su cámara sobre las rodillas, ensimismada y con un semblante lúgubre. No pronunció una sola palabra y al poco rato se levantó súbitamente, desapareciendo en silencio.
De hecho, desapareció del todo. Después de aquella noche yo la vi poquísimo, y al cabo de un par de meses supe que se marchaba a Méjico, en vacaciones de Navidad. Allí tenía una hermana, casada con un mejicano, tratante en pieles y cueros. Pasó la Navidad y todo el año siguiente, y muchos más años, y de Felisa no supimos nunca más nada concreto. Según noticias imprecisas, su hermana le propició un buen trabajo y, en fin, parece que allí se quedó...
A mí me quedó para siempre el recuerdo de aquel patético rostro desencajado de Felisa tras el impacto que le produjo la leyenda de “Tu me acostumbraste” contada por Olga Guillot aquella noche. (Y, por cierto, de esa leyenda que pesa sobre el “Tu me acostumbraste”, a Olga Guillot no le ha gustado hablar nunca más. Cuando se le pregunta, suele responder que “no sabe nada de eso” y vuelve la pàgina).
Aquella noche de autos, yo era el único de los presentes que supe calibrar dramáticas analogías y ni siquiera la misma Felisa podía adivinar que yo lo sabía. Lo cual acentuó mi inquietud todavía más.

 
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