John Lennon y su español en el motor

Albert Mallofré
 
En este punto me acordé de John Lennon y de la conversación que tuve con él a propósito de su libro “A spaniard in the works”, que se había publicado en Londres poco antes. Pero vayamos por partes.
Cuando los Beatles vinieron a España en julio de 1965 para su doble concierto, (en Madrid y Barcelona) se organizó (en puridad, mejor diría que “se desorganizó”) una conferencia de prensa en el hotel Avenida Palace, previa al concierto en la plaza de toros Monumental, de Barcelona. Para entonces, yo ya había publicado artículos sobre los Beatles en la revista “Destino” y acudí al encuentro con ánimo expectante y latidos acelerados en los pectorales.
Sin embargo, la pretendida “rueda de prensa” fue una pantomima grotesca. Nadie había tomado las prevenciones básicas para el evento y los cuatro Beatles acudieron a un recinto destartalado, sin sillas, sin mesas, sin micrófonos ni amplificación sonora y, muy penosamente, sin traductor. Y casi sin periodistas. En realidad, sólo habían acudido cuatro o cinco fotógrafos/as imberbes y yo mismo, que también era muy joven y estaba en el inicio de la profesión. Aquello era “la prensa de Barcelona”, ante el fenómeno de la nueva cultura juvenil del momento.
Los Beatles podían haber optado por una retirada digna pero, entre la sorpresa y el pitorreo, prefirieron dejarse fotografiar adoptando una postura marcadamente displicente, por decirlo de una manera fina. En aquella triste escena, como de sainete bufo difícilmente descriptible, me percaté pronto de que yo era el único que hablaba inglés en todo el entorno “periodístico”, y me atreví a preguntar, por mi cuenta, ante el enojo de los demás presentes, que a codazos inquirían a mi lado “¿qué dice?” “¿qué ha dicho?” como moscones pijoteros.
John Lennon y Paul McCartney se esforzaban en ser amables, capeando la situación con urbanidad profesional, mientras George Harrison observaba atentamente sin abrir la boca. Ringo Starr se quedó en un rincón, haciendo muecas y aspavientos que sólo le divertían a él.
Como digo más arriba, John Lennon había publicado en Londres un libro curioso, con dibujos e ilustraciones de su propia mano, conteniendo cuentos, versos y narraciones, bajo el intrigante título de “A spaniard in the works” que, traducido literalmente, significa “un español en los motores” jugando fonéticamente con la frase, muy popular en Inglaterra, de “a spanner in the works”, que viene a decir algo como “un bastón en las ruedas”. Le pregunté directamente a John Lennon qué gracia tenía mentar a “un español” en vez de “una llave inglesa”.
John Lennon me comentó que, realmente, no era más que un retruécano, que no trataba de ser gracioso y que, en realidad, el título lo había puesto el editor; no él.
—En realidad— precisó John Lennon— el título es del editor. A los editores les gusta elegir los títulos. Los libros no los leen, pero los títulos los quieren suyos. Como habrás visto, ya que conoces el libro, el primer cuento narra una situación absurda y surrealista, con un español caricaturizado fantasiosamente, sin mala intención. Lo ilustré con un dibujo resaltando una llave inglesa (a spanner) y como el cuento trataba de un español, al editor se le ocurrió asociar “spanner” con “spaniard” porque le pareció divertido.
—¿Has dicho que los editores no leen los libros que publican?
—No, claro que no. Los editores no están para leer libros sino para venderlos. Ellos no tienen tiempo de leer, ni les hace falta; están demasiado ocupados en su política comercial. En Inglaterra, y supongo que en todas partes, el interés de los editores literarios se centra en los lectores y no precisamente en los escritores. Sus departamentos de distribución no estudian corrientes literarias sino preferencias y motivaciones del mercado. No son filántropos sino industriales que viven del comercio. Ciertamente, a la cultura le hace falta este comercio pero es mucho más saludable no confundir los términos, para no equivocarse. Tu verás que este libro mío, “A spaniard in the works”, (que no es el primero) ha sido publicado porque mi nombre ya va siendo muy popular en otro campo distinto de la literatura. En este momento, cualquier obra que lleve mi firma es un buen gancho para la venta. Este mismo libro, cuando el nombre de John Lennon era desconocido, no hubiera tenido ninguna posibilidad en la editorial. Ahora que lo firma John Lennon ha visto la luz, pero estoy seguro de que nadie de los que han intervenido en la publicación se ha tomado la molestia de leerlo, ni antes ni después de publicarlo. Lo cual es muy normal, me parece. Así funciona la edición literaria y no hay que darle vueltas.
—¿Es como la edición de música y discos?
—Exactamente. Si a un editor discográfico se le presenta ahora una novedad, pongamos de un nuevo estilo, realizada por un grupo de músicos jóvenes y desconocidos, ¿cómo crees que decidirá si lo publica o no? Podría tratarse de un éxito detonante o, tal vez, de un fracaso miserable ¿Crees que escuchará las cintas de prueba, para dilucidar el dilema?
—¿No las escuchará?
—No seamos ingenuos; su trabajo no es este. El Gran Ejecutivo optará por la vía práctica: es decir, pasará la oferta al responsable de su departamento comercial, con la pregunta clave: “¿cuántos discos de esto se compromete usted a vender?” Por supuesto, el Gran Vendedor Supremo sabe que la valoración crítica de un Jefe de Ventas no interesa y, por consiguiente, él tampoco ocupará su tiempo en escuchar la cinta de prueba. ¿Para qué?
—Para saber de qué se trata...
—No. Lo que se plantea es sólo si él se compromete a vender aquel producto; no si sabe de qué se trata. En tal caso —que, dicho sea de paso, se repite con frecuencia en estos tiempos— su posición normal es la de cautela, porque él sabe que la reacción del mercado es imprevisible y no es fácil adivinarla aunque se conozca muy bien la obra creativa sobre la que se ha de pronunciar. Al Supremo Vendedor se le endosa la responsabilidad sobre el resultado final y a él no le apetece, de ninguna manera, arriesgar su empleo apostando por un factor desconocido. Por tanto, el rumbo de su pensamiento toma un sesgo de este cariz: “si la decisión se me exige en términos de responsabilidad personal, yo no salto al vacío sin paracaídas”. En otras palabras, asumir riesgos personales es una actitud que el vendedor precavido repudia de plano y, consecuentemente, su respuesta es negativa. ¿Tú qué harías?
—No sé. Curarme en salud, presumiblemente.
—Claro, cualquiera en su caso haría lo mismo y así es como se rechazan ideas nuevas en el mundo de la industria fonográfica, sin que nadie a ningún nivel, ni de gerencia, ni de dirección, ni de distribución, ni de publicidad, ni de ventas, se haya tomado la molestia de escuchar las cintas de prueba que se someten a dictamen. La industria reacciona por hechos consumados y éxitos probados a priori, y es sumamente refractaria a las novedades huérfanas de “padrino”.
—¿Y se rechazan sin escucharlas?
—Seguro. Se rechazan, como digo, si se presentan huérfanas de un “padrino” que asuma la responsabilidad.
—¿Crees que es igual en la industria del libro?
—Naturalmente. Por lo que he podido ver, son muchos los manuscritos originales, de autores noveles, que se devuelven al autor, con la etiqueta de “no interesa”, sin que nadie en la editorial los haya leído. A veces, algún compromiso personal fuerza una negativa dulcificada y la cruda sentencia de “no interesa” se transforma en un sinónimo convencional como “Esta obra está muy bien, realmente; nos ha gustado mucho. Lástima que no encaja en la línea de nuestra producción actual”. Y ya está.
—Pero... ¿cómo saben que un manuscrito “no interesa”, si no lo han examinado realmente?
—Supongo que tienen medios de saberlo, ya que conocen su oficio. ¿Tú tienes argumentos para discutírselo? Yo, no. En teoría, la edición está supeditada a los imperativos del “marketing” pero, en la práctica, sus estudios de mercado son poco eficaces. Cuando estalla en sus manos un éxito detonante, ellos mismos son los primeros sorprendidos. De hecho, sus decisiones en la elección del producto dependen de lazos indeterminados, de amistades preferidas, de recomendaciones, de referencias de éxitos precedentes o de la insistencia de “padrinos”, (agentes musicales o literarios) que tengan influencia o que dispongan de una buena “cartera” de firmas exitosas. En otras palabras, la elección de una obra original para ser publicada depende de muchos factores ajenos a un estudio real de sus posibilidades de difusión en el mercado. Todo esto constituye una barrera infranqueable para un autor novel, sin referencias, que en el mundo editorial no encuentra quien le escuche.
—Todo esto muy decepcionante para la juventud que puede aportar ideas nuevas... ¿no es cierto?
(En realidad, por razón de la edad, yo me sentía muy próximo entonces a la juventud y a las ideas nuevas y de ahí mi desazonada insistencia)
—Bueno,admitió John Lennon, muchas de las ideas nuevas que son realmente valiosas acaban finalmente por aflorar. Al menos es lo que piensan los que están instalados en el sistema. Confieso que la edición literaria la conozco menos directamente que la del disco pero yo diría que son primas hermanas y esta “hermandad” las hace moverse por el mismo tipo de prevenciones y por el temor de posibles fracasos. Ante lo desconocido, se repliegan detrás de una coraza aislante que les evita fiascos pero que, en contrapartida, puede impedirles también el descubrimiento de algún que otro éxito bendito.
—Pero los Beatles no eran conocidos cuando firmaron un buen contrato con su editora EMI... ¿A vosotros sí que os escucharon las cintas de prueba?
—¡Alto! No nos equivoquemos. Ante todo, nuestro grupo no era una novedad intrínseca, genéricamente hablando. Proliferaban ya entonces muchos conjuntos juveniles actuando con el mismo formato y, en este sentido, los Beatles no descubrían nada, estructuralmente hablando. Teníamos entonces, todavía, un repertorio bastante convencional y, por tanto, aún clasificándonos por lo bajo como “un conjunto más”, un contrato con los Beatles no era un disparate desaforado sino algo bastante común, realmente. Pero es que, a pesar de todo esto, los Beatles ya habían sido rechazados por la editora Decca, porque éramos nuevos y... en fin, por los motivos de siempre; no nos escucharon. Si después EMI nos aceptó, fue gracias a la responsabilidad de nuestro agente y amigo Brian, que respondió por nosotros. Y ello nos permitió iniciar con seguridad y garantías nuestro verdadero objetivo, que era divulgar nuestras propias canciones y no tener que repetir toda la vida “Twist and shout”.
—De manera que Brian Epstein fue “el padrino” al que antes aludías...
—Pues sí...
—Cuando los ejecutivos de Decca comprobaron, muy lastimosamente, que se habían equivocado rechazando a los Beatles, corrieron entonces a encontrar un contrapeso equivalente y lo encontraron en los Rolling Stones... ¿no es así?
—Sí, claro. Y quizás salieron ganando... ¡Los Stones son muy buenos!
—Tú quizás no sabes que la editora española de EMI (“La Voz de su Amo”) no publicó en España las grabaciones originales de los primeros éxitos de los Beatles, sino después de haber publicado aquellas mismas canciones traducidas al español por un grupo de aquí, “Los Mustang”
—¿De veras?
—Claro. Los editores, muy sabios como siempre, sostenían el criterio de que el mercado autóctono acogería mejor la versión española de vuestras mismas canciones. En inglés, la gente no entendía y como las canciones eran un éxito, valía más editarlas en español, por un conocido conjunto local. Era el método habitual en aquellos tiempos, el “qué” se primaba por encima del “cómo”. Más adelante, la figura de los Beatles acreditó su mayor peso y los editores españoles de EMI tuvieron que adaptar a la realidad sus viejos métodos comerciales.
—Es muy divertido. Se lo diremos a Brian.
La conversación había girado alrededor de sus músicas, de sus canciones geniales y los intríngulis del momento y en este punto, los demás “periodistas” y fotógrafos, cansados de repetir “¿qué dice? ¿qué ha dicho?” ya se habían ido. Ringo también se marchó. Y George. Y Paul, que estuvo asintiendo, no aportó a la conversación ningún dato nuevo.
Nosotros, quiero decir John Lennon y yo, ya habíamos tenido un “tête-à-tête” bastante largo y después de mentar los Rolling Stones, i la editora EMI, John Lennon dio por cerrada la plática y desapareció de mi vista en un instante. Nunca más volví a verle tan de cerca.
John Lennon me produjo una gran impresión. Venía con la aureola fantasiosa de extravagancias y provocaciones al margen de los escenarios, pero en aquella conversación se mostró culto, ponderado, simpático, soberanamente inteligente, y al inicio de nuestra charla, antes de todo lo que acabo de referir, ya le había comentado el contraste que se deduce entre su fama popular de farsante pamplinero y la realidad de una persona cultivada y cabal.
Su primera respuesta fue una abierta carcajada.
—No hagas caso. Lo que dicen de nosotros los medios de difusión es pura publicidad. Parece que el entorno que rodea a nuestro trabajo es el desbarro y la astracanada y, qué quieres que te diga, a nosotros nos divierte montarnos en este tiovivo esperpéntico. Personalmente, me regodeo cuando observo que desde los medios de comunicación me están pinchando para que diga algo chocante y de inmediato se sirven de la “chorrada” que se me ha ocurrido para divulgarla, escandalizados, y así vender más. Todo forma parte del mismo círculo alborotado: la provocación, el despropósito y el escándalo subsiguiente por parte de los mismos que lo han provocado. Los que lo publican saben que con ello venden más y de paso nos hacen vender más a nosotros y el sistema funciona así. A los Beatles nos han puesto en una posición de ventaja, porque desde esta especie de plataforma de la farsa, se nos disculpa cualquier impertinencia que desafíe las normas sociales y las reglas estipuladas de la urbanidad y la compostura. Para la gente sensata, nuestras salidas de tono les parecen “otra ocurrencia de los Beatles” y, en vez de ofenderse, se divierten. O lo aparentan, para no desentonar. Así, nuestros “dichos” se propagan tanto como nuestros discos y todo contribuye a la popularidad. Pero tú nos conoces y no te engañas. Sabes que todo esto es la vorágine de la publicidad. En la pura realidad, toda la parafernalia externa no nos aparta de nuestro compromiso con el trabajo que tenemos, que es muy exigente y no tolera evasiones de cara a la galería.
En fin, como digo, fue una conversación inolvidable, tras la cual corrí al periódico para transcribirla, sintetizada, en el formato de entrevista periodística ad hoc. Entrevista que nunca se publicó. Quien podía decidirlo, en la casa, consideró que una entrevista con aquellos “peludos” no cabía en un diario serio, de información general solvente.
Inasequible al desaliento, según frase de la época, escribí del subsiguiente concierto en La Monumental una crítica hermosa, que no vio tampoco la luz en su momento. Unos cuantos días más tarde, en vista que de los “escarabajos” se hablaba mucho, hubo que publicar algo apropiado y, para la necesidad imperiosa del momento, saqué de la “nevera” lo que había sido una crítica puntual del concierto para refundirlo en una glosa posterior al acontecimiento, que esa sí se publicó. Con lo cual mi periódico demostró su talante abierto a las nuevas corrientes y su disposición favorable a las devociones de la juventud, toda vez que fue el único diario en la ciudad que, aunque tarde, dejó constancia crítica del concierto de los Beatles en la ciudad.
Total, que recordando a John Lennon y lo que hablé con él, apostado todo ello en un recodo de la memoria ya muy lejano, me encuentro ahora ante el trabajoso estímulo de escribir un libro inusual, que espero que algún editor bienquisto lo considerará apto algún día, para que lo pueda leer usted.
Por lo pronto, continuo en mi camino, poniendo en orden los sentimientos que se han agolpado esta mañana, recordando a Dexter Gordon. ¿Me acompaña?
 
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