En este punto me acordé de John Lennon y de la
conversación que tuve con él a propósito de su libro “A
spaniard in the works”, que se había publicado en Londres
poco antes. Pero vayamos por partes.
Cuando los Beatles vinieron a España en julio de 1965 para
su doble concierto, (en Madrid y Barcelona) se organizó
(en puridad, mejor diría que “se desorganizó”) una
conferencia de prensa en el hotel Avenida Palace, previa
al concierto en la plaza de toros Monumental, de
Barcelona. Para entonces, yo ya había publicado artículos
sobre los Beatles en la revista “Destino” y acudí al
encuentro con ánimo expectante y latidos acelerados en los
pectorales.
Sin embargo, la pretendida “rueda de prensa” fue una
pantomima grotesca. Nadie había tomado las prevenciones
básicas para el evento y los cuatro Beatles acudieron a un
recinto destartalado, sin sillas, sin mesas, sin
micrófonos ni amplificación sonora y, muy penosamente, sin
traductor. Y casi sin periodistas. En realidad, sólo
habían acudido cuatro o cinco fotógrafos/as imberbes y yo
mismo, que también era muy joven y estaba en el inicio de
la profesión. Aquello era “la prensa de Barcelona”, ante
el fenómeno de la nueva cultura juvenil del momento.
Los Beatles podían haber optado por una retirada digna
pero, entre la sorpresa y el pitorreo, prefirieron dejarse
fotografiar adoptando una postura marcadamente
displicente, por decirlo de una manera fina. En aquella
triste escena, como de sainete bufo difícilmente
descriptible, me percaté pronto de que yo era el único que
hablaba inglés en todo el entorno “periodístico”, y me
atreví a preguntar, por mi cuenta, ante el enojo de los
demás presentes, que a codazos inquirían a mi lado “¿qué
dice?” “¿qué ha dicho?” como moscones pijoteros.
John Lennon y Paul McCartney se esforzaban en ser amables,
capeando la situación con urbanidad profesional, mientras
George Harrison observaba atentamente sin abrir la boca.
Ringo Starr se quedó en un rincón, haciendo muecas y
aspavientos que sólo le divertían a él.
Como digo más arriba, John Lennon había publicado en
Londres un libro curioso, con dibujos e ilustraciones de
su propia mano, conteniendo cuentos, versos y narraciones,
bajo el intrigante título de “A spaniard in the works”
que, traducido literalmente, significa “un español en los
motores” jugando fonéticamente con la frase, muy popular
en Inglaterra, de “a spanner in the works”, que viene a
decir algo como “un bastón en las ruedas”. Le pregunté
directamente a John Lennon qué gracia tenía mentar a “un
español” en vez de “una llave inglesa”.
John Lennon me comentó que, realmente, no era más que un
retruécano, que no trataba de ser gracioso y que, en
realidad, el título lo había puesto el editor; no él.
—En realidad— precisó John Lennon— el título es del
editor. A los editores les gusta elegir los títulos. Los
libros no los leen, pero los títulos los quieren suyos.
Como habrás visto, ya que conoces el libro, el primer
cuento narra una situación absurda y surrealista, con un
español caricaturizado fantasiosamente, sin mala
intención. Lo ilustré con un dibujo resaltando una llave
inglesa (a spanner) y como el cuento trataba de un
español, al editor se le ocurrió asociar “spanner” con
“spaniard” porque le pareció divertido.
—¿Has dicho que los editores no leen los libros que
publican?
—No, claro que no. Los editores no están para leer libros
sino para venderlos. Ellos no tienen tiempo de leer, ni
les hace falta; están demasiado ocupados en su política
comercial. En Inglaterra, y supongo que en todas partes,
el interés de los editores literarios se centra en los
lectores y no precisamente en los escritores. Sus
departamentos de distribución no estudian corrientes
literarias sino preferencias y motivaciones del mercado.
No son filántropos sino industriales que viven del
comercio. Ciertamente, a la cultura le hace falta este
comercio pero es mucho más saludable no confundir los
términos, para no equivocarse. Tu verás que este libro
mío, “A spaniard in the works”, (que no es el primero) ha
sido publicado porque mi nombre ya va siendo muy popular
en otro campo distinto de la literatura. En este momento,
cualquier obra que lleve mi firma es un buen gancho para
la venta. Este mismo libro, cuando el nombre de John
Lennon era desconocido, no hubiera tenido ninguna
posibilidad en la editorial. Ahora que lo firma John
Lennon ha visto la luz, pero estoy seguro de que nadie de
los que han intervenido en la publicación se ha tomado la
molestia de leerlo, ni antes ni después de publicarlo. Lo
cual es muy normal, me parece. Así funciona la edición
literaria y no hay que darle vueltas.
—¿Es como la edición de música y discos?
—Exactamente. Si a un editor discográfico se le presenta
ahora una novedad, pongamos de un nuevo estilo, realizada
por un grupo de músicos jóvenes y desconocidos, ¿cómo
crees que decidirá si lo publica o no? Podría tratarse de
un éxito detonante o, tal vez, de un fracaso miserable
¿Crees que escuchará las cintas de prueba, para dilucidar
el dilema?
—¿No las escuchará?
—No seamos ingenuos; su trabajo no es este. El Gran
Ejecutivo optará por la vía práctica: es decir, pasará la
oferta al responsable de su departamento comercial, con la
pregunta clave: “¿cuántos discos de esto se compromete
usted a vender?” Por supuesto, el Gran Vendedor Supremo
sabe que la valoración crítica de un Jefe de Ventas no
interesa y, por consiguiente, él tampoco ocupará su tiempo
en escuchar la cinta de prueba. ¿Para qué?
—Para saber de qué se trata...
—No. Lo que se plantea es sólo si él se compromete a
vender aquel producto; no si sabe de qué se trata. En tal
caso —que, dicho sea de paso, se repite con frecuencia en
estos tiempos— su posición normal es la de cautela, porque
él sabe que la reacción del mercado es imprevisible y no
es fácil adivinarla aunque se conozca muy bien la obra
creativa sobre la que se ha de pronunciar. Al Supremo
Vendedor se le endosa la responsabilidad sobre el
resultado final y a él no le apetece, de ninguna manera,
arriesgar su empleo apostando por un factor desconocido.
Por tanto, el rumbo de su pensamiento toma un sesgo de
este cariz: “si la decisión se me exige en términos de
responsabilidad personal, yo no salto al vacío sin
paracaídas”. En otras palabras, asumir riesgos personales
es una actitud que el vendedor precavido repudia de plano
y, consecuentemente, su respuesta es negativa. ¿Tú qué
harías?
—No sé. Curarme en salud, presumiblemente.
—Claro, cualquiera en su caso haría lo mismo y así es como
se rechazan ideas nuevas en el mundo de la industria
fonográfica, sin que nadie a ningún nivel, ni de gerencia,
ni de dirección, ni de distribución, ni de publicidad, ni
de ventas, se haya tomado la molestia de escuchar las
cintas de prueba que se someten a dictamen. La industria
reacciona por hechos consumados y éxitos probados a
priori, y es sumamente refractaria a las novedades
huérfanas de “padrino”.
—¿Y se rechazan sin escucharlas?
—Seguro. Se rechazan, como digo, si se presentan huérfanas
de un “padrino” que asuma la responsabilidad.
—¿Crees que es igual en la industria del libro?
—Naturalmente. Por lo que he podido ver, son muchos los
manuscritos originales, de autores noveles, que se
devuelven al autor, con la etiqueta de “no interesa”, sin
que nadie en la editorial los haya leído. A veces, algún
compromiso personal fuerza una negativa dulcificada y la
cruda sentencia de “no interesa” se transforma en un
sinónimo convencional como “Esta obra está muy bien,
realmente; nos ha gustado mucho. Lástima que no encaja en
la línea de nuestra producción actual”. Y ya está.
—Pero... ¿cómo saben que un manuscrito “no interesa”, si
no lo han examinado realmente?
—Supongo que tienen medios de saberlo, ya que conocen su
oficio. ¿Tú tienes argumentos para discutírselo? Yo, no.
En teoría, la edición está supeditada a los imperativos
del “marketing” pero, en la práctica, sus estudios de
mercado son poco eficaces. Cuando estalla en sus manos un
éxito detonante, ellos mismos son los primeros
sorprendidos. De hecho, sus decisiones en la elección del
producto dependen de lazos indeterminados, de amistades
preferidas, de recomendaciones, de referencias de éxitos
precedentes o de la insistencia de “padrinos”, (agentes
musicales o literarios) que tengan influencia o que
dispongan de una buena “cartera” de firmas exitosas. En
otras palabras, la elección de una obra original para ser
publicada depende de muchos factores ajenos a un estudio
real de sus posibilidades de difusión en el mercado. Todo
esto constituye una barrera infranqueable para un autor
novel, sin referencias, que en el mundo editorial no
encuentra quien le escuche.
—Todo esto muy decepcionante para la juventud que puede
aportar ideas nuevas... ¿no es cierto?
(En realidad, por razón de la edad, yo me sentía muy
próximo entonces a la juventud y a las ideas nuevas y de
ahí mi desazonada insistencia)
—Bueno,admitió John Lennon, muchas de las ideas nuevas que
son realmente valiosas acaban finalmente por aflorar. Al
menos es lo que piensan los que están instalados en el
sistema. Confieso que la edición literaria la conozco
menos directamente que la del disco pero yo diría que son
primas hermanas y esta “hermandad” las hace moverse por el
mismo tipo de prevenciones y por el temor de posibles
fracasos. Ante lo desconocido, se repliegan detrás de una
coraza aislante que les evita fiascos pero que, en
contrapartida, puede impedirles también el descubrimiento
de algún que otro éxito bendito.
—Pero los Beatles no eran conocidos cuando firmaron un
buen contrato con su editora EMI... ¿A vosotros sí que os
escucharon las cintas de prueba?
—¡Alto! No nos equivoquemos. Ante todo, nuestro grupo no
era una novedad intrínseca, genéricamente hablando.
Proliferaban ya entonces muchos conjuntos juveniles
actuando con el mismo formato y, en este sentido, los
Beatles no descubrían nada, estructuralmente hablando.
Teníamos entonces, todavía, un repertorio bastante
convencional y, por tanto, aún clasificándonos por lo bajo
como “un conjunto más”, un contrato con los Beatles no era
un disparate desaforado sino algo bastante común,
realmente. Pero es que, a pesar de todo esto, los Beatles
ya habían sido rechazados por la editora Decca, porque
éramos nuevos y... en fin, por los motivos de siempre; no
nos escucharon. Si después EMI nos aceptó, fue gracias a
la responsabilidad de nuestro agente y amigo Brian, que
respondió por nosotros. Y ello nos permitió iniciar con
seguridad y garantías nuestro verdadero objetivo, que era
divulgar nuestras propias canciones y no tener que repetir
toda la vida “Twist and shout”.
—De manera que Brian Epstein fue “el padrino” al que antes
aludías...
—Pues sí...
—Cuando los ejecutivos de Decca comprobaron, muy
lastimosamente, que se habían equivocado rechazando a los
Beatles, corrieron entonces a encontrar un contrapeso
equivalente y lo encontraron en los Rolling Stones... ¿no
es así?
—Sí, claro. Y quizás salieron ganando... ¡Los Stones son
muy buenos!
—Tú quizás no sabes que la editora española de EMI (“La
Voz de su Amo”) no publicó en España las grabaciones
originales de los primeros éxitos de los Beatles, sino
después de haber publicado aquellas mismas canciones
traducidas al español por un grupo de aquí, “Los Mustang”
—¿De veras?
—Claro. Los editores, muy sabios como siempre, sostenían
el criterio de que el mercado autóctono acogería mejor la
versión española de vuestras mismas canciones. En inglés,
la gente no entendía y como las canciones eran un éxito,
valía más editarlas en español, por un conocido conjunto
local. Era el método habitual en aquellos tiempos, el
“qué” se primaba por encima del “cómo”. Más adelante, la
figura de los Beatles acreditó su mayor peso y los
editores españoles de EMI tuvieron que adaptar a la
realidad sus viejos métodos comerciales.
—Es muy divertido. Se lo diremos a Brian.
La conversación había girado alrededor de sus músicas, de
sus canciones geniales y los intríngulis del momento y en
este punto, los demás “periodistas” y fotógrafos, cansados
de repetir “¿qué dice? ¿qué ha dicho?” ya se habían ido.
Ringo también se marchó. Y George. Y Paul, que estuvo
asintiendo, no aportó a la conversación ningún dato nuevo.
Nosotros, quiero decir John Lennon y yo, ya habíamos
tenido un “tête-à-tête” bastante largo y después de mentar
los Rolling Stones, i la editora EMI, John Lennon dio por
cerrada la plática y desapareció de mi vista en un
instante. Nunca más volví a verle tan de cerca.
John Lennon me produjo una gran impresión. Venía con la
aureola fantasiosa de extravagancias y provocaciones al
margen de los escenarios, pero en aquella conversación se
mostró culto, ponderado, simpático, soberanamente
inteligente, y al inicio de nuestra charla, antes de todo
lo que acabo de referir, ya le había comentado el
contraste que se deduce entre su fama popular de farsante
pamplinero y la realidad de una persona cultivada y cabal.
Su primera respuesta fue una abierta carcajada.
—No hagas caso. Lo que dicen de nosotros los medios de
difusión es pura publicidad. Parece que el entorno que
rodea a nuestro trabajo es el desbarro y la astracanada y,
qué quieres que te diga, a nosotros nos divierte montarnos
en este tiovivo esperpéntico. Personalmente, me regodeo
cuando observo que desde los medios de comunicación me
están pinchando para que diga algo chocante y de inmediato
se sirven de la “chorrada” que se me ha ocurrido para
divulgarla, escandalizados, y así vender más. Todo forma
parte del mismo círculo alborotado: la provocación, el
despropósito y el escándalo subsiguiente por parte de los
mismos que lo han provocado. Los que lo publican saben que
con ello venden más y de paso nos hacen vender más a
nosotros y el sistema funciona así. A los Beatles nos han
puesto en una posición de ventaja, porque desde esta
especie de plataforma de la farsa, se nos disculpa
cualquier impertinencia que desafíe las normas sociales y
las reglas estipuladas de la urbanidad y la compostura.
Para la gente sensata, nuestras salidas de tono les
parecen “otra ocurrencia de los Beatles” y, en vez de
ofenderse, se divierten. O lo aparentan, para no
desentonar. Así, nuestros “dichos” se propagan tanto como
nuestros discos y todo contribuye a la popularidad. Pero
tú nos conoces y no te engañas. Sabes que todo esto es la
vorágine de la publicidad. En la pura realidad, toda la
parafernalia externa no nos aparta de nuestro compromiso
con el trabajo que tenemos, que es muy exigente y no
tolera evasiones de cara a la galería.
En fin, como digo, fue una conversación inolvidable, tras
la cual corrí al periódico para transcribirla,
sintetizada, en el formato de entrevista periodística ad
hoc. Entrevista que nunca se publicó. Quien podía
decidirlo, en la casa, consideró que una entrevista con
aquellos “peludos” no cabía en un diario serio, de
información general solvente.
Inasequible al desaliento, según frase de la época,
escribí del subsiguiente concierto en La Monumental una
crítica hermosa, que no vio tampoco la luz en su momento.
Unos cuantos días más tarde, en vista que de los
“escarabajos” se hablaba mucho, hubo que publicar algo
apropiado y, para la necesidad imperiosa del momento,
saqué de la “nevera” lo que había sido una crítica puntual
del concierto para refundirlo en una glosa posterior al
acontecimiento, que esa sí se publicó. Con lo cual mi
periódico demostró su talante abierto a las nuevas
corrientes y su disposición favorable a las devociones de
la juventud, toda vez que fue el único diario en la ciudad
que, aunque tarde, dejó constancia crítica del concierto
de los Beatles en la ciudad.
Total, que recordando a John Lennon y lo que hablé con él,
apostado todo ello en un recodo de la memoria ya muy
lejano, me encuentro ahora ante el trabajoso estímulo de
escribir un libro inusual, que espero que algún editor
bienquisto lo considerará apto algún día, para que lo
pueda leer usted.
Por lo pronto, continuo en mi camino, poniendo en orden
los sentimientos que se han agolpado esta mañana,
recordando a Dexter Gordon. ¿Me acompaña?
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