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PARA HENRY MANCINI, “TOO GOOD IS NO GOOD” |
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Albert Mallofré |
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—Las olas, una y otra, y otra, y otra, insistentemente,
colisionaban orgullosas contra la roca y se replegaban,
balanceándose como avergonzadas, instantes después. De
pronto la vi... Alta, majestuosa, descarada, envuelta en
mil reflejos dorados y coronada de una cresta fulgurante,
por encima de toda la gama de azules y de blancos
radiantes... Era impresionante.
—¿De qué estás hablando? ¿Una sirena?
—No bromees. Las sirenas no son reales, no existen. No me
refiero a quimeras ni a fantasías espectrales. Puedo ser
un visionario, según el criterio acomodaticio de quienes
no quieren molestarse en mirar más allá de su nariz, pero
te estoy hablando de un hecho real.
—¿De qué hecho real?
—¡Te estoy hablando de Ella!
—Si no quieres ayudarme... Contemplando el mar ¿qué puedes
haber visto? ¿Una ola?
—No es “una ola”. Olas hay muchas, a cada momento. Son
infinitas. Pero Ella es única. Es La Ola.
—No sé si lo entiendo. ¿Es que te has enamorado de una
ola?
—No vuelvas a llamarla “una ola”. Ella es La Ola.
—Y... vamos... ¿te has enamorado de ella?
—¿Qué quieres? ¿Es que el amor se ha de localizar
forzosamente en una persona?
—Pues... ¿qué sé yo? Tal vez llevas razón. Enamorarse de
una persona puede ser un sentimiento convencional, claro,
pero yo veo que así ha funcionado siempre. También puedes
querer a un ser vivo, como un perro, o a un caballo,
pero... ¿una ola? ¿Es que una ola puede ser un elemento
identificable?
—El amor es un sentimiento emotivo al cien por cien y en
su naturaleza no entra ningún concepto imbuido de razón.
Es el mismo dilema que siempre se plantea, entre la razón
y la emoción. En un sentimiento como el amor no hace falta
buscarle un componente de razón, porque no lo hay. Un ser
humano, en la plenitud de sus facultades, puede amar
cualquier principio que promueva y estimule su sentido de
la emotividad. Y este objeto de estimación no ha de ser
forzosamente otra persona.
—¿Pero y la reciprocidad? Normalmente, cuando uno se
siente enamorado, suele cifrar su felicidad completa en el
hecho de que su amor se vea correspondido y que se
establezca una corriente de estimación recíproca. ¿No es
así?
—Sí, es así, efectivamente. Pero el amor puede existir, y
de hecho se suele manifestar de forma dramática, muy a
menudo, sin que exista reciprocidad. Además, esta famosa
reciprocidad sentimental se observa por una suma de
sensaciones y... ¿quién me puede asegurar que un elemento
de constitución distinta de la naturaleza humana no pueda
emitir cierto tipo de sensaciones? Es un caso de
transgresión de la norma, pero sólo esto.
—Mira, no lo sé. Es demasiado complicado para mí.
—Aquel día no pude sustraerme a su imagen, que se había
instalado en mi pensamiento y se había apoderado de toda
mi voluntad. Me quedé allí, quieto, como un pasmarote,
esperando volver a verla, pero no volvió a aparecer. Olas
y más olas y todas diferentes, se debatían contra el
acantilado, pero Ella, no. Llegó a oscurecer del todo y
una segunda voz en el fondo de la conciencia me advertía
de que estaba cayendo en un juego peligroso, que valía más
poner atención en algún otro imperativo más real y más
cercano. Pero estaba enganchado y no podía sustraerme a
aquella emoción incipiente. De un modo literalmente
alienante esperé que llegase la misma hora precrepuscular
y me acomodé en el mismo lugar del acantilado, con una
sensación de ansiedad que entrecortaba mi respiración. En
fin, ya puedes imaginar qué es lo que ocurrió. Aquel día
las olas eran más mansas, como más blandas, pero de pronto
le vi acercarse desde mar adentro, altiva, solemne, con
movimientos sensuales, como si tuviera la seguridad de que
yo la estaba mirando. No venía rápida y decidida, como el
día anterior, sino con un balanceo voluptuoso... dejándose
ver. Llegó hasta el límite de las rocas pero no rompió
violentamente, sino rasgándose en jirones, como
complaciéndose en su propia lujuria. Se detuvo, como
indecisa, como ruborizada, y se retiró pausadamente,
pálida y abandonada, como en un abandono orgásmico...
Gaudencio detuvo su discurso un instante, mientras yo le
contemplaba asombrado. Pero antes de que yo pudiera
articular una palabra, prosiguió:
—Yo no sabía cómo reaccionar y no sé cuánto tiempo pasó
hasta que, de repente, la vi acercarse de nuevo, desde
mucho más atrás. No me podía equivocar, era Ella, sin duda
ninguna, porque el mar estaba casi quieto del todo y
apenas se producía un pequeño oleaje tímido al borde de
las rocas. Era Ella, seguro. ¡La única! Y estaba allí,
otra vez. Pero entonces no llegó hasta la ruptura contra
las rocas; inició un movimiento sinuoso, acercándose
deprisa y deteniéndose a mitad de recorrido, medio
retirándose dubitativamente y volviendo a erguirse en un
movimiento insinuante... yo diría que coqueteando. No me
quedaba ninguna duda: Ella me había visto y estaba jugando
con mi voluntad. ¡Me quería tentar!
—¡Gaudencio!
—No estoy chirriando ¿eh? Cito sólo hechos concretos. Y
como observo tu suspicacia, omitiré detalles y voy
directamente al punto más substancial de la historia.
Desde aquel día, entre Ola y yo se estableció una relación
regular. Y yo ya no viví más que para verla y sentirla.
Se quedó como abstraído unos instantes, como extasiado. Yo
me quedé mirándole en silencio, tratando de entender
aquello que mi sano juicio rechazaba, pero él, sumergido
en su alucinación, continuó:
—Durante todo este tiempo, Ella venía cada día, puntual,
hacia esta hora preliminar del crepúsculo, y cada día era
una sensación diferente. Voluptuosa a días, arisca a
veces, juguetona casi siempre...
—Pero Gaudencio, por favor...!
—El instante de máxima ilusión, ¿sabes? es cuando Ella me
ve acodado sobre la barandilla del acantilado y viene
decididamente a abrazarme. Se acerca, choca, violenta,
contra la roca y su espuma lúbrica me abraza, empapándome
completamente, de forma apasionada y, al mismo tiempo,
tierna y sensual. Yo me dejo sumergir en la inmersión
lujuriosa y me siento hondamente impregnado de su salina
desde la piel hasta el más profundo pliegue de mi
espíritu. ¡Qué sensación de felicidad intensa, con los
cabellos chorreando sobre mi rostro embelesado...
¡Chorreando de Ella!. Es un sentimiento desconocido, con
cambios constantes de matiz, como la misma naturaleza de
las olas, que no son nunca exactamente idénticas., y
siempre anticipan sorpresas...
—Pero, por esta zona mediterránea, el mar está en calma
total con bastante frecuencia. ¿Cómo se da una ola
característica en un mar quieto? ¿Y cuando se produce un
temporal? ¿Y cuando llueve y el tiempo es muy adverso, que
también ocurre, vienes también a ver las olas para
remojarte del todo?
—Cada día tiene su afán particular. Todo esto que tu citas
no son sino fenómenos atmosféricos naturales y vaivenes de
la ‘meteo’, que no pueden enturbiar nuestra relación
insólita. Los verdaderos problemas son de otro orden
distinto.
—¿Qué quieres decir? ¿En el amor de la Ola también se dan
problemas?
—Cuando Ella se enfadó fue terrible. ¡Horroroso!
—Pero ¿qué dices?
—Fue culpa de las anginas. Yo tuve unas anginas...
—Hombre, es lo mínimo, ¡después de tanta humedad!
—El caso es que tuve que quedarme en cama, a causa de la
fiebre, y el médico no me permitió salir de casa en tres
días. Cuando pude volver al acantilado, Ella no apareció.
Con absoluta certeza supe que estaba enfadada. Y yo no
podía hacer nada...
—Claro, como no tenéis un “móvil” para comunicaros...
—Paso por alto tu impertinencia, porque fue una tragedia.
Cuando me pude levantar, me pasé aferrado al acantilado,
tres días y tres noches de amargura, y Ella no acudió. Mi
consternación creciente desembocó en una desazón
insufrible. Débil como estaba, fui recorriendo todo el
perímetro de la costa, punto por punto, recodo por recodo,
por si la podía ver acudiendo a algún otro peñasco
agreste, rompiéndose contra un arrecife extraño... ¿Tal
vez ante alguien que yo desconocía? Esta idea me
atormentaba y viví horas frenéticas, desde La Maladona
garrafina hasta la Punta Palomera y el Roc San Cayetano, y
el Roquer de Torredembarra...y nada. La angustia crecía en
el alma pero no había rastro de La Ola. Yo no dormía, ni
comía, ni descansaba... Mi ánimo no tenía reposo y mi
pensamiento me torturaba con mil imágenes
desmoralizadoras, que me consumían y, te lo digo de veras,
esta locura no me dejaba vivir.
—...¿entonces?
—Finalmente, cuando mi desesperación hubo alcanzado el
punto más candente, una tarde como esta, aquí mismo, en
este acantilado, en el mismo lugar de siempre, Ella
apareció. Primero ronceando, mostrándose como con
intención de acercarse pero volviendo la cara atrás, luego
mostrando una cresta enojada de espuma purpúrea y a
continuación acercándose con marcada reticencia maliciosa.
Era evidente que estaba de morros conmigo pero el hecho de
que se acercara ya era una prueba bastante explícita de
que su enojo era modelable. Quería patentizar su disgusto
por lo que Ella suponía una deserción desconsiderada, pero
estaba abierta a una explicación que pudiera restablecer
positivamente el orden de las cosas...
—¡Vaya, qué bien! ¡Me quitas un peso de encima!
—En este punto, Gaudencio se levantó y, naturalmente, yo
me levanté con él, temiendo que se hubiera incomodado por
mis comentarios . Pero no; atravesó la calle con
parsimonia, y continuó caminando en dirección al mar. Yo
le iba siguiendo...
—La consecuencia definitiva, después de todo, y te ahorro
los detalles, es que tanto Ola como yo mismo, no queremos
que el disgusto se repita. Yo no puedo vivir sin Ella y
los dos de mutuo acuerdo, hemos tomado la decisión final.
Me miró fijamente, aunque con una mirada extraviada, y
abrazándome en una visible turbación, se despidió.
—Adiós, amigo mío. Gracias por haberme escuchado pero de
todo lo que te he confiado no te preocupes. No pienses más
en ello. Olvídalo y olvídame a mí, también .
Dicho y hecho: se fue, caminando lentamente pero con paso
firme y decidido, en dirección a la playa. Quiero decir,
concretamente, hacia el mar. Hacia el mar adentro.
Yo me quedé como paralizado, mirándole como andaba,
vestido de ceremonia y con el bouquet de flores en una
mano, serenamente, paso a paso, avanzando mar adentro.
Todavía le llamé
—¡Gaudenciooooo!
El nivel del agua ya llegaba a su cintura y, por un
momento, se volvió hacia mí e hizo ademán de ‘adiós’. Su
rostro, que sólo pude vislumbrar un instante, estaba como
iluminado y reflejaba una felicidad indescriptible. Era
una expresión que yo no había visto nunca..
De pronto, se produjo como una gran ola imprevista, y fue
una ola de milagro porque el mar estaba en calma chicha
total, como un lago. La ola, inmensa y avasalladora,
envolvió a Gaudencio y cuando se extinguió, él ya no
estaba. El mar seguía totalmente en calma, y nada permitía
imaginar que aquella calma se hubiera truncado nunca.
Me quedé largo tiempo, perplejo, con la vista fija en el
mar, pero no ocurrió nada. El mar estaba quieto y todo
seguía en silencio, y yo empecé a dudar. ¿Había despertado
de un sueño o era entonces cuando soñaba, en realidad?.
Fue todo tan extraño que me quedó siempre la duda de que
hubiera ocurrido realmente. No lo sé. Pero no he podido
quitármelo de la memoria.
palabra de Mancini.
Al término de mi relato, me quedé mirando a Mancini, que
estaba silencioso, con una capa de impenetrabilidad en su
rostro. Como no decía nada, me atreví:
—¿Qué le parece?
—Bueno, es la fábula clásica de la sirena enamorada,
transportada a un escenario actual en forma de ola. Es
interesante. Estoy adivinando muchas posibilidades para
musicar esta historia. En principio, describir
musicalmente una ola es una idea fácil y apetitosa y
envolver toda la historia con escenas románticas, con
inquietudes fantasiosas, con las amarguras de un abandono,
y todo ello en una atmósfera luminosa y supongo que
mediterránea, abundante en reflejos y transparencias,
puede dar un buen resultado. También se puede describir
una tormenta misteriosa, seguida de una calma húmeda y
refrescante. Además, se le podría incrustar una balada
romántica que serviría de leit motiv... Sí, me gusta. Me
gusta; creo que podría... Sólo que...
—Ahora viene la pega
—Verá, estoy pensando en el texto, que es poético y con
muchos matices de cariz espiritual, contrastados con la
voz pragmática y un tanto sarcástica del narrador. Y la
disquisición entre la razón y la emoción puede dar pie a
un largo debate. En fin, quiero decir que ello requiere
una lectura atenta y sensibilizada. Tal vez, para un poema
sinfónico, un texto más lineal, de caracteres más
elementales, podría resultar más agradecido para una
difusión masiva. La obra es bonita pero demanda una
atención precisa para gozar de todos sus matices. Digamos
que es minoritaria, quizás.
En este punto se lo confesé:
—¿Sabe?. Este cuento lo envié a un concurso literario y el
jurado no le prestó ninguna atención. Otros textos mucho
más simples, y de redacción mucho más primaria, fueron
mencionados, y hasta premiados, y este... ni caso.
A Henri Mancini se le escapó una carcajada cordial y
exclamó:
—Claro. “Too good is no good”
Lo transcribo en inglés, tal como él lo dijo, porque fue
para mí una sentencia de gran utilidad en mi ocupación
profesional ulterior. Es cierto: en el campo de la
comunicación, tanto en el cambio literario como tratándose
de música, algo que sea “demasiado bueno, no es bueno”.
—En un concurso literario, esta historia de la ola
enamorada, tal como está narrada, —remachó Mancini— sólo
es apta para un primer premio. Y esto es lo malo.
—¿Competir para lo mejor es malo?
—No exactamente: lo malo es competir con una obra que sólo
valga para lo mejor. Podría indicarle que, según mi
experiencia, puesto que he sido llamado varias veces a
formar parte de jurados, por lo general, entre los
miembros de esos jurados —para concursos literarios, o
musicales— planea una idea previa, bastante concreta, de
lo que se presume que conviene premiar y, normalmente, es
el estereotipo que acaba triunfando. Es muy posible que
una obra como esta suya, a los componentes del jurado
donde la presentó, les haya podido resultar muy incómoda,
por imprevista. Y en un caso como este, si la naturaleza
de la obra se desmarca de la línea preconcebida, los
jurados no le otorgan el primer premio pero también son
muy conscientes de que no le pueden dar un premio
secundario y, para evitarse críticas y discusiones, (Mancini
dijo “troubles”) ellos optan, sencillamente, por ignorar
la pieza que es objeto y posible origen de problemas. Así,
a fin de cuentas, una obra que sólo es buena para lo
mejor, no es buena para el consumo ordinario. “Too good is
no good” y este es el caso.
No se habló más. Él se guardó la copia del cuento (escrito
como estaba, en castellano) y dijo que lo estudiaría. No
supe de él nunca más, pero su sentencia no se me olvidó:
“too good is no good”.
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albertmallofre@hotmail.com |
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