METAMORFOSIS NEGRA


Ricardo cuando salió del trabajo se dirigió a la estación cercana para esperar la llegada del mismo tren de todos los días que le dejaba donde vivía, en una población cercana a la costa.

Al llegar vio que los andenes estaban repletos de personas. El aire era caliente e irrespirable.

Subió al ferrocarril empujado por la aglomeración de tantas personas que cómo él esperaban impacientes. Trabajadores estudiantes, y algunos extranjeros, eran los principales usuarios del tren.

Se había hecho de noche, (finales de verano. Temperatura agradable todavía). Dentro, los rostros de las personas no expresaban nada, casi nadie entablaba una conversación. Los que encontraron asiento se pusieron a dormir, a leer el periódico o a nada en concreto. Las mujeres eran admiradas en secreto y los hombres deseaban 
a esa mujeres y los deseos no estaban para muchos deseos, tan solo llegar en seguida a casa para el descanso. Los turistas tenían cara de discoteca, y volvían empachados de mar.

En un momento se ocuparon los escasos asientos libres y Ricardo sufría molesto y algo asqueado por todo aquel hacinamiento. Tuvo que permanecer de pie, decidió pasar a otro vagón donde encontró una plaza desocupada.

Se sentó y se dispuso a leer el periódico, pero empezó a fijarse en las personas que llenaban el coche.

El tren ya se había puesto en marcha.

Ricardo se dio cuenta, con sorpresa, que todos lo observaban con atención y rechazo.

A su derecha se sentaba un negro imposible, sin el pelo rizado, sin los labios como salchichas, pero negro, más negro que el carbón, de cuerpo fuerte y atlético pero su rostro no era africano.

Parecía que lo hubieran pintado con pistola a presión, oscureciendo su piel blanca original. Además era un negro descarado que hablaba con soltura por el móvil, que vestia manera impecable. Su compañero de viaje le causaba curiosidad y desprecio. ¿Qué extraña ley de la genética había imperado?

Enfrente de él, vio a otro pasajero también increíble: se trataba de un chino negro. Tenía los rasgos de un oriental, era enclenque, escaso de todo, de estatura, de carnes. Tampoco parecía ser cierto, además le miraba de manera túrbida.

Se repitió la misma pregunta, y la sorpresa iba convirtiéndose en inquietud.

Comenzó a sentirse mal. Vio otra variedad, una pareja de nórdicos negros, un ario negro, un argentino negro. (lo percibió por su labia y el acento inconfudible) El vagón iba lleno de todas las diferencias en las distintas combinaciones que cabían en aquel espacio limitado, pero todos, todos negros, con la mirada áspera, seca y amenazadora. 

El tren de cercanías, línea de la costa, continuaba con la música de fondo: Vivaldi y sus "Cuatro Estaciones" a toda marcha. 

El miedo comenzó a poseer a Ricardo cuando notó que unos extraños escalofríos le recorrían todo el cuerpo, y que la piel de las manos se le iba oscureciendo.

Entró en el pequeño urinario, se miró al espejo y apreció con horror que su cara había cambiado de color. Se desnudó. Repasó todo su cuerpo, ¡se había vuelto absolutamente negro!. Los brazos, las piernas, el sexo, eran negros, como la noche, como las dudas como las deudas, como la muerte.

Ricardo sudaba, se mareaba, para no perder el equilibrio se sujetó a un pequeño asidero, el aire le comenzaba a faltar, sentía como nunca los hedores que dimanaban del váter y le causaban náuseas en aquel espacio reducido.

Estaba aterrorizado. No podía ser cierto. ¿Qué había sucedido? Odiaba a los africanos, y a los moros, y a los gitanos, a los indios, y a lo hindúes, con fanatismo. Si la clasificación era por procedencia, a los andaluces (en especial) y a todos los inmigrantes en general, a los sin papeles, y a los empapelados. En realidad se hallaba rodeado de odio por todas partes.

Se sintió bloqueado sin capacidad de reacción, se volvió a examinar, primero el cuerpo y luego su imagen en el espejo. Comenzó a temblar, se refrescó la cara. Salió al fin, ocupó de nuevo su asiento, intentó cubrirse la cara con las manos, respiraba con dificultad.

Todos le miraban, ahora divertidos, y comenzaron a reir, algunos se atrevieron a señalarlo con el dedo. 

Continuaba con el rostro oculto, pensaba: ¿a quién le podía explicar lo sucedido? ¿Quién se lo iba a creer?. Cuando vieran que había cambiado el color de su piel. ¿Qué pasaría?. Perdería el trabajo, se mofarían o tal vez daría asco a todos, y se sintió en peligro, creyó que quizás alguien lo mataría, incluso se imaginaba repudiado en su propia casa, nadie querría tener una vergüenza así en la familia.

El tren llegó a la estación en la que bajaba todos los días y se apeó. Algunas personas que lo saludaban habitualmente no lo conocieron. 

Se fijó en la cantina que cerraba ya, se dirigió al camarero de aspecto malhumorado que salía del bar después de bajar la persiana.

Le conocía, algunas veces desayunaba allí.

-Fermín, por favor. Es muy importante para mí. Dime ¿soy negro ahora?.

El camarero se asustó:

Lo examinó de arriba abajo, abriendo la boca. Se le había puesto cara de tonto. Sólo se le ocurrió decir:

-Perdone, si está de guasa, lo siento, pero yo ya he cerrado. Me marcho.

Ricardo le dijo enloquecido:

-Entonces es verdad, no ha sido ninguna alucinación.- Elevó el tono de voz: 

-Se han apoderado ya de nosotros, estamos perdidos, estamos acabados.

Fermín huyó en busca del jefe de estación, despavorido:

-Oiga, un hombre, ahí fuera, está loco y dice que se ha vuelto negro.

El jefe que leía una revista no le hizo el menor caso y le contestó, conmiserativo y lánguido:

-Fermín, ¿otra vez ha vuelto a beber? Algún día tendrá un disgusto.

-No, venga, venga. Es verdad. Mírelo con sus ojos.

Ricardo había entrado en el más duro desespero.

No quedaban apenas personas en el andén, sintió cómo la humedad del mar cercano le invadía hasta lo más profundo. 

Dejó la cartera sobre un banco, vio cómo un talgo se acercaba a gran velocidad, un tren que nunca paraba en aquella estación. Ni los gritos del camarero ni del jefe de estación que corrían tras él, ni tampoco el maquinista que intentó frenar desesperado, pudieron evitar la colisión mortal.

Fermin....

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