Muerte en el West Houston

Llevo unas cuantas horas en esta ciudad y ya apesta a muerto. Debí imaginarlo, a mi edad no es tan sencillo mudar de paisaje, menos de altitud; aunque sí dejé la montaña fue porque el doctor me recomendó el famoso nivel del mar. Por eso vine a Nueva York.

Fue la mejor elección, sobre todo en el poco tiempo de vida que me queda. Mis amigos, los que aún viven, se mofaron de mí, les resultaba increíble que a mis años mantuviera la ilusión de conocer "la capital del mundo". "Y no sólo de verla de frente, sino de morir allí", los reté. "Te morirás, pero de un infarto con tanto ajetreo y tanta locura. ¿Qué no lees los periódicos ni ves la televisión? Si hasta en el cine resalta su tragedia, y eso que es ficción, imagínate cómo será la realidad. ¿Para qué te vas? Aquí es tu tierra". Ninguno de esos viejos, con quienes crecí, comprendió que uno debe marcharse tarde o temprano a donde está su deber. A mis nietos también les conflictuó: "abuelo, ya estás muy grande, qué harás allá. Nueva York está construida para los jóvenes o para la gente con mucho dinero y tú...". No soy joven ni millonario. Sufro reuma y mi corazón a veces traiciona mis ánimos, pero tengo fuerza anímica y muchos deseos por mirar. La contemplación ha sido la principal actividad de los últimos años.

Soy norteño. Crecí cerca de la nieve. A pesar de la cercanía (ocho horas en un país como éste, no es nada) nunca me interesó viajar a Nueva York. Dudaba, al igual que hoy, de su grandeza. Durante el viaje en tren a "gran manzana", sentí un poquito de resquemor, por un instante coincidí con los pensamientos de mis hijos ("¡estás loco, papá! Si necesitas atención sólo reclámala y no hagas estupideces" -¡ay, mi hija siempre tan amorosa! -. "No sé qué te pasa. Nos saldrá carísimo, no entiendes que estamos en plena recesión económica. Cómo te explico" -¡ay, mi hijo tan generoso! -) y de mis amigos ("¿qué harás allá? Asiste a tres partidos de los Yanquis, visita el Metropolitan Museum of Art, al fin hay programas para la tercera edad, y regrésate, no seas necio. No tienes para qué quedarte. Quizá tenían razón, así que consideré la posibilidad de solamente tomar unas vacaciones, pero de pronto miré a una mujer joven de boca grande que me recordó a la hermosa June; esa imagen me reconfortó y me dio valor para continuar. Nueva York tenía ahora sí un verdadero atractivo: June. Sí). Me armé de valor y le llamé, ella tendría que ayudarme. La última vez que nos vimos, hace poco más de 50 años, prometimos protegernos y acompañarnos, "ojalá lo recuerde", suspiré.

El recuerdo de June borró la visión del paisaje urbano a mi llegada. No me percaté del ruido ni del tráfico ni de los edificios ni nada. La llamé desde la Pen Station. Me alegró que reconociera mi voz, pero aún más que estuviera viva. Le expliqué que acababa de llegar y que estaba decidido a radicar en "lo que se presume el ombligo del mundo". Me preguntó si tenía dónde hospedarme, respondí que no, con ella nunca funcionaron las mentiras, y le pedí ayuda. "Okay. Escúchame. Localiza alguna señal del metro. ¿Ya viste alguna? Sigue las indicaciones, busca las líneas 1 y 2. Son de color rojo. Compra un boleto, cuesta 1.50, y toma cualquiera de las dos en dirección Downtown. ¿Entendiste? Y bájate en la estación Houston Street. Espérame en la calle. Yo te alcanzó ahí. Por cierto, me da mucho gusto que estés aquí", y colgó. No me dejó preguntar, si tenía que salir por alguna puerta en especial, si debía atender a otro letrero o algún señalamiento. Seguía siendo la misma neurótica, casi no recordaba su voz, pero una vez que la escuché hasta sus facciones se detallaron en la memoria. Hasta entonces supe que June fue la razón real (y no la segunda) por la que vine.

Nunca dejé de pensar en ella. Jamás hicimos el amor. Nunca me aceptó. La perseguí como perro, la asedié cortésmente, amorosamente, enfermamente..., con obsesión, con tristeza, con rencor... Jamás cedió. June me permitió explorar toda la diversidad de sentimientos y sus matices. Tardé muchos años en entenderla, en ese intervalo me casé, tuve dos hijos, cinco nietos, quebré dos ves y enviudé, y creo que todavía me falta vivir algunas experiencias que me ayuden a comprenderla. Tal vez le deba mi entereza. Sus desprecios me templaron. Quizá le debo mi estabilidad familiar y el éxito de mi negocio de ganado, el cual todavía genera mucho dinero; ahora lo trabajan mi hijo, mi yerno y mis dos nietos varones. Las ganancias son tan buenas que podría vivir cómodamente en esta ciudad, ellos creen que lo ignoro (confunden senectud con idiotez), pero no quiero problemas familiares; además, quiero experimentar. Estoy convencido de que el trabajo es la salvación del alma, y allá en mi espíritu agonizaba. Una de mis intenciones es convertirme en lo que he deseado desde niño (probablemente mi única fantasía cien por ciento neoyorquina): quiero ser taxista, manejar un elegante Lincoln amarillo, subirme a las banquetas, frenar casi encima de los otros autos, escuchar historias de los pasajeros... Quiero hurgar los rincones de la ciudad, ver dónde y cómo vive la gente, cómo son los protagonistas y los escenarios de este relato plural que es New York. Taxista, estoy seguro, es el mejor empleo en este lugar.

A nadie le confesé mi deseo de ser taxista. No se trata de un capricho o de una actividad conveniente. No es un "oficio" bien visto (June se sentirá orgullosa de mí, lo sé). El cine ha influido mucho, sobre todo esa película del muchacho éste: Robert De Niro, Taxi Driver. En el pueblo fue un escándalo. Mis amigos comentaron, "y por allá anda tu June. De la que te salvaste". ¡Pobres, tienen una idea tan provinciana de Nueva York! Creen que es la cima del mundo, que ser taxista es un trabajo para dementes y que June es una extravagante (en esto último tienen razón). Más allá de lo que piensen para mí el automóvil es la esencia de la urbe. Sin carros, no existe. Soy un ingenuo, lo sé. Los taxis son elementos fundamentales del paisaje, casi tan importantes como los rascacielos. (Por cierto, llevaré a June a beber un martini en el restaurante Windows of the World, dicen que desde el piso 107 podré mirar aunque sea una parte de los 12 mil taxis que atosigan Manhattan).

Las indicaciones de la hermosa June fueron precisas. El metro se detuvo en Houston Street. Respiré, tiré de mi maleta y subí las escaleras con las ansias suficientes para ver en directo la altura de Nueva York; sin embargo, mi primer encuentro visual con la metrópoli no fue muy afortunado, imaginé que al emerger del centro de la tierra me aplastarían las paredes infinitas de concreto, pero en West Houston esquina con Varick, los edificios no son tan altos. Ni modo, de cualquier manera, me impactó el movimiento, el tráfico y la certeza de que en el norte y sur un regimiento de rascacielos vigilaba la ciudad. Observé alrededor y sentí que tanto afuera como adentro de mi cuerpo estaba sucediendo todo, en este todo incluyo lo posible y la fantasía. Creo que esa sensación es producto de la imaginería colectiva, como si cada habitante y turista se unieran, aun sin saberlo, y la proveyeran de la intensidad, de las ilusiones, de las ganas personales, Nueva York existe porque hemos sido capaces, y me incluyo como un buen newyorker, de sostenerla a pesar suyo y de sus detractores... Después del encontronazo visual, recuperé el aliento; el ruido de las vísceras de la urbe, los sonidos de los gusanos plateados perdiéndose en los túneles, el contraste entre el caos subterráneo y el cutáneo, sumado a la serie de escalones interpuestos entre ambas regiones, me agotaron, el cansancio robó mi cara y yo quería estar guapo para ella.

Me alisé el poco cabello que me queda, la busqué con la esperanza de no reconocerla (el fatalismo es mi condición), aunque sabía que no sucedería así. June, mi June, estaba finalmente frente a mí.

Mentiría si dijera que conserva su frescura, que está igual de hermosa, que su piel abandera su altivez. No, su cabellera abundante y sedosa ya no existe. Continúa delgada, pero con la proporción adecuada a su edad y a la realidad. Su boca tiembla (eso no ha cambiado) cuando habla. Su cuello es una ramificación de arrugas, sus brazos están flácidos, pero sus ojos no han perdido color, en cambio los míos... La June que miré con el ansia de un veintiañero no correspondía a las expectativas nostálgicas, y esa certidumbre me reconfortó: yo tampoco me acomodaba a las dimensiones del recuerdo, pero sí me ceñía a las condiciones de nuestro ritmo. Al verla sentí alivio. Seguíamos siendo de la misma edad.

La última vez que la vi también vestía de azul, "debe ser su color favorito", pensé. Nunca pregunté esas idioteces. Mala estrategia, a las mujeres les gusta que nos enteremos de sus alergias, que conozcamos la letra, autor y variantes de su canción favorita, que llevemos el calendario de su menstruación, que sepamos si prefieren el algodón o el encaje. Jamás he entendido esa necesidad, son muy demandantes, quieren un vigilante o un idiota, alguien que esté pendiente de ellas día y noche (un velador, tal vez), deberían conformarse con que adulemos lo visible y lo tangible: las nalgas, las caderas, el rostro... entender el carácter y la personalidad, son demasiado complejas, ya es demasiado difícil conciliar con las problemáticas propias como para todavía complicarse con las ajenas. Supongo que a June le gusta el azul, o que la vanidad (el color le va), pero lo que sí sé es que nunca le agradó la vida en el campo. Ella siempre, como la sinuosidad de su cuerpo, fue urbana. Yo, en el fondo, también. Ésta es mi tercera razón.

Nos conocimos porque no quedaba de otra. En donde nacimos y no moriremos ("moriremos aquí, así lo hemos decidido") el censo incluye hasta a las hormigas, no hay escapatoria, somos como una sola y extensa familia. Nuestra historia no tiene ningún recoveco, es lisa y sin chiste, los únicos nudos fueron apretados por mi terquedad, porque, como sucede frecuentemente, la acosé. No tenía muchas opciones o era a ella o a la dulce y naive Lucy. Seré sincero: durante años me he contado esta versión para no lastimarme, para no reconocer que la amé y que ella a mí no. Mi madre decía que no era para mí; papá la consideraba una estúpida, pero "todas lo son, de menos está bonita. Aprovéchalo y apúrate, no encontrarás un partido mejor"; mis amigos comentaban (y los vivos aún lo creen) que daba lo mismo Angie, Emilie o la que fuera. Yo quería a June, las razones no importan, muchos años después entendí que el motivo principal fue su indiferencia.

June también me quería (sus razones tendrá, evidentemente las desconozco), pero -¡cómo usan esta palabra las mujeres- no como para continuar en la montaña, cuidando vacas, limpiando la nieve, comiendo miel y cocinando fruit cake. No pertenecía a esas tierras. Su cuerpo y sus ojos deseaban otro lugar. Allá, el cielo la oprimía, en cambio aquí (nunca había visto un cielo tan grande) el horizonte la cobija. Desde joven era larga y contundente como esta urbe. Me quiso, me quiso mucho pero se amó más ella misma. Hizo bien. Me rechazó una y otra vez, temía caer en la tentación. Me evitó desde los 16 años. Yo pensé que era como "todas" las mujeres; apenas estoy entendiendo -asumo que todavía me falta en dicho aprendizaje- que, a pesar de que prevalezca la creencia contraria, las mujeres no son iguales, cada una es diferente. Esta lección me la dio mi nieta, también me enseñó el cinismo. Y pues nuestra historia estaba condenada al fracaso; mi necedad y su tenacidad así lo determinaron.

En fin. Estiró su largo brazo. Por un instante olvidé la piel flácida rebotando de un lado a otro. Los surcos profundos en su rostro (arrugas como calles en Manhattan), su cuerpo bofo y sus piernas tatuadas por las várices me parecieron sus mejores atributos. Si algo debo reconocerle, es su capacidad para portar elegantemente (¡vaya conveniente eufemismo!) su edad. A sus veinte era la más hermosa, ahora a sus más de sesenta, también.

Se acercó y me ayudó con la maleta. Aún es más fuerte que yo. Me avergonzó que me viera tan cansado, tan viejo, tan... diferente a ella. Confieso que de jóvenes su altivez me incomodaba y todavía de repente la timidez me abruma. Me dio un beso, uno de esos amorosos y fraternales, esos que destapan la memoria... de esos que calan. Sus labios resecos y temblorosos -por el nerviosismo, pero sobre todo por la edad- me dieron la bienvenida. Nueva York -no así June- se disponía a mis pies y yo estaba dispuesto a conquistarlo (y a ella también).

Cogidos de la mano nos dirigimos a "nuestra casa", como la llamó. El elevador paró en el sexto piso del chaparro edificio. Si bien soñaba con vivir en un rascacielos, éste resultaba propio para mi edad y para mi corazón. Me ayudó a desempacar, acomodó las camisas y los pantalones, me designó dos gavetas y colocó mi cepillo de dientes en el baño. Ya había colocado una toalla extra y otra bata para mí. El apartamento nos empujaba el uno contra el otro. En la mesa del pequeño comedor (si se puede llamar así) yacía una taza de café y una servilleta tan arrugada como nosotros. Por un momento pensé que me tiraría sobre la cama y me haría violentamente el amor. No sucedió. "¿Estás listo?", preguntó. "Listo para qué", pensé. Me quedé atónito, mis pensamientos en ese momento eran cien por ciento sexuales. "Hoy conocerás tu nuevo hábitat". Me acomodé los pantalones y otra vez nos dirigimos al elevador.

Recorrer Nueva York con June es mejor que el medicamento para el corazón, es respetuosa de mi andar y me transmite una sensación de certeza; sobre todo atrae el sosiego (lo que nunca conocí con mi mujer, que en paz descanse). A su lado, la ciudad se vuelve de carne y hueso.

Ese día, la ciudad tenía nuestra misma edad.

Llegamos a Bleecker Street y tomamos el metro hacia la 42. Unos jovencitos escondidos detrás de tatuajes nos cedieron los asientos. El recorrido a pie de nuestra casa hasta la estación había sido largo, no estaba cansado, al contrario, era como si al acelerar la producción de oxígeno por el esfuerzo, hubiera ganado vitalidad. Disfrute la caminata, Houston Street me resultó divertida y jovial; sin embargo, la experiencia subterránea del metro (definitivamente es otra ciudad) había superado mis expectativas. El escándalo, el tumulto, la oscuridad y el movimiento me seducían. June me miraba sonriente: "eres como un niño", y "cómo debo actuar entonces", le pregunté. Alzó los hombros simplemente. "Esta ciudad es un modelo para armar. ¿No crees? Antes era real en la imaginación, ahora me parece ficticia". Volvió a reír. "Aquí nos bajamos". Y ese aquí era una vena central. Subimos a la superficie. Después de esa travesía por la arteria número seis (por cierto, de color verde) de esta ciudad, y la soberbia de Grand Central (¡que lugar! June prometió una cena romántica en el Oyster bar, "preparan la mejor langosta del estado"), mi encuentro con el centro (si acaso Manhattan tiene uno) cobró forma. Hasta entonces, entendí el concepto y el significado de asfalto y concreto. Los esbeltos y larguiruchos edificios, las calles transitadas, el remolino de voces, el laberinto de cuerpos perdiéndose en ellos mismos... cada imagen, sonido y textura real se abrazaba a las producidas por mi imaginación. Tantos años deseando esta mirada. Tantos tiempo esperando estar con June, en su terruño (ya sea por capricho o casualidad), me caen encima y los ojos (así lo siento) se preparan para la batalla. Resta mucho por ver. "Esto es el principio", anunció su voz metálica (¡qué bien suena en este escenario!).

Soy, repito, un hombre de campo, más no provinciano. Si bien la visión urbana no la había experimentado antes, no significaba que no la entendiera o asimilara. Al contrario. Por ello no tuve problema alguno, a June le sorprendió mi facilidad de adaptación ("eres un newyorker" de nacimiento: Ser newyorker requiere talento y tú lo tienes", aseguró y me besó), y también mi sentido agudo de orientación. "Por favor, June, cualquiera diferencia el norte del sur. "No estés tan seguro". Aquí aprenderás a guiarte por el sonido del agua. El río suena diferente al mar. La orografía está determinada por la altura y arquitectura de los edificios. Por supuesto, el ocaso también te dará una señal".

Nos dirigimos hacia la 47 y la sombra del Empire State cubrió mi calva. "Estoy cansado". No respondió y siguió caminando. Por unos instantes la perdí de vista, su vestido azul se confundía con otras faldas, el ritmo de su paso sonaba unísono con otras voces. La vista se me nubló, demasiadas caras, demasiados brazos y piernas para mí. Proseguí la trayectoria por orgullo, no quería que June me descubriera por fin un cobarde (aunque siempre lo supo). Agucé los sentidos y probé reconocer su frecuencia al andar. Imposible. Realicé otro intento: fijarme en la cadencia de su imagen. Fracaso. Recordé que la diferencia entre ella y el resto de las chicas del pueblo era el olor, y lo evoqué. Pese a mi escepticismo (¿cómo conseguirlo en un lugar donde sucede una guerra de olores?) llegué a ella. La separación duró un instante, pero para mí fue más larga que aquellos más de 50 años. Al acercarme, ese olor tan distintivo la envolvió en mi nostalgia y vi a aquella muchacha de hombros firmes y de abdomen plano. ¡Pobre, June! La compadezco y a la vez la admiro. Fue tan valiente en marcharse a tiempo y renunciar hasta lo que a sus padres les resultaba evidente: el bienestar de una familia y la prolongación del apellido. No, June tenía otras ideas. "Es una marimacha", y ése fue mi consuelo durante años. "Me rechazó porque es lesbiana". Equivocación. June nunca se casó, tampoco tuvo hijos. Da clases de dibujo en la escuela de arte y vende su "obra". Creo que es artista. Para la gente del pueblo ese trabajo no significa nada. No entiendo nada del arte; sin embargo reconozco la belleza. Y los dibujos que tiene June en las paredes de su apartamento son conmovedores. Encierran su fragilidad.

Sus padres murieron en un accidente cuando teníamos 20 años. June los enterró, colocó un letrero de "Se vende" en su hermosa casa y se marchó. Se criticó en exceso su falta de luto. El anuncio permaneció más de cinco años hasta que al fin la compraron (seguramente, un despistado). Nadie vio a ese comprador. Sólo se supo que se encontraron en la propiedad y que ella se volvió a marchar. El nuevo dueño mantiene en perfectas condiciones el inmueble, nunca ha sido habitado nuevamente. Tampoco se supo nada de su vida amorosa. Se decía que tenía muchos amantes y yo, aunque ya para entonces estaba casado y mi mujer estaba embarazada por segunda vez, me moría de celos. Hasta la fecha no he dejado de pensar en los rostros de esos hombres. Todos hablaban de ella, yo sólo los escuchaba. Cuando nació mi hija decidí, por salud mental olvidarme de June. Y nunca volví a pronunciar su nombre, hasta que mi nieta (otra mujer extravagante) me regaló un dibujo de una tal June S.

-¿Te gusta, abuelo?

-Sí.

-Se parece a ti.

-¡Cómo se va a parecer a mí ese montón de rayas, estás loca!

-Es un dibujo abstracto.

-¿Y eso le da derecho de parecerse a mí?

-Creí que te agradaría.

-Me gusta porque es un regalo tuyo.

Dona, sin proponérselo, me devolvió a June; aunque me llevaría tiempo antes de reconocer su firma en aquel papel. Y esa evidencia fue otro regalo.

Mi padre decía que la cabra siempre tira para el monte (quién sabe dónde diablos aprendió ese dicho) y lo corroboré cuando Donna, en un día de acción de gracias nos anunció que había sido aceptada en la Universidad de Ohio para estudiar Historia del arte. "No se preocupen por el costo. También conseguí una beca". Para mi hija fue la peor decepción. Esperaba con ansiedad lo que le correspondía naturalmente: ser abuela. Nadie dijo nada, ni a favor ni en contra, y a mí me resultó la respuesta que esperaba desde hacía mucho. Poco después, enviudé. Aún me pregunto cómo se enteró. June me envió una postal (la cual llevo siempre conmigo) con un simple "un abrazo" y un número telefónico. Durante años escondí ese papel (éste es el único secreto que he guardado) y me dediqué a escribirle cartas a mi nieta, quien en una de sus misivas me descubrió la identidad de June. Entendí que no me quedaba de otra, además, ya habían pasado más de 10 años desde que había enviudado. Donna radicaba en Londres y yo me sentía muy solo. Era mi turno.

Me satisfizo la certeza de que June me había acompañado durante tantos años. Me agrado la complicidad entre Donna y June. Me tranquilizó que June continuara siendo inasible para el pueblo, o más bien, para lo pocos que la podíamos recordar. Pero necesitaba un pretexto; así que visité al médico para escucharlo una vez más recomendarme el nivel del mar, "tu corazón te lo agradecerá". Lo obedecí, aunque él me aconsejó las playas de Maine, "el mar del norte es el mejor remedio", aseguró. "Lo será para los aburridos. Yo me largaré a Nueva York"; clamé. Salí del consultorio con la consigna de comprar un boleto de tren con destino a la Pen Station en New York City.

...Y aquí estoy en la terraza del Metropolitan Museum of Art (¡vaya edificio!), observando el Central Park. June me mira mientras fuma. Observo la altura de la ciudad y su cielo abierto. Bajamos por el elevador al primer piso, nos detenemos en un altar ("mi iglesia", me presume) y cruzamos las salas de arte medieval. La Fifth Avenue nos espera. Soy un rey bajando estas escaleras, ella es mi reina y el MET, nuestro palacio. ¡Qué felicidad! Tomamos un taxi, estoy un poco mareado, cuatro whiskies después de las salas de arte moderno emborrachan a cualquiera. Lo reconozco: hoy me he excedido. June se recarga en mí. Así, con su mejilla en mi hombro recorremos la Second Avenue (¡gracias a Dios hay tráfico!). Nueva York pasa rápidamente por la ventanilla. En definitiva, quiero ser taxista. Sí. Damos vuelta a la derecha en Houston. Mi corazón palpita. El sol nos acecha, la intensidad provoca que June se repliegue en mí. La abrazo, el taxista sonríe, "yo haría lo mismo", parece decir. Se detiene frente a nuestro edificio chaparro. Pagó. El taxi se aleja. En la puerta nos besamos. Por primera vez, siento la pasión de June. Subimos al elevador. Estamos solos.

Mis manos tocan sus muslos aguados, sus venas hinchadas.

Ella toca mi panza bofa.

Nuestras pieles penden del deseo.

Bajamos en el quinto piso y yo le pellizco las nalgas caídas. Ella abre la puerta.

En su cama la desnudo.

Me desnuda.

June... Por fin. Soy tan feliz...

¿Pero, por qué lloras, June? Ven, acuéstate conmigo. No llores. ¿Te lastimé? ¿A quién le llamas? ¿Por qué registras mi cartera? No, no le llames a mi nieta, para qué. Por favor, June, no la llames. No quiero separarme aún de ti. Ahora qué haces. ¿Por qué me cierras los ojos? Te prometo que no le contaré a nadie que por fin hicimos el amor, a nadie, ni a Joe, lo juro. No me dejes solo. Tengo frío... June...

Miriam Mabel Martínez   mirmabel@yahoo.com

 

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