Paranoia psicodélica de un borracho

Eran las seis de la mañana de un martes. A Víctor ya le habían largado 
de un quinto bar y se dirigía presto hacia otro garito que aun estuviese abierto. 
Menos mal que a esas horas empezaban a abrir las cafeterías y no tendría 
problemas para encontrar otro sitio abierto a aquellas horas.

Víctor era un auténtico engendro que meaba DYC de ocho años 
añadiéndole a eso cualquier sustancia estupefaciente que su bolsillo le pudiese 
permitir. Era un auténtico "prenda " de esta sociedad.
Andando en su lento y pausado caminar se encontró una cafetería que 
estaba abriendo y rápidamente se introdujo en ella.
-¡Un pacharán por favor!-, pidió Víctor sin tan siquiera dar los buenos 
días.
-Perdone, pero es que todavía no estamos abiertos-, dijo el camarero.
-¿Cómo que no han abierto, y usted que está haciendo dentro de la 
barra?-, respondió Víctor impertinentemente.
-¡Haga usted la amabilidad de marcharse sino quiere que llame a la 
policía!-, le dijo el camarero realmente enfadado.
-¡Pero si sólo le estoy pidiendo una copa de pacharán!, ¿acaso esta 
sordo?, una copita y le juro que me marcho enseguida-, pidió Víctor.

Víctor sacó de su bolsillo unas monedas y las puso encima de la barra, 
el camarero que no tenía ganas de problemas a aquellas horas de la mañana le 
sirvió sus copas y siguió con sus tareas. Mientras, Víctor bebía mirando al 
camarero barrer el suelo y enchufar la máquina tragaperras y del tabaco, y éste 
observaba con cara de mala leche cualquier mínimo movimiento de su cliente.

Víctor era un hombre de unos treinta y tantos años, aunque en realidad 
su deteriorada apariencia física le hacía aparentar muchos más, barriga 
cervecera, barba descuidada, gafas roñosas, calvicie prominente y un aspecto 
realmente descuidado y poco aseado. Profesionalmente hablando era un 
mediocre escritor que se mal ganaba la vida colaborando en editoriales 
pornográficas escribiendo novelas y relatos guarros con el pseudónimo de Flor 
de Primavera, el aparentar ser una mujer de aire liberal y promiscuo le 
permitía vender algunos libros de más, aunque no muchos. Licenciado de 
poco futuro no le había interesado la vida de oficina y rutina, y lo había dejado 
todo para dedicarse a escribir con la metafórica idea de triunfar algún día y 
sentir que la vida que siempre había soñado se hacía realidad, pero en todo 
había fracasado estrepitosamente. Vivía en una habitación de alquiler, un 
auténtico cuchitril de mala muerte, bastante adecuado a su capacidad 
económica, pero en ella tenía todo lo que podía desear, cama, cuarto de baño y 
su máquina de escribir, además de la ingente compañía de enorme cucarachas 
que campaban a sus anchas en un entorno que las rodeaba de felicidad.

Le daba vueltas a su copa mirando como el hielo se derretía y mientras 
se encendía un cigarro escuchó sonar la campanilla de la puerta abriéndose a 
sus espaldas. Una mujer entró en la cafetería y se sentó junto a Víctor. 
Morena, pelo corto, veintitantos años, cuerpo de escándalo, sus piernas eran 
sensualmente larguísimas acabando en unos enormes zapatos de tacón y 
mostraba unos enormes ojos verdes que derretían el sentido. ¡Si señor!, una 
auténtica mujer de bandera, eso sí, con una pinta de puta que tiraba de 
espaldas, a Víctor le encantaban las mujeres con cara de viciosas. 
Disimuladamente se hurgó en los bolsillos y observó que le quedaban 
cincuenta euros, y que hacía ya demasiado tiempo que solamente se la 
meneaba.
-Oye, ¿eres una puta?-, la mujer le observó de reojo y empezó buscar 
con la mirada al camarero.
-Tengo dinero, te puedo pagar, ¿sabes?.
-¿Y cuanto dinero tienes guapo?-, le respondió la mujer con curiosidad.
-Pues si pago esto, te invito a algo y me compro un paquete de tabaco 
me quedarán unos cuarenta euros-.
-¡Con eso si quieres te miro como te la meneas!, ¡Gilipollas!-, le decía 
la mujer riéndose a carcajadas.
-Y si lo dejamos en que me haces un mamadita, aquí en el cuarto de 
baño. Lo mío no va a durar más que unos minutos y tú te vas a ganar un 
dinero facilito-, dijo Víctor inquietamente.
-A ver el dinero que lo vea!-, inquirió la mujer desconfiadamente.

Víctor sacó el dinero del bolsillo y se dirigió hacia el cuarto de baño, 
mirando de reojo como la morena lo seguía poco después. Era el cuarto de 
baño más nauseabundo del mundo, olía a meados y mierda de forma 
penetrante, vaya, el último sitio del mundo donde te gustaría estar en el 
momento en que te diese un apretón. Entonces escuchó como se cerraba la 
puerta detrás de él y la imponente morena se apoyaba en la puerta 
contoneándose picarescamente.
-¿Bueno, a qué esperas?-, le dijo la mujer chupándose el dedo 
lentamente.
Víctor se bajó los pantalones y seguidamente los calzoncillos, pero esa 
noche había bebido más de la cuenta y la cosa le colgaba de manera ridícula 
delante de la morena.
-¡Que pasa!, ¡es que no piensas colaborar un poco!, ¡joder!, ¡por 
cuarenta euros ya me podrías enseñar una teta al menos!-.
La morena se acercó y le tocó el hombro a Víctor, entonces sintió un 
fuego que le recorrió todo el cuerpo, un estremecimiento que jamás había 
sentido, la respiración se le cortó durante un momento y al bajar la cabeza no 
se podía imaginar que eso que se encontraba poderosamente erecto podría 
llegar a ser su nabo.
-¡Coño!, ¡mierda!, ¡ostia puta!, ¡Ahhhhhhhhh!-., 

La morena se agachó y Víctor sintió como se le iban las piernas, se le 
salían los ojos de la órbita, era algo que jamás había sentido en su vida, 
vibrante, excitante, parecía como si escuchase una música angelical, celestial, 
y tras unos minutos de eterno éxtasis se desvaneció cayendo al suelo.
-Bueno guapo, los cuarenta euros-, le inquirió la morena rápidamente.
Víctor aun en el suelo buscó en sus bolsillos como pudo, sintiendo su 
pulso temblar más de lo normal, y sacó el dinero.
-Toma, te lo has ganado de verdad-.
-No lo sabes tú bien guapo-, respondió de una manera un tanto peculiar.
La morena se limpió la boca y salió del cuarto de baño, cerrando la 
puerta tras de sí. Víctor no se podía levantar, no tenía fuerzas, aun estaba en el 
suelo con los pantalones bajados.
-¡Joder como entre alguien!-, pensó Víctor viéndose en esa situación.

Como pudo consiguió agarrarse a algo y se levantó cansadamente 
subiéndose los pantalones. Justo en ese momento entró el camarero.
-¡Oiga!, ¡quien coño es usted!. ¿Dónde está ese borracho cabrón que no 
me ha pagado?. ¡Maldita sea!. ¿Cómo se me habrá escapado el hijo de puta?. 
¡Si es que me lo tengo merecido por gilipollas!, ¡mierda!. ¿Y tú quién coño 
eres viejo?. ¡Lárgate de aquí cuanto antes!, ¡que no te vea en cinco minutos!-, 
decía frase tras frase repetidamente y cabreándose cada vez más en cada una 
de sus propias afirmaciones.
-¡Oiga, si yo...!-, intentó responde r Víctor.
El camarero salió por la puerta del cuarto de baño pegando un portazo y 
maldiciendo su vida y su estampa a gritos por el pasillo.
-¡Maldito capullo!, ¡jodido loco!. ¡Tantos madrugones al muy 
desgraciado y al final se le ha ido la cabeza!., dijo Víctor realmente cabreado.

Víctor se dirigió hacia el lavabo a refrescarse un poco, todavía estaba 
sudando. Vaya con la morena, pensaba. ¡Increíble!, una mujer así me haría 
falta a mí, ¡joder!, lo suyo si que es vocación laboral, con esas mamadas que 
hace seguro que nunca le va a faltar a la tía un cacho de mendrugo que 
echarse al estómago. ¡Cojones que todavía me tiemblan las piernas!. Víctor 
estaba acabando de enjuagarse la cara, el agua salía caliente y el cuarto de 
baño que era pequeño se había llenado de vapor y el espejo del lavabo se 
había empañado. Con los ojos cerrados por el agua buscaba algo en lo que 
secarse, y se tuvo que conformar con un cacho de papel higiénico. Cuando se 
secó se dirigió hacia el espejo y fue a limpiarlo, cuando...
-¡Ahhhhhhh!-.
Víctor cayó de espaldas al suelo y no dejaba de mirarse las manos 
estupefacto, no eran sus manos, no podían ser sus manos, no podía ser su cara 
la que había visto, se levantó con esfuerzo y se volvió a mirar al espejo, el 
camarero no estaba loco, lo que pasaba es que no lo había reconocido, ¿cómo 
lo iba a reconocer si lo que estaba reflejado en el espejo no era él sino un 
viejo?, había envejecido, parecía tener setenta años por lo menos, ¡eso era 
imposible!, ¿qué estaba pasando?.
-¡La puta!, ¡Dios!, ¡la maldita puta zorra de los cojones!-.
Víctor intentó salir corriendo del cuarto de baño, pero no podía, se 
sentía lento y pesado y lo hizo apoyándose en todo lo que pudo. Al salir buscó 
con ansia la mirada del camarero.
-¡Y la puta!, ¿dónde está la puta?. ¡Donde está la mujer morena que 
había aquí...!-, gritaba Víctor desesperadamente.
El camarero salió detrás de la barra y cogió a Víctor por el brazo que 
aun intentando forcejear no pudo quitárselo de encima, se sentía débil. De una 
patada fue echado a la calle.
-¡Viejo loco!. ¡A la mierda tú y tu puta imaginaria!. ¡Aquí los únicos 
que habeis entrado a tocarme los cojones sois tú y el borracho de los cojones!. 
¡Vaya manera de empezar la mañana!-, se consoló finalmente.

El camarero volvió a entrar en la cafetería dejando a Víctor en el suelo 
de la calle. No se movía, sólo se miraba las manos. Consiguió levantarse 
lentamente y pensó que aquella mujer no había podido ir muy lejos y haciendo 
un esfuerzo que le salía del alma fue a buscarla con un lento pero constante 
paso. Fue mirando por la calles más próxima pero nada halló, sólo la gente 
que recién levantada se dirigía a su puesto de trabajo, todos con cara 
refunfuñona mirando al suelo y con andar acelerado. Víctor tuvo que pararse, 
el corazón le iba a salir por la boca, no podía correr más, y cansado se sentó en 
un banco. No había conseguido encontrarla y el sol poco a poco empezaba a 
desplegar sus rayos por el horizonte. Vencido, decidió irse arrastrando sus 
temblorosas piernas, y como pudo se dirigió jadeante a su casa cansado de la 
marcha que se había dado. 
-Luego más tarde iré al médico, en cuanto descanse, el sabrá lo que me 
ha podido pasar-, pensaba Víctor.
-Cogeré mi carnet de identidad, mi partida de nacimiento y les explicaré 
todo lo que ha pasado-, alguien tendría que ayudarle.
-Oiga doctor, esta mañana una fulana me ha hecho una mamada y 
cuando ha acabado he descubierto que era un viejo, que esa fulana me ha 
chupado la juventud por la polla-, y de ahí lo mandarían al psiquiátrico.
-¡Mierda!. ¡Nadie me va a creer!. ¡Esto es de locos!. ¡Esto no me puede 
estar pasando a mí!. ¡Que demonios voy a hacer!-, Víctor se desesperaba.

Llegó a su casa y se metió en el cuarto de baño encendiendo la luz y 
mirándose en el espejo. No se podía creer lo que le estaba ocurriendo, 
viéndose con aquella cara tan anciana que no reconocía. Su vida que había 
sido el reflejo de una amargada lucha vacía, sin sentido, que muchas veces 
había tenido la idea de dejar con la poca dignidad que aun le quedase, se 
estaba convirtiendo en una agonía desesperante y exasperante de la que no 
sabía salir, de la que no podía salir. Le habían robado treinta años de su vida 
por la polla.
-¡Cago en la puta ostia!. ¡Para una vez que me empujo a una jodida 
guarra y me tienen que pasar estas cosas!-.
Cogió el espejo y lo arrojó contra la pared destrozándolo en mil pedazos 
que cayeron al suelo. Víctor vio en cada trozo de espejo destrozado su propio 
reflejo, su vejez repetida en mil pedazos. Lentamente se dirigió a la cama. 

Cogió una botella de whisky del frigorífico y un vaso, que lo llenó hasta 
el borde y se lo bebió de un trago, repitiendo la operación varias veces 
consecutivas echándose en la cama vestido y cansado, realmente cansado.
Eran las tres de la mañana, alguien aporreaba la puerta del piso de Víctor. Tras 
un rato Víctor se despertó con el ruido.
-¡Voy voy, ya voy!. ¿Quién demonios es?-.
Víctor abrió la puerta, y no encontró a nadie, miró de un lado a otro y 
no vio nada.
-¡Señor!. ¡Señor!, ¡Oiga señor!-
Un hombre de diminuto tamaño se encontraba en la entrada. Víctor no 
había visto nunca un tipo tan bajito, tanto que ni siquiera se había dado cuenta 
de su presencia delante de la puerta.
-¡Que coño quieres!-, dijo enojado Víctor.
-¿Qué es lo que quiero?-, le dijo el enano. -¿No será que es lo que 
quieres tú?. ¿Acaso no deseas recuperar tu juventud?-.
-¿Qué coño está pasando?-, pensaba Víctor.

Entonces el enano entró en el cuarto sin ser invitado y se sentó de un 
saltito en la cama. Víctor lo miraba sorprendido, cuando sin mediar palabra el 
enano se bajó los pantalones y se saco su verga, una auténtica y descomunal 
verga.
-¡Por la polla te han robado la juventud y por la boca la vas a recuperar!. 
¡Venga mamón hijo de puta ya puedes empezar a mamármela!-.
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!, gritó Víctor 
desesperadamente.

Víctor se encontraba en su cuarto sudando como un auténtico cerdo, se 
levantó corriendo y se dirigió al cuarto de baño, se puso frente al espejo y vio 
que era el mismo de siempre, era el bastardo hijo de puta de siempre, el 
mismo fracasado de siempre, se sintió por eso el hombre más feliz del mundo. 
Todo había sido una jodida pesadilla, no se lo podía creer, había sido tan real. 
Entonces empezó a sonar el timbre, Víctor se dirigió a abrir la puerta todavía 
nervioso y sudando por la maldita pesadilla, y cuando abrió la puerta.
-¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh!-.
Una hermosa mujer morena de unos veinte años, pelo corto, unas 
piernas larguísimas, unos ojazos verdes, y con una pinta de puta............

Fdo: Luis G.Antúnez

 

distribución en españa por medio de "theborderlinemusic.com"