LA DECISIÓN

La historia comienza en el año 1925, en un pueblecito del Alto Aragón, una aldea de poco más de doce casas de adobe, con unos veinte habitantes. Ese año había nacido una niña llamada Filomena, que desde ahora será la Filo. Niña que con 8 añitos, ayudaba en las tareas de la casa, a sus hermanos y en el campo. Era la mayor de tres hermanos, por lo tanto toda la carga recaía en ella. El padre, un buen hombre, pero campesino y su buena madre dedicada por entero a su casa, hijos y animales de granja. Todo en busca de la salida de una dura subsistencia.
La guerra del 36, casi pasó desapercibida, si no fuera por los jóvenes. Habían seis chicos en el pueblo, hasta que un día, un destacamento de militares que recorrían los pueblos reclutando hombres, se llevaron a tres para hacer la guerra, dejaron uno que estaba tullido o disminuido mental, el tonto del pueblo que decían todos en aquel entonces. Otros dos escaparon para no ir al frente. Solo regresó uno, otro murió en la guerra y al último se les dio por desaparecido.
La Filo era muy amiga de Antoñíco de 12 años, el hijo del cartero rural de un pueblo cercano y que ayudaba a su padre, el titular de Correos. Llevaba las cartas a varios pueblos de la zona utilizando una bicicleta y repartiendo el escaso correo que llegaba a esos lugares. En los inocentes encuentros de los dos amigos, la Filo por curiosidad femenina, leía los diversos lugares de las cartas que llevaba el Antoñico en su zurrón, que además de alguna publicidad y facturas, había remitentes que venían de Barcelona. Eran cartas para algunos habitantes del pueblo cercano, gentes que sobre los años treinta emigraron a Cataluña. Personas que habían ido a trabajar en la construcción, empresas textiles, los servicios y la industria en general, que llamaba a todos los hombres y mujeres jóvenes a dejar sus pueblos e ir en busca del pan, el trabajo y el dinero. Así, quizás algún día, poder regresar a su pueblo y rehacer casa, ganado y formar una familia o quedarse afincados definitivamente como catalanes, que hicieran un tejido empresarial, laboral y familiar.
Otros emigraron al extranjero, que a pesar del idioma, de la cultura y de las penurias, se ganaba más dinero. Pero también las luces de colores, los vestidos, las lentejuelas y el brillante colorido de la gran ciudad atraía a miles de jóvenes, hombres y mujeres, que abandonaban sus míseras casas y se adentraban en un mundo desconocido.
La Filo leyendo algún remite de esas cartas, jamás se atrevió a abrir ningún sobre, observó que en el dorso del mismo, el remitente ponía: El Molino de Barcelona. Le preguntó a Antoñico para quién era y éste le dijo que para la señá Patro (Patrocinio) que había tenido a su hija, María, sirviendo en la Ciudad Condal. Su novio se había ido a Barcelona a trabajar y ella se fue tras él, en su busca. Después de meses de intentar localizarlo se enteró que su novio había cruzado la frontera camino de Francia, con un grupo de amigos y nunca le dijo nada a ella.
Tan fuerte fue su frustración, que cuando llegó a servir a una "casa bien" en Barcelona y se enteró de la noticia, se hundió tanto que ya no pudo con las tareas domésticas y la echaron a la calle. La suerte o la desgracia le dieron la oportunidad, ya que era una inteligente mujer, que leyera por una nota en un bar que pedían chicas para un conjunto de baile. Era una mujer muy guapa y con exuberante delantera. En sus tiempos había sido bailarina, por lo menos en las fiestas de su pueblo. Se presentó a las pruebas y fue aceptada. Su hermoso, joven y deseado cuerpo era un atractivo para estar en el coro de chicas que hacían las delicias de los babeantes espectadores.
Esa carta, que no leyó la Filo pero le transmitió Antoñico, luego supo que era una comunicación póstuma, que la dirección de la empresa comunicaba a la señora Patro el fallecimiento de su hija. Maria murió atropellada por un coche frente a El Molino en el año 1935. Todo el trabajo, la noche, alguna juerga, poca comida, muchas ilusiones y mucho ahorro de dinero para enviar a su familia finalizaron en tragedia. Sus amigos le rindieron un sentido homenaje donde actuó la inigualable Carmen Amaya. La dirección o agencia artística envió una carta a su madre informando del trágico suceso, adjuntando documentación del conocido Café-Teatro El Molino, recordando a su telonera. De ahí que la Filo se enterara de la dirección y de otros temas artísticos. Visitó a la señá Patro, la madre de la chica trágicamente fallecida, con tan solo 18 años y ésta la informó de algunas andanzas y de la pena que llevaba su hija que la condujo, al dejarla su amor, posiblemente, al suicidio.
Toda esta historia que conoció la Filo con 10 añitos, le afectó mucho. Pero la vida continuaba con su tediosa costumbre de los pueblos de montaña. La tristeza comenzó a corroer su mente y le hizo pensar en los cambios de la vida. Empezó a leer algunas revistas que le pedía a su noviete, el Antoñico y que le llegaban desde Madrid para algunos Ayuntamientos y para algún boticario de la zona. Pasaron muchos, largos y pesados años y la Filo se convirtió en una auténtica mujer, inconformista, rebelde, exigente y con ganas de vivir y de conocer. Comenzó a despertar a la vida.
Pasó el tiempo y con 23 hermosos años, un día, la Filo, le dijo a su madre.
– ¡Madre, me voy!
– ¿Pero hija, a donde vas? -le preguntó angustiada su madre.
– Me voy a Barcelona. Me han dicho que hay trabajo y oportunidades para salir adelante. No quiero quedarme en este pueblo, hasta que mi novio se canse de mí, me deje o me case con cualquiera, sea una infeliz, trabaje la tierra, en la casa y me cargue de hijos como tú, mamá. ¡Quiero vivir! Quiero algo más.
Entre lágrimas y abrazos se despidió de sus padres y hermanos. A Antoñico, que ya era cartero con bicicleta y repartía por todos los valles, le dijo que volvería, que la esperara, que era para unos cuantos años y que regresaría con algún dinero para ayudar a formar un hogar, quizás comprar tierras o ganado. Estamos en el año 1948.
Lo cierto es que estaba muy cansada, harta ya del hedor de sus míseras calles, de pisar el estiércol de las vacas y del olor de los corrales traseros de su casa, que olía al orín de los cerdos a pesar de limpiar constantemente. Corral que también servía de retrete para toda la familia. Cada uno que hacia sus necesidades, tenía que coger una horquilla y mezclar el fiemo y la paja del suelo, tapando lo depositado en ella.
Donde en invierno a las cinco de la tarde te tenías que recoger y refugiarte del frío y permanecer frente al hogar de la lumbre, de donde colgaba un enorme caldero abombado, en el cual, día tras día, se cocían manzanas y patatas para dar de comer a los cerdos. Sentados en los duros y largos bancos de madera carcomida, la familia contemplaba el chisporrotear del fuego, durante horas, como quien ve hoy la televisión.
Muchas de las ilusiones de la Filo las había visionado frente a las llamas del ardiente corazón de los troncos retorciéndose, que la atrapaban como a un amante. Miraba el fuego y era como si viera una película. Su joven y fértil mente se invadía de historias y cuentos de hadas, recordando los que en algunas revistas, novelas y tebeos de chicas había visto y leído.
En ese pueblo no había cine, ni teatro, ni ningún tipo de actividad cultural, ni lúdica. No había médico, ni cura, ni boticario, los puntales de cualquier pueblo que se precie. Aunque sí había una pequeña iglesia, con un alto torreón, donde a veces tocaban las campanas. La Filo de niña había subido en muchas ocasiones a jugar, se conocía muy bien toda la iglesia. Solo una vez al año se celebraba la fiesta patronal. Entonces venían los músicos y en una especie de gran plaza, donde se trillaba el trigo y se cogía agua de un pozo común, actuaban y se soltaba una vaquilla muy adiestrada. Al sacrificado animal lo traían de otros pueblos y ya tenía espolones, era una veterana y cuando le querías coger la cola, la vaca, te arreaba una coz o te daba un bocado que si te cogía podía hacer daño. Algunos podían bailar, sin agarrarse pues todo el pueblo miraba y defendía el pundonor de las jóvenes.
También acudían de paso a otros pueblos, algunos vendedores de juguetes, de golosinas, con manzanas de caramelo rojo con palo y muñequitos de madera que movían los brazos y las piernas y tirando de dos hilos tocaba el tambor.
Cada domingo, una de las atracciones de los jóvenes era recorrer la vieja carretera, donde cada dos o tres horas pasaba algún coche de línea u otro vehículo perdido y los carros de labranza tirados por fuertes caballos que con hermosas crines ahuyentaban a los tábanos, parecía una procesión de mulas, burros y bueyes. Esas eran todas las novedades de aquel inhóspito lugar. Un pueblo pobre y mísero y nada ni nadie pretendían cambiarlo. Ni las autoridades de la capital se habían acercado nunca, a pesar de haber sufrido algún aguacero que inundó todo el valle.
Con una vieja maleta de cartón, atada con una cuerda, ya que la cerradura hacía muchos años que se había oxidado y sus llaves perdidas, la Filo se subió al autocar, para coger el tren en el pueblo mas cercano, que la llevaría lejos, muy lejos de sus raíces, de su familia, de sus tierras de origen donde habían nacido sus abuelos, sus padres y todos sus ancestros. Sus apellidos, Ramos López, no importaban porque no eran de rancio abolengo, ni de alta cuna, ni nadie de su familia había sido nunca nada, ni nadie. Eran anónimos seres que pasaban de siglo en siglo agachados, curvados hacia la tierra en busca del sustento diario, rebuscando con la azada las patatas que del terruño de su padre podían coger, cuando no helaba.
Vivían de los escasos frutos que cogían de los árboles o de la poca uva negra que podía criarse en aquellas áridas y poco productivas tierras. Comían la carne de los cerdos, gallinas o corderos de su mísera granja. Al cabo de algunos años se construyó un pantano y todo quedó inundado. Los que quedaron en el pueblo se tuvieron que mudar de casa al pueblo más cercano, a quince kilómetros de distancia, un pueblo de mas de mil habitantes que ya parecía una ciudad. Con la inundación controlada, quedó ahogada una historia de vidas y muertes, de amores y rencores, de sentimientos y de sueños infantiles.
Los recuerdos que dejaba atrás se le amontonaban. En todo ello pensaba la Filo mientras se había acomodado sobre el asiento de destartaladas tablas de madera, en un viejo y ruidoso vagón del tren. Una humeante máquina arrastraba los vagones con lentitud y parsimonia. Se iba quedando un mundo atrás. Un mundo que a la Filo no le gustaba. Por su inquietud quería otras cosas, otras experiencias, otros retos. Aquí empezó otra historia en el Molino de la vida.
El viaje duró varias horas y había tenido que cambiar de transporte y coger un autobús, hasta llegar a otro pueblo y luego en tren hasta la Ciudad Condal, la gran Barcelona. En el largo, ruidoso y aletargado viaje se alimentó de varios bocadillos y empanadas que había preparado con su madre, algunos chorizos, jamón y almendras que había hecho acopio para el viaje y para algunos meses, por si la vida la hacía regresar.
El día 9 de julio de 1948 llegó a Barcelona, a la Estación de Francia. Una enorme estación donde había un gran movimiento de gentes con maletas, soldados, falangistas, policías, silbatos de tren. Niños corriendo, gente durmiendo en los duros bancos, un ensordecedor ruido, algún cargamento de gallinas enjauladas, que arrastraba un hombre con un pesado carro de mano, un ajetreo que a la Filo casi le dio por volverse a su tranquilo y abandonado pueblo. Pero se armó de valor y siguió adelante.
La Filo sólo tenía una dirección, era la de una pensión del Paralelo de Barcelona, llamada Amalia. En la misma acogían a jóvenes pueblerinas y les facilitaban, en ocasiones, trabajo en fábricas o casas particulares, para hacer labores de cocinera, doncella o limpiadora. Una dirección que su novio le había facilitado, ya que un hermano suyo estuvo trabajando aquí y se hospedó unos meses en ella y luego siguió su viaje hacia Francia, donde se quedó trabajando en una tenería, el tratamiento de pieles, en Estrasburgo.
Con su pesada maleta, cogió un tranvía que iba desde la Estación hasta el Paralelo. Recorrió un pequeño tramo de unos veinte minutos, contando las diversas paradas que hacía. Era como una visita turística a la vieja Barcelona. El vehículo metálico pasaba por delante del majestuoso edificio de Correos en la Vía Layetana, luego por Capitanía General y Gobierno Militar. El puerto a su lado izquierdo donde había decenas de barcas y barquitos de vela, un barco de guerra y varios mercantes. Dentro del puerto se veían estibadores que con anchos blusones y con gorra, trajinaban con grandes fardos. Siguió su ruta por la avenida Marqués de Argentera, paseo de Isabel II, hasta el monumento a Colón, al final de las Ramblas. Desde la ventanilla del tranvía, nuestra aventurera miraba ansiosa de conocer y asustada por la cantidad de gente que veía.
Lo que divisaba de las Ramblas estaba plagado de personas. En la Plaza de Colón había una parada y se encontró, casi frente a frente, con una gran cabeza de un león, ante una de las ventanillas. Se asomó y vio cuatro hermosos leones que custodiaban una enorme estatua que acababa con un hombre señalando con el dedo al mar. Había muchas palomas revoloteando y chiquillos correteando. Un fotógrafo hacía fotos a los niños subidos a un caballo, al parecer, de cartón porque no se movía. La Filo estaba impresionada de la gran capital.
Remontó la avenida Marqués del Duero. A su izquierda aparecieron tres enormes chimeneas de una fábrica. Un poco más adelante mucho colorido. Se apeó frente al Teatro Arnau, que en sus inicios se llamó Folies Berger. Era un lunes, la Filo había aprovechado todo el fin de semana para viajar. Llegó por tarde, pero el sol aún se reflejaba contra el gran cartelón que anunciaba unas mujeres con grandes plumas, pocas ropas, pero de atractivos colores. Parecía como un can-can multicolor, como los que ella había visto en alguna revista.
La joven notó en esa zona un ambiente casquivano, gente con cara de hampones, de vividores, algún borracho durmiendo en la calle con su vomitado de compañero. Muchos trabajadores, hombres y mujeres que no se sabía adonde iban. La calle Conde del Asalto bullía de emociones.
Tiendas y tenderetes, mas gentes, carromatos de mano y ruidosos ciclomotores. Desde las Ramblas al Paralelo y por sus calles adyacentes todo era movimiento y en el Arco del Teatro y entre sus callejuelas, como Escudillers, Aviñó, Unión, Cadena y la famosa calle de las Tapias. Era un Distrito quinto que arrastraba a las personas como las olas del mar, en el ir y venir en busca de la vida. A pesar de la miseria moral y material de la posguerra, el Paralelo fue el escape de los desastres de la Guerra Civil. A la Filo todo le venía de nuevo, pero estaba advertida y orientada por sus familiares, su novio y la señá Patro, del pueblo vecino como recordarán.

Abraham Méndez Ramos

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