Elisabeth Costelo

En esos momentos incluso una criatura insignificante, 
un perro, una rata, un escarabajo, un manzano 
raquítico, un camino de carretas que sube una 
colina, una piedra cubierta de musgo, me 
importa más que una noche de éxtasis con la 
amante más hermosa y entregada. Esas 
criaturas mudas y en algunos casos 
inanimadas se imprimen en mí con tanta 
plenitud, con un amor tan nítido, que no hay 
nada en mi embelesado campo visual que no 
tenga vida. Es 
como si todo, todo lo que existe y todo lo que 
puedo recordar, todo lo que toca mi 
pensamiento confuso, tuviera significado.

HUGO VON HOFMANNSTHAL

"Carta de Lord Chandos a Lord Bacon


Carta de Elizabeth, Lady Chandos, a Francis Bacon
Querido y estimado señor:
Habrá recibido usted de parte de mi marido, Philip, una carta 
con fecha del 22 de este mes de agosto. No me pregunte 
cómo, pero una copia de esa carta ha llegado a mis manos y 
ahora añado mi voz a la de él. Me temo que pudiera usted 
pensar que mi marido le escribió en pleno ataque de locura, 
un ataque que acaso ya se le haya pasado. Le escribo para 
decirle que no es así. Todo lo que lea en la carta de Philip es 
cierto, salvo por una circunstancia: ningún marido puede 
conseguir esconderle un trastorno mental tan extremo a una 
esposa que lo ama. Llevo todos estos meses al corriente de 
la aflicción de mi Philip y sufriendo con él.
¿Cómo llegó a nosotros la tristeza?. Recuerdo que hubo una 
época, antes de ese período de aflicción, en que mi marido 
observaba como un embrujado los cuadros de sirenas y 
dríades, ansioso por penetrar en sus cuerpos desnudos y 
resplandecientes. Pero, ¿cómo íbamos a encontrarle en 
Wiltshire una sirena o una driáde para que lo intentara?: No 
me quedó más remedio que convertirme en su dríade: era en 
mí en quien penetraba cuando quería penetrar en ella. Era yo 
quien notaba sus lágrimas en mi hombro cuando nuevamente 
él no conseguía encontrarla en mí. "Dame un poco de tiempo 
y aprenderé a ser tu dríade, hablaré tu idioma de dríade", le 
susurraba yo en la oscuridad. Pero eso no lo consolaba. 
Llamo al presente un período de aflicción. Sin embargo, en 
compañía de mi Philip también tengo momentos en que 
cuerpo y alma son una sola cosa, en que estoy lista para 
romper a hablar en las lenguas de los ángeles. A estos 
accesos los llamo "mis éxtasis". Vienen a mí – y escribo sin 
ruborizarme, no hay tiempo para ruborizarme- cuando estoy 
en brazos de mi marido. Él es mi único guía. No los tendría 
con ningún otro hombre. Él me habla en cuerpo y alma, me 
introduce palabras que ya no son palabras, sino espadas 
llameantes.
No estamos hechos para vivir así, señor mío. Digo que mi 
marido introduce en mí "espadas llameantes", espadas que 
no son palabras. Es como un contagio, eso de decir siempre 
una palabra en lugar de otra (como un contagio, digo, y 
apenas me contengo de decir "una plaga de ratas", porque 
últimamente vivimos rodeados de ratas): Como un caminante 
(mantenga la imagen en su mente, se lo ruego); como un 
caminante entro en un molino, oscuro y en desuso, y de 
pronto siento que los tablones del suelo, podridos por culpa 
de la humedad, se desmoronan bajo mis pies y me hundo en 
las aguas encrespadas del molino. Y, sin embargo, igual que 
soy eso (un caminante en un molino), al mismo tiempo no lo 
soy. Ni tampoco es un contagio lo que me acomete todo el 
tiempo, ni una plaga de ratas ni de espadas llameantes. 
Siempre es algo distinto a lo que digo. De ahí las palabras 
que he escrito más arriba: "No estamos hechos para vivir así". 
Solamente las almas extremas pueden haber sido concebidas 
para vivir así, en un estado en que las palabras se desploman 
bajo los pies como tablones podridos ("como tablones 
podridos", digo otra vez, no puedo evitarlo, no si quiero 
hacerle entender mi preocupación y la de mi marido; digo 
"hacerle entender", ¿qué es entender, qué quiere decir?).
No podemos vivir así, ni él ni yo ni usted, honorable señor 
(porque, ¿quién puede asegurar por medio de la carta de mi 
marido o, si no de su carta, entonces de la mía, no vaya usted 
a sufrir ese contagio que no es un contagio sino que es 
siempre otra cosa?). Puede llegar el momento en que esas 
"almas extremas" sobre las que escribo puedan ser capaces 
de soportar sus aflicciones, pero ese momento no ha llegado 
todavía. Será un momento, si alguna vez llega, en que los 
gigantes o tal vez los ángeles caminen por la tierra (ya dejo 
de contenerme, estoy cansada, me entrego a las figuras, ¿lo 
ve, señor, ve cómo me posee?, cuando no lo llamo mi éxtasis 
lo llamo mi arrebato, el éxtasis y el arrebato no son lo mismo, 
pero, de formas que no confío en poder explicar, los veo con 
claridad, con mi ojo, tal como lo llamo, mi ojo interior, como si 
tuviera un ojo en mi interior que fuera examinando las 
palabras una por una cuando pasan, como soldados en un 
desfile, "como soldados en un desfile", digo).
Todo es alegoría, dice mi Philip. Todas las criaturas son 
cruciales para todas las demás criaturas. Un perro sentado al 
sol y lamiéndose, dice, se convierte en un momento dado en 
receptáculo de una revelación. Y tal vez dice la verdad, tal 
vez en la muerte de nuestro Creador ("nuestro Creador", 
digo), donde nos revolvemos como si estuviéramos en el 
canal de un molino, nos entremezclamos con miles de otras 
criaturas. Pero, ¿cómo, le pregunto a usted, puedo vivir con 
ratas y perros y escarabajos correteando por mi piel día y 
noche, ahogándome y bloqueando, rascándome, tirando de 
mí, apremiándome cada vez más para llegar a la revelación?. 
¿Cómo?. "No estamos hechos para la revelación – quiero 
gritar-. Ni yo ni tú, mi Philip", una revelación que te quema los 
ojos como cuando miras al sol.
¡Sálveme, querido señor, y salve a mi marido!. ¡Escriba!. 
Dígale que todavía no ha llegado el momento, el momento de 
los gigantes y el momento de los ángeles. Dígale que todavía 
estamos en la época de las pulgas. Las palabras ya no llegan 
a él, tiemblan y se rompen, es como si ("como si",digo) 
estuviera protegido por un escudo de cristal. Pero a las 
pulgas las entenderá, las pulgas y los escarabajos todavía 
atraviesan su cristal, y las ratas también. Y a veces yo, su 
mujer – sí, señor mío- , a veces también yo consigo 
atravesarlo con sigilo. "Presencias del infinito", nos llama, y 
dice que le provocamos escalofríos. Y ciertamente yo he 
sentido esos escalofríos, en medio de mis éxtasis los he 
sentido, hasta el punto de no saber ya si eran de él o eran 
míos.
"Ni el latín – dice mi Philip (he copiado las palabras), ni el latín 
ni el inglés ni el español ni el italiano pueden transmitir las 
palabras de mi revelación". Y es cierto, hasta yo que soy su 
sombra lo sé cuando estoy en pleno éxtasis. Y aún así él le 
escribe a usted, igual que le escribo yo, pues es usted 
conocido entre todos los hombres por elegir sus palabras y 
ponerlas en el lugar correcto y por construir sus juicios igual 
que un albañil construye una pared con ladrillos. Mientras nos 
ahogamos, escribimos sobre nuestros destinos separados. 
Sálvenos.
Su obediente sierva.
Elizabeth C..
a 11 de septiembre, Anno Domini 1603

Carta de Lord Chandos a Lord Bacon

Ahora, señor, de nuevo, otros ojos perturban los sueños, las 
ratas, señor, esas ratas antaño tan queridas no me dejan 
dormir, (llevo tanto tiempo sin ¿dormir?; qué es la muerte 
acaso sino la prolongación del sueño), ratas, digo, ---sin un 
amable flautista de Hamelin que las conduzca a un lugar 
mejor que éste en el que aún usted, ella y yo respiramos ---
mis pies sobre un crepúsculo de nieve, digo ojos, ojos que 
nunca miran (oídos, en medio de los gritos, los gritos, digo), 
en el mar mis pies están mojados, digo mojados y ella esta 
vez no sabe que os escribo, ni que leí la carta, las dos, (¿o 
fueron tres, o tal vez trescientas?, han pasado los años y voy 
perdiéndome en las brumas de mi memoria herida), no, no sé 
qué ocurrió de veras con esa carta, estimado señor. Soy 
siempre su más fiel servidor. Cierto que perdí la razón, si, que 
la razón perdí, fui, digo que fui o tal vez me llevaron (¿hay 
tanta diferencia entre comprar las rosas o pincharte con una 
en un jardín ajeno en una noche sin luna ni árboles, luna a la 
que dirigir los ojos, árboles como compañía, para sentirse 
menos muerto?), a un sitio muy bonito. Un cuadro colgaba de 
la pared, justo sobre mi almohada, un cuadro muy bonito, con 
una dríade, una de ésas dríades de las que mi tramposa 
esposa os hablaba en la carta, sí, ella fue la culpable, no 
tenéis que creerme, no es eso, no es eso lo que os pido, de 
hecho, no os pido nada, no, ni siquiera sé el motivo de estas 
letras. Si no fuese por el aburrimiento y la gota, ese cuadro 
me daba tantas esperanzas, era tan bello despertar para 
tomar la medicina y girar levemente el cuello y toparse con 
ella, que me miraba desde lejos, vengativa, mostrándome la 
carta y otro cuadro, señor, donde los dos, digo los dos, usted 
y ella, ella y usted, retozan tan desnudos, tan bellos, es esa 
expresión de gozo de sus rostros, ¿acaso al verlos, digo, al 
ver el cuadro, comencé a despertar, comenzó mi conciencia a 
tomar otros rumbos, me devolvió usted, o Dios, si existe Dios, 
si existe Dios o existe el Creador, o cualquier otra idea 
superior, o externa a nuestro yo profundo, algo, algo que nos 
despierte de este sueño. 
Ahora estoy despierto señor, y muy mayor como para 
renunciar a una muerte tranquila, sí, no me aterra morir, he 
estado muerto tantas veces, una más, esta vez la última y la 
definitiva, no me asusta, no, por eso le escribo, sí, ahora 
caigo en lo que iba a decirle, sí, sé ahora mismo, cuando mis 
manos trémulas y frías trazan estas letras, que os escribo 
porque me estoy muriendo y necesito (exijo) ver ese cuadro, 
pero verlo en el teatro, un particular teatro que tengo en mi 
jardín, señor. Ahora recuerdo muchas cosas. Recuperé mis 
villas, lo sabéis, supongo que lo sabéis, sí, la expulsé de mis 
propiedades, sí, me informé acerca de su destino, del suyo, el 
de ella y del suyo, el de usted. No, no pude; (de hecho, sigo 
sin poder) entender tanta crueldad, egoísmo, maldad como la 
que anida en sus corazones, el suyo, señor, y el de mi 
esposa.
Quizá sabéis también que ahora soy poderoso, mucho, muy 
poderoso, señor, tan poderoso que nadie me ama, no, no me 
ama nadie pero todos me temen y me sirven sin rechistar ni 
levantar la voz, no, no se atreven tampoco a murmurar a mis 
espaldas, pese a que yo no he practicado la crueldad más de 
lo necesario (siempre guiado, como en todo, por mi criterio, 
un criterio muy justo y equilibrado); no, no se atreven, ni 
menos aún osan pensar en desobedecerme, bueno, quizá lo 
piensen, pero siempre cumplen mis órdenes.
Señor Bacon, en breve partirá una de mis calesas a vuestra 
mansión, sí, y luego o al mismo tiempo, mejor al mismo 
tiempo, dos misiones, sí, dos emisarios míos a la vez, irán a 
recogeros, a vos y a ella, sí. No intente resistirse, se lo ruego, 
no serviría sino para firmar su sentencia de muerte, y no es 
eso lo que quiero, no, yo no deseo su muerte, señor, ni la de 
ella. Allá ustedes con su conciencia. No es el afán de 
venganza lo que me mueve, no, creo que no. Digo que es una 
tontería resistirse, señor Bacon. Todo está preparado, en mi 
casa, en una de mis villas, hay un teatro, un pequeño teatro, 
sí, con bancos, sí, con platea, con un telón, dispuesto para 
ustedes, mejor, a su disposición, la de usted y la de ella. Se 
encontrarán muy cómodos, sí, entre confortables 
habitaciones, siervos, buena comida, paseos. No sufráis, viejo 
amigo, es una pequeña representación, algo que la vida me 
debe. No más de media hora, no, usted y ella, la dríade y el 
minotauro, van a representar para mí una obra en un acto. 
Quiero que sea tal y como vi en ese cuadro, ese cuadro que 
me ayudó a recuperar el raciocinio, sí, usted sobre ella, ella 
sobre usted, algún leve gemido, sí, no han de estar 
incómodos, con mostrarse naturales sobra, es suficiente. He 
sido bueno y justo toda mi vida, y estoy muriendo, sí, no me 
queda mucho, unas semanas, a lo sumo, quizá algo menos. 
No os pido más que eso, amigo, señor Bacon. Los dos 
podrán regresar después a sus rutinas y este viejo y enfermo 
Phil morirá en paz.. No es mucho lo que pido, ¿verdad que 
no?.

Su seguro esclavo.

Philip Chandon

a 23 de marzo, anno domini 1639

 

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