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Privilegio
blanco
"El
frío es un sentimiento", asegura Paul. Para Laura
significa una posibilidad de la vista. Yo creo que el frío es
una forma de vida. Paul y Laura han olvidado el mar, para
ellos sólo existe la nieve. Me sorprende el color de su piel
(a ellos, el mío); ignoro por qué se les califica
"blancos", son rosas. El matiz de sus ojos, cabello,
cejas, gestos... corresponden a la tonalidad del paisaje. La
composición de sus rostros es análoga a la geometría de
este lugar. ¡Es tan perfecta! Parece una postal.
Me
pregunto si extrañan el calor (aunque, ¿por qué habrían de
hacerlo?); tal vez han aprovechado el resplandor cegante que
acecha durante más de la mitad del año, a lo mejor a partir
de esa resolana han dibujado su propio calor. El sol en
invierno es naranja. Nunca había visto un sol tan vital, su
color naranja es tan intenso que me espanta; presiento que el
frío es su capricho. "En verano, el sol calienta el agua
del lago y del río, y los rumores regresan a las
montañas", dice Laura. "¿Cuáles rumores?",
pregunto. "Ninguno", responde. No me tienen
confianza. Soy una extraña, tengo los ojos almendrados y la
piel oscura; signos ajenos a su cotidianidad. Yo tampoco
confío en ellos, por qué habría de hacerlo si son tan
diferentes a mí.
Paul
es cocinero y Laura, maestra. Duermen juntos desde la muerte
de su padre. Hacen una bonita pareja, eso rumoran en el
pueblo. Nadie sabe que son hermanos. Es un secreto. Yo no soy
de aquí, vine de muy lejos, soy enfermera y estoy aquí para
cuidar al bebé que nacerá pronto.
Acepté
este trabajo por la paga. El salario es alto. Deben pagar no
sólo mis servicios, sino mi silencio. Lo saben y lo aceptan.
No son ricos, su casa es modesta: cuatro habitaciones, sala y
comedor, cocina, dos baños completos, porche, cuarto de
servicio y un pequeño ático, en el que duermo. Les
desagradó mi decisión, esperaban que escogiera el cuarto
contiguo al suyo; "cuando nazca el niño me cambiaré, lo
prometo", esta afirmación los tranquilizó. Me gusta la
vista desde el ático, la nieve se amontona en la cornisa. Me
gusta ver nevar. El nacimiento será hasta marzo, aún falta
mucho. Desde que llegué los malos presentimientos me
persiguen.
De
donde provengo el paisaje es muy distinto, aquí los árboles
son esculturas y la vista es blanca. La resolana baña las
montañas y parecen estar pintadas en una amplia gama de
azules. Al atardecer, el pueblo se ilumina, las casas se
confunden con el horizonte, oscurece y los rumores crecen.
Sí. En las noches se escuchan susurros por doquier, como si
hubiera mucha gente en las calles, pero no, la mayoría se
resguarda temprano. No sé a qué le tienen miedo. A veces
escucho a la abuela Teresa.
Otro
de los motivos por el cual acepté este empleo, fue la
posibilidad de perfeccionar el inglés; además, a mis
"patrones", les interesa aprender español. Es un
trato conveniente para ambas partes. Los tres (próximamente,
cuatro) saldremos ganando. El pacto (hay que llamar a las
cosas por su nombre, y esto es un pacto) se logró a través
de una amiga asentada en Chicago, quien conocía mi urgencia
por abandonar México, no me preguntó las razones inmediatas,
sabía por experiencia las vitales; ella se marchó hace más
de diez años, nadie quiere vivir en un país en el que la
única vivencia posible es la muerte chiquita. Luisa me
contactó con esta pareja, ignora que son hermanos; no
tendría por qué saberlo. Los conoció en Portland, ellos
trabajaban en el bed and breakfast donde mi amiga se hospedó,
quería contemplar el Mar del Norte, dice que es
"impresionante". Paul y Laura fueron para esparcir
las cenizas de su padre, "fue una promesa", miente
Paul, "nos obligo", asegura Laura. Odian a su padre.
No sé dónde crecieron; sólo, que su madre se suicidó hace
muchos años. Quizá debí preguntar más cuando hablamos por
teléfono antes de mi llegada; sin embargo, en ese momento no
lo consideré necesario y ahora es demasiado tarde. De hecho,
mi negociación fue muy rápida. Motivos desconocidos -y que
intuyo elementales-, sumados a la recomendación de Luisa y mi
condición de extranjera, orillaron a la pareja a emplear mis
servicios. Yo, por mi parte, no tenía opciones. No dejé nada
atrás, ni siquiera amigos. Nada. Creo que la orfandad común
fue el ingrediente esencial. Obviamos preguntas, nos dijimos
lo indispensable: "soy enfermera, odio mi país, no tengo
nada que perder, tengo 41 años, soy soltera y hablo
inglés". "Somos hermanos, tendremos un hijo y
queremos aprender español". Nos mandamos fotos por
correo electrónico por dos cuestiones: reconocernos en el
aeropuerto y disipar -si acaso hubo tiempo de que se crearan-
dudas o recelo. El acto de creer; más bien, de fe ante una
imagen, me pareció una señal: la confirmación de que debía
aceptar; aquel quien confía en la veracidad de una imagen es
o un ingenuo o un persona de verdad bondadosa. Ahora que estoy
aquí, que convivimos diariamente y nos comportamos como una
familia, sé que existe otra posibilidad: están enfermos.
Paul
trabaja en un restaurante de paso, de esos en los que sólo se
paran los personajes de los roadmovies, los estudiantes y los
nómadas. Es un hombre robusto y muy alto. Tiene unos ojos
azules casi transparentes, que detrás de las gruesas gafas
casi se pierden (es miope). Su apariencia le ayuda a espantar
a los borrachos. La frontera con Canadá está a unos 80
kilómetros. Esta cercanía explica los nombres franceses de
las calles, aunque nadie, a excepción de Laura y Paul, los
pronuncia bien. Sólo ellos saben lo que significa vivir en el
límite. A los de este lado no les interesa, están demasiado
ocupados en pertenecer a los Estados Unidos de América, y los
del otro, se preocupan más por vigilar su territorio y su
francés. Nadie se atreve a cruzar, apenas envidian al otro.
Únicamente Paul y Laura entienden el sentido verdadero de
cruzar. Saben que atravesar una línea implica definir de qué
lado estás o no. Los comprendo y los acompaño, yo ya he
rebasado mis fronteras. Aquí, me siento en casa.
Laura
es maestra en la Elementary School. Es dueña de una
reputación intachable y es la favorita de los estudiantes. Es
muy bonita ?basta ver cómo la mira Paul?, inteligente y
dominante, aunque aparenta ser débil y frágil. En ella
recayó, sobre todo, la decisión de contratarme. Embrazada
luce más bella.
Vengo
de una ciudad ruidosa y caótica, para mí la irregularidad es
la constante y me sorprende observar que en este lugar todo
tiene un sitio específico y una hora señalada. Al principio,
no lo negaré, me agradó esta sensación de tranquilidad; no,
tranquilidad no es la palabra adecuada, en el silencio suceden
cosas incomprensibles: la claridad y la exactitud. La
improbabilidad del error me aterra, no estoy acostumbrada a
que la vida suceda tan apaciblemente. La gente es inexpresiva,
es atenta y correcta... son como la nieve. Mi abuela afirmaba
que "uno se parece al lugar de su nacimiento".
Siempre la pensé loca, cuando me dijo aquello, le exigí
pruebas de su teoría y es hasta ahora cuando me las entrega.
Ayer
tuve un mal augurio. No soy supersticiosa, mi oficio me lo
impide. Durante años de trabajo me he negado a creer en
historias de fantasmas, de telepatías o de apariciones.
¡Escuché tantas cuando cubría el horario nocturno en el
hospital! Los familiares de los pacientes se entretenían
contando relatos para aliviar el dolor. He aprendido a
convivir con la muerte, eso se aprende tarde o temprano, sobre
todo siendo enfermera; sin embargo, para quienes no conocen
esta "realidad" (me sorprende que la realidad no sea
compartida y que la mayoría confunda su imaginación, sus
fantasías acerca de lo visible y las impongan sobre lo
cierto) es necesario creer en algo más, requieren la
constatación de ?vaya eufemismo? "la vida después de la
muerte". Pero actúan, se engañan, para sentir menos
tristeza. El miedo a la muerte es otra cara del egoísmo.
Soy
huérfana, mis padres murieron o me abandonaron, no lo sé, en
cualquier caso el resultado es el mismo. Mi abuela paterna me
crió sin mencionar nunca el nombre de mi padre, ni siquiera
me mostró una foto. Durante mi infancia derroché horas,
quizá años, hurgando y manteniendo el deseo de encontrar
restos de él, testimonios u objetos que me permitieran
imaginarlo. Busqué sus huellas y las de mi madre. Jamás
encontré nada, ni una carta, ni un cuaderno, ninguna prenda.
Mi abuela lo borró completamente. Lo expulsó de su memoria e
incluso de su vientre. Cuando le preguntaba por él,
inmediatamente empezaba a hablar mal de mi madre, que si era
una puta, que si estaba loca, que si lo pervirtió... Sólo
sé que era enfermera como yo. Con esta poca información me
he inventado una biografía: por eso vine a conocer la nieve.
Mi abuela no era creyente; su única confesión, verdad, fue
pensar que mi madre era una bruja para nunca más recordar a
su hijo. Otra cara de la vanidad. Está de más decir que
pertenezco a una cultura pagana, que la abuela era mulata y
escéptica. Nunca pusimos un altar en los días de muertos, ni
los recordamos. "Los muertos, muertos están ?me
advertía? para qué perder el tiempo en estupideces. No vale
la pena dedicarle un minuto de tu vida a la muerte".
Tenía razón, aunque lo llamativo del acto de recordar es el
ejercicio creativo. No sé quiénes eran mis padres y ahora
que he venido a conocer el silencio sé que la ignorancia ha
sido la mejor herencia. Confieso que llegar a esta conclusión
me ha tomado mis años. Mi nueva residencia me ha ofrece el
privilegio de la memoria, y no es que careciera de ella, pero
aquí entre la nieve y las montañas puedo moldearla, tal como
han hecho Paul y Laura.
Cuando
murió la abuela, sentí tranquilidad y paradójicamente al
"perder lo único que tenía en la vida" (como
lamentaron mis compañeras de trabajo), cobré seguridad. Al
enterrarla, sepulté la última certeza de mi historia.
Entonces, me dije: "puedo ser quien quiera". Y lo
soy.
Antes
de dejar México, me atacó la nostalgia, empecé a echar de
menos la luminosidad, las sombras gordas, el azul intenso, el
color de las personas, los ojos almendrados y oscuros. Sufrí,
digamos, el porvenir. Añoraba tanto mi horizonte, que perdí
de vista su inmediatez. También comencé a escuchar a la
abuela. En sueños poco a poco se reveló mi destino. Durante
esos días sentí la necesidad de rezar. Nunca lo había
hecho, un día llegué a la capilla del hospital y me
sorprendí orando (como si fuera otra persona), fui otra
persona. Me observé pronunciando el padre nuestro, mis manos
tensas. Era una extraña.
Salí
de la iglesia sin mucho apuro, aunque quizá con un poco de
culpa con la historia que hasta entonces me pertenecía,
"una nieta de Teresa no puede rezar". Pero la abuela
no existe, me gustaría contarle mi descubrimiento
(seguramente ya lo sabía): la religión es otra posibilidad
del egoísmo.
Creo
en la finitud. Soy una obrera del principio y del fin; por eso
estoy aquí. Al igual que Paul y Laura poseo la capacidad de
reinventarme y nuestro poder radica en que no creemos en la
muerte, porque tampoco creemos en la vida. No necesitamos
estrategias para alcanzar al destino. No esperamos remedios
para el dolor, nos creemos en la inmortalidad. Somos
agnósticos y, "gracias a Dios", no somos los
únicos.
Cuando
era niña disfrutaba el paisaje del rostro de mi abuela. Su
cara, gestos y movimientos configuraban una fórmula
matemática; me impuse la tarea de resolver dicha incógnita,
sabía que al hacerlo podría sentirme más terrena... más
grave. Crecí como cualquier niño, nadie está a salvo de los
problemas, y a esa edad la tortura es un placer; lo que unos
traducían en lástima ("pobrecita, no conoce a sus
padres, y vive secuestrada por esa ogra"). La orfandad es
mi privilegio. Soy mi tiempo y mi historia. Soy mi
genealogía, mis ancestros y mis descendientes.
Antes
de partir, también comencé a soñar a Paul y Laura, esta
casa, los muebles, el ático, las escaleras. Me veía abrir
las persianas y observar desde mi ventana la calle y los
techos cubiertos de nieve. También escuchaba a otras voces
pronunciar mi nombre y cómo los sonidos de las sílabas
apretadas se confundían con el rechinido de los pies sobre la
nieve. Aprendí el frío antes de vivirlo. Estos sueños me
anunciaban el porvenir, pero como no soy supersticiosa no supe
ni quise oírlos. Tal vez debí hacerlo. No hay marcha atrás:
acomodo mis ojos a otros colores (nunca había visto montañas
azules, cielos blancos ni sombras tan espigadas), reajusto mis
costumbres a la tradición del campo del norte, me acostumbro
a mi nueva vida, a los pasos de Paul y Laura, y espero, al
igual que ellos, el nacimiento de nuestro bebé. Sí. Falta
poco para que nazca y me preparo para el acontecimiento. Estoy
aquí latiendo a otro ritmo, esperando otro aviso. Esta vez
sí lo atenderé.
No
quiero caer en la tentación de ser supersticiosa, pero qué
más puedo hacer. En este pueblo se cuentan demasiadas
historias, muchas de ellas las soñé aun antes de llegar,
como si hubiera intuido el futuro, como si hubiera deseado la
tragedia. El mal augurio de ayer me taladra la cabeza, pero es
la respuesta de mis preguntas. Apenas recuerdo un escenario
blanco y el llanto de un niño. Laura está apunto de parir,
el bebé nacerá antes de tiempo, lo sé. En el sueño los
colores se transformaron en texturas, sentí la materialidad
del rojo, el espesor del azul, la densidad del blanco (nunca
creí que pesara tanto). Al palpar el amarillo me sentí sola,
muy sola. También escuché a la abuela: "Los muertos,
muertos están". Sentí miedo, como el experimentado el
día que me descubrió esculcando su armario. Tenía nueve
años y estaba cansada de su terquedad. Me agobiaba no saber
de mí. Los niños requieren certeza y seguridad (a nuestro
bebé no le sucederá lo mismo), y yo no era la excepción.
Ansiaba "pertenecer". Ya había esculcado la casa
entera; sólo me faltaba un armario. Aquel día la abuela
tenía una cita, lo que resultaba conveniente para mi
búsqueda. La intuición me dictaba que su recelo significaba
secreto, y que secreto no podía ser otra cosa sino un rastro
de mi vida, el origen de mi historia. La abuela se marchó y
el armario estaba dispuesto a mi capricho. Tomé la llave de
su escondite (no le perdonaré que me haya subestimado tanto);
y la introduje en la cerradura, estaba excitada (tanto que
cuando me masturbo pienso en ese momento). No recuerdo lo que
vi, sólo la luminosidad del color blanco (como el de mi
sueño) y la voz de mi abuela. Cuando desperté, la abuela
estaba frente a mí. No dijo nada y ese silencio fue lo que
más me espanto. Estoy confundida. O quizá exagero, pero creo
que el murmullo que escuché ayer proviene de aquel otro
episodio. Ni siquiera sé si se trata de un mal augurio, de
una pesadilla, de una premonición o simplemente es producto
de una cena excesiva. Lo cierto es que la voz de mi abuela me
abraza.
A
pesar del tiempo transcurrido, la desconfianza todavía nos
asalta ?sobre todo a Laura y a mí? de vez en cuando. Pero
cada uno conoce y sabe su papel, sobre todo las obligaciones.
Compartimos un secreto. Ella depende de mí y yo la necesito.
Sabe que el bebé estará seguro conmigo. ¿Será niña o
niño? Ella prefiere niño; Paul y yo, niña. Durante la
última semana he reflexionado sobre este recelo, no tengo
ninguna razón, por lo cual me he inventado una: Laura se
parece a mi madre.
Paul
me estima, lo sé por la forma en que me mira y me habla. Me
recuerda la idea de padre que inventé. Papá ya tiene un
rostro. A Paul le gusta el frío, como a papá. Él me legó
la capacidad de gozar el silencio de la nieve. Amaba la nieve
tanto como yo lo haré. La genética también es una
fantasía.
"Los
muertos, muertos están". No tiene sentido recordarlos,
pero en casos como el mío, la ventaja radica en la
posibilidad de inventarlos. Los muertos son ejercicios
logísticos. Paul, Laura y yo no podemos añorar lo que
siempre ha sido extraño. Ellos ya no piensan en sus padres,
por decisión los borraron de su historia. No les fue fácil,
se les nota en el gesto, pero también se les nota que
después de esparcir las cenizas de su padre en el mar del
norte se sintieron más ligeros y a la vez más fuertes.
"Los muertos, muertos están", repito: no tengo
muertos, por eso he inventado a mis vivos. Paul y Laura
tuvieron vivos propios, ya no necesitan a sus muertos.
Conocen
lo necesario de mi pasado, no les interesa saber más. A mí
tampoco me importa el suyo, pero debo saberlo por la bebé
(será niña, estoy segura), debo protegerla. Mi obligación
es salvarla de su historia. Le regalaremos el privilegio. En
ocasiones me gana la morbosidad y quisiera preguntar detalles,
pero no, tengo la información suficiente: son hermanos, Laura
es mayor por dos años, sus padres nacieron en la Costa Oeste
y les enseñaron a recordar, rendían culto a la memoria. Eran
creyentes, también Paul y Laura lo fueron hasta que su padre
les prohibió dormir juntos. Días después murió; dicen que
de un ataque al corazón. Laura encontró el cuerpo. No hablan
de él, aún le guardan rencor. Su madre se suicidó. La
querían mucho, fue la única que los entendió, los amó
tanto que prefirió suicidarse para no molestarlos, pero su
papá no fue tan comprensivo, aunque le concedieron un último
deseo: "formar parte del Mar del Norte", y se
marcharon los dos a Portland, donde, afortunadamente
conocieron a Luisa. No sé cuánto tiempo vivieron frente al
mar, pero ya lo han olvidado. Regresaron a las montañas, a la
nieve, "adonde pertenecemos". Nunca me han confesado
abiertamente el homicidio, no tendrían por qué. No soy nadie
para juzgarlos, me concentro en el cuidado de mi bebé que
crece en el vientre de Laura. Es mi deber (más
explícitamente: es mi destino). Nadie merece vivir cargando
tiempos y culpas ajenas. Nadie debería conocer los rostros de
los padres, ése será el regalo para mi niña (me lo
agradecerá, estoy convencida). Le brindaré el honor y el
placer de construir su historia. Estoy segura de que será
enfermera como yo, quizá un día también escuche mi voz en
sueños. Ya quiero escucharla pronunciar mi nombre: Teresa.
Estoy convencida de que será muy feliz.
Este
pueblo me agrada. Desgraciadamente, pronto tendré que
mudarme. No regresaré a México, necesito tiempo y dinero
para educar a mi bebé, y allá la oportunidades son escasas,
en cambio ésta es la tierra de la oportunidades, eso me
aseguró mi amiga (¡le estoy tan agradecida!). Además,
quiero perfeccionar mi inglés. Paul dice que Idaho es muy
bonito; ignoro a dónde nos moveremos después del nacimiento
de mi nena, tengo que escoger muy bien el lugar, me gustaría
un paisaje blanco. Quiero ver la nieve, su textura me
tranquiliza.
¡Shh!
Está nevando. Escucho los golpecillos en las ventanas. Laura
ahora está a punto de regresar; Paul trabaja hoy hasta tarde.
La sopa de lenteja hierve, su olor se mezcla con la austeridad
del ambiente, lo tiñe de una tonalidad distinta. Preparé
carnero y verduras, de postre habrá pastel de chocolate.
Laura tiene que comer bien.
Por
primera vez experimento lo que significa la fe. La necesito
para contrarrestar el mal presentimiento. Borraré cualquier
mal augurio, aunque no debería temer, no soy supersticiosa.
Recordaré
esta casa, también a ellos; después de todo, son unos buenos
muchachos, pero los muertos, muertos están y mi pequeña
Eloísa (así la llamaré, es un nombre dulce) aprenderá a
inventar su propia historia. Por suerte nadie los extrañará.
Faltan pocos días para que estemos juntas.
Miriam
Mabel Martínez mirmabel@yahoo.com
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