El amor unido al dolor:
Sandra Quero
Ahora, con el llanto de su segunda hija entre los brazos, Kalhed percibe el miedo tan nítidamente como el olor a polvos de talco. Acaba de cambiar el pañal a la pequeña Jenny. Se siente tan solo y tan sucio, tan perdido y desperdiciado como el pañal usado que aún está sobre el cambiador.
Jenny llora porque le tiene miedo al frío; al de las toallitas perfumadas y el pañal nuevo. Kalhed también llora, pero no le tiene miedo al frío, el dolor lo ha hecho valiente. Él tiene miedo a la muerte y a la desaparición de su familia.
El amor de su vida, su única pincelada de aire fresco diario, duerme en el sofá que queda justo enfrente. Observa su pausado sueño, reza para que ella pueda seguir teniendo sueños dulces. Cada día la ama más, porque siempre derrocha la alegría que a él le falta. Entre los brazos de su amada Timi, duerme también Imran , su niño de tres años, tiene los ojos de su madre, esa expresión feliz de diosa budista.
La pequeña Jenny ya calla, el calor de los brazos de su padre le han ayudado a recuperar la calma que se pierde con el miedo.
Sobre la mesita redonda de las patas desconchadas hay una fuente con los restos de la comida de hoy. Imran ya empieza a comer alimentos sólidos. Kalhed teme que el miedo esté retrasando el desarrollo de su hijo mayor. Todo es injusto.
El olor a pescado a la plancha llena la estancia, más bien la mancha, el humo la vuelve grasienta también.
Ahora que todo está en silencio, que solo se oye el crepitar del calefactor y nadie lo ve, Kalhed puede llorar.
Llora porque el miedo siempre está presente, nunca lo deja solo. A miles de kilómetros de su país de origen, siente que no extraña nada, que ya no pertenece a ningún lugar y, menos aún al lugar que intenta arrasar con toda su existencia. Ya es apartida, como su hijo. Un niño sin nacionalidad, sin origen y sin lugar. Pero nadie puede vivir así, él sabe que Imran si tiene de todo eso. Su lugar está donde ellos estén, ahora mismo su sitio es Cantabria.
Kalhed acaba de sentir en sus labios el sabor salado de las lágrimas, esto también le aterra porque le trae recuerdos de un doloroso tormento.
El sabor marítimo que le evoca el dolor, el recuerdo de aquella noche en la que perdió un pulgar, el momento en que el hacha lo rozó y se desgarró ese monstruoso dolor, el instante en el que le llovieron los puñetazos, los insultos, las patadas y la saliva.
Entonces comprendió que la vida era injusta y que sería así para siempre. No tenía nada en la vida, hasta el día en que la conoció, cuando vio sus ojos de diosa budista. Una ley de Pakistán no les permitía quererse, solo porque alguien decidió un día que no es posible el matrimonio entre un hombre musulmán y una mujer budista. Esa ley escrita en alguna parte, escribió también el destino de ellos y el de sus futuros hijos.
La pequeña Jenny se revolvió en sus brazos, Kalhed se levantó y la acostó bocabajo en la cuna, después la cubrió con la manta roja y se dio la vuelta. Frente a él, de nuevo Timi con su rostro alegre, pero surcado por el dolor desde ese día.
Ahora los recuerdos son tan intensamente dolorosos que se encierra en el cuarto de baño, sabe que el llanto puede hacerle vomitar y no quiere preocupar más a los suyos. Se descalza y camina de puntillas, empuja la puerta con mucho cuidado y aun así no puede evitar el temido chirrido de las bisagras viejas. Una vez dentro, solo con su miedo y su soledad, se deja caer lentamente al suelo que como siempre está frío, pero ahora además está mojado, Timi debió bañarse antes, eso explicaba los charquitos pequeños.
Apoya la frente entre las manos, apretando con fuerza su cráneo con los dedos, rogando porque aquel sonido desapareciera de su memoria, no solo ha vuelto el dolor de aquella noche de torturas, sino que viene acompañado por el sonido más espantoso jamás escuchado, el que se le aparecía desde entonces en las esquinas de sus pesadillas, el que lo llamaba como esa noche Timi lo hacía.
Mientras él perdía un pulgar y algunos dientes, ella perdía su dignidad. Los compañeros de los soldados que torturaban a Kalhed la violaron, en la habitación de al lado. Ahora él comienza a morderse el reverso de la mano izquierda, intenta contener los gritos de dolor, ahí tirado en el baño, pues sabe que Timi llora cuando lo ve recordar esa noche.
Ya ha dejado de morderse y se observa la muñeca, en ella el reloj de su padre, la única pertenencia que tuvo antes de morir, un filántropo asesinado en manos de sus propios vecinos, de los mismos que le decían “Alá es grande” por las mañanas, los mismos que compraban el pan en su puesto de dulces, los mismos que acabaron con su vida.
Ese día venía a él como un recuerdo ambiguo de alegría y dolor. La felicidad llegó cuando tuvo a Imran en sus brazos y percibió que había heredado el olor dulce su madre, el sabor a chocolate de Timi y su mirada cándida. El dolor atisbó con la muerte de su padre, ese nieto que nunca llegaría a ver crecer era la excusa que se utilizó para seguir destruyendo aquella sociedad corrompida por la violencia, como todas las sociedades. El pueblo decidió que por consentir que su hijo, un buen musulmán, concibiera con una sucia budista, merecía la muerte. No dudaron en darle lo que era suyo por ley.
Amenazados de muerte huyeron a Alemana, con la esperanza de poder ser como eran, como todo el mundo, a nadie hace daño su amor. Solo a ellos.
Se incorpora bruscamente y hincándose el pico de la estantería en la coronilla, el pinchazo lo devuelve a la realidad del dolor, a darse cuenta de que aún está en el baño.
Sale despacio y va al salón, ve de nuevo el pescado y se dispone a recoger la mesa. Se da cuenta entonces de que la vida está hecha de recuerdos, ellos nos hacen conocernos, tener una leve visión de lo que ha sido todo, y de lo que nosotros somos ahora. A través de los recuerdos nos identificamos, con el auxilió de las cosas que han ocurrido de verdad, de las cicatrices que te demuestran que aquello no fue un sueño, que fue verdad y hace que hoy sea como es.
Mientras se enjuaga las manos en el fregadero el olor a chocolate de Timi lo envuelve, se gira y se cruza con su rostro, ella se ha despertado de la siesta y lo besa.
- Cariño, ¿Cuándo nos dicen si podemos quedarnos en Cantabria?
- No lo sé vida, supongo que las relaciones con Alemania importan más que el amor y la certeza de la muerte.- le dice él.
Entonces siguen abrazados, lo único que les permite vivir es el amor y la fuerza que les aportan los pequeños. Aparte del miedo, ahora deben soportar la incertidumbre de saber que fueron expulsados de Alemania y no pueden quedarse en ningún lugar.
Todo es incomprensible, Kalhed se pregunta porqué las situaciones más absurdas son tan reales, que pueden matar.

Sandra Quero

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