Ahora, con el llanto de su segunda hija entre los
brazos, Kalhed percibe el miedo tan nítidamente como
el olor a polvos de talco. Acaba de cambiar el pañal a
la pequeña Jenny. Se siente tan solo y tan sucio, tan
perdido y desperdiciado como el pañal usado que aún
está sobre el cambiador.
Jenny llora porque le tiene miedo al frío; al de las
toallitas perfumadas y el pañal nuevo. Kalhed también
llora, pero no le tiene miedo al frío, el dolor lo ha
hecho valiente. Él tiene miedo a la muerte y a la
desaparición de su familia.
El amor de su vida, su única pincelada de aire fresco
diario, duerme en el sofá que queda justo enfrente.
Observa su pausado sueño, reza para que ella pueda
seguir teniendo sueños dulces. Cada día la ama más,
porque siempre derrocha la alegría que a él le falta.
Entre los brazos de su amada Timi, duerme también
Imran , su niño de tres años, tiene los ojos de su
madre, esa expresión feliz de diosa budista.
La pequeña Jenny ya calla, el calor de los brazos de
su padre le han ayudado a recuperar la calma que se
pierde con el miedo.
Sobre la mesita redonda de las patas desconchadas hay
una fuente con los restos de la comida de hoy. Imran
ya empieza a comer alimentos sólidos. Kalhed teme que
el miedo esté retrasando el desarrollo de su hijo
mayor. Todo es injusto.
El olor a pescado a la plancha llena la estancia, más
bien la mancha, el humo la vuelve grasienta también.
Ahora que todo está en silencio, que solo se oye el
crepitar del calefactor y nadie lo ve, Kalhed puede
llorar.
Llora porque el miedo siempre está presente, nunca lo
deja solo. A miles de kilómetros de su país de origen,
siente que no extraña nada, que ya no pertenece a
ningún lugar y, menos aún al lugar que intenta arrasar
con toda su existencia. Ya es apartida, como su hijo.
Un niño sin nacionalidad, sin origen y sin lugar. Pero
nadie puede vivir así, él sabe que Imran si tiene de
todo eso. Su lugar está donde ellos estén, ahora mismo
su sitio es Cantabria.
Kalhed acaba de sentir en sus labios el sabor salado
de las lágrimas, esto también le aterra porque le trae
recuerdos de un doloroso tormento.
El sabor marítimo que le evoca el dolor, el recuerdo
de aquella noche en la que perdió un pulgar, el
momento en que el hacha lo rozó y se desgarró ese
monstruoso dolor, el instante en el que le llovieron
los puñetazos, los insultos, las patadas y la saliva.
Entonces comprendió que la vida era injusta y que
sería así para siempre. No tenía nada en la vida,
hasta el día en que la conoció, cuando vio sus ojos de
diosa budista. Una ley de Pakistán no les permitía
quererse, solo porque alguien decidió un día que no es
posible el matrimonio entre un hombre musulmán y una
mujer budista. Esa ley escrita en alguna parte,
escribió también el destino de ellos y el de sus
futuros hijos.
La pequeña Jenny se revolvió en sus brazos, Kalhed se
levantó y la acostó bocabajo en la cuna, después la
cubrió con la manta roja y se dio la vuelta. Frente a
él, de nuevo Timi con su rostro alegre, pero surcado
por el dolor desde ese día.
Ahora los recuerdos son tan intensamente dolorosos que
se encierra en el cuarto de baño, sabe que el llanto
puede hacerle vomitar y no quiere preocupar más a los
suyos. Se descalza y camina de puntillas, empuja la
puerta con mucho cuidado y aun así no puede evitar el
temido chirrido de las bisagras viejas. Una vez
dentro, solo con su miedo y su soledad, se deja caer
lentamente al suelo que como siempre está frío, pero
ahora además está mojado, Timi debió bañarse antes,
eso explicaba los charquitos pequeños.
Apoya la frente entre las manos, apretando con fuerza
su cráneo con los dedos, rogando porque aquel sonido
desapareciera de su memoria, no solo ha vuelto el
dolor de aquella noche de torturas, sino que viene
acompañado por el sonido más espantoso jamás
escuchado, el que se le aparecía desde entonces en las
esquinas de sus pesadillas, el que lo llamaba como esa
noche Timi lo hacía.
Mientras él perdía un pulgar y algunos dientes, ella
perdía su dignidad. Los compañeros de los soldados que
torturaban a Kalhed la violaron, en la habitación de
al lado. Ahora él comienza a morderse el reverso de la
mano izquierda, intenta contener los gritos de dolor,
ahí tirado en el baño, pues sabe que Timi llora cuando
lo ve recordar esa noche.
Ya ha dejado de morderse y se observa la muñeca, en
ella el reloj de su padre, la única pertenencia que
tuvo antes de morir, un filántropo asesinado en manos
de sus propios vecinos, de los mismos que le decían
“Alá es grande” por las mañanas, los mismos que
compraban el pan en su puesto de dulces, los mismos
que acabaron con su vida.
Ese día venía a él como un recuerdo ambiguo de alegría
y dolor. La felicidad llegó cuando tuvo a Imran en sus
brazos y percibió que había heredado el olor dulce su
madre, el sabor a chocolate de Timi y su mirada
cándida. El dolor atisbó con la muerte de su padre,
ese nieto que nunca llegaría a ver crecer era la
excusa que se utilizó para seguir destruyendo aquella
sociedad corrompida por la violencia, como todas las
sociedades. El pueblo decidió que por consentir que su
hijo, un buen musulmán, concibiera con una sucia
budista, merecía la muerte. No dudaron en darle lo que
era suyo por ley.
Amenazados de muerte huyeron a Alemana, con la
esperanza de poder ser como eran, como todo el mundo,
a nadie hace daño su amor. Solo a ellos.
Se incorpora bruscamente y hincándose el pico de la
estantería en la coronilla, el pinchazo lo devuelve a
la realidad del dolor, a darse cuenta de que aún está
en el baño.
Sale despacio y va al salón, ve de nuevo el pescado y
se dispone a recoger la mesa. Se da cuenta entonces de
que la vida está hecha de recuerdos, ellos nos hacen
conocernos, tener una leve visión de lo que ha sido
todo, y de lo que nosotros somos ahora. A través de
los recuerdos nos identificamos, con el auxilió de las
cosas que han ocurrido de verdad, de las cicatrices
que te demuestran que aquello no fue un sueño, que fue
verdad y hace que hoy sea como es.
Mientras se enjuaga las manos en el fregadero el olor
a chocolate de Timi lo envuelve, se gira y se cruza
con su rostro, ella se ha despertado de la siesta y lo
besa.
- Cariño, ¿Cuándo nos dicen si podemos quedarnos en
Cantabria?
- No lo sé vida, supongo que las relaciones con
Alemania importan más que el amor y la certeza de la
muerte.- le dice él.
Entonces siguen abrazados, lo único que les permite
vivir es el amor y la fuerza que les aportan los
pequeños. Aparte del miedo, ahora deben soportar la
incertidumbre de saber que fueron expulsados de
Alemania y no pueden quedarse en ningún lugar.
Todo es incomprensible, Kalhed se pregunta porqué las
situaciones más absurdas son tan reales, que pueden
matar. |