LA INCREDULIDAD

"Sergi Escolano"

 
Una lejana sirena de la policía los despertó. Ya hacía unas horas que era de día pero el callejón continuaba estando bastante oscuro. Era tranquilo i fresco, algo que durante aquellas fechas se agradecía. Quedaban pocos callejones paradisíacos como aquel en la ciudad, y esperaban que siguiera siendo así durante mucho tiempo. Sólo seis vagabundos vivían allí. La situación era muy diferente de la del anterior callejón en que habían vivido, donde la saturación de pobres hacía imposible tener un mínimo de intimidad. Sin Aaron, Norma no habría podido sobrevivir en aquel antiguo callejón, las peleas continuas por un poco de comida y las cada vez más habituales incursiones de skins con ganas de darle una buena paliza a algún mendigo habrían acabado con una mujer de su edad en seguida. Pero Aaron siempre estaba allí para protegerla con sus puños.
- Esto lo aprendí cuando estuve en el ejército destinado en Alemania - repetía siempre que se peleaba con alguien.
Este era un de los pocos detalles que Norma sabía de la antigua vida de Aaron: que había sido destinado a Alemania. Siempre que se hablaba del pasado él rehuía la conversación y se quedaba callado durante horas, con la mirada triste.
Aaron se levantó con dificultad, la precaria alimentación y el alcohol, que ya formaba parte de su sangre como componente principal, le hacían temblar las piernas. Revolvió en un contenedor del restaurante chino, pero no encontró nada aprovechable, seguramente otro vagabundo más madrugador se había adelantado. Casi al fondo de todo encontró un poco de fruta en no muy buen estado que en seguida ofreció a Norma. Los dos tenían hambre, pero nada que un traguito de licor no pudiera remediar. El día anterior, una alma caritativa había tirado una botella casi llena de vodka a la papelera. El alcohol era el remedio para a todos sus males y les hacía la vida más soportable. De todas formas, con alcohol o sin él, su vida tampoco estaba tan mal: se tenían el uno al otro y se querían. Estaban siempre juntos y no tenían que separarse ni tan siquiera para ir a trabajar: pedían limosna los dos juntos en la puerta de una iglesia muy frecuentada. Se podría decir que, a pesar de las circunstancias, eran felices.
Norma compartió la fruta con Aaron. No la comieron toda, dejaron un poco para la dura jornada que les esperaba. Después de un corto paseo llegaron a su lugar de trabajo. Se sentaron en las escaleras de la puerta principal de la iglesia y sacaron el rótulo de rigor, escrito en un inglés lleno de faltas de ortografía, donde explicaban las mentiras habituales: que tenían una familia que mantener, que estaban enfermos... No había sido nada fácil escribir la versión definitiva de aquel rótulo. Por un lado se tenía que escoger bien el contenido, mentir pero sin exagerar, elegir un texto creíble que coincidiera con aquellas dos personas y además que conmoviera a la gente y la predispusiera a ser generosa. Por otro lado, estaba la cuestión de las faltas de ortografía, Norma y Aaron eran reticentes a hacerlas, pero Jim (un vagabundo más joven que ellos, medio hippy, medio loco y casi siempre borracho que conocieron en el anterior callejón) les convenció de poner algunas. Poner faltas da tranquilidad a la gente, crea una barrera infranqueable que asocia incultura con mendicidad. La gente piensa que como ellos no hacen faltas nunca podrán caer en esta vida. Pero esto no era cierto, y durante sus vidas de callejones húmedos y contenedores pestilentes habían conocido abogados, corredores de bolsa de Wall Street, científicos...
Aquel era un buen lugar para pedir limosna y además no estaba muy lejos de su residencia actual. Más de una vez Aaron lo había tenido que defender a puñetazos. Una iglesia es el mejor sitio para pedir, mucha gente que va a la iglesia piensa que con la limosna puede limpiar su conciencia y Norma y Aaron se aprovechaban de ello. Rezar está bien para salvarse pero la gente necesita un acto material, un sacrificio tangible para poderse sentir totalmente limpio, y la limosna es el más sencillo y el menos costoso. No obstante, hacía tiempo que la gente ya no era tan generosa, había crisis y saturación en el sector de la mendicidad. A pesar de todo, entre el poco dinero que ganaban y lo que encontraban en los contenedores podían sobrevivir y comprar un poco de bebida.
Aaron echó un trago después de mirar que no lo viera nadie, en esta profesión se tenía que dar buena imagen, la gente no quiere pagar los vicios de los vagabundos. Le pasó la botella a Norma pero ella la rechazó. Estaba triste, ausente. Aaron le preguntó qué le pasaba y ella le respondió que era 5 de agosto. Claro, 5 de agosto, Aaron se había olvidado.
Todo vagabundo ha tenido un pasado mejor y por circunstancias de la vida se ha convertido en mendigo. La bebida les hacía olvidar todo aquello que antes habían sido y también por qué habían llegado a ese extremo. Sus vidas pasadas parecían un sueño lejano, algo que le pasó a otra persona. Pero, de vez en cuando, Norma, cuando volvía a estar sobria, lloraba y le contaba por enésima vez que ella era en realidad Marilyn Monroe y que, un 5 de agosto como aquel, fingió su muerte para huir de aquel mundo que se le venía encima y que no podía soportar. Cuando quiso volver a ser Marilyn nadie la creyó, había engordado y un accidente de coche le había dejado cicatrices en la cara que no le hacían parecer la auténtica. Se había gastado todo su dinero en malos hombres, alcohol y drogas. Nadie la quiso ayudar, ni sus amigos más íntimos, ni sus exmaridos, nadie quería reconocer que aquella mujer demacrada fuera Marilyn. Era mucho mejor alimentar el mito y enterrarla para siempre. Se vio obligada a hacer de prostituta fingiendo ser una vulgar imitadora de sí misma. Fue degenerando hasta que conoció a Aaron. Él la salvó del suicidio, esta vez no fingido y le ofreció la única cosa que podía darle: amor. Había diferencia de edad, ella era unos diez años mayor que él pero entre vagabundos la edad es una cosa sin sentido, sólo importa el hoy.
Aaron, como todos los demás (con excepción de Jim, que cuando ella contaba su historia la miraba embobado y triste, como si a él también le hubiera pasado algo similar), no la creyó. Norma lo sabía, pero le seguía queriendo. Imaginaba que ella en su situación haría lo mismo, pero en un día como ese no estaba dispuesta a renunciar a contarle una vez más la historia de su vida. Había dos fechas que eran sagradas para Norma. Una era el aniversario de Aaron (él le había confesado el día de su aniversario pero no su edad) cuando ella le cantaba el "Happy Birthday" como un día se lo había cantado al presidente Kennedy. Los desesperados intentos de Norma para parecer sensual resultaban más bien patéticos pero a Aaron, que la veía con ternura, le encantaba que Norma lo hiciera para él y deseaba poder cantar para ella una bonita canción, pero ya no podría cantar nunca más, el alcohol y las drogas lo habían dejado prácticamente sin voz. Aquella canción era por un lado, un homenaje a Aaron y al amor que se tenían y, por otro, revivir su momento estelar y no perder el contacto con el pasado, un pasado que nunca volvería. La otra fecha era el 5 de agosto, cuando ella evocaba toda su vida, aquella vida que se resistía a olvidar, aunque muchos recuerdos le herían el alma por todo aquello que fue y nunca volvería a ser.
Le contó de nuevo su infancia, su juventud, sus rodajes, sus efímeras historias de amor con compañeros de reparto, sus matrimonios, su relación con la familia Kennedy, los hijos que hubiera querido tener y nunca tuvo... No se dejaba ningún detalle, parecía como si su vida anterior estuviera pasando por delante de sus ojos. Todo parecía otra vez tan real: las sensaciones, los olores, la alegría, el dolor, las personas, las conversaciones... Incluso le contó el plan que había tramado un antiguo amante suyo de Dallas que, celoso del presidente Kennedy, lo quería matar. Norma, cuando supo que el presidente tenía que ir a Dallas, intentó explicarlo a la policía pero nadie quería creer a una fulana. ¿Habrían creído a Marilyn Monroe?
Camino de casa, si se podía llamar casa a aquel lugar, vio una lágrima rodando por la mejilla de Aaron. No sabía si lloraba por compasión, por amor, por tristeza... nunca osaría preguntárselo. Quizás se acordaba de alguna cosa de su pasado, de aquel pasado que él nunca le quiso contar. Cuando Norma acabó su historia ya volvían a estar en el callejón. Se acurrucaron bajo los cartones y se desearon buenas noches.
- Te quiero, Marilyn – le dijo Aaron.
Y Norma, aunque sabía que él no la creía se durmió feliz, con la única certeza del amor de Aaron, que en aquel momento valía mucho más que toda una vida de estrella de Hollywood.
Aaron, de espaldas a Norma, siguió llorando. Como Norma, Aaron también había tenido un pasado. Y en ese pasado había sido Elvis Presley, y también había querido huir de aquel mundo que se le venía encima y que no podía soportar. Pero nunca le diría nada, porque tenía miedo de que Norma fuera tan incrédula como lo era él.
Sergi Escolano
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