Una lejana
sirena de la policía los despertó. Ya hacía unas horas que
era de día pero el callejón continuaba estando bastante
oscuro. Era tranquilo i fresco, algo que durante aquellas
fechas se agradecía. Quedaban pocos callejones
paradisíacos como aquel en la ciudad, y esperaban que
siguiera siendo así durante mucho tiempo. Sólo seis
vagabundos vivían allí. La situación era muy diferente de
la del anterior callejón en que habían vivido, donde la
saturación de pobres hacía imposible tener un mínimo de
intimidad. Sin Aaron, Norma no habría podido sobrevivir en
aquel antiguo callejón, las peleas continuas por un poco
de comida y las cada vez más habituales incursiones de
skins con ganas de darle una buena paliza a algún mendigo
habrían acabado con una mujer de su edad en seguida. Pero
Aaron siempre estaba allí para protegerla con sus puños.
- Esto lo aprendí cuando estuve en el ejército destinado
en Alemania - repetía siempre que se peleaba con alguien.
Este era un de los pocos detalles que Norma sabía de la
antigua vida de Aaron: que había sido destinado a
Alemania. Siempre que se hablaba del pasado él rehuía la
conversación y se quedaba callado durante horas, con la
mirada triste.
Aaron se levantó con dificultad, la precaria alimentación
y el alcohol, que ya formaba parte de su sangre como
componente principal, le hacían temblar las piernas.
Revolvió en un contenedor del restaurante chino, pero no
encontró nada aprovechable, seguramente otro vagabundo más
madrugador se había adelantado. Casi al fondo de todo
encontró un poco de fruta en no muy buen estado que en
seguida ofreció a Norma. Los dos tenían hambre, pero nada
que un traguito de licor no pudiera remediar. El día
anterior, una alma caritativa había tirado una botella
casi llena de vodka a la papelera. El alcohol era el
remedio para a todos sus males y les hacía la vida más
soportable. De todas formas, con alcohol o sin él, su vida
tampoco estaba tan mal: se tenían el uno al otro y se
querían. Estaban siempre juntos y no tenían que separarse
ni tan siquiera para ir a trabajar: pedían limosna los dos
juntos en la puerta de una iglesia muy frecuentada. Se
podría decir que, a pesar de las circunstancias, eran
felices.
Norma compartió la fruta con Aaron. No la comieron toda,
dejaron un poco para la dura jornada que les esperaba.
Después de un corto paseo llegaron a su lugar de trabajo.
Se sentaron en las escaleras de la puerta principal de la
iglesia y sacaron el rótulo de rigor, escrito en un inglés
lleno de faltas de ortografía, donde explicaban las
mentiras habituales: que tenían una familia que mantener,
que estaban enfermos... No había sido nada fácil escribir
la versión definitiva de aquel rótulo. Por un lado se
tenía que escoger bien el contenido, mentir pero sin
exagerar, elegir un texto creíble que coincidiera con
aquellas dos personas y además que conmoviera a la gente y
la predispusiera a ser generosa. Por otro lado, estaba la
cuestión de las faltas de ortografía, Norma y Aaron eran
reticentes a hacerlas, pero Jim (un vagabundo más joven
que ellos, medio hippy, medio loco y casi siempre borracho
que conocieron en el anterior callejón) les convenció de
poner algunas. Poner faltas da tranquilidad a la gente,
crea una barrera infranqueable que asocia incultura con
mendicidad. La gente piensa que como ellos no hacen faltas
nunca podrán caer en esta vida. Pero esto no era cierto, y
durante sus vidas de callejones húmedos y contenedores
pestilentes habían conocido abogados, corredores de bolsa
de Wall Street, científicos...
Aquel era un buen lugar para pedir limosna y además no
estaba muy lejos de su residencia actual. Más de una vez
Aaron lo había tenido que defender a puñetazos. Una
iglesia es el mejor sitio para pedir, mucha gente que va a
la iglesia piensa que con la limosna puede limpiar su
conciencia y Norma y Aaron se aprovechaban de ello. Rezar
está bien para salvarse pero la gente necesita un acto
material, un sacrificio tangible para poderse sentir
totalmente limpio, y la limosna es el más sencillo y el
menos costoso. No obstante, hacía tiempo que la gente ya
no era tan generosa, había crisis y saturación en el
sector de la mendicidad. A pesar de todo, entre el poco
dinero que ganaban y lo que encontraban en los
contenedores podían sobrevivir y comprar un poco de
bebida.
Aaron echó un trago después de mirar que no lo viera
nadie, en esta profesión se tenía que dar buena imagen, la
gente no quiere pagar los vicios de los vagabundos. Le
pasó la botella a Norma pero ella la rechazó. Estaba
triste, ausente. Aaron le preguntó qué le pasaba y ella le
respondió que era 5 de agosto. Claro, 5 de agosto, Aaron
se había olvidado.
Todo vagabundo ha tenido un pasado mejor y por
circunstancias de la vida se ha convertido en mendigo. La
bebida les hacía olvidar todo aquello que antes habían
sido y también por qué habían llegado a ese extremo. Sus
vidas pasadas parecían un sueño lejano, algo que le pasó a
otra persona. Pero, de vez en cuando, Norma, cuando volvía
a estar sobria, lloraba y le contaba por enésima vez que
ella era en realidad Marilyn Monroe y que, un 5 de agosto
como aquel, fingió su muerte para huir de aquel mundo que
se le venía encima y que no podía soportar. Cuando quiso
volver a ser Marilyn nadie la creyó, había engordado y un
accidente de coche le había dejado cicatrices en la cara
que no le hacían parecer la auténtica. Se había gastado
todo su dinero en malos hombres, alcohol y drogas. Nadie
la quiso ayudar, ni sus amigos más íntimos, ni sus
exmaridos, nadie quería reconocer que aquella mujer
demacrada fuera Marilyn. Era mucho mejor alimentar el mito
y enterrarla para siempre. Se vio obligada a hacer de
prostituta fingiendo ser una vulgar imitadora de sí misma.
Fue degenerando hasta que conoció a Aaron. Él la salvó del
suicidio, esta vez no fingido y le ofreció la única cosa
que podía darle: amor. Había diferencia de edad, ella era
unos diez años mayor que él pero entre vagabundos la edad
es una cosa sin sentido, sólo importa el hoy.
Aaron, como todos los demás (con excepción de Jim, que
cuando ella contaba su historia la miraba embobado y
triste, como si a él también le hubiera pasado algo
similar), no la creyó. Norma lo sabía, pero le seguía
queriendo. Imaginaba que ella en su situación haría lo
mismo, pero en un día como ese no estaba dispuesta a
renunciar a contarle una vez más la historia de su vida.
Había dos fechas que eran sagradas para Norma. Una era el
aniversario de Aaron (él le había confesado el día de su
aniversario pero no su edad) cuando ella le cantaba el "Happy
Birthday" como un día se lo había cantado al presidente
Kennedy. Los desesperados intentos de Norma para parecer
sensual resultaban más bien patéticos pero a Aaron, que la
veía con ternura, le encantaba que Norma lo hiciera para
él y deseaba poder cantar para ella una bonita canción,
pero ya no podría cantar nunca más, el alcohol y las
drogas lo habían dejado prácticamente sin voz. Aquella
canción era por un lado, un homenaje a Aaron y al amor que
se tenían y, por otro, revivir su momento estelar y no
perder el contacto con el pasado, un pasado que nunca
volvería. La otra fecha era el 5 de agosto, cuando ella
evocaba toda su vida, aquella vida que se resistía a
olvidar, aunque muchos recuerdos le herían el alma por
todo aquello que fue y nunca volvería a ser.
Le contó de nuevo su infancia, su juventud, sus rodajes,
sus efímeras historias de amor con compañeros de reparto,
sus matrimonios, su relación con la familia Kennedy, los
hijos que hubiera querido tener y nunca tuvo... No se
dejaba ningún detalle, parecía como si su vida anterior
estuviera pasando por delante de sus ojos. Todo parecía
otra vez tan real: las sensaciones, los olores, la
alegría, el dolor, las personas, las conversaciones...
Incluso le contó el plan que había tramado un antiguo
amante suyo de Dallas que, celoso del presidente Kennedy,
lo quería matar. Norma, cuando supo que el presidente
tenía que ir a Dallas, intentó explicarlo a la policía
pero nadie quería creer a una fulana. ¿Habrían creído a
Marilyn Monroe?
Camino de casa, si se podía llamar casa a aquel lugar, vio
una lágrima rodando por la mejilla de Aaron. No sabía si
lloraba por compasión, por amor, por tristeza... nunca
osaría preguntárselo. Quizás se acordaba de alguna cosa de
su pasado, de aquel pasado que él nunca le quiso contar.
Cuando Norma acabó su historia ya volvían a estar en el
callejón. Se acurrucaron bajo los cartones y se desearon
buenas noches.
- Te quiero, Marilyn – le dijo Aaron.
Y Norma, aunque sabía que él no la creía se durmió feliz,
con la única certeza del amor de Aaron, que en aquel
momento valía mucho más que toda una vida de estrella de
Hollywood.
Aaron, de espaldas a Norma, siguió llorando. Como Norma,
Aaron también había tenido un pasado. Y en ese pasado
había sido Elvis Presley, y también había querido huir de
aquel mundo que se le venía encima y que no podía
soportar. Pero nunca le diría nada, porque tenía miedo de
que Norma fuera tan incrédula como lo era él. |