SIRENA
La niña jugaba con la arena entre sus dedos.
El niño hacía navegar barcos de papel.
Y el marido miraba como se ahogaba su mujer...
La sirena siempre había soñado con hombres mitológicos.
Hombres Odíseos, Homéricos, musculosos, altos, fornidos,
barbudos, enamoradizos, amantes, pacientes, libertarios,
libertinos, luchadores…
Cada noche arrodillada en su lecho de coral, pedía al dios
Neptuno, que su príncipe llegara en una goleta de madera
barnizada y remaches dorados. Y sonreía en sueños porque
sabía que llegaría.
Un día la sirena y sus padres cambiaron de cueva. Se fueron
a vivir a una zona donde la pesca abundaba y los marineros
eran más borrachos.
En su 18º cumpleaños salió de paseo a recoger coral, para
hacerse unos bonitos pendientes con los que decorar sus
vestimentas. Era aún de madrugada y los rayos lunares se
reflejaban en el agua formando extrañas figuras con las
sombras del fondo marino.
-¡Dios, como pesa esta red!. ¡Si que será una buena pieza
la de esta captura!-exclamaron los marineros.
Entre miles de chanquetes y algún que otro cangrejo, surgió
ella. Los pescadores no daban crédito. Jamás imaginarían
que de una de sus redes saldría algo tan bello.
Los dos se miraron a los ojos y supieron que eran el uno
para el otro.
Transcurrieron algunos años hasta que nació el primer
hijo.
Ella, cantaba canciones de Björk, mientras le mecía
acurrucado en su pecho. Él empezó a tener celos, pensaba
que si cantaba, atraería a otros marineros y era suya, SOLO
SUYA.
Dos años después nació la niña. Nunca se entendió con
su madre, se amarraba a su padre, como si fuera el mástil
de un barco entre la tormenta, mientras le sacaba la lengua
a su madre. Ese fue el principio del fin.
Los niños querían a su padre. Él era el héroe. La sirena
era la única cuerda en ese mundo de locos.
Un día, como de costumbre, la sirena se fue al mar a entrar
en contacto con su mundo; pues necesitaba sumergirse para
conservarse y no morir.
Su marido fue detrás de ella. No la dejó zambullirse. La
ató con la red. Con la misma red que años atrás la hizo
conocerla.
Y se llevó a los niños como testigos.
Y la vieron ahogarse.
La niña jugaba con la arena entre sus dedos
El niño hacia navegar barcos de papel
Y el marido miraba como se ahogaba su mujer...
Eduardo
Boix López
(Elche, 1980)