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UNA BROMA
Clemente Domínguez, era un hombre gris, perezoso, barrigón y escaso de estatura, que sólo salía de su desinterés general hacia la vida impulsado por el deseo persistente hacia las mujeres.
Una mañana de lunes, después de ser despertado a pellizcos por su esposa culona, estridente y amante del brillo entró en la fábrica de tejidos donde trabajaba, somnoliento y con su aspecto de cansancio, como era habitual en él.
Entró en la fábrica. En la gran sala un estruendo rítmico de máquinas descargaba toda su potencia. Eran estrépitos pesados como tambores de acero recio, como grandes piezas de metal crudo enfrentadas las unas a las otras. Amancio, el encargado dio la primera ronda para comprobar que todo funcionaba bien y pasó junto a Clemente que erraba todavía por la región de los sueños, sin que el escándalo de las máquinas hubiera conseguido despertarlo.
-Clemente, venga, ponte en marcha como tus compañeros. Despierta. Le dijo con autoridad.
-Ya va, Amancio, ya va.-le contestó aletargado todavía con la mirada puesta en las mujeres que cosían al fondo del local.
-¿Oye has visto como está hoy la morena de pelo rizado?-. dijo lánguido aún.
Después de atender desde la lejanía de veinte telares a la mujer, el encargado le contestó:
-Venga, Clemente, tú a lo tuyo. Aquí se viene a trabajar.-
-Ya lo sé Amancio, a lo que se viene aquí. Hace años que lo sé. Pero, fíjate en su escote. ¿Lo ves? Cuando baja algo el cuerpo enseña un poco de lo que te gustaría tocar-. Todavía sus párpados no habían descubierto del todo los ojos.
El encargado se vio obligado, de nuevo, a mirar a la dama que tanto excitaba a Clemente y le dijo muy puesto:
-Esa mujer es muy trabajadora, Clemente, y tu un holgazán. ¡Venga! Empieza de una vez. Eres el único que no da golpe-. Le riñó como todas las mañanas.
Amancio era de Jaén. Había pasado de ser un aceitunero sin trabajo a un encargado altivo.
Clemente ni se inmutó y empezó con la faena, a su ritmo, sin la menor prisa. Antes encendió un cigarrillo que tardó un poco en liar. Luego puso en marcha el telar que unió su estridente voz a las demás.
Al fondo de la gran sala ocupada por las máquinas estaban las cosedoras que repasaban las piezas que salían de telares y en la planta superior, aislados de la barahúnda estaban los escribientes. Don Jaime Andreu Serra, el dueño, ocupaba un despacho amplio. Era Don Jaime Serra, según el carnet de Identidad, Jaume para su familia y amigos, y el señor Andreu para los empleados.
Decía siempre que era el primero en entrar en la fábrica y el último en marcharse. Y era cierto, continuaba una costumbre familiar. Los Andreu habían sido siempre fabricantes de un producto o de otro, pero industriales, padeciendo o gozando como los algunos, los altibajos de la economía pero acostumbrados a salir siempre adelante. Honrados e intachables, aunque con una sola excepción. Se trataba de un bisabuelo del dueño, con próspero negocio y aficiones mujeriegas que al cabo de los años murió arruinado y dejó manchada la honestidad de la familia en los cabarets del Paralelo.
El señor Andreu era bajo y ancho, con la expresión del rostro siempre en situación de cabreo, fueran bien o fueran mal los asuntos del negocio.
Aquella mañana hablaba por teléfono con el director de un Banco cuando en el despacho entró Núria, la secretaria, una mujer orgullosa, fría y distante, que jamás sonreía. Entre los dos formaban una pareja sombría y áspera que causaba respeto a todos.
Llevaba en la mano una notificación que el empleado del notario le había dejado hacía escasos instantes referente a una letra impagada.
El señor Andreu le hizo señas a Núria de que esperara.
Cuando términó de hablar, colgó el teléfono y examinó la hoja que le tendía la secretaria.
-Esa letra hay que pagarla, Núria. No quiero empezar mal con los nuevos proveedores, coja dinero de caja y acérquese esta mañana mismo a la notaría y páguela.
-Tendrá gastos, también.
-Páguelo todo. Ya sabe que soy amigo del notario pero no quiero pedirle ningún favor.
-Lo que usted diga, señor Andreu. Esta mañana mismo iré. Le dijo con su expresión habitual de hielo.
Recordó con cierto pesar que encontraría de nuevo al dependiente que le había dejado la notificación de impago, cuya presencia, le molestaba en extremo. Detestaba a las personas zalameras y Francisco era de una de ellas. Siempre tenía el piropo fácil en la boca. Se contrarió al imaginárselo. Era arisca como pocas, tenía sus sentimientos encerrados en un refugio interior del que no salía solo en contadas, o tal vez interesadas ocasiones. Dicen que siempre fue algo distante pero que un fracaso amoroso la convirtió, además, en una mujer amargada.
El encargado subió al despacho, para tratar con el dueño:
-Dígame, Amancio. ¿cómo está el pedido de Segovia?
-Mañana, saldrá sin falta creo, señor Andréu.
-¿Lo cree sólo? Eso no es suficiente. Mañana debe estar despachado y si no, quiero saber por qué. Le dijo con autoridad.
-De acuerdo, señor Andreu. Contestó Amancio. Le quería comentar el asunto de las primas:
-Luego veremos eso. No se preocupe. Ahora llame a Ernesto. Tengo que hablar con él.
Ernesto Campdepadrós, era el contable de la empresa. Tenía veinticinco años, era eficiente, adulador y algo mezquino. Jugaba al fútbol en el equipo del pueblo y pensaba casarse dentro de unas semanas.
Ernesto entró en el despacho del dueño cruzándose con Núria y provisto de algunos libros de contabilidad.
-Dígame señor Andreu. Le dijo con la cordialidad que solo guardaba para el dueño.
-Siéntese Ernesto, vamos a ver como está todo esto. Me preocupa que nos devuelvan letras, esta mañana he recibido la notificación de un impago.
-Verá, estaba domiciliada en el Hispano Americano y allí hace tiempo que no existe liquidez, como sabe.
-Averigüe los vencimientos de todos los plazos. No es conveniente que salgamos en las relaciones de morosos.
-Por lo demás, no hay ningún otro problema, señor Andreu. Hemos de atender al pago de un proveedor de Sabadell y…
-Ya sé como está eso. ¿Algo más?
-De momento nada más.
-Por cierto, Ernesto ayer recibí la invitación para su boda.
-Remedios, mi prometida, y yo, claro, estaríamos encantados que tanto usted como su esposa asistieran a la ceremonia.
-Cuente usted con ello, Ernesto. Iremos encantados, aunque mi mujer anda un poco delicada.
-¿Qué le ocurre a la señora Rosa? Le preguntó falsamente afectado.
-Nada grave, ha cogido un ligero catarro, nada de importancia.
Ernesto era un muchacho enclenque y feo, con gafas redondas y aspecto de serpiente. En el equipo del pueblo jugaba de delantero centro y años atrás había sido ojeado por algunos equipos de Barcelona.
Estuvo cortejando tiempo atrás a la secretaria, con el ánimo de convertirla en su novia, pero cuando ésta lo rechazó nunca más volvió a hablar más que lo necesario.
Núria permanecía soltera y sin nadie que la rondara. Era una mujer de cine y sus pretensiones elevadas. Sus compañeros mantenían distancias respecto a ella, a acepción de Clemente con el que les unía una buena relación desde hacía años.
El turno de la mañana se había terminado. Los telares se fueron cerrando y los trabajadores se dispusieron a salir de la fábrica.
Ernesto, coincidió con Clemente en la patio.
-Ernesto, he recibido tu invitación. Le dijo sin molestarse en mirarlo a la cara.
-Necesito saber si vendréis a la boda. Preguntó con la esperanza de que le contestara negativamente. Hacía años los dos trabajadores habían tenido sus cosas y desde entonces no se podían ver.
-La verdad es que no. Yo no voy a las bodas de los pelotas. Le contestó sin alterarse Clemente.
-Mejor, no esperaba que vinieras.
Clemente no se molestó en contestar.
Les adelantó con rapidez Núria, meneando algo más de lo normal las caderas. Llevaba una falda gris larga y ajustada.
Se dirigía a pagar la letra y temía que cerraran la oficina del notario.
Los dos hombres observaron con lujuria a la secretaria. Clemente con lujuria de años.
-Que, compañero, esa te dio calabazas ¿verdad? Le dijo con muy mala baba.
-Y a ti que te importa. Además tú no tienes categoría ni para que te dé calabazas.
Ernesto tenía muy mal perder. En el fútbol lo pasaba muy mal cuando su equipo no ganaba.
-¿Sabes chico? Le contestó Clemente con su pachorra habitual adornada con aires de superioridad y haciendo una pausa en el camino. Se detuvieron en el patio ajardinado que precedía a la salida.
-Mira, esa mujer, Núria, como todas las que me han interesado me la llevo al catre cuando quiera y dónde quiera.
El contable examinó despectivo a su compañero. No había comparación entre su elegante traje y el aspecto desaliñado de Clemente.
-Déjame que me ría un poco. Con la pinta que tienes. ¿No ves que ella es una señorita y tú nada más que un tiñoso?
-¿Va una apuesta, compañero? Contestó con cierto retintín en la última palabra.
-Va una apuesta y no me llames más compañero. Pareces comunista.
-Tal vez lo sea. Prefiero eso que ser el perrito faldero del jefe.
Interesado más por la apuesta que por el comentario recibido, le contestó:
-Me juego mil duros, Clemente. Mil duros a que tú a esa no le tocas ni la falda, y que si te pasas te va a soltar un bofetón que te dolerá toda la vida.
El dueño llegó a su altura, adelantando a los trabajadores.
-Olviden a las mujeres. Les dijo sonriente el señor Andreu. Sólo ocasionan problemas.
-Tiene usted razón señor Andreu, hay que andar con cuidado. Contestó nervioso el contable.
-Continúen hablando en la calle. Voy a cerrar.
Todos salieron. La puerta de entrada chirrió pesada y ferrugosa . Luego se despidió de ellos.
Pasaron por la calle unos civiles, camino del cuartel, tenebrosos, como dos sombras, con sus capas verdes, el fusil, sus cabezas cubiertas por los tricornios. Saludaron al señor Andreu y a Ernesto. Lanzaron una mirada oscura a Clemente.
-Si me pagas esos mil duros no te podrás casar.
-No, no me podré casar. Pero eso es imposible.
-Te haré un favor muchacho. El matrimonio es una puñetera mierda.
-Mira. Te doy de plazo una semana. Pero tendrás que demostrarlo. Vas a perder mucho dinero.
-Te lo demostraré, gilipollas. Y te voy a anticipar el sitio donde será. ¿Conoces los pinares que están pasados el río, verdad?
-Claro que sé donde está ese lugar. Le preguntó: ¿y cómo lo demostrarás?
-No te preocupes por eso.
Finalizaron la conversación, se alejaron en dirección opuesta. El contable hacia su casa y Clemente a tomar su vermut habitual en uno de los bares del pueblo.
En esta ocasión no se entretuvo como otras veces en la taberna, salió a la calle y se acercó a una tienda cuyo negocio regentaba un amigo suyo. La amistad duraba desde la infancia, y el propietario era alguien muy importante para él en aquellos instantes.
En el pueblo, que estaba cerca de Barcelona todavía quedaban veraneantes, tenía un amplio paseo con torres modernistas a ambos lados. Sus aguas termales y los balnearios habían atraído a la gente adinerada de la capital, que tenía su segunda residencia en aquella población desde hacía bastantes años.
Habían construido un casino, al final del paseo con pistas de tenis y un gimnasio. No solían relacionarse con la gente del pueblo. Sólo tenían acceso al recinto los propios socios y sus familias. También dejaban entrar a los civiles y a sus hijos.
Era un cálido otoño, aquel año el frío se negaba a volver. Parecía como si hubiera adquirido la pereza de Clemente y estuviera en unos apartados lugares de donde le costaba salir.
Los días iban pasando. Ni el trabajador ni el contable se dirigían la palabra. Ernesto observaba al otro hombre con preocupación desde los amplios ventanales de la oficina, ni el más leve gesto de alteración pudo adivinarle, en todos los días. Además cuando se encontraban ocasionalmente en algún lugar de la fábrica, Clemente le sonreía burlón y cachazudo mientras liaba un cigarro. Observaba socarrón a su compañero, vestía como siempre unos pantalones sujetados por tirantes y una camisa a rayas que le sobresalía por todas partes.
Un día coincidieron en los urinarios.
Clemente le dijo:
-Lo siento, muchacho. Pero no te vas a poder casar. Me la tiraré. Y no te podrás casar.
-¿Cómo lo vas a demostrar? Se subió apresurado la cremallera de los pantalones, el sudor resbalaba por las manos.
-Cuando traigas los mil duros.
-No me estarás tomando el pelo. Hizo una pausa esperando que su compañero le sonriera. No hubo ningún cambio de actitud. -Se tratará de alguna broma. Como sea así, te pegaré un palizón que no olvidarás en tu vida. La exudación le bajaba ya por el rostro.
-Mañana espero los mil duros. Puedes tener serios problemas si no pagas. Piénsalo, una apuesta es una apuesta. Ya he estado en la cárcel una vez y allí aprendí muchas cosas. Le dijo convincente e impresionándolo.
Salió tan alterado de los servicios que se topó con Núria sin pedirle disculpas.
La mañana se había acabado. Ernesto alcanzó la calle a la velocidad de un avión a reacción, no sabía que pensar. Si Clemente lo demostraba estaba perdido, su boda no se podría celebrar. Sabía que nunca hablaba en vano. Pensó entonces, en encontrar a Núria por la tarde. Tenía que ser mentira, ella no podía montárselo con aquel pelagatos, tampoco había demostrado ningún comportamiento extraño, ni un solo gesto ni una mirada, todo continuaba igual en su actitud distante. Era muy callada, discreta. Pero una cosa así, con la cantidad de horas que pasaban juntos debería notarse. Nada especial pudo observar. Por la tarde hablaría con ella y luego, con el dueño. Pero estaba en juego incluso su relación y su prestigio. Todo se sabría. Temía también la mordacidad con que le podía contestar la secretaria si le hacía una pregunta tan capciosa. No quería ni imaginar cual sería su reacción. Pero tenía que casarse. Las invitaciones estaban cursadas. Su novia era de buena familia. Ernesto iba desmoronándose un poco más cada minuto que pasaba.
En la calle tropezó con un niño al que hizo caer y sin interesarse por su estado entró con gran alteración en su casa. Los padres le esperaban para la comida que se celebraba a la una y media, puntualmente, cada día. La zozobra le invadía, apenas podía tragar. Su madre lo advirtió y le preguntó si le pasaba algo. Cuando se acabó el plato de sopa, tan sólo pudo comer un trozo de carne y no quiso tomar postre ni café. Se levantó y se encerró en su habitación. Del interior de un libro sacó el dinero que tenía guardado para su boda, todavía estaba en su sitio, si aquel gaznápiro podía demostrar la fornicación con Núria estaba perdido. Pero eso era imposible. Recordó que Clemente había estado en la cárcel, y no fue por ladrón y él mismo le había dicho que durante su estancia en La Modelo aprendió muchas cosas. Además era un hombre, corpulento y fuerte.
Su mente pensaba a mil ideas por segundo. También podía arreglarlo, sin necesidad de hablar con el señor Andreu. Siendo el contable, se las arreglaría para hacer un desfalco y reponer el dinero poco a poco. ¿Poco a poco? Cinco mil pesetas, era mucho dinero. La empresa a veces tenía problemas, no podría ocultarlo sin que el director, con el que pasaba cuentas cada semana, se percatara. ¿Qué podía hacer? ¿Hablar con Núria? Pedirle perdón a Clemente. ¿Hablar con el dueño? Tan mal se vio que salió precipitadamente de la habitación para implorar a su compañero. Eran las dos y media de la tarde. Hasta las cuatro todavía le quedaba tiempo, pero Clemente entraba a las tres. Con rapidez llegó a su casa. Era una pequeña construcción de planta baja y piso, como casi todas las de aquel barrio. Miró las placas con los números. Clemente vivía en la casa treinta y tres. Llamó a la puerta turbado. Una y otra vez y otra y otra. No se oía ningún ruido, ni la mujer, ni nadie. No tenían ningún niño. Preguntó a un vecino que le respondió que no los había visto en toda la mañana.
Llegó a la empresa, fue el primero esta vez. Abrió la puerta, y debajo encontró un sobre dirigido al señor Andreu. Parecía la letra de Clemente. Como no estaba cerrado sacó la nota que decía: "Señor Andreu me excuso por no poder asistir al trabajo esta tarde y tal vez, mañana por la mañana. Me han comunicado hace un momento que mi madre ha fallecido, mi madre vivía con una hermana mía, en Barcelona." Firmaba: Clemente Domínguez.
Cogió el sobre y lo dejó en la mesa del director. Faltaban cinco minutos para las cuatro, Núria no tardaría en llegar. Por la escalera escuchó unos pasos y resultó ser el dueño al que le sorprendió la presencia del contable.
-Tengo faena, Señor Andreu, no quiero retrasarme. Le dijo como explicación.
El dueño no le dio importancia y se encerró en su despacho.
Fueron llegando los demás trabajadores y los escribientes. A las cinco sonó el teléfono. Bernardo Roca, un joven de dieciséis años que llevaba apenas un año en la empresa cogió el aparato. La llamada era para el señor Andreu. Éste después de una breve conversación abrió la puerta de su despacho, requirió al contable.
-Ernesto, hay novedades. Núria ha llamado y dice que no podrá venir, parece que no le ha sentado bien la comida, se encuentra mal. Acabo de leer una nota de Clemente, su madre ha fallecido, no podrá venir esta tarde. El encargado ha subido y ya lo sabe. Por cierto ¿le pasa algo?
Toda la tarde dándole vueltas a la cabeza. No le quedaba más remedio que esperar. Y la jornada llegó a su fin.
Unos días antes, después de la bravata de Ernesto y Clemente, éste, hombre tranquilo pero astuto pensó en un plan para fastidiar al contable. Debería hablar con Núria con la que le unían unas excelentes relaciones. Tal vez estaría bien darle un buen susto a semejante y engreído mequetrefe.
El mismo día por la noche, al salir del trabajo, habló con la secretaria en un rincón del patio que antecedía a la entrada y le dijo:
-Núria, ¿tienes un momento? Quisiera hablar contigo. Verás se trata de una apuesta. Pero necesito tu colaboración.
El plan de Clemente era muy sencillo. Convencería a su amigo Damián, que era el fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones oficial del pueblo y aficionado también a la fotografía artística para que le hiciera un favor. Damián era amigo suyo desde la infancia y alguna vez le había comentado que se divertía en fotografiar a escondidas a parejas retozando en los pinares. Clemente le propuso a Núria fingir unas relaciones con él, no dudaba en que su amigo sacaría una buenas fotografías que serían suficientes como prueba. Y si no lo cree -continuó- necesito que afirmes que son verdaderas, le dijo.
-Vamos a ver Clemente-, dijo la secretaria, hace tiempo que no puedo ver a Ernesto, hubo un asunto entre nosotros y desde entonces se la guardo. Pero me da miedo que todo esto trascienda, ya sabe las murmuraciones no son nada convenientes.
-Ni para usted ni para nadie. ¿A quién le va interesar divulgarlo? ¿A Ernesto que todavía quedaría más en ridículo? Todo el pueblo sabe que le diste calabazas. Respondo personalmente de mi amigo Damián que me dará la película para mayor seguridad de todos.
-Con esas garantías cuenta conmigo Ernesto, se va a llevar un buen chasco y además perderá la apuesta, ¿cuánto os habéis jugado?.
-Lo que tenía guardado para el importe de la boda. Mil duros.
-De acuerdo, pero no te pases ni un pelo conmigo que te conozco. Es una simulación no lo olvides.
-El jueves diré que mi madre ha fallecido, y me excusaré por no ir a trabajar. Tu te pondrás enferma. Lo hacemos rápidamente, Damián sacará las fotos, saldrán bien, seguro y cuando las tenga destruirá los clichés.
-Bien, pero todo fingido. Si te pasas me largaré. Le amenazó Nuria. Y además te quiero arreglado, no lo olvides.
-Un poco de realismo sí que habrá que darle, ¿lo entiendes verdad?
No obtuvo respuesta.
El jueves por la tarde Damián les esperaba en los pinares con la cámara. Se ocultaron todos tras de unos matorrales.
La secretaria y el pachorra comenzaron la sesión dirigidos por el fotógrafo. Los besos fueron inevitables y los toqueteos, y las faldas levantadas de Nuria y el cuerpo de Clemente sobre el de ella. El hombre no pudo evitar su erección. Los pechos de Núria eran duros, la besó, en la boca en el cuello, se echó sobre la mujer, se enardecieron, pasaron de disimular un coito a realizarlo. La fría secretaría se deshizo y Clemente no desaprovechó la ocasión, la colocó encima suyo y se la clavó hasta el fondo.
-Me gusta- decía ella, sigue, sigue. Parecía el diálogo de una película pornográfica porque en realidad estaban fornicando.
Damián comenzó a ponerse nervioso pero como un buen profesional no cesó de hacer disparos.
Al final Clemente se derramó en ella y unos gritos semejantes al dolor se escucharon con libertad.
Cuando Damián salió desde su escondite les dijo:
-Así que se trataba de un disimulo ¿verdad? Menudo polvo. Lo habéis hecho muy bien. Lo demás queda de mi cuenta. Por la noche estarán reveladas, podéis venir a mi estudio. Dejaré abierta la puerta trasera, para evitar miradas comprometedoras.
Los tres abandonaron el lugar y entrada la noche, Damián, les esperaba en su laboratorio con las fotos reveladas.
Nuria apartaba con disimulo las manos que se habían desatado de Clemente hasta que la secretaria le calentó la cara de un bofetón.
-Ya está bien ¿no?
Entraron con sigilo en su casa.
-No se ve ni un alma por la calle. Dijo Clemente.
Les hizo pasar a su laboratorio y cerró la puerta. Las fotos todavía estaban húmedas.
-Nadie será capaz de discutir que no son autenticas. He podido coger bien los ángulos, mirad.
Diez instantáneas mostraban con evidencia las imágenes de una pareja dándose el lote entre unos pinos.
Núria las observó entre avergonzada y satisfecha. Le dijo a Damián:
-Ahora quiero que destruyas los negativos.
-Ahora mismo, los quemaré-.dijo Damián.
Y tú Clemente me darás a mí las copias luego. No quiero problemas. ¿Entendido? Exigió Núria.
-Traquila. Te las daré.
Damián sacó un hornillo eléctrico, echó los clixés en un recipiente de metal al que añadió algo de gasolina. En pocos instantes quedaron reducidas a pedazos retorcidos.
-Ya está. Veréis el susto que se lleva el tipo ese. Mil duros no están mal, ¿verdad?. Verás mañana que cara se le quedará. Dijo sonriente y macabro Clemente.
-Por supuesto yo no tengo nada que ver en esto. Dijo el fotófrago.
-No te apures por eso.
Núria mientras observaba las instantáneas recordaba cómo después de rechazar a Ernesto el contable hizo lo posible para que no entrara a trabajar su hermana en la fábrica, le expresó al dueño su opinión que la muchacha no estaba suficientemente preparada. Pensó: "sólo por eso ya lo merece".
Seleccionó un par de ellas y las rompió.
-Esas son demasiado evidentes. No harán falta.
Al día siguiente Ernesto se levantó de muy mal humor, cogió el sobre con el dinero, sólo la sospecha le angustiaba. En el último instante dudó en pagar si era necesario, pero pensó en Clemente, su corpulencia y su estancia en la cárcel. También pensó que podía amenazarlo con enseñárselas a su novia, y aquella muchacha de buena familia, no podía dejarla escapar. Tendría que pedirle el dinero a su padre, pensar sólo en eso, le producía una gran tensión. Aquel hombre estricto querría saber qué había pasado con el dinero ahorrado y tendría que inventarse algo creíble para satisfacerlo.
Entró en la fábrica puntual como siempre con el dinero, por si acaso, en el bolsillo de la americana. Desde arriba, a través de las cristaleras vio llegar a Clemente. Éste le hizo una seña y los dos se encontraron en los urinarios.
-¿Traes el dinero muchacho?
-Sí, lo traigo. Pero antes deberás demostrar que es cierto lo que dices.
Clemente sacó un sobre con diez fotografías que mostró al contable.
Cada vez que miraba una iba sintiéndose más abatido. Parecía el campeón que se había convertido en un boxeador acorralado contra las cuerdas que en el último asalto tuvo fuerzas para decir:
-Esto no puede ser. Se debe tratar de un montaje. Dijo apenas con voz.
-¿Quieres que llame a Núria y lo confirme?
Ernesto dijo enseguida:
-No, no la llames. No quiero ni pensar en lo que diría. De la americana sacó un sobre con el dinero.
-Has ganado, hay tienes. Cuéntalas si quieres.
-Coge ese sobre y el dinero te lo metes en el culo, gilipollas. Sólo quería gastarte una broma. ¿Te crees que yo soy tan mezquino como tu?
-Entonces ¿era una broma?. ¿No quieres el dinero?
-No quiero el dinero. Guárdatelo que buena falta te hace pero de mí no vuelvas a dudar.
Ernesto preguntó asombrado: ¿Y cómo hiciste para que se fuera contigo?
-Ya te dije que cuando una mujer me interesaba no tengo problemas pipiolo. ¿Sabes? Estoy pensando que quizás si vaya a tu boda.
Ernesto sentía en su interior una honda satisfacción al mismo tiempo que una humillación enorme. Suspiró y guardó el sobre, otra vez, en la americana. Se había quedado sin habla, sin pensamiento, sin la capacidad de reacción que tenía a veces en el campo de fútbol ante las duras entradas de los defensas.
Núria no estaba invitada a la celebración. Si antes la odiaba ahora todavía más. Fue tranquilizándose. No le interesaba decir nada, Estaba a la espera de novio, no diría nada. Clemente tampoco podía hablar, su esposa lo correría a gorrazos si se enteraba. Suspiró aliviado y salió al pasillo junto a Clemente.
-Ya te envié la invitación. Puedes venir si quieres, con tu mujer claro. Cuento contigo. Los hombres continuaron con su trabajo, al pasar junto a la mesa de Núria los observó escribiendo a máquina como de costumbre.
Cuando salió al mediodía de la fábrica mudo como un cadáver, notaba como en su interior un gran peso se había liberado pero otro había penetrado dentro aunque no era tan difícil de soportar.
Llegó el día de la boda. En las escaleras los invitados, vestidos con sus mejores galas aguardaban el comienzo de la ceremonia religiosa. Una vez casados los novios salieron de la iglesia.
Clemente se había visto obligado a ponerse un traje y su estridente mujer no paraba de hablar con unos y con otros. Pensó en Nuria y comparó "cada día está mas gorda".
Se tomaron las fotografías de rigor y luego los invitados se trasladaron a un restaurante cercano.
Como era costumbre el novio repartía puros y la novia cigarrillos. Cuando Ernesto llegó a la altura de su compañero le dijo al oído sonriente:
-Eres un hijo de puta. Me ganaste. Vaya un susto que me llevé, cabronazo.
Clemente le contestó también entre sonrisas:
-Que polvo tiene la tigresa muchacho. Y no te quejes. ¿Qué hubiera pasado si te pido el dinero?
-Me hubieras jodido bastante, ¿no crees?. Tal vez haya algún truco no sé, no sé.
-Llama a ese que está haciendo las fotos y le preguntas.
El rostro de Ernesto se ensombreció al instante y acudió con los puros a otra mesa acompañado de la novia.
En las instantáneas que tomó Damián se apreciaron dos rostros que por su aspecto cordial no dejaban entrever el tema de la breve conversación que entablaron.
Luego Clemente se levantó con una copa de champán y desde su enorme vozarrón gritó:
-¡VIVAN LOS NOVIOS!
Y todos los invitados respondieron: ¡VIVA!. La celebración fue concluyendo, los esposos se quedaron departiendo con el dueño de la fábrica y su respetable mujer de porcelana, y los demás fueron marchándose poco a poco.
Ernesto se encontró al día siguiente con un chico del pueblo. Le regaló unos cigarrillos y le dijo:
-Ven chaval, ¿te gustó lo que viste?
-Tuve que hacerme una paja. Vaya polvo.
Clemente le dijo cogiéndolo de las solapas:
-Si cuentas algo, te la corto, aunque seas mi sobrino ¿lo has entendido?
escribe
a CESC ARNAU glofran1@telefonica.net
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